Lo que descubrí cuando dejé entrar a otro hombre
Voy a contarles, a grandes rasgos pero sin filtros, cómo descubrí que soy pasivo total y que para mí no existe otra manera de tener sexo. Lo escribo porque a veces leo confesiones por ahí y me cuesta encontrar voces parecidas a la mía: hombres que no sienten ninguna culpa por preferir entregarse y que tardaron, como yo, en aceptarlo del todo.
Hasta los veinte años solo había estado con mis propias manos. Vivía en una ciudad chica, en una familia más bien tradicional, y lo único que tenía claro era que los chicos me gustaban más de lo permitido decir en voz alta. Por eso empecé temprano con la masturbación anal: primero un dedo en la ducha, después dos, más tarde un cepillo de mango largo bien lubricado, y cuando junté valor pedí mi primer juguete por internet, en un paquete sin remitente que recibí temblando.
Llegué a entrenarme casi a diario. No era una obsesión, era una rutina íntima. Me ponía música suave, encendía una vela y me tomaba mi tiempo. Aprendí a leer mi propio cuerpo: cuándo aceptaba más, cuándo había que esperar, cómo respirar para que el placer no se cortara por el dolor. Lo único que me faltaba era saber qué se sentía con un hombre real adentro.
Esa parte llegó un sábado de marzo, año y medio después de la graduación.
Matías había sido mi compañero de banco durante los dos últimos años del colegio. Era el típico chico que coqueteaba con todas y a quien yo miraba de reojo cuando se levantaba a buscar la mochila. Nunca pasó nada entre nosotros, pero alguna mirada quedó suspendida en el aire más tiempo del necesario. Cuando me escribió por mensaje preguntando si estaba en la ciudad, porque pasaba el fin de semana, supe inmediatamente lo que iba a pasar. No por arrogancia: simplemente, lo supe.
Quedamos en un bar pequeño cerca del río. Él pidió cerveza, yo también, aunque no me gusta. Hablamos del colegio, de los profesores, de quién se había casado, quién se había ido del país. A la tercera ronda Matías me miró con la cabeza un poco ladeada y me preguntó si vivía solo. Le dije que sí. Pagamos sin discutir y caminamos en silencio las cuatro cuadras hasta mi departamento.
Apenas cerré la puerta, él dejó la chaqueta tirada sobre una silla y me arrinconó contra la pared del pasillo. No fue agresivo: fue decidido. Me besó con una calma que no se correspondía con la urgencia que sentía debajo de los pantalones. Matías siempre supo lo que quería, y esa noche resultó que también quería esto.
—¿Lo hiciste antes? —me preguntó al oído mientras me bajaba el cierre.
—Con nadie. Solo conmigo.
Lo dije sin pudor. Se rió bajito y me mordió el lóbulo de la oreja.
—Entonces vamos despacio.
Fuimos despacio. Tenía un lubricante decente en el cajón de la mesa de noche y una sola condición: que no me cortara nada por dentro. Matías me preparó con tres dedos durante lo que me pareció una eternidad mientras yo apretaba la almohada bocabajo, escuchando mi propia respiración. Cuando finalmente sentí la punta de su pene presionando, contuve el aire. La diferencia con un juguete es difícil de explicar: hay calor, hay temblor, hay un peso humano detrás del empuje. No es un objeto: es alguien.
La primera entrada me dolió. Apenas un segundo, ese segundo en el que el cuerpo decide si se cierra o se abre. Matías no avanzó. Se quedó muy quieto, una mano en mi cadera y la otra en mi nuca, esperando. Cuando relajé los hombros, empujó un poco más. Y otro poco. Salió entero, volvió a entrar, salió de nuevo. Yo escuchaba mis propios gemidos como si vinieran de otra persona, y a la vez algo en mí estaba aprendiendo, registrando cada microajuste.
A los cinco minutos ya no dolía. A los diez, le pedí que no parara. A los quince me di cuenta de que el placer no me lo daba mi propia mano apretándome adelante: me lo daba él, moviéndose detrás. Acabé con su pecho pegado a mi espalda, su barbilla sobre mi hombro y una sensación nueva en el centro del cuerpo que no se parecía a nada de lo que había sentido antes.
Dormimos un rato. A la mañana siguiente Matías se fue temprano, sin dramas. Nos prometimos escribir; no escribimos. No fue un amor ni fue una herida: fue una puerta.
***
Después de él pasaron dos años raros. Tuve algún encuentro digital, alguna conversación que no llegó a cita, muchos juguetes nuevos. Compré uno más grande y aprendí a relajarme con él en cualquier postura. Pero ya no me alcanzaba. Ya sabía que existía la otra cosa, la real, y los dildos habían pasado a ser una práctica, no una solución.
A Joaquín lo conocí en una librería. No voy a contar cómo, porque ese principio lo guardo para nosotros. Llevamos juntos un año y siete meses, y la primera vez que vino a casa, después de tres semanas saliendo, supe que iba a entregarme entero. No de una manera teatral: simplemente, lo sentí.
El problema fue que Joaquín era tímido. Mucho. Tímido en general, pero sobre todo tímido en la cama. Las primeras veces hacíamos casi todo menos lo que yo más quería. Él se quedaba esperando una señal y yo, por cobardía o por respeto, no me animaba a dársela en palabras. Nos dormíamos abrazados, contentos pero a medias.
Una noche de viernes, después de una cena en la que tomé un poco más de vino del que suelo, me senté sobre sus muslos con las dos manos en su cara y se lo dije.
—Quiero que me cojas. Hoy. Sin miedo.
Joaquín se puso rojo hasta las orejas. Después se rió, esa risa nerviosa que pone cuando se siente descubierto. Y después dejó de reírse.
—¿Estás seguro? Soy más grande que cualquiera de tus juguetes. No quiero hacerte daño.
Esa frase lo resume todo: él pensando en mí antes que en él. Le dije que sí, que llevaba años preparándome para esto sin saberlo. Y empezó.
Joaquín tiene un pene grueso. Más grueso que largo, lo cual para alguien como yo, que apenas había manejado un dildo mediano, era un cambio considerable. La primera vez metió la punta y la sacó tres veces antes de avanzar. Usó la mitad del frasco de lubricante. Cada centímetro era una pausa. Yo le pedía que entrara más y él me decía que no, todavía no, esperá.
—Confía en mí —repetía, con la voz un poco quebrada.
Tardó casi veinte minutos en estar dentro entero. Y cuando lo estuvo, yo lloraba. No de dolor: de algo más raro, algo a lo que todavía no le encuentro nombre del todo. Era como si una parte de mí que había estado preparándose en secreto durante años por fin tuviera permiso para existir frente a otra persona.
—No pares —le pedí.
No paró. Se movió suave, con la frente pegada a mi nuca, una mano en mi pecho y la otra entrelazada con la mía sobre la almohada. No me tocó adelante. No hizo falta. Acabé sin que nadie me masturbara, algo que con los juguetes había rozado pero nunca conseguido del todo. Él terminó después, despacio, sin dejar de besarme el hombro.
***
Esa noche fue hace año y medio, y desde entonces aprendimos. Aprendimos juntos. Hoy no hay sesión en la que él no termine dentro de mí y yo sin necesidad de tocarme, salvo cuando jugamos a otra cosa. Probamos posturas, probamos ritmos, probamos a quedarnos quietos mucho tiempo solo para sentirnos. A veces me prepara durante media hora con la boca y los dedos antes de penetrarme; a veces lo hace en cinco minutos contra la pared del baño cuando estamos por salir a algún lado.
Lo que cambió no es lo que hacemos, sino lo que entendí. Entendí que ser pasivo, para mí, no es ser menos. Entendí que entregar el cuerpo también es una forma de tener todo el poder, porque él se mueve para mí, atento a cada gesto, y soy el centro de su atención completa mientras dura. La sumisión, en pareja, no humilla a nadie: ata.
A veces, cuando estamos uno frente al otro en el sofá viendo una película, pienso en lo que hubiera sido de mi vida si nunca hubiera abierto aquel paquete sin remitente a los diecinueve años. Si nunca le hubiera contestado el mensaje a Matías. Si nunca le hubiera pedido a Joaquín, con dos copas de vino encima, que me cogiera sin miedo. Probablemente seguiría tocándome a solas, convencido de que esa era toda la verdad disponible para alguien como yo.
Y no lo era. Para mí, ahora lo sé, el placer pasa por una sola puerta y la abrió un hombre. Primero uno, después otro. Y este otro no se va. No por ahora.
Lo escribo aquí porque quizá alguien lo lea y reconozca algo. Si está en el principio del camino, le diría que no se apure, que practique solo, que conozca su propio ritmo antes de pedirle a nadie que lo invada. Y si ya tiene a alguien que lo mira con paciencia, que le confíe el cuerpo entero. Vale absolutamente la pena.