Iván me esperaba con la lencería de su esposa
Durante años pensé que esa fantasía iba a quedarse encerrada en mi cabeza, repitiéndose en bucle cada vez que apagaba la luz y me quedaba solo en la cama. Tenía bastante claro lo que quería, y precisamente por eso me daba miedo. No era una imagen vaga ni un capricho. Era un guion entero, ensayado tantas veces que ya casi era un recuerdo.
Quería un hombre varonil, mayor que yo, con barba espesa y vello oscuro repartido por todo el cuerpo. Quería que estuviera casado, porque la idea de meterme entre la rutina de otra mujer me ponía la piel caliente sin necesidad de tocarme. Quería que me cogiera con la ropa interior de su esposa puesta. Quería arrodillarme delante de él, sentir su olor, su peso, su impaciencia. Quería decirle «sos mi macho» y que se lo creyera.
Conocer a Iván fue accidente y vértigo a partes iguales.
Lo vi por primera vez en el gimnasio del barrio, un sótano sin pretensiones donde casi nunca había más de cinco personas a esa hora. Llevaba una camiseta de tirantes desteñida y unos pantalones cortos de mezclilla que se le pegaban a los muslos. Tenía vello oscuro en los brazos, en el pecho, en las piernas. Barba espesa, recortada con descuido, como si la hubiera dejado crecer para olvidarse de ella.
Lo que me partió en dos no fue el cuerpo sino la forma en que se movía. Lento, seguro, sin la pose de quien sabe que lo miran. Cuando se sentaba en el banco a recuperar el aliento, apoyaba los codos en las rodillas y se quedaba mirando el suelo con la boca entreabierta. Era un hombre que respiraba como si el aire también le perteneciera.
Nos cruzamos varias semanas sin decirnos más que un saludo de cabeza. Yo prolongaba mis series, cambiaba de máquina cuando él cambiaba, calculaba el momento exacto en que pasaría detrás de mí para que su olor me llegara unos segundos. Sudor limpio y un dejo de tabaco. Una vez se inclinó a recoger una toalla cerca de mis pies y el vello de su antebrazo me rozó el tobillo. No volví a la rutina ese día. Me fui a casa y me masturbé tres veces pensando en ese roce.
—¿Vos también venís a esta hora siempre? —me preguntó una tarde, mientras llenaba una botella en el dispensador.
—Casi siempre. Después del trabajo se llena.
—Mejor cuando no hay nadie —dijo, y me miró un segundo más de lo necesario.
Esa segunda mirada lo cambió todo. No fue una insinuación clara, fue algo más sucio: una pregunta sin formular, suspendida en el aire húmedo del sótano. Asentí sin saber a qué estaba diciendo que sí, y él esbozó media sonrisa antes de volver a su rutina.
***
Pasaron dos semanas hasta que volvió a hablarme. Esta vez fue a la salida, en la vereda, mientras encendía un cigarrillo con la mano ahuecada contra el viento. Me ofreció uno sin mirarme. Lo acepté aunque hacía años que no fumaba.
—Mi mujer está en Mendoza visitando a la madre —dijo, casi como si comentara el clima—. Vuelve el martes.
—Ah —contesté, y me sentí estúpido por contestar tan poco.
—Si querés venir a tomar algo a casa, vivo a tres cuadras.
Lo dijo sin levantar la vista, mirando la brasa del cigarrillo. Yo tampoco lo miré. Asentí dos veces, muy rápido, como un adolescente al que le ofrecen entrar al cine sin pagar.
Caminamos en silencio. Iván iba medio paso adelante, con las llaves girando en el dedo índice. Yo intentaba que mi respiración no se notara. El aire de junio bajaba seco entre los edificios y olía a ese frío de barrio que precede a las cenas familiares. Pasamos al lado de una panadería que cerraba, de un kiosco con la persiana a medio bajar, de un perro atado a la reja de una casa que ni se molestó en ladrar.
El edificio era de los años setenta, ascensor con puerta de tijera, pasillo con baldosas verdes. Cuando giró la llave en la cerradura del 4B, mi corazón hacía tanto ruido que pensé que él podía oírlo desde la espalda.
***
El departamento olía a comida casera y a un perfume floral que no era el suyo. Había fotos enmarcadas en la entrada: Iván abrazando a una mujer rubia en una playa, los dos sonriendo con esa felicidad despreocupada de las parejas que todavía no saben lo que vendrá. En el espejo del pasillo, junto a la puerta, colgaba un rosario.
—Sentate —me dijo, señalando un sillón color mostaza—. Te sirvo un whisky.
No me senté. Me quedé de pie en el medio del living, mirando los pequeños rastros de su vida cotidiana: una taza vacía sobre la mesa ratona, una revista de decoración doblada a la mitad, un mate apoyado en el alféizar. Era el escenario doméstico más banal del mundo y yo estaba ahí, a punto de hacer algo que no se podía deshacer.
Cuando volvió con dos vasos, no me los dio. Apoyó los dos sobre la mesa y se acercó. Tenía los ojos oscuros y una pequeña cicatriz en la ceja izquierda que no había notado antes. Olía a esa misma mezcla del gimnasio: sudor, tabaco, algo más cálido debajo.
—¿Querés que te sea sincero? —dijo en voz baja.
—Sí.
—Hace dos meses que pienso en vos.
No me dio tiempo de contestar. Me agarró la nuca con una mano grande, áspera, y me besó. Fue un beso de hombre, no había suavidad de cortesía. Su barba me raspó las mejillas, los labios, el mentón. Sentí su lengua entrar como si fuera un derecho adquirido, y me dejé. Le pasé las manos por la espalda, por debajo de la remera. Tenía el cuerpo cálido, casi febril, y un pecho cubierto de vello que se me enredó en los dedos.
—Vení —dijo cuando se separó—. Hay algo que quiero que veas.
***
El dormitorio tenía una cama matrimonial con una colcha tejida a crochet, una imagen religiosa sobre el respaldo y una mesa de luz con un libro abierto bocabajo. Iván fue directo al placard, abrió el cajón de abajo y empezó a revolver entre la ropa interior.
—Mi mujer tiene cosas que no se anima a usar —murmuró, sin darse vuelta—. Las compra y las guarda.
Sacó un conjunto de encaje negro, todavía con la etiqueta colgando de un alfiler de gancho. Lo dejó sobre la cama, lo desplegó con las dos manos como quien muestra un mantel limpio. Después me miró.
—Ponételo.
No fue un pedido, fue una orden dicha en voz tan baja que casi se confundía con un susurro. Me temblaron las manos cuando empecé a desabrocharme el cinturón. Él se sentó al borde de la cama, abrió las piernas y se cruzó de brazos. Me miraba como si yo fuera un experimento del que ya conocía el resultado.
Me bajé los jeans, los calzoncillos, la remera. Levanté la bombacha de encaje con cuidado, como si pudiera romperse, y me la calcé despacio. La tela era fría y tirante en los lugares justos. Me toqué un segundo sobre la tela para acomodarme, y noté que Iván seguía cada uno de mis gestos sin parpadear.
—Vení para acá —dijo.
Caminé los tres pasos que nos separaban con las rodillas flojas. Me agarró por la cintura, me dio vuelta y me hizo apoyar las manos en el respaldo de la cama. Sentí el encaje rozarme contra el sexo, ya duro, y al mismo tiempo su mano abierta sobre el medio del culo. La dejó un instante. Después me dio una nalgada que sonó seca, fuerte. La onda me subió por la columna hasta los dientes.
—No te muevas.
***
Lo escuché desvestirse a mi espalda. La hebilla del cinturón, el roce de la tela, el chasquido del botón. Después sentí su cuerpo entero pegarse al mío. Su pecho velludo contra mi espalda, su miembro ya duro empujando entre mis nalgas por encima del encaje. Me agarró el pelo con una mano y me obligó a girar la cabeza para besarme otra vez.
—Arrodillate —me dijo al oído.
Me dejé caer en la alfombra. Él quedó parado, las piernas separadas, el sexo a la altura de mi boca. Empecé despacio, como había soñado tantas veces: lengüetazos en la punta primero, después un recorrido lento por el tronco, los testículos en mi boca, mi mano libre buscando sus nalgas y la otra siguiéndole el ritmo. Tenía un sabor salado, fuerte, masculino, y un olor que se me iba a quedar dentro de la cabeza durante días.
—Así, despacio —respiraba—. Mirame mientras me la chupás.
Lo miré. Tenía los ojos entrecerrados, una mano apoyada en la cómoda y la otra agarrándome el pelo. La cicatriz de la ceja se le marcaba con la luz amarilla del velador. En las paredes había una foto de su casamiento, una virgen pintada al óleo y un calendario de farmacia. Yo estaba arrodillado en medio de todo eso, con la bombacha de su mujer puesta. La vergüenza y el deseo se me mezclaban en un solo nudo que me apretaba el estómago de placer.
No voy a poder volver a ser el mismo después de esto.
***
Me levantó del codo y me empujó de nuevo contra la cama. Esta vez me tiró boca arriba, me corrió la bombacha hacia un costado, me levantó las piernas. Escupió en su mano, untó, se acomodó. Empujó con paciencia, despacio, mirándome la cara para medirme.
—¿Aguantás?
—Sí.
Empujó más. Sentí cómo me iba abriendo, cómo el placer se acomodaba detrás del ardor inicial. Cuando entró del todo, se quedó quieto unos segundos, respirando sobre mi boca.
—Decímelo.
—¿Qué?
—Lo que pensás de mí.
—Sos mi macho —dije, y sentí que la cara me ardía—. Sos mi macho, cogeme.
Empezó a moverse. Lento al principio, después con un ritmo seco, eficiente. Me agarró las dos piernas y se las puso al hombro. Me sostenía las caderas con esas manos grandes de hombre que trabaja, y cada vez que entraba hasta el fondo, soltaba un gruñido bajo que parecía salirle del pecho. La cama crujía. La virgen de la pared nos miraba.
—Date vuelta —pidió.
Me puso boca abajo, me levantó la cintura, me hizo arquear la espalda. Volvió a entrar de un solo movimiento y me agarró del culo con las dos manos. Me lo apretó hasta que pensé que iba a dejarme la marca. Después me dio otra nalgada, más fuerte que la primera. Y otra. Y otra. Le supliqué que siguiera, que no parara, que me cogiera más fuerte. La bombacha de encaje, todavía corrida hacia el costado, era una banda apretada en una de mis caderas. La sentía como una cuerda, como un recordatorio de que estaba haciendo algo que no me correspondía.
—¿Sos mi puto? —preguntó entre dientes.
—Sí.
—Decime para quién.
—Para vos.
Aceleró. Yo me tocaba al ritmo de él, aunque me costaba sostener el equilibrio. Cuando lo sentí endurecerse aún más, salió de golpe. Me agarró por las caderas, me tumbó de espaldas en el borde de la cama y se vino sobre mis nalgas, sobre el encaje arrugado, sobre la cara interna de mis muslos. Un chorro espeso, caliente, larguísimo. Le tembló todo el cuerpo. Apretaba los dientes y no dejaba de mirarme.
Yo terminé un segundo después, con los ojos clavados en él, sin poder pronunciar nada coherente.
***
Estuvimos en silencio mucho rato. Él, recostado de lado, con una mano apoyada en mi pecho. Yo, con el encaje hecho un trapo en una pierna, sin energía para sacármelo. La habitación olía a sudor, a sexo, a perfume de mujer.
—¿Te quedás un rato? —me preguntó.
—Un rato.
—Después te lavás y te vas. La cama tiene que quedar como estaba.
Asentí. Pensé en su mujer volviendo el martes desde Mendoza, deshaciendo la valija sobre esa misma colcha, abriendo el cajón de la ropa interior y encontrando todo aparentemente en orden. Pensé que nunca iba a saber. Pensé que durante días iba a oler el almohadón que ahora apretaba la mejilla de Iván y no iba a entender qué le resultaba familiar y al mismo tiempo ajeno.
No me dio culpa. Me dio una calma extraña, casi religiosa, como si por fin hubiera entendido una cosa importante sobre mí. La fantasía que había repetido tantas veces en mi cabeza estaba ahora detrás, era pasado. Y en lugar de cerrarme, me había abierto un mapa entero de cosas que todavía no había probado.
Iván se quedó dormido con la respiración pesada de los hombres que duermen bien. Yo me levanté en silencio, me saqué el encaje, lo doblé exactamente como él lo había sacado del cajón, le acomodé el alfiler con cuidado y lo dejé en el lugar exacto. Me vestí en el living. Me lavé en el baño con una toalla que después enjuagué hasta dejarla sin rastros. Antes de irme, me detuve un segundo frente al rosario del pasillo. No recé. Pero le sostuve la mirada al Cristo de bronce, como diciéndole que sabía lo que acababa de pasar y que no estaba pidiendo perdón.
Salí a la calle a las tres de la mañana. Hacía frío. Caminé las tres cuadras hasta la avenida con la sensación de tener un cuerpo nuevo, distinto, más mío.
Todavía no le dije a Iván que quiero volver. Pero la próxima vez que su mujer viaje, voy a estar ahí. Y la próxima vez voy a animarme a abrir yo mismo ese cajón.