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Relatos Ardientes

Aquel hombre que prometió más de lo que pude dar

Trabajaba como mozo en un restaurante del centro y casi todos los viernes aparecían los mismos dos amigos. Llegaban tarde, pedían cerveza y se quedaban hasta que cerrábamos. Con Rolando había pasado lo nuestro un par de meses antes, casi por accidente, en el depósito donde guardábamos las cajas de licor. No me arrepentí, pero tampoco lo conté. El otro, Marcial, me había dejado su número escrito en una servilleta la última noche que vinieron juntos. «Por si te aburres», había puesto debajo, con una sonrisa que era casi una promesa.

Pasaron tres semanas hasta que me decidí. Marcial me había mandado un par de videos por mensaje en ese tiempo. No sé cómo describirlo sin sonar exagerado: lo que se veía en aquellos videos no parecía real. Era enorme, larguísima, y él se la sostenía con una sola mano mientras la giraba para que yo entendiera bien lo que me estaba ofreciendo. Cada vez que volvía a casa después del turno, los miraba antes de dormir y pensaba en llamarlo. Y cada vez decidía esperar un día más.

La obra donde Marcial trabajaba terminó a mediados de mes. Lo supe porque me escribió diciendo que estaba sin plata y aburrido en su pieza. Era mi día libre. Le contesté que pasara por mi cuarto si quería. Él respondió rápido: voy si me pagas el taxi.

—Ven tranquilo —le escribí—. Yo te lo pago.

Vivía en una pieza alquilada en el segundo piso de una casa vieja, con cocina compartida y un baño al final del pasillo. La dueña no estaba esa mañana. Tenía el cuarto recogido, la cama estirada, las cortinas a medio correr. Me había duchado dos veces y me había pasado loción detrás de las orejas como si fuera a una cita formal. Estaba nervioso de un modo que no entendía bien.

Tocó la puerta a las once y media. Le abrí, le pagué el taxi al chofer que esperaba en la vereda, y subimos sin decir mucho. En cuanto cerré la puerta, Marcial me agarró por la cintura y me besó. Sabía a tabaco y a café barato. Olía a colonia fuerte, de esas que se compran en los mercados.

—A ver, déjame mirarte —dijo, dando un paso atrás—. Quítate todo.

Lo hice despacio. La remera primero, después el pantalón, después la trusa. Me quedé parado al lado de la cama, con los brazos a los costados, sin saber qué hacer con las manos.

—Date la vuelta.

Me di vuelta. Lo escuché soltar un silbido bajo.

—Qué culo tienes, mi amor. Qué rico ano. ¿Tú sabes lo que tienes ahí?

No le contesté. Me quedé mirando la pared mientras él se acercaba. Sentí sus manos primero en la cadera, después bajando por mis nalgas, separándolas con los pulgares para mirar mejor. Me temblaron las rodillas un poco. No de miedo. De anticipación.

—Date vuelta otra vez. Quiero que mires.

Me giré. Marcial se estaba bajando el pantalón con una mano, sin dejar de mirarme. Cuando se bajó el calzoncillo, casi me reí del susto. Los videos no mentían. Era larga, gruesa, todavía a medio levantar y ya parecía más de lo que cualquier persona razonable podría aguantar. Me la quedé mirando como se mira algo que no se cree del todo.

—Pruébala —dijo.

Me arrodillé. Empecé despacio, con la lengua primero, recorriéndola de la base a la punta, sintiendo cómo se endurecía contra mi boca. Marcial respiró hondo y apoyó una mano en mi nuca, sin empujar, solo guiándome. La metí lo que pude. No entraba toda. Ni la mitad entraba. Subía y bajaba con la boca abierta, con saliva chorreándome por la barbilla, tratando de no atragantarme.

—Así, papi, así —murmuraba él arriba—. Tú sí que sabes.

Estuve un rato largo así, hasta que me agarró del brazo y me levantó.

—A la cama. En cuatro.

Le obedecí. Me trepé a la cama, apoyé los codos y las rodillas, levanté la cadera. Lo escuché abrir un sobrecito y ponerse el preservativo. Sentí su mano apoyándose en mi espalda baja. Sentí la punta de la pinga rozándome.

Y después sentí el empuje.

No fue un empuje. Fue una embestida. Marcial se metió hasta el fondo de un solo golpe, sin avisar, sin parar a la mitad, sin esperar a que yo me acomodara. El dolor me cruzó la columna como un latigazo. Grité. Pero no fue un grito de placer ni de sorpresa. Fue un grito de animal lastimado. Me tiré hacia adelante, me solté de las rodillas y caí de costado fuera de la cama, golpeándome el hombro contra el piso. Quedé llorando en posición fetal sobre las baldosas frías.

—Mi amor, perdóname, perdóname —decía Marcial, arrodillándose al lado mío—. No quise. Te juro que no quise. Es que tú me pones mal, me pones a mil, no medí.

—Vete —le dije sin mirarlo—. Vete, por favor.

—No te puedo dejar así.

—Vete.

No se fue. Se quedó sentado en el piso al lado mío, sin tocarme, esperando que el llanto bajara. Cuando me senté para limpiarme la cara, sentí algo húmedo entre las nalgas. Me toqué con dos dedos y los miré. Sangre. No mucha, pero la suficiente para asustarme.

—Estoy sangrando —le dije.

Marcial cerró los ojos un segundo. Después se levantó, fue al baño del pasillo y volvió con papel higiénico mojado. Me ayudó a limpiarme con una delicadeza que no encajaba con lo que acababa de hacer. Me hizo subir a la cama, me acostó boca abajo, me puso una almohada bajo la cadera.

—Te tengo que sacar la leche, mi amor —dijo entonces, casi en un susurro—. No puedo venir así nomás, en vano.

Lo miré. Tenía la pinga todavía dura, apuntándole al techo, y en la cara una mezcla de culpa y de necesidad que no supe ubicar bien. No tenía fuerzas para discutir. Me hizo girar boca arriba. Se arrodilló al lado de mi cabeza. Apoyó la pinga contra mis labios.

—Despacito. Yo me la trabajo.

Abrí la boca. Marcial empezó a masturbarse al lado de mi cara, usándome los labios y la lengua solo de roce. Lloré mientras lo hacía. No de tristeza, ni de placer. De algo que estaba entre las dos cosas y que no entendía. Marcial me acariciaba la cabeza con la mano libre, despacio, casi con ternura, como si quisiera consolarme y excitarse al mismo tiempo. El culo me latía. Sentía cada palpitación.

—Tómalo, mi amor, tómalo —murmuró.

Se vino en chorros, parte sobre mi cara, parte en mi boca. Me jaló suavemente del pelo y me besó con todo eso encima, sin asco, sin reparos. Y mientras me besaba, sin saber por qué, me acordé de Anselmo, el primer hombre que había estado conmigo de esa manera, en otra ciudad, cuando yo tenía diecinueve años. Anselmo también la tenía grande. Pero Anselmo me había pedido permiso antes de cada movimiento. Esa era la diferencia, pensé. Esa era toda la diferencia.

***

—Eres un bruto —le dije después—. Eso no se hace.

—Lo sé.

—Te pude haber dicho que pararas.

—No te di tiempo.

Estaba acostado al lado mío, con un brazo cruzado sobre los ojos. Habló mirando el techo desde abajo de su propio antebrazo.

—Me puse celoso —dijo después de un rato—. Cuando Rolando me contó lo de ustedes, me puse celoso. No te conocía y ya estaba celoso. Sentí que él te había agarrado primero y que yo tenía que demostrarte algo. Por eso te metí así. Quería que sintieras quién era el que la tenía más grande.

—La demostración te salió mal.

—Sí.

Se rió bajito. Le pegué un golpe flojo en el costado, sin fuerza, casi sin querer. Me abrazó. Me apretó contra el pecho. Olía a sudor y a colonia, todavía. Me quedé dormido así, con la nariz contra su clavícula y el culo todavía latiéndome.

***

Nos despertamos al mediodía. La luz entraba directa por la ventana y el cuarto estaba caliente. Marcial me pasó la mano por la espalda. Sentí su pinga otra vez dura contra mi muslo.

—Otra vez no —dije.

—Otra vez sí, pero distinto. Probemos.

—Me duele todavía.

—Te juro que distinto. Tú arriba.

Me lo pensé. Me senté en la cama, hice una mueca cuando me apoyé sobre el culo. Marcial se acostó boca arriba, se puso un preservativo nuevo, agarró el pomo de crema de manos que yo tenía en la mesa de luz. Se untó la pinga con calma, con paciencia, hasta que brillaba. Después me pasó la crema a mí, con las puntas de los dedos, recorriéndome despacio.

—Ahora tú —dijo—. Tú manejas.

Me trepé encima. Me apoyé sobre sus muslos. Agarré la pinga con la mano y la guié. La sentí en la entrada y respiré hondo. Bajé un centímetro. Aguanté la respiración. Bajé otro centímetro. Me iba abriendo despacio, y el dolor era real, pero era distinto: no era el zarpazo de la primera vez. Era una presión, una resistencia que cedía de a poco. Bajé otro centímetro. Otro más. Cerré los ojos.

—¿Te duele? —preguntó.

—No —mentí.

—Mentira.

—Un poco. Está bien. Quédate quieto.

Se quedó quieto. Yo bajé el resto. Cuando estuvo entera adentro, me quedé sentado sobre él, sintiendo cómo se acomodaba todo. Después empecé a moverme. Apenas. Hacia adelante y hacia atrás. Una y otra vez. Marcial no se movía. Me dejaba hacer. Le agarré los pectorales con las manos para apoyarme. Subí y bajé un poco más. Empecé a sentir, debajo del dolor, algo que se parecía al placer. No del todo. Pero algo.

Después él empezó a empujar desde abajo. Despacio al principio. Más rápido después. Más fuerte. Volví a sentir esa presión que ya no era presión sino dolor abierto, y le pedí que terminara.

—Vente ya, por favor.

—Aguanta un poco más.

—No puedo. Por favor.

Apretó los dientes, me agarró de la cadera, dio cinco o seis embestidas duras, y se vino con un gruñido largo. Lo sentí pulsar adentro mío como si fuera otro corazón. Cuando salió, salió con el preservativo lleno y mi culo abierto y latiendo. Me dejé caer boca abajo en la cama y empecé a llorar otra vez, en silencio esta vez, sin que él me viera.

—Puta —dijo Marcial atrás mío, dándose vuelta para mirarme—. Sí que te abrí el culo. Como me gusta.

Me di vuelta, sin entender bien por qué, y lo abracé. Lo abracé fuerte, con la cara metida en su cuello, mientras él me pasaba la mano por el pelo. No dijimos nada por un rato largo.

***

Se vistió cuando empezó a caer la tarde. Antes de irse, parado al lado de la cama, se inclinó y me besó en la frente.

—Cuando quieras que vuelva —dijo—, tú me dices. Pero ahora me vas a tener que pagar algo. Un cariño. Lo que tú digas.

Lo miré desde la almohada.

—¿Cuánto?

—Lo que tú digas. No mucho. Sé que eres mozo. Algo simbólico. Para no venir en vano, ¿me entiendes?

—Está bien —le dije.

—¿Sí?

—Sí.

Salió. Cerró la puerta despacio. Escuché sus pasos en la escalera y después el motor de un auto en la calle. Me quedé en la cama mirando el techo hasta que se hizo de noche. Me dolía todo: la cadera, las rodillas, la garganta, el ano. Me dolía también algo más adentro, que no tenía que ver con la pinga de Marcial ni con la embestida ni con la sangre.

Esa noche guardé su número en un grupo aparte de la agenda, con un nombre que solo yo entendía. No lo borré. No tenía sentido borrarlo. Pero nunca más lo llamé. Cuando Rolando volvió al restaurante un viernes, semanas después, y me preguntó si Marcial me había escrito, le dije que sí, que un par de veces. Le dije que era simpático. Le dije que no había pasado nada.

Rolando se rió.

—Mejor —dijo, sirviéndose otra cerveza—. Mejor que no pase nada con ese.

No le pregunté por qué. Ya lo sabía.

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