La noche en que crucé una línea con otro hombre
Tenía veintidós años y la certeza absoluta de que me gustaban las mujeres. Era estudiante de tercero en la Universidad y, los viernes que me alcanzaba el dinero, salía con la pandilla de la facultad al mismo bar de siempre, una esquina cualquiera cerca de la rambla. Llegábamos pasadas las once, ocupábamos la mesa del fondo y, sobre la medianoche, el grupo se deshacía: unos se iban con sus parejas, otros caminaban en bandada hasta el paseo marítimo y, al final, cada uno terminaba en su cama.
Esteban tendría unos cuarenta y cinco años. Era trigueño, de piel curtida por el sol y barba cerrada, de esas que no dejan un solo hueco en la mandíbula aunque uno se afeite todas las mañanas. Llevaba la camisa con dos botones abiertos y se le notaba el vello del pecho asomar por el escote, igual que en los antebrazos. Era amigo íntimo del dueño del local, y ambos compartían algo más que el negocio: yo había oído rumores, de esos que circulan en voz baja entre los amigos, de que a Esteban le gustaban los chicos jóvenes y heterosexuales, esos a los que pudiera convencer una primera vez.
—Cuidado con ese —me dijo una noche Manu, uno de mis amigos gay de la pandilla—. Te mira demasiado. Y no te mira la cara, te mira la bragueta.
—Estás loco —contesté—. Es buena gente, nada más.
No mentía del todo. Esteban era un conversador excelente. Había estudiado mi misma carrera quince años atrás, conocía a la perfección los profesores temidos, las asignaturas trampa, los apuntes que valían la pena. Cuando se acercaba a nuestra mesa, yo me dejaba enredar en la charla durante diez o quince minutos, y después volvía con mis amigos como si nada. Me caía bien. Punto. No había más.
Pero un martes de junio, después de una clase asfixiante, pasé por el bar a mitad de la tarde, cuando aún no había llegado nadie de la facultad. Esteban estaba en su sitio habitual, leyendo el periódico junto a la barra. Me saludó con una sonrisa amplia y me invitó a sentarme.
—Te invito a una cerveza —dijo.
—No puedo aceptar —respondí, incómodo—. Vivo con mis padres, no tengo trabajo, no podría devolverte la invitación.
Esteban se rio sin burla, con una ternura extraña.
—Eso te honra. Justamente por eso no me debes nada. Siéntate.
Me senté. Llevábamos dos cervezas cuando me contó que necesitaba pasar por la oficina de correos antes de que cerrara, a recoger unos documentos. Me preguntó si lo acompañaba. Le dije que sí. Salimos al sol de la siesta, caminamos cuatro o cinco calles, recogió un sobre acolchado en la ventanilla y, de vuelta hacia el centro, propuso que entráramos en otro bar más tranquilo para terminar la tarde.
—Solo otra ronda —dijo—. Después cada uno a su casa.
A las once de la noche ya llevábamos cuatro o cinco rondas. No estaba acostumbrado a beber tanto. Sentía la cara caliente, las manos torpes y una risa fácil que se me escapaba cada dos por tres. Salimos del segundo bar con paso lento. Caminábamos por una calle estrecha, hablando de no recuerdo qué, cuando se detuvo frente a un portal de tres pisos.
—Esta es mi casa —dijo—. Subo a dejar los papeles y bajamos a tomar la última en cualquier lado. Acompáñame.
Acepté sin pensarlo demasiado. En el ascensor olí su colonia por primera vez, una mezcla de cuero y tabaco que no me resultó desagradable. Notaba el corazón un poco acelerado, pero lo atribuí al alcohol. Cuando abrió la puerta del apartamento, su mano se posó en mi espalda baja para invitarme a pasar. No la apartó enseguida. Fueron tres o cuatro segundos largos, y los dedos se le fueron deslizando muy despacio hasta el nacimiento del culo, casi rozando por encima del pantalón. Tragué saliva.
El piso era pequeño y limpio, con un sofá de cuero negro frente a una mesa baja de madera. Esteban dejó el sobre sobre la mesa, se quitó la camisa y la colgó en el respaldo de una silla. Lo hizo con naturalidad, como si en su casa siempre estuviera en camiseta.
—Ponte cómodo —dijo—. Hace un calor del demonio.
Imitar el gesto fue automático. Me saqué la camisa y me senté en el sofá. Él volvió con dos vasos cortos de algo ámbar y hielo. Me alargó uno, brindó por «la amistad» y dejamos las bebidas sobre la mesa. Y entonces, sin previo aviso, su mano se apoyó en mi pecho.
Fue una caricia firme, no torpe, no insegura. Los dedos me pellizcaron el pezón derecho, lo hicieron rodar entre el índice y el pulgar hasta ponérmelo duro, y bajaron después por el esternón trazando una línea que se me clavó en el estómago. La palma se detuvo un momento sobre la hebilla del cinturón, tanteando lo que había abajo. Yo ya la tenía medio dura sin darme cuenta, y él lo notó al instante: apretó por encima de la tela y sonrió al comprobar el bulto.
—Vaya, vaya —murmuró—. Mira lo que tenemos aquí.
Yo me quedé congelado, con los ojos abiertos como si mirara una película. Pensé en decir algo. Pensé en levantarme. No hice ni una cosa ni la otra.
—Tranquilo —dijo, muy bajito, casi sin separar los labios de mi oído—. Déjame a mí, no tienes que hacer nada. Solo mírame.
Me desabrochó el cinturón con una sola mano, tiró del botón, bajó la cremallera diente a diente para que yo oyera cada uno. Metió los dedos por dentro del calzoncillo y sacó la polla al aire, agarrándomela por la base con una firmeza que me hizo cerrar los muslos por reflejo. La tenía tiesa como una piedra y él lo miró con una satisfacción tranquila, como quien encuentra lo que esperaba encontrar. Sin dejar de sostenérmela, se arrodilló entre mis piernas.
Esto no me está pasando a mí, pensé. Esto no me está pasando.
Pero me estaba pasando. Y mi cuerpo, traicionero, respondía antes de que mi cabeza pudiera procesarlo. Sacó la lengua y me lamió despacio, de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta el glande, con un lametón lento que dejó un rastro de saliva caliente en todo el largo. Después escupió sobre la punta y usó la mano para esparcir la saliva por toda la caña, masturbándomela dos o tres veces antes de comérmela.
Cuando su boca se cerró sobre mí, sentí algo que no había sentido nunca con una mujer: una calidez profunda, una succión paciente, una lengua que sabía exactamente dónde detenerse. Se la tragó hasta el fondo, hasta que noté la punta del glande golpeándole contra la garganta, y aguantó allí unos segundos sin retirarla, apretando los labios contra la base y respirando por la nariz. Cerré los ojos. Apreté los dedos contra el cuero del sofá. Quise pedirle que parara, pero lo que salió de mi boca fue un sonido distinto, un gemido bajo, más parecido a una rendición que a una protesta.
Esteban no tenía prisa. Subía y bajaba con un ritmo que parecía calibrado durante años. Sacaba la polla entera hasta la punta, jugaba con la lengua en el frenillo hasta hacerme temblar las piernas, y después volvía a tragársela hasta el fondo de una sola vez. Alternaba la mamada con lametones largos por toda la caña, con succiones en los huevos que me metía en la boca de uno en uno, con besos húmedos en el interior de los muslos. De vez en cuando se detenía y me miraba desde abajo, con la mía en la mano y los labios brillantes de saliva, esperando una señal, y yo, en lugar de la negativa que mi cabeza pedía, le sostenía la mirada un segundo más y volvía a cerrar los ojos. Eso le bastaba.
—Qué polla más rica tienes —me dijo con la voz enronquecida, escupiéndole encima otra vez—. Toda para mí esta noche.
Volvió a tragársela, esta vez más rápido, cerrando los labios muy prietos y haciendo un ruido húmedo cada vez que llegaba al fondo. Con una mano me masajeaba los huevos, apretándomelos con delicadeza, y con la otra me buscaba entre las nalgas, arrimándome un dedo al agujero sin llegar a meterlo, solo presionando por fuera, en círculos, con una insistencia que me hizo abrir las piernas sin querer. Aquella caricia me desmontó. Nadie me había tocado nunca ahí, y descubrir que aquel punto encendía todo el resto me dejó sin defensas.
El orgasmo me sorprendió por la espalda. No hubo aviso, no hubo cuenta atrás. Una contracción en los muslos, un calambre que me subió hasta la nuca, y mi cuerpo se vació entero en su boca en chorros gruesos que noté cómo tragaba, uno detrás de otro, sin dejar caer una gota. Pensé que se apartaría. No lo hizo. Tragó sin dejar de mirarme, con la polla entera dentro, apretando los labios en la base para exprimirme hasta la última descarga, y cuando creí que aquello había terminado, volvió a tomarme con suavidad y a succionar la punta una vez más, muy despacio, recogiendo con la lengua la última perla de semen que me quedaba en el meato. Tan sensible quedé que casi grité. Me río ahora de recordarlo, pero entonces no me reí. Me quedé tumbado en el sofá, sin fuerzas, con los pantalones a la altura de los tobillos, mirando un punto fijo del techo, mientras él me limpiaba la punta con la boca cerrada, como quien no quiere desperdiciar nada.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Me dormí, supongo, porque cuando abrí los ojos eran casi las dos de la mañana y Esteban estaba sentado a mi lado, leyendo algo. Me incorporé de golpe. Me vestí en silencio. Él no dijo nada, solo me alcanzó la camisa y me sostuvo la puerta con una sonrisa amable, sin presión, como si estuviera despidiendo a un vecino que se va a su casa.
Caminé hasta la mía como si me persiguiera el diablo. En la cabeza me daban vueltas todas las preguntas a la vez. ¿Soy gay? ¿He sido siempre gay y no me había dado cuenta? ¿Me dejé porque estaba borracho? ¿Y si me lo encuentro mañana? ¿Y si lo cuenta?
Esa noche me acosté con la promesa íntima de no volver a pisar aquel bar. De no volver a hablar con Esteban. De olvidarme del asunto como se olvida un golpe en una esquina oscura.
***
El problema empezó al día siguiente.
Por la mañana, durante el desayuno, repetí mi mantra: no puede volver a ocurrir. En clase, mientras el profesor explicaba en la pizarra, lo repetí otra vez: no puede volver a ocurrir. Por la tarde, en la biblioteca, lo repetí dos veces más. Estaba cumpliendo. Lo estaba consiguiendo.
Pero por la noche, cuando me metí en la cama, la cabeza me jugó la mala pasada. Cerré los ojos para dormir y vi a Esteban arrodillado entre mis piernas, oí mi propia respiración, sentí el peso de su mano en mi muslo, el calor de su boca cerrándose alrededor de mi polla, la lengua rodeándome el glande. Sin darme cuenta, ya me había llevado la mano allí abajo y me estaba masturbando con un recuerdo que mi cabeza decía rechazar. Escupí en la palma, me apreté la caña con fuerza, imité con los dedos lo que él había hecho con los labios, y me corrí sobre el estómago en un par de minutos, jadeante, con el nombre de Esteban a punto de escapárseme entre dientes. Me odié durante media hora antes de quedarme dormido.
Tres días así. Tres días de mantra de día y traición de noche. Mi cabeza decía no. Mi cuerpo decía sí. Yo siempre he sido un hombre razonable, y los hombres razonables, lo he aprendido tarde, casi siempre terminamos haciéndole caso al cuerpo.
Al cuarto día llamé a Esteban. Lo hice desde la cabina de la esquina, para que no quedara registro en el teléfono de casa. Atendió al segundo timbre, como si hubiera estado esperando.
—Pensé que no llamarías —dijo.
—Yo también lo pensé.
—¿Vienes ahora?
—Voy.
Colgué antes de arrepentirme.
***
Subí en el ascensor con el corazón saliéndoseme por la boca, rezando por no cruzarme con ningún conocido en el portal. Esteban abrió la puerta en calzoncillo, con el pecho desnudo, y al verlo así, sin la coreografía de la primera vez, sin la excusa del alcohol, sentí algo distinto. No vergüenza. Algo más cercano al alivio. A través de la tela blanca del calzoncillo se le marcaba un bulto grueso, la sombra oscura del vello espeso alrededor, y no pude despegar los ojos de ahí.
Esta vez no hubo conversación de cortesía. Me desabotonó la camisa en el recibidor, con calma, mientras me miraba a los ojos. Cuando me quedé con el pecho descubierto, me atrajo hacia él y me abrazó. Fue un abrazo largo, piel contra piel, y notar el vello de su torso contra el mío me provocó un escalofrío que me bajó por la columna. Después me besó.
El beso fue lo que más me impactó esa segunda vez. Más que la mamada en el sofá, más que el primer orgasmo en su boca. Era un beso largo, con lengua, con la barba de un día raspándome los labios y el mentón, mordiéndome el labio de abajo hasta hacerme gemir dentro de su boca. Su mano bajó a apretarme el paquete por encima del pantalón, midiéndome, y sentí cómo la suya también se le ponía dura contra mi cadera a través del calzoncillo. Nunca había besado así a nadie. Cuando se separó, yo respiraba como si hubiera subido seis pisos a pie.
—Ven —dijo, y me llevó al dormitorio.
La cama tenía sábanas blancas y olía a recién lavadas. Me terminó de desnudar él, prenda a prenda, sin prisa: primero el pantalón, después el calzoncillo, arrodillándose para bajármelos hasta los tobillos y sacármelos por los pies. Cuando quedé desnudo delante de él, con la polla ya dura apuntándole a la cara, se levantó, se bajó también el calzoncillo y por primera vez le vi lo que tenía entre las piernas: una verga gruesa, morena, más larga que la mía, con los huevos pesados colgando bajo una mata negra de vello. Se la agarró con la mano, se la sacudió un par de veces delante de mí, y sonrió al ver que yo no podía apartar los ojos.
—Ya la mirarás con calma —dijo—. Ahora túmbate.
Me empujó con suavidad sobre el colchón y se dedicó a recorrerme entero con la boca. Bajó por el cuello, mordiéndome donde late el pulso, por los pezones, chupándomelos uno tras otro hasta ponerlos duros y morados, por el vientre, deteniéndose en cada centímetro como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me pasó la lengua por el ombligo, por la línea de vello que baja hasta el pubis, y me sopló aire caliente sobre la polla sin llegar a tocarla, hasta que la sentí saltarme sola contra el vientre pidiéndole boca.
Cuando llegó a mi sexo, me tomó con la misma paciencia de la primera vez, pero ahora yo lo miraba. No cerré los ojos. Quería verlo. Quería entender qué demonios me estaba pasando. Vi cómo abría los labios y se metía la polla entera de una vez, hasta la base, y cómo se retiraba muy despacio dejándola brillante de saliva. Vi la lengua salírsele por debajo para lamerme los huevos mientras la mano me hacía una paja lenta. Vi mi propio glande hinchado apareciendo y desapareciendo entre su boca, y aquella imagen —yo, un tío que la semana anterior se creía cien por cien hetero, con la polla dentro de la boca de otro hombre— me puso más cachondo que cualquier tetas que había visto en mi vida.
Esteban subía y bajaba, alternaba la succión con la lengua, me lamía los testículos con una técnica que no se aprende en una semana, me los metía en la boca de uno en uno y me los chupaba con cuidado mientras la mano seguía masturbándome. Después me levantó las piernas por las corvas, me las abrió del todo, y sin previo aviso me pasó la lengua por el agujero. Aquello me arrancó un jadeo largo. Nadie me había hecho nunca semejante cosa. La lengua caliente, plana, empujando en círculos y colándose adentro, me tenía agarrado a las sábanas con las dos manos, la polla golpeándome contra el vientre en cada latido.
—Qué culo más rico tienes —murmuró desde ahí abajo, sin dejar de comerme, apretando con los pulgares para abrirme más—. Algún día te lo voy a follar despacio. Hoy no. Hoy quiero que aprendas a que te la coman a gusto.
Volvió a subir a la polla, se la tragó hasta el fondo, y sus manos me acariciaban los muslos, las caderas, el interior de las nalgas hasta rozarme zonas que yo creía intocables. Un dedo humedecido con saliva empezó a jugar en el agujero, sin forzar, solo presionando, entrando la primera falange y saliendo, y cada vez que empujaba un poco más adentro yo sentía cómo la polla se me ponía todavía más dura dentro de su boca, como si aquellos dos puntos estuvieran conectados por un cable. Cada vez que sentía que iba a terminar, él lo notaba y aflojaba el ritmo, me sacaba la polla de la boca, me la apretaba en la base con el puño para cortarme el orgasmo, y esperaba unos segundos antes de volver a empezar. Me tuvo así, al borde, cuatro o cinco veces, alargando aquello hasta volverlo casi insoportable.
—Tengo que sacarte hasta la última gota —murmuró en algún momento, y yo me reí por primera vez en toda la noche, con una risa entrecortada que se me convirtió en gemido cuando volvió a metérsela hasta el fondo.
Cuando finalmente me dejó acabar, fue un orgasmo distinto al del sofá. Más largo, más consciente, sin la coartada del alcohol ni la sorpresa. Sentí cómo la corrida me subía desde los huevos, cómo se me contraía todo el vientre, cómo mi polla le disparaba en la boca chorro tras chorro mientras él no dejaba de succionar y de mirarme desde abajo, tragando cada descarga sin perder una gota. Apreté las sábanas, le dije su nombre dos veces seguidas, se me escapó un «joder, Esteban, joder» sin poder controlarlo, y me quedé tumbado mirando el ventilador del techo girar despacio, con la polla todavía en su boca, latiéndole entre los labios hasta que se me fue ablandando poco a poco.
Solo entonces me la soltó, con un beso húmedo en la punta, y subió hasta mi altura. Se acostó a mi lado, me pasó el brazo por encima del pecho y, cuando le noté la verga dura clavándome en la cadera, entendí que aún le quedaba trabajo por hacer. Bajé la mano por instinto y se la agarré. La tenía caliente, gruesa, con la punta ya mojada. Empecé a hacérsela despacio, torpe al principio, imitando lo que yo mismo me hacía cuando estaba solo. Él no dijo nada. Solo cerró los ojos y me dejó aprender, moviendo apenas la cadera para marcarme el ritmo, y cuando encontré el compás soltó un gemido ronco que fue lo más excitante que oí en toda la noche.
—Así, muy bien —susurró—. Un poco más apretado. Con saliva.
Me escupí en la mano y volví. Se la masturbé mirando cómo el glande grueso aparecía y desaparecía dentro de mi puño, cómo se le tensaban los huevos, cómo empezaba a respirar por la boca. Tardó poco. Un par de minutos más y le vi salir el primer chorro, blanco y espeso, aterrizándome en el pecho, seguido de otros tres o cuatro que le brotaron con fuerza mientras él apretaba los dientes y me clavaba los dedos en el hombro. Cuando terminó, me miró la corrida embadurnada por el pecho y sonrió.
—Bienvenido —dijo, y me limpió con dos dedos, y esos dos dedos me los pasó despacio por los labios hasta que abrí la boca y los chupé sin pensarlo.
Por primera vez en cuatro días sentí que mi cabeza y mi cuerpo dejaban de pelearse.
—Estos días he pensado mucho en ti —dijo—. Cada vez que me he metido en la cama.
—Yo también —admití.
No supe en ese momento si aquello era el principio de algo o el final de la persona que había sido hasta entonces. Tampoco me importó demasiado. Quedamos en que volvería al día siguiente. Y volví.