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Relatos Ardientes

La noche en el club gay que me cambió un año entero

Pasé varias semanas tecleando en buscadores con cierta vergüenza, abriendo pestañas en modo incógnito y cerrándolas al primer ruido en la habitación. Quería encontrar un lugar donde nadie me conociera, donde pudiera dejar de fingir por una noche, y al final di con un club discreto a tres calles de la avenida principal. La página web era horrible, con tipografías chillonas y fotos pixeladas, pero las reseñas escondidas en un foro lo describían como un sitio serio.

Fui un sábado, cerca de las once de la noche. Llevaba una sudadera vieja para no destacar y una mochila con muda limpia por si terminaba durmiendo en cualquier parte. Pagué la entrada en una ventanilla con vidrio espejado, y un chico flaco me explicó las reglas sin levantar la vista.

—Te dejo la llave del locker en una pulsera —dijo—. Todo lo que llevas puesto, ahí dentro. La ropa se queda con la pulsera; tú entras sin nada.

Lo miré dos segundos, intentando entender si bromeaba. No bromeaba.

Me desnudé en un pasillo angosto con olor a desinfectante de pino y eucalipto. Doblé la ropa por inercia, como si alguien fuera a calificar la prolijidad. El brazalete elástico me apretaba la muñeca derecha. Cuando crucé la cortina de tiras plásticas que separaba los lockers del salón principal, el aire me cambió: más caliente, más espeso, una mezcla de sudor, alcohol y una música electrónica grave que parecía moverse por debajo del piso.

Lo primero que me sorprendió fue lo natural que se veía todo. Hombres conversando como si estuvieran tomando un café, apoyados en columnas, riéndose. Activos, pasivos, versátiles, cuerpos de todas las formas. Algunos llevaban una toalla al hombro como concesión mínima al pudor; la mayoría no llevaba nada. Yo tampoco. Vi pollas de todos los tamaños colgando entre las piernas de los que caminaban, culos peludos apoyados contra las columnas, manos que se metían entre nalgas ajenas sin pedir permiso, bocas que se prendían de tetillas al pasar. Un tipo mayor, contra una pared, tenía a otro arrodillado chupándole la verga con los cachetes hundidos, y nadie se detenía a mirar más de dos segundos.

Mientras caminaba esquivando miradas, lo vi. Un hombre alto, de hombros anchos, recostado contra la pared del bar. Tenía una pinga enorme, tan desproporcionada para su cintura que parecía un detalle dibujado por encima de su cuerpo. Le colgaba pesada, gruesa como mi muñeca, con la cabeza morada asomando por el prepucio a medio bajar y una vena azul que la recorría de raíz a punta. No estaba mirándome a mí. Miraba a una chica trans del otro lado del salón, una morena de pelo lacio que se peinaba con los dedos como si supiera que él la miraba.

Me acerqué de todos modos. La adrenalina hacía que el corazón me golpeara en las sienes.

—¿Me dejas? —dije, señalando hacia abajo.

Asintió sin entusiasmo. Me arrodillé sobre la baldosa fría y abrí la boca. La cabeza me cabía con dificultad; tuve que sostenerlo con las dos manos, una encima de la otra, y aun así quedaba tronco por chupar. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y sentí el peso muerto de la polla apoyarse en mi cara. Tenía un olor fuerte, a jabón barato y a sudor de encima, y me obligué a metérmela hasta donde aguantara sin arcadas. La cabeza me chocaba contra el paladar. Se la mamé sacudiendo la mano por el tronco, con saliva chorreándome por el mentón, y los ojos me lloraban cada vez que empujaba más adentro. Lo tuve un par de minutos así, intentando concentrarme en lo que hacía y no en su mirada, que seguía fija en la chica del otro lado. Le apretaba los huevos con la otra mano, se los rodaba en la palma, hacía todo lo que sabía hacer, y él ni siquiera me tocaba la cabeza. La verga se le puso más dura, sí, pero era una dureza distraída, mecánica, la de alguien pensando en otro coño y no en el mío.

—Mejor déjalo, lindo —dijo al rato—. Voy a probar suerte por otro lado.

Me limpié la barbilla y me senté en una banqueta junto al bar. Lo vi cruzar el salón, hablar con la chica trans durante cinco minutos y desaparecer con ella en uno de los cuartos privados del fondo. Me quedaron las ganas y una rabia tibia que conocía bien.

Mientras esperaba que se me bajara el ánimo, me acordé de Tobías. De aquel verano en que me enseñó lo que era el deseo serio, sin disfraces de adolescente curioso. Y me acordé también de Reinaldo, el albañil que trabajaba al lado de mi casa y se metía conmigo en el baño durante la hora del almuerzo, y que nunca, nunca me besaba en la boca. Dos historias mal cerradas que se repetían cada vez que entraba a un sitio así.

***

Pedí un vaso de vino tinto en plástico transparente y subí por una escalera lateral a la zona de hamacas. Había varias colgadas entre vigas de madera, y casi todas estaban ocupadas. Me trepé a la única libre, en una esquina, y dejé que el balanceo me distrajera. Desde ahí podía ver media planta baja sin sentirme observado.

—¿Te molesta si me siento? —preguntó una voz detrás.

Era un hombre de unos cuarenta años, de barba canosa y ojos pequeños. Tenía un cuerpo trabajado sin exageración, vello en el pecho y en los antebrazos. Le hice un gesto para que se acomodara.

—Me llamo Esteban —dijo. Apoyó una mano en mi muslo como si fuera lo más natural del mundo—. Tienes un culo muy lindo, ¿alguien te lo dijo esta noche?

No supe si reírme o no.

—No esta noche —contesté.

Se inclinó y empezó a besarme el cuello, despacio, sin prisa. Su mano subió por mi muslo hasta llegar al nacimiento de las nalgas, y los dedos se me metieron entre los cachetes buscando el agujero. Me lo tanteó apenas, con la yema del medio, presionando en círculos sin llegar a entrar. La hamaca se balanceaba con cada movimiento, y la sensación de inestabilidad me ponía nervioso y caliente al mismo tiempo. Mi verga se puso dura contra la lona, aplastada, y sentí un hilo de líquido preseminal mojarme la tela debajo del vientre. Me giré para quedar boca abajo y él entendió enseguida. Me abrió las nalgas con las dos manos, se acomodó de rodillas sobre la hamaca sin volcarla, y bajó por la espalda con los labios hasta plantarse entre mis nalgas. Empezó a comerme con una técnica que no había sentido nunca antes: pausada, profunda, paciente. Primero la lengua plana lamiéndome de arriba abajo, largamente, mojándome todo el surco; después la punta clavándose en el agujero, empujando el músculo hasta hacerlo ceder, entrando y saliendo como una polla en miniatura. Me lo comió durante lo que parecieron minutos enteros, con la barba raspándome las nalgas y el aliento tibio soplándome la entrada cada vez que sacaba la lengua para respirar. Metió un dedo mojado en saliva, después dos, y me los curvó adentro buscando el punto que hace ver blanco. Cuando lo encontró, apreté la lona de la hamaca con las dos manos y ahogué un gemido en el hombro.

No me podía mover.

—Vamos al cuarto —murmuró otro hombre que se había acercado sin que yo lo notara. Un tipo más joven que Esteban, más bajo, con tatuajes en las costillas—. Aquí está medio expuesto.

Bajamos los tres por la escalera lateral. El cuarto estaba al fondo de un pasillo iluminado en rojo, con una puerta corrediza que no terminaba de cerrar. Al entrar, vimos a la chica trans del bar salir del cuarto contiguo. Llevaba los ojos hinchados, restos de delineador corrido por las mejillas. La detuve un segundo con la mano.

—¿Estás bien? —pregunté.

Asintió sin mirarme. La abracé corto.

—Pasé por lo mismo —le dije al oído—. Después del gusto viene el disgusto. Tranquila, mi amor.

Se separó, asintió otra vez y se alejó hacia los lockers. Esteban me esperaba con la puerta entreabierta. Me empujó adentro con suavidad.

***

Dentro del cuarto el aire era distinto. Olía a látex y a sudor reciente. Había una camilla forrada con cuero negro, una toalla doblada en una esquina, y un dispensador de gel transparente atornillado a la pared. El otro hombre, el de los tatuajes, se llamaba Cipriano. Lo supe después, no en ese momento.

Esteban me tumbó de espaldas sobre la camilla y me abrió las piernas hasta pegarme las rodillas al pecho. Se apretó un chorro de gel en la mano y me embadurnó el culo con dos dedos, después tres, ensanchándome de a poco hasta que el agujero cedió. La verga la tenía gruesa, no muy larga, con la cabeza roja y brillante. Se puso un condón sacándolo de un bowl junto a la camilla, se la mojó de gel y me la fue metiendo despacio, apoyándose con las manos a los lados de mi cabeza. Cuando entró hasta la raíz, se detuvo y me clavó la mirada.

—Aguántame ahí, amor. No te muevas.

Cipriano se había desnudado y estaba parado al costado de la camilla, con la polla dura apuntándome a la boca. Se la agarré con la mano y me la metí hasta la campanilla. Tenía la piel salada, y arriba de la ingle un tatuaje de un ancla que se le movía cuando empujaba. Esteban empezó a cogerme con embestidas cortas, sacudiendo la camilla en cada golpe, y yo me chupaba a Cipriano al ritmo que Esteban me marcaba desde abajo. Se me llenó la boca de baba y de la punta de su verga me chorreaba un líquido tibio que me tragaba entre gemidos ahogados.

Esteban se salió de golpe, me dio vuelta como si yo pesara la mitad, y me acomodó en cuatro patas al borde de la camilla. Volvió a metérmela de un solo empujón. Cipriano se subió delante y me agarró la cabeza con las dos manos para seguir cogiéndome la boca. Los dos se acomodaron sobre mí y lo que siguió no se parece a nada que me hubiera pasado antes.

Cipriano se cansó de la boca. Se bajó, se movió atrás, y le dijo algo a Esteban al oído. Esteban se rio bajito, se salió de mí, se acostó de espaldas en la camilla y me pidió que me le montara encima. Le monté la verga sentándome despacio, y sentí cómo volvía a llenarme por dentro, esta vez con mi propio peso empujándomela. Cipriano se puso detrás de Esteban, entre las piernas de Esteban, y le empezó a comer el culo mientras yo cabalgaba. Después, cuando lo tuvo listo, se le metió despacio. Yo lo sentía todo desde arriba: cada empujón de Cipriano se transmitía por el cuerpo de Esteban y me llegaba a mí en la verga que tenía metida. Éramos una cadena de tres, articulada. Esteban gemía debajo con la boca abierta, arqueaba el cuello, apretaba los dientes; Cipriano se quejaba del dolor de embestirlo entre dientes; Esteban no aflojaba, me tenía agarrado de las caderas y me clavaba contra él en cada bajada.

—Aguanta, amor —decía Esteban debajo—. Aguanta que ya casi.

Yo me tocaba la polla al mismo tiempo, con la mano llena de gel, mientras me subía y bajaba sobre él. La cabeza me chocaba contra un espejo lateral y me veía la cara roja, la boca abierta, un hilo de saliva colgando del mentón. Los tres acabamos casi a la vez, con una diferencia de segundos. Yo primero: me corrí sobre el pecho de Esteban en tres chorros gruesos que le salpicaron el vello hasta el mentón. Esteban se corrió dentro del condón mientras yo todavía me sacudía encima suyo, y sentí las contracciones de su verga contra el punto de adentro. Cipriano dio dos embestidas más y se corrió dentro de Esteban con un gruñido bajo, mordiéndole el hombro. Se desplomó sobre nosotros dos, con la frente caliente apoyada en mi nuca. Después, cuando me incorporé, los dos se acercaron con la respiración entrecortada y me ofrecieron sus pingas para que las limpiara con la boca. Le saqué el condón a Esteban con los dientes, le lamí el tronco de raíz a punta, le chupé los restos de semen y de gel; a Cipriano le pasé la lengua por debajo, le lamí los huevos, me metí su verga a medio bajar hasta la garganta. Lo hice sin pensar, como si formara parte del rito de cierre.

Cipriano se fue primero, despidiéndose con la mano apretada en el hombro de Esteban. Caminaba con dificultad. Esteban se quedó conmigo en la camilla, jugando con un mechón de mi pelo.

—Vamos a mi casa —dijo—. Te quiero seguir cogiendo, pero no acá.

Lo miré dos segundos. Me había prometido a mí mismo no irme con nadie esa noche.

—Está bien —dije.

***

El taxi nos dejó en una calle estrecha de un barrio que no conocía. La puerta principal del edificio daba a un callejón con paredes pintadas a medias, y Esteban tuvo que sacar dos llaves para abrir dos cerraduras distintas. Su departamento estaba en planta baja, al fondo de un patio interno.

Cuando entró en su habitación, encendió una luz cálida que se reflejaba en cuatro espejos grandes colgados en ángulos calculados. Uno en el techo. Uno en cada pared. Verme repetido desde tantos ángulos me hizo perder coordenadas: no sabía si mirar hacia adelante, hacia arriba, hacia atrás.

—Quiero que te veas mientras te cojo —dijo—. Vas a entender por qué te elegí.

Me tumbó boca arriba en el borde de la cama, me levantó las piernas y me las apoyó en sus hombros. Sin condón esta vez. Sacó una petaca de aceite de la mesa de luz, me chorreó un hilo entre las nalgas y se untó la verga con la mano abierta. Me la metió de una sola vez, hasta la raíz, y me hizo gritar. Se quedó adentro sin moverse, mirándome a los ojos.

—Mírate arriba —dijo, señalando el espejo del techo—. Mira cómo te entra.

Levanté la vista y me vi: las piernas abiertas al aire, su verga desapareciendo dentro de mí hasta los huevos, mi propia polla dura contra el vientre. Empezó a cogerme con embestidas largas y profundas, sin apuro, dejándome sentir cada centímetro entrando y saliendo. Cambiaba de ritmo cada tantos minutos, aceleraba hasta el borde del orgasmo y frenaba en seco, se quedaba adentro respirando fuerte, esperando que se le bajara, y volvía a empezar.

Me dio vuelta. Me puso de perrito frente al espejo de la pared para que me viera la cara mientras me cogía por atrás. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, y me obligó a mirarme mientras él me embestía desde atrás con las manos apretadas en las caderas. Después me acostó de lado, se metió detrás de mí en cucharita, me levantó una pierna y me la volvió a meter así, más lento, mordiéndome la nuca, susurrándome cerdadas al oído.

—Mira cómo se te abre el culo, amor. Mira cómo lo pide.

Estuvimos horas en posiciones que no recordaba haber probado nunca, con pausas para beber agua de una jarra que tenía en la mesa de luz. No sé si tomó algo, una pastilla, un suplemento, una pócima, pero su erección no bajaba. Se corrió dos veces dentro de mí sin sacársela, y siguió duro las dos veces. La primera fue con la boca pegada a mi oído; la segunda, arrodillado detrás mío con las manos apretándome los cachetes para verse entrar mejor. Me sentí lleno, un charco tibio entre las nalgas que me chorreaba por los muslos cuando cambiábamos de postura. Llegué a un punto en que el placer se confundía con el agotamiento, y el agotamiento con un tipo de orgullo absurdo, como si aguantar fuera una proeza. Me besaba en la boca con una insistencia que me ardía: yo no estaba acostumbrado a tantos besos seguidos, y menos con lengua, con dientes que me mordían el labio de abajo, con una saliva que compartíamos como si fuera parte de la coger.

—Te voy a dejar el culo destrozado, amor —me susurraba al oído—. Pero te voy a cuidar después.

Nos quedamos dormidos abrazados, todavía sucios, cuando los pájaros empezaron a cantar afuera. Calculé que serían las tres de la mañana. Nos despertamos a las once del día siguiente, un domingo entero por delante, y volvió a buscarme con la boca apenas abrí los ojos. Esa segunda vez fue más lenta, casi tierna. Me la metió despacio de costado, me la sacó, me pidió que me se la chupara un rato, me la volvió a meter. Me acabó adentro de la boca por primera vez, sujetándome la cabeza con las dos manos. Cuando terminé tragando su semen, tibio y espeso, con un regusto salado que me quedó entre los dientes, me miró con una seriedad que no le había visto.

—Quiero ser tu marido —dijo.

Lo dijo en serio. Yo dije que sí, también en serio.

***

Estuvimos juntos exactamente un año y dos semanas. Alquilé mi cuarto de antes para vivir con él en el departamento de los espejos. Aprendí a cocinarle el café como le gustaba: cargado, sin azúcar, en una taza grande con asa de madera. Aprendí los nombres de sus hermanas, de su madre, de la chica que limpiaba dos veces por semana. Aprendí cuándo callarme y cuándo insistir.

Esteban no me ocultó nunca que tenía una hija de doce años, ni que la madre de la nena vivía en otra ciudad, ni que viajaba un fin de semana de cada mes a verlas. Yo lo sabía desde el principio. Lo que no sabía es que esa cuerda lo iba a tirar, tarde o temprano, hacia el otro lado.

Una tarde de octubre, mientras tomábamos mate en el patio interno, me lo dijo sin rodeos.

—Mi hija me pidió que volviera. Y su madre también.

No lloré delante de él. Lloré después, en el baño, con el agua de la ducha tapando el ruido. Le dije que entendía, y era cierto. Esteban siempre había sido honesto. Nunca me trató mal, nunca me ocultó la verdad, nunca me hizo sentir que yo era un secreto.

Hicimos las cosas con prolijidad. Yo busqué un cuarto en alquiler en el otro extremo de la ciudad. Él me ayudó con la mudanza, cargó cajas, me dejó dos de los espejos «para que te acuerdes de mí». Nos despedimos en la puerta del cuarto nuevo, sin escándalo, con un abrazo largo y dos besos en la boca.

Después de él no volví a buscar otro hombre con esa intensidad. No por dolor: por respeto. Esteban fue el amor más bonito de esa época mía, el primero que me trató como a un igual, el primero que me deseó sin avergonzarse. Cuando pienso en aquella noche del club, en la pulsera elástica y la baldosa fría bajo las rodillas, no recuerdo al pingón que me ignoró ni a Cipriano gimiendo contra mi nuca. Recuerdo el momento exacto en que Esteban se sentó en la hamaca y me preguntó, con una formalidad ridícula, si me molestaba.

Y todavía pienso, a veces, que tendría que haber dicho que sí.

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Comentarios(9)

NocheLobo

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

MarcoBaires

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Muy enganchante.

Dani_87

Me recordo a una salida que tuve hace tiempo, esa sensacion de entrar a un lugar nuevo sin saber bien que esperar... lo describis perfecto. Muy bueno!

RodriMDQ

Bien escrito y sin vulgaridades innecesarias. Se agradece que haya autores con criterio. Sigue publicando.

JuanM_77

Lo lei dos veces jaja. Primera para seguir la historia, segunda para disfrutarlo tranquilo. Tremendo.

Edu_Riv

increible, justo lo que necesitaba leer hoy

PabloMC

¿Vas a continuar la historia? Quede muy enganchado con lo que se viene

Luzdeluna_88

Que lindo como lo narraste, se siente autentico. Los mejores relatos son los que parecen reales, y este lo logra.

SantiRiv

Maravilloso relato, esperando mas asi 👏

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