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Relatos Ardientes

Lo que descubrió bajo mi falda esa madrugada

Todo lo que vale la pena en la vida empieza siendo un pequeño drama. Algunos de esos dramas, con un poco de suerte, terminan convirtiéndose en amor.

El club se llamaba El Espejo y quedaba en una calle estrecha del casco viejo de Cartagena, lejos de los locales ruidosos que llenaban el puerto. Yo iba allí cuando necesitaba pensar sin que nadie me molestara, porque la luz era escasa y la música, lo suficientemente baja como para escuchar los hielos chocar contra el vidrio. Me había puesto la faldita negra de cuero, las medias caladas y una blusa de seda que dejaba poco a la imaginación. No iba en busca de nada en concreto. O eso me decía a mí misma.

Iván apareció esa madrugada como aparecen las cosas que importan: sin avisar.

Me di cuenta enseguida de que le había gustado. Lo supe por la forma en que se quedó mirándome desde la barra, con la copa entre las manos y la espalda apenas apoyada en el mostrador, como si pretendiera no estar mirándome y no le saliera bien el truco. Era bajito, de cabello negro y rizado, y llevaba una camisa abierta dos botones de más. Bonito de una manera desordenada, de esas que se notan recién cuando uno se acerca.

Yo estaba sentada en el sillón redondo del fondo, el de terciopelo granate que casi nadie se animaba a ocupar porque quedaba demasiado a la vista del barman. Tenía las piernas cruzadas y la copa apoyada en el muslo. Le sostuve la mirada un segundo más de lo necesario y vi cómo movía el peso de un pie a otro, decidiendo. Decidió.

Bajó la copa al suelo, junto a la pata del sillón, y se inclinó hacia adelante hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. Olía a tabaco rubio y a un perfume cítrico que no era caro, pero le sentaba bien.

—Llevo tres noches buscándote —dijo, y lo dijo serio, sin la mueca de quien ensaya una frase.

—Pues llevas tres noches mirando al lugar equivocado —contesté.

—No creo. Estás aquí.

Sonreí con esa sonrisa que uso cuando quiero parecer cínica y no sentirlo del todo.

—¿Y qué buscas tan obstinadamente?

—Algo que no me esperaba —dijo—. Lo que no esperas siempre es lo más sensacional.

Si supiera, pensé. Si tan solo supiera.

Levantó la mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, como midiendo. Su tacto era cálido y un poco áspero, de manos que trabajan. La bajó por mi cuello, siguió el escote y se detuvo en el primer botón de la blusa. Me miró pidiendo permiso. No le dije que sí con la voz. Le dije que sí dejándolo seguir.

Sus dedos pasaron por encima de la seda y abarcaron una de mis tetas. La apretó con la palma entera; luego, con la yema del pulgar, buscó el pezón a través de la tela y lo pellizcó con una lentitud que me cortó la respiración. Lo hizo de nuevo, esta vez más fuerte, retorciéndolo entre los dedos hasta que se me endureció como un guijarro bajo la seda. Me arqueé en el sillón sin querer, empujando la teta contra su mano, pidiendo más sin decirlo. Él bajó la vista, sonrió, y desabrochó dos botones de la blusa para meter la mano por dentro. Su palma caliente contra la piel desnuda, el pulgar humedeciéndose de saliva antes de volver a torturarme el pezón, me arrancaron un jadeo. Me eché a reír por la torpeza de mi propio cuerpo, por lo rápido que él me había puesto.

—Tienes prisa —murmuró.

—Y tú no sabes con quién la tienes.

Tomé su mano por la muñeca. La aparté de la teta con cuidado y la guié hacia abajo, por debajo del borde de la falda. Mi otra pierna se descruzó sola, como si hubiera estado esperando la señal. Lo miré a los ojos cuando sus dedos rozaron mis medias, cuando subieron por el muslo, cuando llegaron al lugar donde la tela terminaba y empezaba la piel.

Y donde, justo después de la piel, empezaba otra cosa.

Lo noté primero en su mano. La pausa. Esa décima de segundo en que los dedos dudaron, palparon, confirmaron lo que el cerebro tardaba en aceptar. Después lo noté en los ojos. Iván abrió la boca para decir algo y no dijo nada. Bajó la mirada, la subió, volvió a bajarla. Mi polla estaba dura desde la conversación, atrapada contra la cadera por la tela de la ropa interior, y ahora la sentía latir bajo sus dedos como un segundo corazón.

Esperé. Es el momento en que algunos se levantan y se van sin mirar atrás. Es el momento en que otros sueltan una frase fea y luego pasan tres meses arrepintiéndose. Es el momento de la verdad, y todas nosotras lo conocemos.

Iván no se levantó. Iván no soltó la mano.

Lo que hizo, en cambio, fue cerrar los dedos. Apretó despacio, midiendo la dureza, recorriendo el contorno de mi polla a través de la tela mojada por el líquido pre-seminal que ya llevaba un rato manchándome la ropa interior. Un gesto curioso se le instaló en la cara. No era miedo. No era asco. Era esa cosa rara que pasa cuando una pieza encaja en un sitio donde no esperabas que cupiera.

—No me lo esperaba —dijo al final, y se rio bajito, sin soltarme. Al contrario: apretó más, me la ordeñó con la mano por encima del algodón, y noté cómo la humedad se extendía en la tela.

—Te lo advertí.

—No me advertiste nada.

—Te dije que no sabías con quién tenías prisa.

Se mordió el labio. Yo me arqueé un poco más sobre el sillón y abrí las piernas todavía un poco más. La música cambió a un tema lento, una guitarra y una voz de mujer; alguien, dos sillones más allá, se rio por algo que no tenía nada que ver con nosotros. Iván levantó el borde de mi faldita con la mano libre, y la prenda subió hasta dejarme expuesta. Con dos dedos apartó la ropa interior a un costado y mi polla saltó hacia adelante en cuanto la tela dejó de sujetarla, completamente tiesa, brillante en la punta, con una gota espesa colgando del glande. Él la miró como se mira algo que uno ya ha decidido tomar.

—Joder —susurró, y no era pregunta ni queja. Era hambre.

Se arrodilló.

El suelo del Espejo era de baldosa fría y a él pareció no importarle. Se acomodó entre mis piernas, apoyó las dos manos en mis muslos y bajó la cabeza. Sentí primero su aliento sobre la piel mojada, después la lengua: un trazo largo desde la base hasta la punta, suave, casi exploratorio, como si quisiera entender qué clase de cuerpo le había tocado en suerte. Me estremecí. Volvió a hacerlo, esta vez más despacio, deteniéndose en el glande, succionándolo apenas con los labios y limpiándome la gota de pre-semen con la punta de la lengua. Cerró los ojos al saborearme. Los abrió otra vez para mirarme, con mi polla contra la mejilla, y sonrió como si acabara de descubrir algo mejor de lo que había ido a buscar.

—Chúpamela bien —le dije, sorprendida de mi propia voz—. Chúpamela como si te fuera la vida.

Él obedeció sin decir palabra. Abrió la boca y se la metió entera, hasta que la punta le golpeó el fondo de la garganta y le hizo tragar en falso. No la sacó. Se quedó ahí un momento, apretando los labios contra la base, ahogándose apenas, y solo entonces empezó a subir la cabeza despacio. Cada centímetro que salía dejaba un rastro de saliva; cada centímetro que entraba de nuevo era más profundo, más húmedo, más obsceno. Iván me la mamó como si llevara semanas pensando exactamente en eso, en bajar la cabeza y dejar de pensar. Subía y bajaba con un ritmo lento que después se aceleraba sin aviso; me pasaba la lengua por la base, volvía a la punta, hacía un círculo con los labios y la metía entera. Una de sus manos me sostenía la cadera para que no me revolviera demasiado; la otra apretaba mi muslo con una fuerza que iba a dejarme marca al día siguiente y que no me importó nada.

Le agarré del pelo. Se lo enrosqué entre los dedos, apenas, para marcarle el ritmo. Él gimió con la boca llena y el gemido me subió por la polla y me hizo temblar las piernas. Solté un poco de riendas y él lo tomó como permiso: se dejó follar la boca, se la abrió más, apretó los labios alrededor del glande cuando volvía arriba y me arañó la parte de atrás del muslo con las uñas. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla y se le mezclaba con mi pre-semen en el pecho de la camisa. Le vi mover la mano libre hacia su propia entrepierna, apretarse por encima del vaquero, buscar alivio. No lo dejé mucho: le tiré del pelo hacia arriba, le hice separarse un instante para que me mirara.

—Sigue —le dije—. No pares hasta que me corra en tu boca.

Iván se lamió los labios brillantes y volvió a bajar. Esta vez encontró un ritmo distinto: no soltaba el glande, lo trabajaba con la punta de la lengua contra el frenillo mientras me la meneaba con la mano, apretándome fuerte, ordeñándome de abajo hacia arriba. Cada vez que la mano llegaba a la cabeza, la boca la recibía y succionaba con hambre. Le brillaban los ojos. Le brillaba la barbilla. Le brillaba toda la boca.

Cerré los ojos. Me obligué a no mirar al barman, a no mirar a los dos chicos que jugaban al billar al otro extremo, a no mirar nada que no fuera el techo de yeso desconchado del Espejo. Me clavé las uñas en el terciopelo del sillón. Apreté los dientes para no soltar un sonido demasiado claro. Aguanté lo que pude.

No pude mucho.

Cuando sentí que se me venía, intenté avisar. Le toqué el pelo con la mano, una señal vaga. Iván no se apartó. Al contrario: apretó la boca alrededor del glande, succionó más fuerte, me metió la lengua por debajo, y eso fue todo. Me corrí en una sacudida larga, con esa contracción que empieza en la espalda y termina en las piernas. Solté un sonido bajo, casi un gruñido, y la leche brotó a borbotones dentro de su boca, sin pausa, chorro tras chorro, como si llevara meses guardada. Iván no se apartó ni siquiera cuando el primer disparo le llenó la garganta; tragó, hizo un ruido húmedo, tragó otra vez. La corrida seguía saliendo, y él seguía tragando, y cuando ya no le cupo más dejó que el resto le resbalara por la comisura y le cayera por el mentón. Siguió chupando hasta que la última gota le brotó en la lengua, con la polla ya sensible al borde del dolor, y solo entonces me soltó con un pop obsceno.

Subió la cabeza despacio. Tenía los labios brillantes, la barbilla mojada de semen y una sonrisa nueva. Se pasó el pulgar por la comisura, recogió lo que se le había escapado y se lo metió en la boca. Se limpió el resto con el dorso de la mano y me miró con una calma rara, como si acabara de resolver un problema viejo.

—Sube acá —le dije, en voz baja.

Subió. Se inclinó sobre el sillón, apoyó las rodillas a cada lado de mis piernas y me besó. Fue un beso largo, sin prisa, un beso que sabía a mí. Probé mi propio semen en su lengua, salado y espeso, y me dio una segunda sacudida más pequeña, una especie de eco, un latigazo tardío entre las piernas. Llevé la mano a su bragueta. Sentí, debajo de la tela del vaquero, una verga gruesa, más larga de lo que esperaba, tan dura que la tela abultaba.

—Está dura —murmuré, contra su boca, y le apreté el bulto con la palma abierta.

—Lleva un rato.

—¿Y qué vas a hacer con ella?

Iván me besó otra vez, más corto. Me apartó la mano con suavidad.

—Hoy no.

—¿Hoy no?

—Hoy no —repitió—. Quiero verte mañana. Sin el ruido, sin la falda y sin el sillón.

—Eres raro.

—Soy obstinado.

Me anotó un teléfono a mano en una servilleta del bar y se fue por la puerta sin mirar atrás. Yo me quedé un rato más en el sillón, con la copa otra vez en la mano, alisándome la falda como si no acabara de pasar nada.

***

Al día siguiente, sin embargo, lo llamé. Quedamos para comer en una terraza cerca de la muralla, los dos vestidos como cualquier persona normal de un mediodía de domingo. Le presté atención de un modo nuevo, sin la luz del Espejo de por medio. Iván tenía las cejas espesas, una cicatriz pequeña en el mentón y una manera de remover el café que me pareció graciosa.

Hablamos cuatro horas. De familias. De qué hacía cada uno. De por qué él se había acercado a mí en el club sabiendo que no era una chica como las otras, y queriendo de todos modos que lo fuera; o queriendo, mejor dicho, que fuera yo y nadie más. Le pregunté si lo sabía desde el principio. Me dijo que no, pero que tampoco le había hecho falta confirmarlo para acercarse. Le pregunté si lo había hecho antes con alguien como yo. Me dijo que no.

—¿Y entonces? —insistí.

—Y entonces nada. A veces las cosas pasan y uno no se las explica hasta mucho después.

Lo besé en plena terraza, delante del camarero y de una pareja mayor que tomaba el café muy seria. Iván se puso colorado por primera vez desde que lo conocía. Me gustó verlo así.

***

Nos fuimos viendo. Una vez por semana, después dos, después casi todas las noches. Iván trabajaba en una empresa de fletes del puerto y vivía en un piso pequeño cerca del muelle, con una cocina diminuta y una cama enorme.

La primera noche que subí a ese piso me la folló como si necesitara resarcirse de lo del Espejo. Nos desnudamos en el pasillo, dejando la ropa a jirones por el suelo, y cuando llegué a la cama ya la tenía él por delante, esperándome con la verga fuera, gorda y tiesa apuntándome a la cara. Se la mamé de rodillas contra el borde del colchón, aprendiéndomela: el grosor incómodo que me estiraba los labios, la vena gruesa que le corría por debajo, los huevos pesados que le sopesé con la mano libre mientras él me pasaba los dedos por el pelo y me susurraba lo bien que se la chupaba una guarra como yo. Le gustó decírmelo y me gustó oírlo. Se lo pedí más veces. Me llamó puta, y princesa, y todo lo que se le ocurrió, y en cada palabra sucia me la metía un poco más adentro.

Después me tiró de espaldas sobre la cama y me abrió las piernas con las manos. Me lamió los huevos primero, me lamió la polla, me lamió más abajo, hundiéndome la lengua en el culo hasta que gemí sin controlarme, agarrada al cabezal. Me lo comió despacio, chupándome, ensalivándome, metiéndome la lengua entera, sacándola, volviéndomela a meter, hasta dejarme el ojete completamente empapado y latiendo. Cuando le vi levantarse y buscar el preservativo en el bolsillo del pantalón que aún colgaba de la puerta, me di la vuelta yo sola, me arrodillé, saqué el culo hacia atrás.

—Fóllame —le dije, con la cara pegada al colchón—. Fóllame ya, no aguanto más.

Se puso el condón mirándome, escupió sobre su verga y sobre mi ojete, y me la fue metiendo despacio, empujando con la cadera, agarrándome de las caderas con las dos manos. Dolió al principio, dolió lo justo, y después dejó de doler y empezó a ser otra cosa. Iván me la metió hasta el fondo y se quedó quieto un momento con la ingle pegada a mis nalgas, respirándome en la nuca.

—Joder qué apretada estás —murmuró.

—Muévete —le pedí—. Rómpeme.

Se movió. Empezó despacio, entrando y saliendo con embestidas largas que me hacían arquear la espalda; después subió el ritmo hasta convertirme en un ruido continuo de piel contra piel, de gemidos ahogados en la almohada, de cabecero golpeando la pared. Me follaba con toda la cadera, agarrándome del pelo con una mano y de la cintura con la otra, empujándome contra él cada vez que embestía. Yo tenía la polla dura otra vez, colgando entre las piernas, rozándose con el edredón en cada empujón; no hizo falta que me la tocara nadie. Me corrí sobre las sábanas antes que él, con la boca abierta contra el colchón, apretándolo por dentro tanto que él dio dos embestidas más y se vino gruñéndome al oído, mordiéndome el hombro, vaciándose dentro del preservativo con la verga muy adentro.

Cayó encima de mí, jadeando. Nos quedamos así un rato largo, él sin salirse, yo sin querer que saliera. Me pasó la lengua por la nuca. Me susurró una cosa que no entendí y no le pregunté qué era, porque a veces es mejor no saberlo.

Iván aprendió mi cuerpo despacio, sin manuales, preguntando lo que no sabía y deshaciendo prejuicios que ni él mismo se había dado cuenta de tener. Aprendió qué pezón era más sensible y cuánto podía morderlo. Aprendió cómo me gustaba que me la mamara los domingos por la mañana, sin prisa, hasta despertarme corriéndome en su boca. Aprendió a dejarse follar él también, boca abajo sobre la misma cama enorme, con la cara enterrada en la almohada, pidiendo más con un hilo de voz. Yo le devolví el favor a mi manera, aprendiéndolo a él, descubriendo qué le gustaba que le hicieran y qué no. Aprendí a metérsela despacio, a esperarlo, a hacérselo durar. Aprendí que le encantaba correrse encima de mis tetas, marcarme la piel de blanco, y después limpiármela con la lengua.

No fue todo fácil. Hubo conversaciones difíciles con su familia. Hubo una cena con sus padres que terminó en silencio. Hubo una semana entera en la que no nos vimos porque a uno de los dos le faltó el valor. Pero también hubo madrugadas en su balcón, mirando los barcos entrar al puerto, mientras él me pasaba el brazo por la cintura y me decía que nunca había estado tan tranquilo con nadie. Hubo noches en las que me la sacó ahí mismo, en el balcón, con la ciudad todavía oscura, y me la meneó despacio mirando al mar, susurrándome guarradas al oído hasta hacerme correr contra la barandilla.

Pasaron los meses. Pasó un año. Pasó otro.

Nos casamos en una oficina del registro civil, una mañana de marzo, con dos testigos y un ramo de margaritas pequeñas que compré en una esquina diez minutos antes. Nadie de su familia vino. Eso lo seguiría doliendo durante años. Pero salimos a la calle agarrados de la mano y nos comimos un bocadillo de pie en una panadería del centro, y en ese momento entendí lo que decía la frase con la que empecé a contarte esta historia: todo lo que vale la pena en la vida empieza siendo un pequeño drama, y algunos de esos dramas, con un poco de suerte, se terminan convirtiendo en amor.

Compramos una casa pequeña, dos habitaciones y una terraza con vista al mar, en Sanlúcar de Barrameda. La cocina sigue siendo diminuta. La cama, enorme. Hace ya cinco años que vivimos ahí.

A veces, cuando bajo a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana, lo encuentro despierto, leyendo en la encimera con el libro a contraluz, y se ríe sin levantar la vista.

—Sabía que ibas a bajar —dice.

Y yo me río también, porque algunos dramas no se acaban nunca: solo cambian de habitación.

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Comentarios(8)

AlexMdp27

tremendo relato!!! que comienzo tan bueno, me enganche de entrada y no pude parar

Rodrigo_noche

se hizo cortisimo!!! necesito saber que paso despues, segunda parte ya por favor

MarianaK22

muy bien escrito, se nota el talento. me gusto muchisimo como lo contaste

NicoFromBsAs

jaja me recordo a una situacion parecida que vivi una vez en un bar. tremendo relato, gracias por compartirlo

FanaticoDeLaNoche

de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo. gracias de verdad

Lena_noche

buenisimo!!! sigue escribiendo asi

PatoDeLuca

Muy buen relato, la tension del principio esta muy bien lograda. Espero que haya mas historias tuyas

MorboArgento

me gusta como construis el ambiente antes del momento clave. buena pluma, en serio

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