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Relatos Ardientes

El desconocido del supermercado me siguió hasta casa

Aquella tarde de septiembre la lluvia caía con la pereza terca de las ciudades cuando se les viene encima el otoño. Llevaba toda la mañana encerrado terminando un informe que ya iba con dos semanas de retraso, hasta que abrí la lata del café y descubrí que apenas quedaba un dedo de polvo seco pegado al fondo. Sin cafeína no había forma de seguir. Me puse la sudadera con capucha y bajé al supermercado que hay en el bajo de mi edificio, ese que abre hasta las nueve y se llena de gente con la cara mojada cuando llueve.

El pasillo de los cafés siempre me ha parecido el más íntimo del local. Huele a tueste fuerte, a paquete recién abierto, a esa mezcla de chocolate y madera que se mete por la nariz aunque uno no quiera. Me planté delante del estante y empecé el ritual de siempre: comparar el de toda la vida con uno nuevo, leer gramajes, fingir que entendía la diferencia entre el arábica y el robusta. Tenía un paquete en cada mano cuando escuché la voz por encima de mi hombro.

—El de la derecha. Sin dudarlo.

Me giré despacio, todavía con los dos paquetes en alto. El que había hablado era un tipo alto, más que yo, con el pelo negro mojado por la lluvia y una barba de tres días recortada con cuidado. Llevaba una camisa azul oscuro arremangada hasta los codos. En los brazos, en el hueco abierto del cuello, asomaba un vello negro y espeso que me costó dejar de mirar.

—Vaya, gracias —dije, y me reí porque no se me ocurrió otra cosa.

—Lo probé hace un par de meses —siguió él, acercándose un poco más. Tenía ese tono bajo que se usa cuando uno no quiere que lo escuche el resto del pasillo—. Desde entonces no compro otro.

—¿Y no es muy fuerte? —pregunté—. Los muy intensos me amargan la mañana.

—Es suave. Tiene cuerpo, pero no muerde. La diferencia está en el tueste, no en la fuerza.

Se llamaba Iván. Me lo dijo después, cuando ya llevábamos diez minutos charlando frente a un estante de cápsulas que ninguno de los dos pensaba comprar. Vivía cerca, según me explicó, pero estaba de paso por el barrio. Hablamos del café como hablan dos personas que en realidad están hablando de otra cosa. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. El modo en que se inclinaba sobre el carrito, la forma en que sus ojos se quedaban un segundo de más en los míos, la sonrisa que aparecía cuando yo decía algo medianamente ingenioso.

Cuando llevábamos ya un rato me oí soltar la frase antes de pensarla bien.

—¿Te apetece probarlo? Vivo justo encima. Con esta tarde de perros, un café no se lo niega uno a nadie.

Levantó una ceja. Solo una.

—Buena idea —contestó—. Aunque para tardes así hay otras cosas que también funcionan bien.

Pagamos cada uno lo suyo en cajas distintas, sin mirarnos, como si quisiéramos disimular ante una cajera que no nos prestaba la menor atención. Lo esperé en la puerta, debajo del toldo. Cuando salió me sonrió como si llevara haciéndolo años, y subimos los tres pisos por la escalera porque el ascensor estaba ocupado. En cada rellano sentía el pulso en la garganta.

***

Dejé la llave en el plato de la entrada y le pedí que se pusiera cómodo. Iván colgó la chaqueta empapada en el respaldo del sofá y, en vez de quedarse en el salón, me siguió hasta la cocina.

—Por si necesitas una mano —dijo, encogiéndose de hombros.

Saqué la cafetera italiana del armario, llené el depósito con agua fría y empecé a medir el café con la cuchara, intentando concentrarme en el ritual y no en el hecho de tener a un desconocido a un metro de mi espalda. Le señalé el mueble alto con la barbilla.

—Las tazas están ahí arriba. ¿Sacas dos?

Se acercó. Tuvo que pasar por detrás de mí para alcanzar el mueble y, al estirar el brazo, su pecho rozó mi espalda y su cadera se apoyó, apenas un instante, contra la mía. Pudo haber sido casualidad. No lo fue. Sentí, sin ninguna duda, la presión clara de su entrepierna contra mi nalga derecha, y tampoco me aparté para facilitarle el movimiento. Al contrario: me quedé quieto, como si la cafetera fuera lo único importante del mundo, esperando a ver hasta dónde se atrevía a llegar.

Se atrevió. Apoyó la mano libre en mi cintura, dejó las dos tazas sobre la encimera y se inclinó para besarme detrás de la oreja. Un beso lento, abierto, deliberadamente largo. Cerré los ojos. Apagué el gas sin mirar.

Me di la vuelta despacio y nos encontramos los labios sin prisa, como si lleváramos toda la tarde aplazándolo. Su barba raspaba un poco la piel de mi mentón. Su lengua era cálida, persistente, y sabía a algo entre menta y lluvia. Lo abracé por la cintura, metí los dedos por debajo de la camisa azul y sentí por primera vez la temperatura de su espalda, mucho más caliente de lo que esperaba.

—No tenemos prisa —murmuró contra mi boca.

—Yo sí —admití.

Se rio bajito y empezó a desabrocharse la camisa él mismo, mirándome a los ojos. Cuando soltó el último botón y dejó la tela colgando de los hombros, descubrí lo que la lluvia y el azul oscuro habían disimulado: un torso fuerte, sin alardes de gimnasio, con el vello negro repartido por el pecho y descendiendo en una línea fina hasta perderse bajo la hebilla del cinturón.

Lo empujé con suavidad contra la encimera y bajé por su cuerpo, sin dejar de besarle el cuello, la clavícula, el esternón. Pasé la lengua por sus tetillas, primero una y luego la otra, y noté cómo su respiración cambiaba. Bajé más, dibujando con la boca el rastro de pelo oscuro, hasta llegar a la hebilla del cinturón. Lo miré desde abajo.

—¿Puedo?

—Por favor.

Le desabroché el cinturón y el botón del vaquero. Cuando le bajé el pantalón y el bóxer ajustado de licra negra, su polla quedó frente a mi cara, gruesa, oscura, completamente dura. Me la metí en la boca sin pensarlo demasiado, despacio al principio, dejando que llegara hasta donde me permitiera la garganta. Iván me cogió la nuca con una mano, no para empujar, sino para sostenerme, para guiarme. Sus dedos se enredaron en mi pelo.

—Espera —jadeó al cabo de un rato, y me apartó con suavidad—. Espera o no vamos a llegar a ningún lado.

Me ayudó a levantarme. Tiró del bajo de mi sudadera hacia arriba y la dejó caer al suelo. Después desabrochó mis vaqueros con una calma exasperante, como si quisiera prolongar a propósito el momento en el que mi cuerpo quedara expuesto. Cuando terminó, dio un paso atrás y me observó sin decir nada. Yo no soy como él: no tengo apenas vello en el pecho, los hombros son más estrechos, todavía me dura algo del bronceado del verano pero nada más. Me sentí, durante un segundo, en clara inferioridad.

—Me gustas así —dijo, como si me hubiera leído la cara—. Suave, lampiño. Me gusta poder verte la piel entera.

Me besó otra vez, esta vez más despacio, y empezó a recorrerme con la boca igual que yo había hecho con él. Tetillas, vientre, ingles. Llegó hasta mi polla y se la metió entera en la boca, sin esfuerzo. Era más pequeña que la suya, pero por una vez no me importó: él parecía estar disfrutándola más que yo. Tuve que detenerlo en cuanto sentí que estaba a punto de correrme.

—Para —le pedí—. Para, todavía no.

Subió de nuevo y se pegó a mí contra la encimera, con la frente apoyada en la mía.

—Quiero follarte —susurró—. ¿Dónde?

—Aquí no. En la habitación.

***

La habitación estaba en penumbra. La lluvia golpeaba la persiana medio bajada y dejaba pasar una luz gris que pintaba el techo de un azul plomizo. Caímos sobre la cama sin separar las bocas. Él se quitó del todo el pantalón y el calcetín que se le había quedado a medias, y yo busqué a tientas en el cajón de la mesilla. Un sobre cuadrado. Un bote de lubricante casi nuevo. Los dejé sobre la sábana, a su alcance.

—¿Te has hecho pruebas hace poco? —preguntó, sin dejar de besarme la rodilla.

—La semana pasada. Todo bien. ¿Y tú?

—Igual. Pero póntelo igual.

Se lo puso él mismo, mirándome. Me hizo doblar las piernas contra el pecho y, antes de cualquier otra cosa, bajó la cabeza y empezó a humedecerme con la lengua, lentamente, dibujando círculos pacientes en mi entrada hasta dejarme abierto y temblando. Yo le tiraba del pelo y me mordía el labio para no gritar.

Cuando consideró que estaba listo, se incorporó y guio su polla con la mano. Empujó muy despacio. No me dolió: el deseo y la saliva habían hecho la mitad del trabajo. La otra mitad la hizo el lubricante. Cerré los ojos y dejé escapar el aire que llevaba un rato reteniendo.

—¿Bien? —preguntó.

—Sigue.

Empezó despacio, con el cuerpo entero apoyado contra el mío, frente con frente. Notaba la barba contra mi mandíbula, los latidos de su pecho contra el mío, la firmeza de sus brazos a cada lado de mi cabeza. Después fue acelerando, midiendo cada embestida, hasta encontrar un ritmo que me hacía arquear la espalda contra el colchón.

—No pares —le pedí—. No pares ahora.

No paró. Cuando una de sus manos bajó hasta mi polla y empezó a masturbarme al mismo compás de sus caderas, no aguanté ni un minuto más. Me corrí sobre mi propio vientre con un gemido largo, sin importarme nada: ni la cocina abierta, ni el café a medio hacer, ni el desconocido al que había abierto la puerta de mi casa media hora antes. Iván aguantó un par de embestidas más, las suficientes para que yo notara la tensión recorrerle entero, y se vino dentro del condón con la cara hundida en mi cuello.

Se quedó sobre mí un rato, jadeando, hasta que su pecho empezó a calmarse. Sentí otra vez aquel vello áspero contra mi piel lampiña, y la palma abierta de su mano subiendo por mi costado, casi con ternura. Me besó la sien.

—Joder —dijo en voz baja—. El café se nos ha enfriado.

—Hacemos otro.

***

Nos metimos en la ducha juntos. El agua salió fría los primeros segundos, hasta que Iván puso una mueca y soltó una carcajada que me dejó claro que no pensaba marcharse al instante. Nos enjabonamos el uno al otro sin ninguna prisa: él insistió en lavarme el pelo, yo en pasarle la mano enjabonada por todo el pecho hasta volver a sentir aquel vello negro suavizado por la espuma. Volvimos a besarnos bajo el chorro, esta vez sin urgencia, como si lo de la cocina hubiera ocurrido hacía meses.

Cuando salimos, secos y todavía desnudos, recalenté el agua y preparé el café desde cero. Lo tomamos sentados en los taburetes de la cocina, él con una toalla cruzada por la cintura y yo con la sudadera que había quedado tirada en el suelo. El paquete que él había recomendado cumplió con creces: era suave, redondo, sin un átomo de amargor. Justo como a mí me gustaba.

—Tenías razón con el café —reconocí.

—Suelo tenerla en estas cosas —contestó, con una sonrisa de medio lado—. ¿Repetimos? Lo del café, digo.

—Lo del café también.

Y desde aquella tarde gris hubo muchas más tardes de lluvia, de cocina y de ese mismo paquete de café. Algún día me animaré a contar las otras.

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