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Relatos Ardientes

Lo que descubrí cuando dejé entrar a otro hombre

Voy a contarles, a grandes rasgos pero sin filtros, cómo descubrí que soy pasivo total y que para mí no existe otra manera de tener sexo. Lo escribo porque a veces leo confesiones por ahí y me cuesta encontrar voces parecidas a la mía: hombres que no sienten ninguna culpa por preferir entregarse y que tardaron, como yo, en aceptarlo del todo.

Hasta los veinte años solo había estado con mis propias manos. Vivía en una ciudad chica, en una familia más bien tradicional, y lo único que tenía claro era que los chicos me gustaban más de lo permitido decir en voz alta. Por eso empecé temprano a meterme cosas por el culo: primero un dedo en la ducha, resbaloso de jabón, hasta el nudillo; después dos, abriéndome despacio hasta sentir que el anillo cedía; más tarde el mango largo de un cepillo bien lubricado con crema de manos, que me clavaba de rodillas contra la bañera mordiéndome la toalla para no gritar. Cuando junté valor pedí mi primer juguete por internet, un consolador de silicona de tamaño mediano, y recibí el paquete sin remitente temblando en la puerta. Esa misma noche me lo metí entero, sentado sobre él encima de la cama, y me corrí sin tocarme la polla, salpicándome el ombligo, apenas por sentir cómo se me abría el culo alrededor de algo que no era mi propia mano.

Llegué a entrenarme casi a diario. No era una obsesión, era una rutina íntima. Me ponía música suave, encendía una vela y me tomaba mi tiempo. Aprendí a leer mi propio cuerpo: cuándo aceptaba más, cuándo había que esperar, cómo respirar hondo justo en el momento del empuje para que el placer no se cortara por el dolor. Aprendí a coger de perrito con el consolador pegado al suelo con ventosa, a montarlo con las piernas abiertas mirándome al espejo, a follármelo boca arriba con las rodillas contra el pecho para que entrara hasta el fondo. Me estudié cada rincón del culo: el punto justo por dentro que, cuando la punta lo rozaba, me hacía chorrear líquido preseminal sin que la polla estuviera dura del todo. Lo único que me faltaba era saber qué se sentía con un hombre real adentro, con una verga de carne caliente, palpitando, corriéndose dentro de mí.

Esa parte llegó un sábado de marzo, año y medio después de la graduación.

Matías había sido mi compañero de banco durante los dos últimos años del colegio. Era el típico chico que coqueteaba con todas y a quien yo miraba de reojo cuando se levantaba a buscar la mochila, adivinándole el bulto por debajo del pantalón. Nunca pasó nada entre nosotros, pero alguna mirada quedó suspendida en el aire más tiempo del necesario. Cuando me escribió por mensaje preguntando si estaba en la ciudad, porque pasaba el fin de semana, supe inmediatamente lo que iba a pasar. No por arrogancia: simplemente, lo supe.

Quedamos en un bar pequeño cerca del río. Él pidió cerveza, yo también, aunque no me gusta. Hablamos del colegio, de los profesores, de quién se había casado, quién se había ido del país. A la tercera ronda Matías me miró con la cabeza un poco ladeada y me preguntó si vivía solo. Le dije que sí. Pagamos sin discutir y caminamos en silencio las cuatro cuadras hasta mi departamento.

Apenas cerré la puerta, él dejó la chaqueta tirada sobre una silla y me arrinconó contra la pared del pasillo. No fue agresivo: fue decidido. Me besó con una calma que no se correspondía con la urgencia que sentía debajo de los pantalones, esa polla dura empujándome el muslo a través de la tela. Matías siempre supo lo que quería, y esa noche resultó que también quería esto. Me metió la lengua hasta la garganta y me agarró del culo con las dos manos, apretándome contra su bulto, restregándose.

—¿Lo hiciste antes? —me preguntó al oído mientras me bajaba el cierre.

—Con nadie. Solo conmigo.

Lo dije sin pudor. Se rió bajito y me mordió el lóbulo de la oreja.

—Entonces vamos despacio. Pero te la vas a comer entera.

Fuimos despacio. Lo llevé al dormitorio de la mano y él se sentó en el borde de la cama y me bajó los pantalones y el bóxer de un tirón, dejándome parado, con la polla saltando delante de su cara. No me tocó todavía. Me miró de abajo hacia arriba, con una media sonrisa, y se abrió el cinturón. Cuando se bajó el pantalón le vi la verga por primera vez: no era descomunal, pero era hermosa, gruesa hacia la base, con la cabeza ancha y los huevos apretados debajo. Me arrodillé sin que me lo pidiera. Se la metí en la boca hasta donde pude, sintiendo el sabor salado del líquido que le brillaba en la punta, y él soltó un jadeo largo, con la nuca contra el respaldo.

—Así, despacio, chupámela toda —me dijo, agarrándome del pelo—. Mojála bien, que ahora te la voy a meter por el culo.

Le mamé la polla un rato largo, escupiendo saliva a lo largo del tronco, envolviéndole los huevos con la lengua, ahogándome cada vez que empujaba las caderas para que le llegara a la garganta. Cuando me levantó de los pelos y me tiró boca abajo sobre la cama, yo ya estaba temblando.

Tenía un lubricante decente en el cajón de la mesa de noche y una sola condición: que no me cortara nada por dentro. Matías se untó los dedos y me metió el primero de golpe, hasta los nudillos, y yo mordí la almohada. Después el segundo, girándolos, abriéndome. El tercero costó más. Me preparó con tres dedos durante lo que me pareció una eternidad mientras yo apretaba la almohada bocabajo, con el culo levantado, escuchando mi propia respiración entrecortada y el chapoteo del lubricante entrando y saliendo de mi agujero. Cuando finalmente sentí la punta de su polla presionando el anillo, contuve el aire. La diferencia con un juguete es difícil de explicar: hay calor, hay temblor, hay un peso humano detrás del empuje, hay una verga que late al ritmo del corazón del otro. No es un objeto: es alguien.

La primera entrada me dolió. Apenas un segundo, ese segundo en el que el cuerpo decide si se cierra o se abre. Matías no avanzó. Se quedó muy quieto con la cabeza clavada en la puerta, una mano en mi cadera y la otra en mi nuca, esperando. Cuando relajé los hombros, empujó un poco más. Y otro poco. Sentí cómo el tronco entero me abría por dentro, cómo se acomodaba contra mis paredes, cómo cada centímetro despertaba un nervio que yo ni sabía que tenía. Salió entero, con un ruido húmedo, y volvió a entrar de una sola estocada, esta vez hasta los huevos, golpeándome el culo contra su pelvis. Yo escuchaba mis propios gemidos como si vinieran de otra persona, y a la vez algo en mí estaba aprendiendo, registrando cada microajuste, cada ángulo distinto en el que su polla me raspaba por dentro.

—Qué culo apretado tenés, hijo de puta —me susurró contra la oreja—. Te voy a coger toda la noche.

A los cinco minutos ya no dolía. A los diez, le pedí que no parara. A los quince me di cuenta de que el placer no me lo daba mi propia mano apretándome adelante: me lo daba él, moviéndose detrás, clavándomela hasta el fondo con embestidas cada vez más largas, cada vez más brutales. La cama chirriaba. El olor a sudor y a lubricante llenaba el cuarto. Yo tenía la polla goteando debajo, pegada al colchón, y no me la había tocado ni una sola vez. Acabé con su pecho pegado a mi espalda, su barbilla sobre mi hombro y su verga clavada hasta la base cuando sentí el chorro caliente pintándome las paredes por dentro, un chorro largo, tres, cuatro sacudidas, y yo me corrí abajo sin usar las manos, gimiendo con la boca abierta contra la almohada, con una sensación nueva en el centro del cuerpo que no se parecía a nada de lo que había sentido antes. Cuando sacó la polla, sentí el semen chorrearme por la cara interna del muslo.

Dormimos un rato. A la mañana siguiente Matías se fue temprano, sin dramas, después de meterme la polla en la boca una última vez y correrse en mi lengua mientras yo lo miraba desde abajo. Nos prometimos escribir; no escribimos. No fue un amor ni fue una herida: fue una puerta.

***

Después de él pasaron dos años raros. Tuve algún encuentro digital, alguna conversación que no llegó a cita, muchos juguetes nuevos. Compré uno más grande, con venas marcadas y un glande ancho como un puño chico, y aprendí a relajarme con él en cualquier postura: montándolo en la ducha con el agua caliente cayéndome por la espalda, o clavándomelo de espaldas contra el borde del escritorio mientras miraba porno con la otra mano. Pero ya no me alcanzaba. Ya sabía que existía la otra cosa, la real, esa polla que respira, que se hincha justo antes de acabar, que te llena el culo de semen tibio. Los dildos habían pasado a ser una práctica, no una solución.

A Joaquín lo conocí en una librería. No voy a contar cómo, porque ese principio lo guardo para nosotros. Llevamos juntos un año y siete meses, y la primera vez que vino a casa, después de tres semanas saliendo, supe que iba a entregarme entero. No de una manera teatral: simplemente, lo sentí.

El problema fue que Joaquín era tímido. Mucho. Tímido en general, pero sobre todo tímido en la cama. Las primeras veces hacíamos casi todo menos lo que yo más quería: nos chupábamos las pollas, nos masturbábamos mutuamente, él me comía el culo con la lengua durante horas —Dios, qué bien lo hacía, cómo me abría las nalgas con las dos manos y me metía la punta de la lengua adentro hasta hacerme gemir como una perra—, pero cuando llegaba el momento de meterla, se frenaba. Se quedaba esperando una señal y yo, por cobardía o por respeto, no me animaba a dársela en palabras. Nos dormíamos abrazados, con las pollas todavía duras entre las piernas, contentos pero a medias.

Una noche de viernes, después de una cena en la que tomé un poco más de vino del que suelo, me senté sobre sus muslos con las dos manos en su cara y se lo dije.

—Quiero que me cojas. Hoy. Sin miedo. Quiero tu polla adentro y quiero que te corras en el fondo de mi culo.

Joaquín se puso rojo hasta las orejas. Después se rió, esa risa nerviosa que pone cuando se siente descubierto. Y después dejó de reírse.

—¿Estás seguro? La tengo gruesa. Más gruesa que cualquiera de tus juguetes. No quiero hacerte daño.

Esa frase lo resume todo: él pensando en mí antes que en él. Le dije que sí, que llevaba años preparándome para esto sin saberlo. Le desabroché el pantalón ahí mismo, arriba de él, y cuando le bajé el bóxer y le vi la verga por primera vez entera y dura entendí a qué se refería. Era corta comparada con las que había visto en videos, pero increíblemente gruesa, con las venas marcadas y una cabeza ancha, roja, brillante, que apenas me cabía en la palma cuando se la agarré. Se la mamé un rato ahí sentado sobre él, apenas la mitad, ahogándome cada vez que intentaba tragarla más profundo, escupiendo saliva por los costados hasta dejársela toda mojada y goteando.

—Ven —me dijo, con la voz cortada—. A la cama.

Joaquín tiene una polla gruesa. Más gruesa que larga, lo cual para alguien como yo, que apenas había manejado un dildo mediano, era un cambio considerable. Me puso boca arriba en la cama, con una almohada debajo de la cadera, y me abrió las piernas hasta apoyármelas contra el pecho. Quería mirarme la cara. Me untó el culo con una cantidad obscena de lubricante, embadurnándome bien el anillo con dos dedos, metiéndolos y sacándolos hasta que sonaban con ese chapoteo húmedo que a mí me pone loco. Después se untó la polla, apoyó la cabeza contra mi entrada y empujó.

La primera vez metió la punta y la sacó tres veces antes de avanzar. La cabeza era tan ancha que cada vez que quería entrar me obligaba a contraer los dedos de los pies. Usó la mitad del frasco de lubricante. Cada centímetro era una pausa. Yo le pedía que entrara más y él me decía que no, todavía no, esperá.

—Confía en mí —repetía, con la voz un poco quebrada, con el sudor cayéndole desde la frente hasta el pecho—. Ya casi. Respirá, amor. Sacá el aire.

Yo exhalaba y él aprovechaba para ganar otro centímetro, y otro más, hasta que sentí los huevos calientes contra mis nalgas y supe que la tenía toda adentro. Tardó casi veinte minutos en estar dentro entero. Y cuando lo estuvo, yo lloraba. No de dolor: de algo más raro, algo a lo que todavía no le encuentro nombre del todo. Era como si una parte de mí que había estado preparándose en secreto durante años por fin tuviera permiso para existir frente a otra persona. Estaba lleno. Estaba abierto. Sentía cada latido de su polla contra mis paredes, cada palpitación, como un segundo corazón metido dentro de mi cuerpo.

—No pares —le pedí.

No paró. Empezó a moverse suave, sacándola apenas hasta la mitad y volviéndola a hundir despacio, con la frente pegada a mi nuca cuando me giró de costado, después boca abajo, después otra vez de espaldas, buscando el ángulo. Una mano en mi pecho, apretándome la tetilla, y la otra entrelazada con la mía sobre la almohada. Cuando encontró el ángulo justo, cuando la cabeza gruesa de su polla empezó a rozarme por dentro ese punto que yo ya conocía de tantas horas a solas, todo mi cuerpo se arqueó. No me tocó adelante. No hizo falta. Mi polla saltaba contra mi vientre a cada embestida, dejando un charco de líquido preseminal en mi ombligo. Empezó a acelerar, a coger más fuerte, cada golpe seco de sus caderas contra mi culo sonaba en toda la habitación.

—Me voy a correr —le avisé, sin creerlo yo mismo—. Me voy a correr sin tocarme.

—Corréte —jadeó él—. Corréte con mi polla adentro. Quiero sentirte apretar.

Acabé sin que nadie me masturbara, algo que con los juguetes había rozado pero nunca conseguido del todo. Chorros largos, blancos, que me llegaron hasta el pecho y la barbilla, mientras el culo se me contraía en espasmos alrededor de su verga. Él aguantó unos segundos más, mirándome la cara con la boca abierta, y después se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí con un gruñido ronco, apretándome las caderas con las dos manos, descargando adentro con sacudidas largas que yo sentí perfectamente, una por una. Terminó despacio, sin dejar de besarme el hombro, todavía duro, todavía adentro, hasta que la polla se le fue ablandando y salió sola, seguida de un hilo de semen que me chorreó por la raya del culo hasta la sábana.

***

Esa noche fue hace año y medio, y desde entonces aprendimos. Aprendimos juntos. Hoy no hay sesión en la que él no termine dentro de mí y yo sin necesidad de tocarme, salvo cuando jugamos a otra cosa. Probamos posturas —de perrito con la cara contra el colchón, montándolo yo con las manos en su pecho, de cucharita medio dormidos, de pie con una pierna mía apoyada en el lavabo—, probamos ritmos, probamos a quedarnos quietos mucho tiempo solo para sentirnos, con su polla clavada hasta la base y nuestras respiraciones sincronizadas. A veces me prepara durante media hora con la boca y los dedos antes de penetrarme, comiéndome el culo hasta que le suplico que me la meta; a veces lo hace en cinco minutos contra los azulejos del baño cuando estamos por salir a algún lado, con los pantalones a media pierna y la polla llenándome de leche antes de vestirnos.

Lo que cambió no es lo que hacemos, sino lo que entendí. Entendí que ser pasivo, para mí, no es ser menos. Entendí que entregar el culo también es una forma de tener todo el poder, porque él se mueve para mí, atento a cada gesto, y soy el centro de su atención completa mientras me la clava. La sumisión, en pareja, no humilla a nadie: ata.

A veces, cuando estamos uno frente al otro en el sofá viendo una película, pienso en lo que hubiera sido de mi vida si nunca hubiera abierto aquel paquete sin remitente a los diecinueve años. Si nunca le hubiera contestado el mensaje a Matías. Si nunca le hubiera pedido a Joaquín, con dos copas de vino encima, que me cogiera sin miedo. Probablemente seguiría tocándome a solas, metiéndome consoladores en la ducha, convencido de que esa era toda la verdad disponible para alguien como yo.

Y no lo era. Para mí, ahora lo sé, el placer pasa por una sola puerta y la abrió una polla. Primero una, después otra. Y esta otra no se va. No por ahora.

Lo escribo aquí porque quizá alguien lo lea y reconozca algo. Si está en el principio del camino, le diría que no se apure, que practique solo, que se aprenda el culo de memoria antes de pedirle a nadie que lo invada. Y si ya tiene a alguien que lo mira con paciencia, que le confíe el cuerpo entero, que abra las piernas sin miedo. Vale absolutamente la pena.

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Comentarios(8)

Facundo_BA

Increible como lo narraste, se siente autentico y sin poses. De los mejores que lei en esta categoria!!!

SergioCba87

La tension que describe antes del momento principal es de lo mejor. No le falta nada, muy bien llevado.

PedroCba22

Se me hizo corto la verdad, queria seguir leyendo. Hay segunda parte?

CuriosoBA

Que bueno encontrar un relato tan bien escrito por aca. Gracias por compartirlo

Dieguitomza

jajaja se nota que el que escribe sabe de lo que habla. Tremendo

ElChicoK

Me recordo a mis primeras curiosidades de joven... este relato las despierta de nuevo jaja. Muy bueno en serio, saludos

Lucas_cba

sigue escribiendo por favor!!!

trans_lector88

Que descripcion tan detallada y al mismo tiempo elegante. Raro de encontrar este nivel de escritura. Saludos

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