Lo que pasó en la cabina de aquel camionero rumano
Era Semana Santa y la ciudad estaba atestada de turistas. Mi piso, en cambio, llevaba dos días en silencio. Mariana se había ido con su madre a la costa y yo le había dicho que necesitaba terminar un encargo del trabajo, lo cual era cierto a medias. La verdad es que, en cuanto cerró la puerta, supe que no iba a tocar el portátil hasta el lunes.
La primera noche fue tranquila. La segunda, no tanto. A las once y media abrí la aplicación, una de esas con mapas y radios de búsqueda, y empecé a pasar perfiles sin demasiada intención. Era marzo, ya entrada la primavera, y por la ventana entreabierta entraba ese aire tibio que invita a hacer tonterías.
Estuve un rato imaginando situaciones, escenarios, encuentros. Pollas en fotos mal iluminadas, descripciones de lo que cada uno buscaba, corridas anunciadas en mayúsculas. Tres cervezas mediante, ya estaba palote y removiéndome en el sofá cuando el círculo del mapa marcó una distancia nueva: ochocientos metros. Un camionero rumano que acababa de aparcar en el polígono industrial de detrás de la rotonda.
Empezamos a charlar. Su español era pobre pero suficiente. Lo justo para entenderse: «solo», «cabina», «ahora», «tú vienes». Tenía cuarenta y pocos, decía, y se llamaba Andrei. Vi en seguida que estaba más caliente que una estufa de invierno. Era evidente que llevaba días en la ruta y que necesitaba descargar, pero yo no terminaba de fiarme. Salir de casa a esas horas, en chándal, para meterme en la cabina de un desconocido del que no sabía nada, no era exactamente mi idea de un plan seguro.
—Foto —escribí. Era la condición que ponía siempre.
Tardó cuarenta segundos. Cuando la imagen cargó, dejé el móvil bocabajo sobre el sofá, me levanté, fui a la cocina, bebí un vaso de agua, volví al sofá y la miré otra vez. Seguía estando ahí. Una polla enorme, sin circuncidar, de un grosor que no era habitual en las fotos que solía recibir. Dura, derecha, con una mano grande y velluda agarrándola por la base. Detrás se intuía el volante y un trozo de salpicadero.
—Diez minutos —contesté.
Me puse unos vaqueros, una sudadera y unas zapatillas viejas. Cogí las llaves, una cartera con apenas lo justo y dejé el reloj bueno en el cajón. Algo de cabeza me quedaba.
***
El polígono estaba a un cuarto de hora andando. Crucé el puente sobre la vía del tren, pasé al lado de la gasolinera cerrada y giré por la avenida que servía de aparcamiento improvisado para los camiones de ruta internacional. Había seis o siete tráileres alineados contra la valla, todos a oscuras, todos con las matrículas de medio continente. Una farola parpadeaba en la esquina. El resto era silencio, ese silencio espeso de los polígonos por la noche, con el rumor de la autovía a lo lejos.
El suyo estaba al final, separado de los demás. Lona azul, cabina roja, las letras de la empresa en un alfabeto que no terminé de leer. Las luces de la cabina apagadas. Me acerqué con el pulso disparado, mirando hacia atrás cada dos pasos por si aparecía alguien.
Llamé al cristal del lado del copiloto con los nudillos. La puerta se abrió antes de que terminara de bajar la mano. Subí los dos escalones de un salto y la cerré detrás de mí.
Andrei estaba sentado en el asiento del conductor, con las piernas separadas y una camiseta gris pegada al pecho. No era de esos camioneros fondones, barrigudos, sin afeitar. Era atlético, ancho de espaldas, con el pelo muy corto y una barba de tres días bien recortada. Olía a colonia barata y a tabaco frío. Me miró de arriba abajo con los ojos entornados, como quien evalúa una mercancía. No dijo «hola». No me preguntó cómo estaba. Se señaló la bragueta y soltó dos palabras en un español de manual.
—Bueno, ¿qué?
Me arrodillé entre los dos asientos sin pensarlo. Me daba lo mismo. Había recorrido aquella avenida helada solo para eso y no iba a perder el tiempo en presentaciones. Le desabroché el cinturón, le bajé los vaqueros hasta los muslos y allí estaba la polla de la foto, todavía más grande de lo que prometía, con una vena gruesa subiendo por el dorso y la piel deslizándose hacia atrás cuando la cogí con la mano.
—Despacio —dijo, en un tono que no admitía discusión.
Empecé a chupársela con calma, midiendo el ritmo, dejando que se calentara solo. Era un placer raro estar de rodillas en una cabina ajena, con el techo bajo, los espejos retrovisores reflejando el destello de la farola, y aquel hombre callado descansando la cabeza contra el respaldo. De vez en cuando me decía algo en rumano que no entendía y luego, en español, que lo estaba haciendo bien, que siguiera así, que no la sacara.
Me agarraba la nuca con la mano abierta. No me empujaba con violencia, pero tampoco me dejaba alejarme. Era una presión firme, sin consideración pero sin crueldad, la presión de alguien que sabe lo que quiere y a qué ritmo. Y eso, precisamente eso, me ponía a mil. El cabrón estaba acostumbrado a que se la chuparan así, en cabinas como aquella, en arcenes de medio continente.
—Más adentro —murmuró.
Obedecí. Me empezaron a lagrimear los ojos y se me escapó algo de saliva por la comisura. Él lo notó, se rio entre dientes y aflojó la mano. Aproveché para tomar aire.
—Quiero que me folles —le dije, mirándolo desde abajo.
No contestó. Se incorporó, me levantó tirándome de la sudadera y me hizo darme la vuelta con dos gestos secos. Entre el asiento del conductor y el del copiloto había un hueco que daba a la cama de la parte trasera de la cabina, esa litera estrecha donde los camioneros duermen las noches de ruta. Me empujó por el pecho hacia atrás hasta que mi torso quedó apoyado en el colchón y los pies todavía me tocaban el suelo de la cabina. Me bajó los vaqueros hasta media pierna sin demasiada ceremonia.
Oí el ruido del envoltorio del condón. Eso al menos me tranquilizó. Luego sentí el chorro frío del lubricante, los dedos gruesos abriéndose paso, un primer empujón a medio gas para comprobar que entraba, y después la embestida real.
***
El muy hijo de puta estaba ansioso por vaciar aquellos huevos hinchados y se notaba. Sin más preámbulo me la metió entera y empezó a golpearme el culo con las caderas como si llevara un año sin follar. Cada empujón hacía que la suspensión de la cabina crujiera bajo nosotros. Yo intentaba aguantar el ritmo agarrándome al borde del colchón, pero la cama era corta y a la tercera embestida ya me había golpeado la cabeza contra el panel del fondo.
Me dolió. Apoyé las manos contra la pared y empujé hacia atrás para amortiguar, pero a él no le importó. Siguió dándome sin contemplaciones, con la respiración cada vez más pesada, soltando algo en rumano que sonaba a maldición o a promesa, no sabría decir.
—Más despacio —pedí.
—Aguanta —contestó él.
Y aguanté. Aguanté porque, debajo del cabreo por estar siendo tratado como un saco, había una excitación oscura que no había sentido nunca. Estaba siendo follado por un desconocido al que no volvería a ver, en la cabina de un tráiler aparcado en un polígono, en plena Semana Santa, mientras a doscientos metros de allí seguía pasando algún coche por la autovía sin sospechar nada.
Cuando se corrió, lo hizo con un rugido bajo, casi animal, y me clavó las uñas en la cadera. Sentí el calor de su semen contra mi piel a través del látex, una sensación rara y agradable a la vez. Se quedó quieto unos segundos, todavía dentro, jadeando contra mi nuca, y luego se retiró de golpe.
—Bien —dijo.
Eso fue todo.
***
Nos sentamos cada uno en un asiento. Él se quitó el condón, lo anudó con la indiferencia de quien lo hace cinco veces por semana y lo metió en una bolsa que tenía al lado del cambio de marchas. Encendió un cigarrillo y me ofreció. Le dije que no. Bajó la ventanilla un par de dedos para que saliera el humo y se quedó mirando la noche.
Charlamos un rato. Me contó, en su español de pocas palabras, que tenía mujer en Constanza y dos hijas. Que las quería. Que esto no era engañarla, era otra cosa, porque con un hombre todo era distinto. Un hombre, decía, sabe chuparla como ninguna mujer, porque sabe dónde está el placer. Y un culo apretado de hombre, decía, es algo que ningún coño puede igualar. Lo decía sin maldad, casi como una constatación técnica, como quien habla de la diferencia entre dos motores.
Yo lo escuchaba apoyado en la puerta, todavía con los vaqueros torcidos, y pensaba que en el fondo era una manera bastante miserable de explicárselo a sí mismo, pero no se lo dije. Cada uno se ahorra las cuentas que necesita.
Estaba a punto de proponerle que terminara él lo que había empezado conmigo, porque yo seguía duro y sin haberme corrido, cuando miró el reloj del salpicadero y chasqueó la lengua.
—Mañana temprano, ruta —dijo—. Tú, fuera.
Lo dijo así, sin más. «Tú, fuera.» Y me señaló la puerta.
Tardé un segundo en reaccionar. Me subí los vaqueros, me ajusté la sudadera y bajé de la cabina sin contestar. La puerta se cerró detrás de mí antes de que terminara de poner el pie en el asfalto. Oí cómo echaba el seguro desde dentro.
***
Volví andando por la avenida del polígono con las manos en los bolsillos y la cara de imbécil que se le queda a uno en estas situaciones. ¿Pero serás egoísta?, pensaba mientras esquivaba un charco. ¿Pero serás cabrón?
Y, sin embargo, no estaba del todo enfadado. Estaba más bien decepcionado, que es otra cosa. El sexo, pienso yo, debería ser una transacción generosa. No hay nada más excitante que ver al otro disfrutar y desearlo todo, lo que sea, un beso, un mordisco, un pellizco, una mamada lenta, un escupitajo en el momento justo. Lo que sea, mientras vaya en las dos direcciones.
Andrei no entendía ese idioma. Andrei entendía el suyo, el de la descarga rápida en la ruta, el de subir y bajar a quien hiciera falta para llegar a Constanza con los huevos vacíos y la conciencia tranquila. No es mi modelo, pero existe, y no voy a fingir que no me la metió bien.
Crucé el puente sobre la vía del tren ya con otra calma. En casa me serví un whisky corto y me terminé yo solo lo que él había empezado, pensando todavía en aquella polla enorme y en aquella mano agarrándome la nuca sin pedir permiso.
Si os cruzáis con alguien así, con un Andrei cualquiera en un polígono cualquiera, mi consejo es este: no repitáis el polvo. Pero no dejéis de probar suerte la primera vez. La polla estaba espectacular, la follada también, y aunque no acabó como yo esperaba, aún hoy, cuando paso en coche por la rotonda del polígono y veo los tráileres alineados contra la valla, levanto un poco el pie del acelerador y miro.
Nunca se sabe.