Abrí la puerta del cuarto de mi hermano sin avisar
Ya estaba harto, tenía que hablar con mi hermano de una vez. Vale que no tuviera nada que hacer ese verano, esperando a que empezara la universidad, y que los diecinueve años recién cumplidos se le hubieran subido a la cabeza. Pero Darío se había vuelto insoportable.
Conviene que aclare quién soy: me llamo Mateo, tengo cuatro años más que él y acababa de volver a casa de nuestra madre después de terminar la carrera en Granada. Durante esos cuatro años yo había vivido a mi aire, en otra ciudad, y en ese tiempo mi madre y Darío habían generado una dinámica propia. Quizás, en parte, lo que de verdad echaba de menos era mi libertad.
La mayoría de mis fastidios en casa venían de esa libertad perdida, pero era innegable que la rutina que se había instalado entre ellos tampoco ayudaba.
Mi madre tiene cuarenta y siete y parece haber conectado con no sé qué diosa interior. Ahora todo es fluir, infusiones verdes y andar descalza y medio desnuda por la casa. Los estragos de la edad apenas la rozan, lo cual me provocaba unas erecciones tan incómodas como inoportunas.
Darío, por su parte, con la mayoría de edad recién estrenada y la plaza asegurada en la carrera que quería sin tener que moverse de casa, se había soltado en el peor sentido posible. Estaba en modo vago perpetuo y, lo peor de todo, ponía el porno en su cuarto con el volumen a tope, como si no existiera un mañana.
Al principio todo me resultaba violento. Pero ese día ya no aguanté más.
Con esa intención, y con la mala leche acumulada de semanas, llegué a su puerta y la abrí de golpe para cortar el escándalo que venía de dentro.
Ahí estaba él, medio acostado medio sentado en la cama, desnudo, con las piernas bien abiertas y la mano derecha sin dar tregua a una polla sorprendentemente grande. El golpe de la puerta lo hizo pegar un salto y un amago de taparse, para mirarme después con cara de pocos amigos y mandarme que saliera de su habitación.
Lo siguiente que vi fueron sus dos pantallas. En una corría una película porno, un trío de dos hombres y una mujer. En la otra había algo que me heló la sangre: parecía claramente nuestra madre, doblemente penetrada. Cuando me fijé en los detalles entendí que se trataba de una animación generada con inteligencia artificial. No puedo negar que me cabreó que usara su imagen, pero también me descolocó por completo ver toda esa escena tan explícita.
Darío intentó ponerse en pie para echarme. Lo empujé y cayó sin esfuerzo de nuevo sobre la cama.
—¡Ya está bien, Darío! Te pasas el día entero pajeándote, pero encima lo haces notar a toda la casa.
No pude disimular que hablar de aquello, con la peli de fondo y ese vídeo tan peculiar de nuestra madre delante, mientras él no soltaba su polla, me había provocado una erección tan evidente como improcedente.
—¡Lo ves! A ti también te pasaría —dijo señalándome la entrepierna.
—Ya, pero a mí no me ves cascándomela como un mono a la vista de todos.
—¿Y qué más daría? Mira cómo se le ha ido la cabeza a mamá, y aquí solo estamos nosotros, que somos familia. No importaría —y en un movimiento rápido tiró de mis pantalones, bajándomelos, dejando solo los calzoncillos que con dificultad cubrían mi erección. Después volvió a su posición, masturbándose, mirando el porno y echando rápidas ojeadas a la imagen de nuestra madre.
La incoherencia de sus argumentos me confundió, y en aquel momento extraño pesó más la calentura que cualquier otra cosa. Fuera de mí, me bajé los calzoncillos y empecé a masturbarme viendo la escena completa.
Mi hermano me miró sin juzgarme. Cruzamos la mirada y me hizo un hueco en la cama para que me sentara junto a él.
Me desvestí despacio y me senté a una distancia prudente. En pocos minutos estábamos los dos en sincronía, viendo el porno, la imagen de nuestra madre, masturbándonos casi al mismo ritmo. De reojo yo miraba su polla y notaba que él miraba la mía. Eran bastante parecidas, quizás la mía más larga y la suya más gruesa.
Instintivamente movíamos las caderas y abríamos las piernas, de manera que nos íbamos acercando. Casi sin buscarlo, primero nuestras pantorrillas y luego los muslos enteros entraron en contacto.
En un gesto inesperado, su mano izquierda fue a mi vientre, y como no reaccioné, siguió bajando hasta llegar a la base de mi polla y unirse a la mía en la masturbación. Poco faltó para que me corriera de la impresión. Aguanté, y sintiéndome en deuda, con el calentón nublándome la cabeza, cambié de mano. Seguí con la izquierda y llevé la derecha hasta su polla.
Continuamos como si nada hubiera cambiado, pero ahora, cada vez más a menudo, nos mirábamos las pollas en esa masturbación mutua.
Darío empezó a mover las caderas, forzando un sube y baja cada vez más amplio, mientras colocaba su pierna sobre la mía para pegar nuestras caderas lo máximo posible.
Yo me dejé llevar. Al poco estábamos jugando con los pies, las piernas entrelazadas, mi polla rozando su cadera. En otro movimiento, Darío echó el brazo izquierdo sobre mis hombros y me agarró la polla con la derecha, mirándome ya directamente a los ojos. Devolví el gesto: pasé mi brazo derecho alrededor de su cintura y agarré con fuerza su gruesa polla con la mano izquierda.
Nuestras respiraciones eran rápidas, ruidosas, desatadas. Nos fuimos girando, frente con frente, tumbados a lo largo de la cama, hasta quedar con las narices pegadas y, ya sin remedio, los glandes juntos. Empezamos a frotar nuestras pollas en una lucha desesperada.
Darío paró un segundo para escupir en su mano y arrancar una paja doble, bien lubricada, con las dos pollas a la vez. De hecho, tuvo que usar las dos manos.
Cruzamos otra vez la mirada y nos lanzamos a un beso totalmente indecente, lleno de lujuria, saliva y locura.
Las pollas resbalaban una sobre la otra, chorreantes. De nuevo Darío tomó la iniciativa y empezó a girar de posición hasta acabar en un sesenta y nueve, cada polla delante de la cara del otro.
Era la primera vez que tenía una tan cerca de la boca y con esa clara intención. Pero Darío, no sé si por más experiencia, no lo dudó y empezó a chuparla como un loco, primero el glande y luego entera, buscando la garganta. Yo no quise ser menos. Con algo de duda me metí su gruesa polla en la boca como pude e imité sus movimientos. Nos escupíamos sobre las pollas mientras nos masturbábamos, lamíamos y devorábamos por completo. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Había perdido la noción del tiempo y, por supuesto, la cabeza. Quién iba a pensar que una charla para aclarar las cosas terminaría en un sesenta y nueve con mi propio hermano.
***
Una pausa para tomar aire, cada uno con la polla del otro pegada a la mejilla, nos hizo escuchar un ligero ruido. Casi sentíamos una presencia, pero ninguno se atrevía a levantar la mirada.
Tras unos segundos de tensión, alcé la vista y vi a nuestra madre en mitad de la habitación, casi en estado de shock. No sabía si estaba más impactada por la escena entre sus hijos o por verse a sí misma en pantalla grande haciendo barbaridades gracias a la inteligencia artificial.
Darío se levantó y yo me incorporé como pude, intentando ocultarme, casi deseando que la tierra me tragara. Mi hermano caminó hacia ella, que ahora se llevaba la mano a la boca mirando su polla todavía empalmada.
—No sabía que ibas a usar mis fotos para esto —dijo ella, sin salir de su asombro.
—Claro que lo sabías. Igual que sabías que me masturbo aquí todos los días. Estoy seguro de que disfrutabas escuchándome —respondió Darío, que no parecía tener ningún límite.
—Cómo te atreves —dijo ofendida mi madre, pero sin dejar de mirar las pantallas con su propio rostro, ni la polla de mi hermano, cada vez más cerca, que ya rozaba la tela vaporosa de su vestido.
Darío la giró y se colocó detrás de ella, clavándole con suavidad la polla erecta entre las nalgas, mientras mi madre suspiraba, miraba las pantallas e intercambiaba conmigo alguna mirada fugaz. No sabía si buscaba mi aprobación o mi auxilio.
Mientras mi hermano empezaba a sobarle los pechos por debajo del vestido desde atrás, yo me levanté con una erección a medias —había recuperado algo de tono tras el susto inicial— y me fui acercando a los dos. Todavía no sabía si para poner a mi hermano en su sitio y cortar aquella locura, o para sumarme a ella.
Mi madre me sostenía la mirada con la misma duda mientras Darío seguía explorando su cuerpo. Ahora se concentraba en su entrepierna, hurgada por sus dos manos.
Cuando estuve frente a ella noté su aroma, y mi erección volvió a estar completa, rozando su vientre por encima del vestido. Ella me mantuvo los ojos clavados, supongo que igual que yo, sin saber qué iba a ocurrir a continuación.
No pude resistirme y planté un beso en aquellos labios carnosos. Cerró los ojos, como dando luz verde a lo que tuviera que pasar, y empezó a abrazarme mientras yo la acariciaba con delicadeza. Contrastaba con la intensidad que mi hermano desarrollaba a su espalda. Estaba seguro de que su polla ya peleaba contra el esfínter buscando entrar.
Mi madre interrumpió el beso y frenó también a mi hermano, agarrándole la polla al tiempo que cogía la mía. Con una elegancia y una fluidez que no esperaba, se puso de rodillas con una polla a cada lado de la cara e inició una mamada doble como nunca había vivido y nunca volveré a vivir. Era como si sus labios y el interior de su boca adoptaran la forma exacta de mi polla cada vez que entraba. Poco a poco aceleró, cada vez más desinhibida, escupiendo sobre las pollas, rozándolas entre sí, pasándoselas por la cara mientras nos chupaba alternativamente los huevos.
Mi hermano me agarró con fuerza del cuello, y vi la tensión en sus músculos. No era para menos, con las artes que estaba usando nuestra madre. Yo empecé a sentir el mismo impulso, y como si ella lo tuviera todo controlado, en su alternancia de boca y mano usaba esta última con más ritmo y fuerza, frotando nuestras pollas juntas y redirigiéndolas poco a poco hacia su cara. No íbamos a aguantar mucho más.
Fue Darío el primero en avisar. Me apretó el cuello y el hombro de nuestra madre mientras se contraía sin control, lanzando largos chorros que cayeron primero en su boca, luego en su cara, y al final, con la fuerza ya menguada, resbalaron despacio por sus pechos. Yo no pude resistir más. Mientras mi madre jugaba con la polla de Darío, que perdía erección, mi corrida llegó como nunca. No sé cuántos chorros eché: muchos en su boca, otros en su cara, otros tantos sobre el vientre de mi hermano, que ella aprovechó para repartirlos por toda su polla.
***
Cuando la fuerza se nos fue del cuerpo, mi madre se levantó en silencio, se recolocó el vestido y me miró de nuevo a los ojos antes de salir.
Yo ya me estaba poniendo la ropa, también en silencio. Vi que la animación de la pantalla había terminado y que mi hermano seguía quieto, desnudo, de pie en mitad de la habitación. Lo miré a los ojos antes de irme, sin decir nada. Parecía compungido, fuera de sí. Supongo que una cosa era la fantasía y otra muy distinta hacerla realidad, y ahora estaría midiendo lo que acababa de pasar y hasta dónde habíamos llegado todos.
Salí cerrando la puerta tras de mí, dejándolo solo con sus pensamientos. Yo cargaba ya con los míos: vergüenza, repugnancia, la sensación de algo irreparable. Pero no podía negar que, en el fondo, aunque no quisiera reconocerlo, quedaba todavía un punto de lujuria.