Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi cuñado y la noche que prometí no repetir

Lo supe en el instante en que cruzó la puerta del bar a buscar a mi hermanastro Mateo: ese tipo era problema. Me lo dije con todas las letras, en silencio, mientras le daba la mano y trataba de no quedarme mirando esos labios rojos. Lo prohibido se reconoce rápido. Lo difícil es esquivarlo cuando se sienta enfrente tuyo durante dos años seguidos.

Mateo y yo siempre nos llevamos bien. Crecimos bajo el mismo techo desde que nuestros viejos se casaron, y descubrir que a los dos nos gustaban los hombres terminó de unirnos. Le conocí novios de paso, ninguno digno de recordar, hasta que apareció Damián. Cachetón, alto, con la sombra de barba pareja y esa cara de buen tipo que me derrite. Fuerte, de manos grandes, voz grave. La primera vez que lo vi fue en un concierto al que Mateo me arrastró, y desde el primer apretón sentí que el universo me estaba haciendo una broma de mal gusto.

Lo más raro de esa noche fue que Damián parecía detestarme. Me contestó con monosílabos, hizo cara de paciencia toda la velada y se despidió con un gesto seco. No le di importancia. Pensé que era una de esas parejas que Mateo iba a olvidar en tres semanas. Me equivoqué. Pasaron dos años y seguían juntos.

Cuando dejé atrás la primera impresión, descubrí que el tipo era buena gente. Divertido, deslenguado, con un humor frontal que rebotaba bien contra el carácter más callado de Mateo. Se hizo amigo de mi pareja, Andrés, salieron juntos un par de veces sin nosotros y la relación se asentó. Yo enterré las ganas en el rincón más cerrado de la cabeza y traté de mirarlo como se mira a un cuñado: con cariño y nada más.

Mentiría si dijera que lo logré del todo. Una noche, tomando entre los cuatro en mi casa, Damián se pasó de copas y me tocó a mí ayudarlo a la cama de huéspedes. Lo vi dormido, con la boca entreabierta, y se me cruzó la peor idea del mundo. Me incliné y le rocé los labios con los míos. Apenas un segundo. Después le bajé la mano hasta el bulto del pantalón y la dejé ahí un instante más largo del que debía. Salí del cuarto temblando, me masturbé en el baño y prometí no volver a pensarlo nunca.

Funcionó por un tiempo. Hasta que hace un par de meses, chateando, lo noté raro. Le pregunté si pasaba algo. Tardó en responder.

—No quiero decirte nada porque después le cuentas a Mateo —escribió.

—No le cuento todo a Mateo. Lo quiero, pero también soy tu amigo.

Ahí soltó, de a poco, que con Mateo peleaban mucho. Que había alguien que le mostraba interés, pero no le interesaba. Que la verdadera razón era otra: le gustaba alguien más.

—¿Y por qué no se lo dices?

—Imposible.

—¿Por qué?

—Es complicado.

—Bueno, no insisto. Discúlpame.

—Te cuento, pero me da miedo.

—Si te sientes cómodo, cuéntame. Prometo no juzgarte.

—¿Juras no decirle a nadie?

—Te lo juro.

—Es prohibido porque tiene pareja. Y peor: es el hermanastro de Mateo.

Me quedé mirando la pantalla del celular sin saber qué responder. No puede estar diciendo lo que estoy leyendo. Damián, que parecía detestarme aquel primer día, estaba confesando que yo le gustaba desde el concierto. Que ponía mala cara para disimular delante de Mateo. Que le atraían mi complexión de oso, mi forma de hablar masculina, lo fresco que me veía con la gente.

Intenté responder neutro. Suave. Sin alimentar nada. Pero las charlas se hicieron diarias, y diarias se hicieron largas, y largas se volvieron íntimas. Me confesó que era versátil, pero que Mateo solo era activo, así que llevaba meses sin que nadie le atendiera el culo. Le solté lo inverso: yo era casi siempre activo, pero cada tanto necesitaba que me dieran duro y a Andrés esa parte no le iba. Le conté lo del beso borracho, jurándole que no había pasado de ahí. La temperatura subió hasta que terminamos mandándonos fotos desnudos. La suya me dejó sin aire: diecisiete centímetros de carne recta, gruesa, con la cabeza marcada, las bolas depiladas. No entendía cómo Mateo podía no aprovechar eso. Esa noche me masturbé mirando su foto y dije su nombre cuando me vine.

***

Al día siguiente vino el cargo de conciencia. Le escribí pidiéndole que nos viéramos para cortar el tema en persona. Necesitaba mirarlo a los ojos y decirle que esto no iba a ningún lado. Quedamos un viernes. Ambas parejas sabían que íbamos a vernos a tomar algo. Antes de salir de casa me masturbé. Quería bajar la calentura para no tomar decisiones de las que me iba a arrepentir. Debí hacerlo dos veces.

Cenamos en un lugar tranquilo y le solté el discurso ensayado: lo nuestro no podía ser, éramos cuñados, había que parar ahí. Aceptó a regañadientes, con cara de perro mojado. Para suavizar la noche propuso que fuéramos a un bar a tomar una copa. Acepté. Error.

Cantamos, escuchamos música, nos reímos. El alcohol me fue corriendo las defensas. La paja de la tarde quedaba cada vez más lejos. Empecé a pensar cualquier cosa. Y si le doy un beso y mato las ganas. La idea creció con cada trago hasta que terminé pidiéndoselo yo. Soy un imbécil, lo sé. Nos besamos una vez, dos, diez, hasta parecer una pareja que se reencuentra después de meses. Me dijo al oído que quería estar conmigo. Para no hacer el cuento largo: terminamos en un motel a tres cuadras del bar.

Al cerrar la puerta del cuarto me empujó contra la pared. Me levantó los brazos sobre la cabeza, una mano rodeándome las dos muñecas, y me besó como si estuviera marcando territorio. Después empezó a desvestirme despacio, botón por botón de la camisa. Yo le solté el cinturón. Él me bajó el pantalón rozándome los muslos con la palma abierta. Caímos en la cama enredados. Yo le acariciaba la nuca, la barba, la mejilla, le tocaba la cara para asegurarme de que era él. De que era real.

Me levanté y le di la espalda, apoyado en el respaldo. Estaba claro a esa altura cómo se iba a repartir la noche: mi culo iba a ser suyo, y yo iba a apoderarme de esa verga que tan fuerte me había hecho masturbar. Le pedí que me ayudara a bajar el calzoncillo. Sentí su erección apretada contra mis nalgas mientras me lo sacaba. Me escapé al baño a asearme. Cuando volví, estaba recostado sin camisa. Le besé el vientre primero, lento, antes de quitarle la ropa interior. Verla de cerca me sacó el aire otra vez. Recta, gruesa, cabezona, pálida, las bolas limpias. Le pasé la lengua, la metí entera en la boca, hundí la cabeza hasta sentir arcadas. Él arqueaba la espalda y soltaba el aire entre los dientes.

Bajé hasta sus bolas, las lamí una por una, fui más abajo y le lamí el ano. Sabía que esa noche el que quería verga era yo, pero no me iba a privar de probarle ese culo rosado y limpio. Subí besándole el vientre, los pezones, el cuello, la boca. Rodamos por la cama hasta que él quedó boca arriba y yo a horcajadas. Le dije al oído que lo quería ya. Antes de dejarme, me acostó y me la chupó un rato él a mí. El cabrón sabía usar la boca para algo más que besar.

Sacó un condón del cajón de la mesa de luz y me lo puso en la mano. Lo acosté de espaldas y se lo coloqué con la boca. No fue fácil, era gruesa. Los dos le agregamos saliva. Me trepé arriba y empecé a castigarme yo solo. Hacía más de un año que no me penetraban y dolía como el primer día. Él esperó, paciente, sin empujar. Se lo agradecí en silencio. Fui bajando despacio, doloroso y placentero a la vez, hasta que el ano cedió y empecé a agarrar ritmo.

Lo cabalgué un buen rato. Lo miraba a la cara mientras entraba y salía, y su expresión de placer me empujaba a moverme más rápido. Me besaba entre embestidas, me decía cuánto le gustaba estar ahí adentro. Yo gemía sin pudor, sintiendo la mezcla justa de dolor y placer, queriendo sacarle la leche a sentones. Hasta que las piernas se me cansaron. Se lo dije. Sin sacarla me acostó boca arriba, pero no encontramos el ángulo. Salió, me dio vuelta y me dejó boca abajo, con las nalgas levantadas, ofrecidas.

Se acomodó atrás y me besó el cuello mientras buscaba la entrada. Me dijo cosas al oído, dulces y obscenas a la vez, y empujó. Entró más profundo que antes. Mordí la sábana, más por dolor que por otra cosa. Él lo notó, me giró la cara y me besó los labios. Eso me deshizo lo poco que me quedaba de barrera. Hundió la verga hasta el fondo y empezó a bombear duro y parejo. Yo gemía sin contenerme. Me hubiera gustado un espejo para verlo, pero su torso contra mi espalda, su pelvis golpeándome las nalgas y su lengua en mi boca eran suficiente. Sentía su respiración fuerte, casi un bufido, y eso me volvía loco. Empujaba las nalgas hacia atrás para facilitarle el trabajo. Quería que supiera con mis movimientos que también yo estaba feliz siendo suyo.

De golpe se detuvo y salió. Se quitó el condón y me preguntó si podía seguir a pelo. Lo corté en seco. Eso no se negociaba. Fui al baño a enjuagarme, volví, retomamos el juego de besos y terminamos otra vez en la misma posición, él encima, yo boca abajo. La verga entraba y salía sin piedad. Me demostraba que esa noche tanto mi culo como yo éramos su propiedad. Mi próstata recibía estímulo sin tregua y mi propio pene, sin erección firme, babeaba sobre la sábana. Quería decirle todas las cochinadas que se me cruzaban por la cabeza, pero me daba miedo asustarlo.

La sacó. Se acostó al lado y empezó a masturbarse. Me incorporé y me masturbé con él. Estaba tan caliente que sin esfuerzo me vine sobre su pecho. Poco, porque ya me había venido antes de salir de casa. Después aceleré la mano sobre la suya. Vi cómo ese trozo de carne se tensaba entre nuestros dedos hasta que lo agarró el espasmo. Trató de aguantarse en el punto de no retorno y eso hizo que el semen saliera con presión, hasta el cuello y los hombros. Diez segundos de contorsiones que fueron poesía pura. Me dieron ganas de tragárselo igual, pero pensé que no tenía sentido después de la pelea por el condón. Recogí una gota con el dedo, lo metí en mi boca y le di un beso blanco. Le encantó.

Quería quedarse. Que la noche no terminara. Le recordé que nuestras parejas nos esperaban en casa. Nos duchamos juntos, nos besamos bajo el agua, me giró contra los azulejos y me masturbó con su verga apoyada en las nalgas hasta hacerme venir otra vez. Salimos del motel, nos vestimos rápido, prometimos sin firmar nada que la próxima vez yo iba a probar su culo y él mi verga. Le dije que esa noche era para él. Nos besamos en la vereda y nos fuimos cada uno por su lado.

Al llegar a casa me esperaba la pelea de rigor por la hora. La aguanté sin chistar, en parte porque la merecía y en parte porque cualquier cosa era mejor que pensar en lo que acababa de hacer. Los días siguientes anduve paranoico. Cada vez que Andrés o Mateo me hablaban del fin de semana, esperaba la pregunta que me iba a delatar. Damián, mientras tanto, siguió mandando indirectas: que recordaba esa noche, que quería repetir, que no se la sacaba de la cabeza. Le puse freno como pude. Que pase una vez ya era un desastre. Que pase dos sería imperdonable.

He bajado los encuentros sociales al mínimo. Si Mateo organiza algo, me invento una excusa. Si Andrés propone una salida con ellos, le digo que me duele la cabeza. Sé que parezco un asco de hermano y que técnicamente lo soy. No me voy a justificar. Me dejé ganar por la tentación que es mi cuñado, y la única forma honesta que se me ocurre de no hacerle daño a dos personas que quiero es mantenerme lejos del único hombre con el que quisiera volver a meterme en una cama.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.