El huésped del 412 que me cambió para siempre
Crecí en un pueblo perdido entre cerros, en una casa donde todos los hombres trabajaban la tierra desde antes de que saliera el sol. Mi padre, mis tíos, mis primos. Yo también lo hacía, pero con una diferencia que nunca terminé de digerir: era el más chico, el que limpiaba la cocina, el que cargaba el agua, el que servía la mesa antes de que se sentara nadie. Me decían que esas eran tareas de hombre joven, pero yo veía cómo a mis primos los mandaban a otras cosas. Conmigo siempre había una excepción, un encargo extra, una mirada que nunca terminé de entender.
El día que cumplí dieciocho años empaqué tres mudas de ropa, los ahorros que tenía guardados en una lata de café y le dije a mi madre que me iba a la capital. Ella lloró sin moverse de la silla. Mi padre apenas levantó la vista del plato y dijo que volvería en menos de un mes con la cola entre las piernas. Me equivoqué de muchas cosas en mi vida, pero de eso no: nunca volví.
Llegué a San Cayetano un martes a las cuatro de la tarde, con la espalda dolorida del bus y el estómago vacío. Dos semanas después dormía en una pieza compartida en la zona vieja, comía pan con mortadela y todavía no había encontrado trabajo. Cuando ya estaba por gastarme las últimas monedas, vi un cartel en la vidriera del Hotel Marbella que pedía personal de limpieza. Entré sin pensarlo. Me tomaron a prueba esa misma tarde.
El trabajo no era complicado. Cambiar sábanas, vaciar ceniceros, lavar baños, perfumar los cuartos con un aerosol barato que olía a flores artificiales. El gerente, un señor gordo que se llamaba Saavedra, me explicó la regla principal el primer día: tocar la puerta dos veces, esperar, entrar solo si nadie respondía. El Marbella no era un hotel de turistas. Era un hotel de parejas que pagaban por hora, y a veces los huéspedes se demoraban más de la cuenta.
Durante los primeros meses cumplí la regla sin problema. Pero el Marbella enseñaba cosas que en mi pueblo nadie me había mencionado. En las habitaciones quedaban toallas con manchas, condones usados al lado de la cama, juguetes de plástico olvidados en el cajón de la mesita de luz. Yo limpiaba todo en silencio, fingiendo que no me importaba, aunque a veces volvía a mi pieza con la cabeza llena de imágenes que no sabía dónde guardar.
Una tarde de jueves, ya en el sexto piso, golpeé el 318 dos veces y nadie respondió. Esperé veinte segundos, golpeé otra vez. Nada. Abrí con la llave maestra.
Y los vi.
Dos hombres, uno encima del otro, en la cama, sin sábana, sin nada que cubriera lo que estaba pasando. El de arriba era enorme, todo músculo y espalda ancha, con una pija que parecía no terminar nunca. El de abajo gemía con los ojos cerrados, agarrado a las almohadas. Me quedé congelado, con el carro de limpieza atascado en el marco de la puerta, sin poder hablar. Ninguno de los dos me miró. Estaban en otra cosa, muy lejos de ahí.
Cerré la puerta lo más despacio que pude y caminé hasta el ascensor casi corriendo. En el descenso me apoyé contra la pared, con el corazón golpeándome las costillas y una sensación que no supe nombrar. No tenías que haber mirado tanto, me dije. No tenías que haberte quedado parado tres segundos más de lo necesario.
Esa noche, en mi pieza, no pude dormir. Cerraba los ojos y veía a los dos hombres. Lo más raro era que ya no me importaba el de abajo. La imagen que se repetía era la espalda ancha del otro, el movimiento de sus caderas, el largo de su pija. Me desperté a las tres de la mañana con la mano metida dentro del pantalón sin haberme dado cuenta.
***
Pasaron tres semanas. Intenté olvidarme. Intenté pensar en las chicas del bar de la esquina, en una mesera que me había sonreído un par de veces. No funcionaba. Cada vez que terminaba un turno y subía a mi pieza, lo único que aparecía en mi cabeza era el cuerpo de aquel desconocido del 318.
Y entonces vino el 412.
Era un viernes, cerca de las dos de la tarde. Golpeé dos veces. Esperé. Nada. Golpeé otra vez. Silencio. Abrí.
El cuarto olía a tabaco y a colonia barata. La cama estaba revuelta, el televisor encendido sin volumen, y sobre el sillón verde del rincón había un hombre completamente desnudo. Estaba sentado, con las piernas abiertas, masturbándose con calma, como si me hubiera estado esperando. Tenía unos cuarenta años, el pecho cubierto de vello canoso, los brazos gruesos. Y entre las piernas, una pija que me dejó sin aire.
—Pasa, chico —dijo sin sobresaltarse—. Limpia nomás, no te preocupes.
No me moví. No podía. La regla decía que si había alguien adentro tenías que disculparte y retirarte. Pero algo en su voz me dejó clavado en la puerta.
—¿Eres sordo? —insistió, sonriendo—. Haz lo tuyo. Haz como si yo no estuviera.
Empujé el carro hacia adentro. Cerré la puerta. Empecé por el baño, porque era lo más lejos de él. Limpié el espejo dos veces, fregué el inodoro con más fuerza de la necesaria, intenté no escuchar el ritmo de su respiración. Cuando salí, él seguía igual, pero más lento, mirándome.
—Ven, deja eso —me dijo cuando pasé al lado del sillón con un trapo en la mano.
Me detuve. Se inclinó hacia adelante. Me pasó los dedos por la cintura, por encima del uniforme. No agarró, no apretó. Solo deslizó la mano hasta posarla en la parte de atrás de mi pantalón.
—Te doy cien si me la chupas —dijo.
Negué con la cabeza. No por convicción, sino porque era lo que tenía que decir.
—Doscientos.
Volví a negar, pero esta vez más despacio. Le miré las manos: gruesas, de obrero o de albañil. Le miré la cara: ojos pequeños, mandíbula firme, una cicatriz vieja en el mentón. Le miré la pija que le seguía latiendo despacio contra el muslo.
—Trescientos —dijo—. Y ya está.
Me arrodillé. No sé en qué momento exacto decidí hacerlo. No fue por el dinero, aunque trescientos para mí en ese momento eran dos semanas de comida. Fue porque desde el 318 yo había estado esperando algo así sin saberlo.
Me la metí en la boca despacio, sin saber muy bien qué hacer. Él me agarró la nuca con una mano y me empujó con suavidad al principio, después con más firmeza. Cuando me atoré, no me soltó. Cuando intenté apartarme un segundo para respirar, me sostuvo. Sentí su olor, su sudor, el calor de su piel contra mi cara. Cerré los ojos y dejé que él decidiera el ritmo.
Terminó dentro de mi boca, sin avisarme. Me ahogué un segundo, traté de retirar la cabeza, pero él me mantuvo agarrado hasta que estuvo seguro de que había tragado. Solo entonces me soltó.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y me quedé arrodillado, con las rodillas dormidas y la respiración entrecortada. Él se reclinó otra vez en el sillón, sonriendo.
—Buen chico.
***
Me levanté para irme. Junté el trapo del piso, agarré el carro. Pensaba salir sin decir nada. Pero él me detuvo con un gesto de la mano.
—Espera. ¿Quieres ganarte más?
Lo miré sin contestar.
—Mil pesos —dijo—. Mil pesos si te dejas penetrar.
Mil pesos era un mes de alquiler. Mil pesos era poder comprar zapatos nuevos. Mil pesos era no pasar hambre hasta fin de mes. Y, sobre todo, mil pesos era una excusa. Una excusa para hacer algo que ya quería hacer desde el momento en que abrí la puerta del 318 tres semanas atrás.
No dije nada. Empecé a desabrocharme el cinturón.
Él se levantó del sillón. Me ayudó a quitarme la camisa del uniforme, despacio, sin apuro. Cuando estuve desnudo, me hizo apoyar las manos contra la pared, encima de la cómoda. Me separó las piernas con la rodilla. Sentí su mano húmeda recorriéndome por detrás. Después el frío de un líquido que apareció de la nada, un olor a hotel, a botellita de cortesía. Luego sentí la presión, todavía no la penetración, solo la presencia firme de algo enorme buscando entrar.
—Relájate —me dijo cerca de la oreja—. Vas a estar bien.
Cerré los ojos. Apreté la frente contra la pared. Empecé a respirar más lento, como me había dicho.
Y entonces se abrió la puerta.
El portazo me sacudió tanto que casi me caigo. Saavedra, el gerente, estaba parado en el umbral con la cara morada. Detrás de él, la mucama del piso, que probablemente había escuchado algo desde el pasillo y había ido a buscarlo.
—¡Tienes que estar jodiéndome! —gritó Saavedra.
El hombre del sillón se cubrió con un almohadón y le devolvió la mirada sin moverse. Yo, en cambio, me agaché desesperado a juntar mi ropa del piso, con las manos temblando y la cara ardiendo. Mientras me ponía los pantalones al revés y luego al derecho, escuchaba a Saavedra decirle al cliente que tenía cinco minutos para irse y que no volviera nunca más al Marbella. Cuando el hombre pasó a mi lado camino al baño, me miró con una mezcla de pena y diversión. No me dijo nada.
Saavedra se quedó conmigo en el cuarto, esperando a que me terminara de vestir. Después me llevó a su oficina del subsuelo. Me pagó los días que tenía adeudados, me pidió el uniforme y la llave maestra, y me dijo que si volvía a pisar el Marbella iba a llamar a la policía. No grité, no me defendí. No tenía nada que decir.
Salí a la calle al atardecer, con un sobre de billetes en el bolsillo y la cabeza dándome vueltas. Caminé sin rumbo durante una hora antes de darme cuenta de que estaba llorando. No lloraba por el trabajo. No lloraba por la vergüenza. Lloraba porque, en el momento exacto en que Saavedra abrió la puerta, yo había estado a tres centímetros de descubrir algo que llevaba meses esperando.
***
Nunca más volví a ver al hombre del 412. No le pregunté el nombre, no intercambiamos teléfonos, no había manera de encontrarlo en una ciudad de varios millones. A veces, cuando paso por el centro y veo la fachada del Marbella, miro hacia el cuarto piso y me pregunto si alguna vez habrá vuelto. Si habrá pedido el mismo cuarto. Si habrá esperado otra vez a un chico en uniforme.
Conseguí otro trabajo unas semanas después, en una pizzería del barrio. Después conocí a otros hombres, en bares, en saunas, en aplicaciones que todavía no existían cuando todo esto pasó. Aprendí lo que era estar con un hombre. Aprendí lo que era pedirlo yo y no esperar a que me lo ofrecieran a cambio de un billete.
Pero todavía hoy, cuando algo me empieza a tocar por dentro y la respiración se me acelera, vuelvo en automático al 412. Vuelvo al sillón verde, al vello canoso, a la mano gruesa en la nuca. Vuelvo a esa pared de la cómoda donde estuve a punto de aprender lo que era ser de otro hombre, y no llegué nunca a terminar de aprenderlo del todo.
Mil pesos. Eso era todo lo que separaba mi historia de otra historia completamente distinta.