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Relatos Ardientes

Mi hermano me pidió que lo abrazara esa madrugada

Me llamo Mateo y vivo con mi hermano mayor, Andrés, en un cuarto de zinc levantado en el patio trasero de la casa de nuestra tía. El pueblo donde crecimos queda pegado a la frontera, en esa franja de tierra donde el contrabando y la miseria se mezclan como si fueran la misma cosa. Nunca tuvimos nada. Nuestro padre se fue antes de que yo aprendiera a caminar, y nuestra madre se rompió la espalda limpiando casas ajenas hasta que se enfermó y ya no pudo levantarse más.

Andrés y yo empezamos con las drogas siendo apenas dos chamacos flacos que buscaban olvidar el hambre. Primero fue lo blando, lo que se conseguía barato en cualquier esquina. Después llegó lo otro, lo que te quema por dentro y te promete que sos el dueño del mundo. Amaba esa sensación, lo confieso. Esa subida que acelera todo, que te hace sentir invencible, capaz de pasar la noche entera despierto y sin miedo a nada.

Pero lo que sube siempre baja, y baja arrastrándote. Robábamos en la propia casa. Mentíamos. Perdimos a todos los que alguna vez nos quisieron. Yo siempre fui gay, desde que tengo memoria, y Andrés lo supo desde chico sin que eso fuera nunca un problema entre nosotros. Él, en cambio, era de mujeres: siempre tenía alguna novia rondando, dos hijos regados en pueblos distintos a los que mandaba unos pesos cuando le sobraba algo de la venta de fruta.

Hubo una noche que nos partió en dos. No voy a contar los detalles, porque todavía me cuesta dormir cuando los recuerdo. Solo diré que terminé dos días en una cama de hospital público, conectado a una máquina, y que cuando abrí los ojos lo primero que vi fue la cara de Andrés, hinchada de llorar, agarrándome la mano como si yo me le fuera a escapar. Esa madrugada juramos parar. Lo intentamos en un centro del gobierno, pero las reglas nos ahogaban y nos salimos a las pocas semanas, rogándole a la familia una última oportunidad.

***

La tía nos dejó el cuarto del patio con una condición clara.

—Se comportan o los echo a la calle —dijo, y no había en su voz ni una pizca de duda.

Ese cuarto era un horno de día y una nevera de madrugada. Una sola cama angosta, un fogón, un balde para bañarse y nada más. Y fue ahí, en ese metro cuadrado de pobreza, donde sin darnos cuenta nos volvimos otra cosa. Andrés salía temprano a vender fruta en el cruce de la frontera y volvía con lo justo para comer. Yo le lavaba la ropa en el balde, le freía las arepas con huevo, le sobaba los pies cuando llegaba arrastrándose del cansancio.

Dormíamos pegados porque la cama no daba para más y porque, en el fondo, ninguno de los dos quería estar solo con el vacío que dejaba la abstinencia. Esas noches eran las peores. El cuerpo te pide a gritos lo que ya no le das, sudás como si tuvieras fiebre, te tiemblan las manos y la única forma de aguantar es aferrarte a algo. Nos aferrábamos el uno al otro. Al principio era solo eso: dos cuerpos buscando calor para no enloquecer.

La primera vez que algo cambió fue en una de esas crisis. Temblábamos los dos bajo la misma sábana, dándonos la espalda, escuchando el zumbido de los insectos contra el zinc.

—Abrázame fuerte, Mateo —me dijo bajito, casi sin voz—. No aguanto más esta mierda.

Me pegué a su espalda y lo rodeé con el brazo. Sentí cada músculo de su cuerpo tenso, vibrando. Y sentí también, sin poder evitarlo, mi propia erección apretada contra él. Andrés no se apartó. Al contrario, se removió despacio, acomodándose, y en la oscuridad noté el movimiento sutil de su mano sobre sí mismo. No dijimos una palabra. Solo nuestras respiraciones, cada vez más rápidas, llenando el cuarto.

***

La segunda vez fue a plena luz. Nos bañábamos con el balde después de un día largo, turnándonos para echarnos el agua tibia por encima. Yo le pasaba el jabón por la espalda ancha, marcada por el sol, cuando sentí su mano bajar hasta mis nalgas y apretarlas despacio. Después me dio una palmada firme y soltó una risa nerviosa.

—Qué culo se te puso, hermano —dijo, mordiéndose el labio.

Mi cuerpo respondió al instante, sin que yo pudiera disimularlo. Él lo vio. Bajó los ojos, tragó saliva y siguió enjabonándome como si no hubiera pasado nada, pero el aire entre nosotros ya era distinto.

Una tarde fumamos para bajar la ansiedad, tirados en el piso de tierra con las piernas enredadas. El humo nos dejó flojos, pesados, calientes. Andrés me pasó el brazo por el cuello y me arrastró contra su pecho. Su mano empezó a subir por mi muslo, lenta, hasta llegar más arriba. Cuando me pellizcó un pezón, girándolo apenas, se me escapó un gemido que no supe contener.

—Uy, parce —murmuró sonriendo de medio lado—. Te gusta eso, ¿verdad?

No le contesté. Me removí contra su pierna, buscándolo, dejando que él entendiera lo que las palabras no se atrevían a decir.

***

Las semanas fueron borrando la frontera entre lo que éramos y lo que estábamos empezando a ser. Una noche de bochorno, sin poder pegar el ojo por el calor, nos quitamos la ropa y nos quedamos desnudos sobre la sábana húmeda. Andrés se dio vuelta y empezó a refregarse despacio contra mí. Su mano encontró mi sexo y lo apretó con fuerza. Yo le respondí, y así, en silencio, nos masturbamos el uno al otro, ahogando los gemidos en el cuello del otro para que la tía no escuchara desde la casa.

Otra noche, mientras yo revolvía la masa de las arepas sobre el fogón, lo sentí pegarse a mi espalda. Su erección dura contra mí, frotándose lento. Me giré y, por primera vez, nos besamos. Fue un beso con hambre, de lenguas enredadas y manos que no sabían dónde quedarse. Me apretó los pezones de nuevo, más fuerte que las otras veces, y yo gemí alto, temblando entero.

—Qué rico te ponés cuando te toco ahí —se rió contra mi boca.

Esa madrugada, ya acostados, me acarició el pecho largo rato. Yo había subido de peso con la ansiedad de la abstinencia, el cuerpo me retenía todo, y Andrés lo notaba pero nunca me hizo sentir mal por eso. Me apretaba con una ternura que no le conocía.

—Sos suave —dijo en voz baja, como si fuera un secreto—. Más suave que cualquier mujer que tuve.

Me reí entre gemidos. Cada vez que sus manos me recorrían así, yo perdía la cabeza.

***

Llegó la noche en que no aguanté más. Pasé el día entero caliente, dando vueltas por el patio, con el deseo doliéndome como una herida. Cuando se hizo de noche y nos quedamos solos, se lo dije de frente, sin rodeos.

—Andrés, necesito estar con vos de verdad. Ya no aguanto más.

Él me miró fijo, respirando pesado, los ojos brillándole en la penumbra.

—Yo siempre fui de mujeres —dijo despacio—. Pero con vos es distinto. Hacelo.

Lo besé como si me fuera la vida en ello. Le bajé el pantalón y me arrodillé frente a él. Lo tomé en la boca despacio, sintiendo su olor a hombre, a sol y a frontera, mientras él me enredaba los dedos en el pelo y dejaba escapar un gruñido ronco.

—Así, hermano —jadeaba—. No pares.

Después me puse en cuatro sobre la cama. Andrés se humedeció las manos con el aceite que usábamos para cocinar y me fue abriendo paso, centímetro a centímetro, con una paciencia que no esperaba de él. Dolió y al mismo tiempo fue lo más intenso que había sentido. Cuando empezó a moverse de verdad, agarrándome las caderas, su sudor cayendo sobre mi espalda, el cuarto entero olía a nosotros dos. Me toqué al ritmo de sus embestidas y terminé con un grito que ahogué contra la almohada. Él se vino poco después, repitiendo mi nombre como un rezo.

Pero no se quedó ahí. Esa misma madrugada, todavía recuperando el aliento, me buscó la mirada.

—Ahora quiero sentirte a vos adentro —dijo.

Lo tomé despacio, con cuidado, leyendo cada gesto de su cara para no lastimarlo. Y cuando lo sentí ceder, cuando lo escuché gemir por lo bajo pidiéndome que no parara, entendí que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.

***

Con el tiempo dejamos de llevar la cuenta de quién buscaba a quién. Nos dábamos por la mañana antes de que él saliera a vender, de noche cuando volvía molido, en mitad de las abstinencias cuando el cuerpo pedía algo a lo que aferrarse. Para el resto del mundo lo nuestro sería imperdonable, una línea que nadie debería cruzar. Pero nosotros llevábamos toda la vida del lado equivocado de cada frontera: la de la pobreza, la de la droga, la de mi forma de querer.

No hubo culpa, y creo que eso es lo que más le costaría entender a quien nos juzgue. Solo había dos hermanos que se habían quedado sin nadie más en el mundo, sosteniéndose el uno al otro de la única manera que les quedaba. A veces, cuando lo veo dormir pegado a mi pecho en esa cama angosta, pienso que la vida nos arrancó todo menos esto. Y esto, por prohibido que sea, es lo más parecido a un hogar que conocí.

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Comentarios (5)

TabooReader

Tremendo relato!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer.

NochesDeVerano

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ellos despues de esa noche.

Sebastian_Salta

Me recordo a cuando de chicos vivíamos hacinados todos juntos en casa de los abuelos. Se siente muy autentico.

Rolando_Cba

La tension del ambiente nocturno esta muy bien lograda. Se nota que sabes escribir, hay feeling en cada frase.

lucia_arg94

increible!!! me encanto como lo escribiste, muy emotivo y diferente a lo que suelo leer aca

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