El señor del mercado me hizo descubrir mi deseo
Me llamo Mateo y tengo veintiséis años. Vivo en Quito y la verdad es que esto que voy a contar es la primera vez que lo pongo por escrito. Necesito soltarlo, sacarlo de adentro, porque llevo casi tres años dándole vueltas sin contárselo a nadie.
Hasta esa tarde en el mercado yo me consideraba hetero. No es que tuviera una vida sexual intensa: había estado con dos o tres chicas, sin más, y siempre porque la cosa se daba sola, no porque yo lo buscara. Penetrar nunca me obsesionó. Vivía tranquilo, con mis abuelos y mi tía, atendía llamadas seis horas al día para una compañía de telefonía mexicana desde la sala, y poco más.
Era plena pandemia. Lo peor ya había pasado, pero seguíamos cuidándonos. Yo era el que salía a hacer las compras, una vez por semana, hasta un mercado un poco lejano donde había más variedad. Esa mañana me había puesto un buzo gris claro que me apretaba un poco atrás —soy medio nalgón, no lo voy a negar—, un polo manga larga, mascarilla, careta y guantes quirúrgicos. Llevaba la lista que mi tía me había escrito en un papel.
El mercado estaba lleno. Me agaché en el puesto de verduras sin doblar las rodillas para alcanzar unas zanahorias del fondo y, al retroceder, choqué de espaldas contra alguien. Sentí dos manos en mi cintura y mi trasero pegado a su entrepierna. Fue un segundo. Una corriente rara me recorrió toda la espalda.
—Disculpe —dije sin atreverme a mirar, parándome de golpe.
El señor mantuvo las manos un instante más antes de soltarme.
—Cuidado —respondió, y se metió hacia el fondo del mercado.
Me quedé colorado debajo de la mascarilla. Pero más que vergüenza, lo que sentí fue otra cosa. Algo que no supe nombrar en ese momento. Solo registré, casi sin querer, que había sentido su bulto a través de la tela del buzo y que no me había molestado.
Terminé de comprar todo lo de la lista. Solo me faltaba la comida del perro, así que fui al puesto de animales. Y ahí estaba él de nuevo, comprando también. Lo miré mejor: era un poco más alto que yo —yo mido un metro sesenta y ocho—, blanco, con barba canosa de pocos días y el pelo ralo, también canoso. Las arrugas se le marcaban en los ojos. Tendría sesenta años, tal vez más. Pero buen porte, derecho.
Me preguntó por los huesitos que me estaba despachando la señora y nos pusimos a conversar. Me contó que quería esterilizar a una de sus perras, pero no se fiaba de ningún veterinario. Le hablé del sitio donde habíamos castrado al mío. Le costó entender la dirección, así que se la repetí dos veces con paciencia. Pensé que era la edad.
Salimos juntos del mercado hablando de animales y de la pandemia. Antes de despedirse me pidió mi número, por si necesitaba volver a consultarme algo. Me lo pidió con tanta naturalidad que dije que sí sin pensarlo. Anoté el suyo en mi celular y le pasé el mío. Se llamaba Ernesto.
Llegué a casa, me bañé, almorcé con mi familia, atendí al perro y, ya en mi cuarto, me eché en la cama con la música puesta. Sin darme cuenta, empecé a darle vueltas a lo del mercado. Al instante en que sus manos me agarraron de la cintura. Al bulto contra mi trasero. Sentí un cosquilleo extraño en el ano. Algo nuevo. No sé cómo explicarlo mejor. Me llevé la mano ahí, por encima del short, y me froté despacio. Una sensación rara, agradable, distinta a todo lo que conocía. Hasta entonces solo me había tocado el pene.
Esa misma tarde me llegó un mensaje: «Hola, soy Ernesto, del mercado. Gracias de nuevo por la ayuda». Le respondí que no se preocupara. Y así, sin pensarlo, empezamos a chatear.
Durante varios días hablamos de todo. Me contó que estaba casado, que tenía sesenta y dos años, que vivía con su esposa y una hija. Que los otros hijos ya estaban en sus propias casas. Yo le conté de mi trabajo, de mis horarios, del perro. Me caía bien. Tenía una conversación calmada, educada, y le gustaba mandarme videos de historia y enlaces raros que encontraba en internet.
Una noche me escribió diciendo que ya había operado a su perra y que todo había salido bien. Me dijo que me iba a mandar una foto de ella echada. Yo tenía el celular al lado del teclado y vi la notificación. Deslicé el mensaje sin abrir el chat, solo para no dejarlo en visto, y me quedé congelado: era una foto de su pene. La eliminó al instante.
Entré al chat y le mandé una carita de sorpresa, preguntándole qué había pasado. Me dijo que nada, que no era nada. Y enseguida me mandó la foto correcta, la perra echada en su camita. Yo seguí la conversación normal, pero no podía sacarme de la cabeza lo que había visto. Pensé: ¿se confundió?
Esa noche, sobre las diez, me volvió a escribir. Su esposa ya dormía. Su hija no estaba en casa. Hablamos de cosas más íntimas. Me contó que de joven había sido muy callado, que solo había estado con dos personas antes de su esposa. Yo le conté que tampoco tenía mucha experiencia. Le pregunté cómo iban las cosas con su mujer. Me dijo que hacía años que no pasaba nada, que ella se quejaba todo el tiempo y se dormía. Que debía ser la edad.
Le respondí que aún se le veía un señor con buen porte. Me dijo que no creía eso, y me mandó una selfie. Lo vi mejor que en el mercado: una cara amable, ojos cansados pero vivos. Le dije que se le veía bien para su edad, que parecía de menos. Me agradeció y me dijo que yo también me veía bien. Le mandé una foto mía parado en el cuarto. La vio. La borré.
No sé qué me pasaba. Toda mi vida había sido hetero, varonil ante el mundo. Pero esa noche solo me dejaba llevar. Él me pidió otra foto, esta vez de espaldas. Estaba con un short pequeño y un polo bien suelto que me llegaba casi al muslo. Me bajé el bóxer, me puse el short solo, apoyé el celular contra una almohada y, levantando el polo, saqué la foto enfocando mi trasero. Se la mandé.
Tardó en responder. Yo la borré enseguida. Cuando volvió a escribir, me dijo que me quedaba bien el short. Solo eso. Le agradecí.
Luego me avisó que iba al baño. A los pocos minutos me preguntó si quería ver algo. Yo me estaba tocando otra vez, masajeándome el ano con dos dedos por encima del short, y le dije que sí. Me mandó la foto de su pene preguntando si me gustaba. Lo tenía blanco, con vello canoso, de tamaño normal. Era el segundo pene que veía en mi vida. A los dieciocho había masturbado a un amigo mientras veíamos pornografía juntos; nunca más volvió a pasar nada. Le respondí que sí. Borró la foto, me dijo que su hija había llegado, y nos despedimos hasta el día siguiente.
No dormí esa noche. Me preguntaba si era gay, si lo que estaba pasando estaba bien, si solo era curiosidad. Me dormí confundido.
***
Al día siguiente nos saludamos normal. Ninguno mencionó lo de la noche anterior. Pero a media tarde me dijo que sería bonito ver una película juntos, ya que nos llevábamos bien. Le respondí que los cines estaban cerrados por el covid. Y entonces, dejándome llevar otra vez, le propuse buscar un lugar más privado, donde pudiéramos vernos cara a cara y conversar bien. Le aclaré entre risas que me daba un poco de miedo porque me sentía vulnerable. Me dijo que sí, que dónde. Que averiguara y le avisara.
Era obvio que estaba hablando de un hotel, aunque no usé esa palabra. Me pasé el resto del día buscando uno discreto, con miedo a los operativos que a veces salían en las noticias y que dejaban a familias enteras destrozadas. Encontré uno apartado, con buena reputación. Copié el enlace y se lo mandé. Le pregunté cuándo podía. Me dijo que al día siguiente. Yo justo descansaba. Acordamos vernos a las siete de la mañana en una esquina cercana. Él entraría primero, yo después.
No dormí esa noche tampoco. Me levanté a las cinco y media. Me duché. Me afeité entero. Vi en internet cómo se depilaban atrás los hombres y lo hice con cuidado, con miedo a cortarme. No me corté. Me pasé la rasuradora por las nalgas también, por las dudas. En la farmacia camino al punto de encuentro compré preservativos y un lubricante. Me había puesto un calzoncillo negro nuevo —solo tenía bóxer y me parecía poco erótico—, el buzo más ajustado que tenía, un polo negro y zapatillas. Me lavé bien por dentro antes de salir.
Nos encontramos en la esquina acordada y nos dimos un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Su mano me agarró la cintura un segundo de más. Estábamos a tres cuadras del hotel. Él se adelantó. Quince minutos después me escribió el número del cuarto.
Entré a la recepción con la mascarilla puesta. Le dije a la señora el número de la habitación. Subí en silencio. Cuando llegué a la puerta tomé aire y pensé: «que pase lo que tenga que pasar». Toqué. Abrió. Entré. Cerró con tranca.
El cuarto era bonito, con una ventana que daba a la calle y una televisión vieja en la pared. Me metí al baño a lavarme las manos y a sacarme la mascarilla. Cuando salí, él entró a hacer lo mismo.
—Eres buen mozo —me dijo al salir.
Pensé que era floro, pero le agradecí. Prendimos la tele para buscar algo. El control fallaba, así que me paré a cambiar el canal manualmente. Y entonces, mientras yo apretaba botones torpemente, lo sentí detrás. Me abrazó por la espalda, pegando su pene contra mis nalgas. Me agarró el pecho con las dos manos y me apretó contra él. Yo no dije nada. Solo seguí apretando botones sin mirar la pantalla, mientras él se acoplaba a mi cuerpo. Empujé las nalgas hacia atrás. Sentí su respiración en mi cuello.
Me di vuelta. Lo miré. Nos besamos. Fue raro al principio, pero me dejé llevar. Me metía la lengua y yo le devolvía la suya. Nos besamos parados un buen rato mientras me apretaba las nalgas con las dos manos. Se sentó en la cama y me sentó encima suyo, sobre sus piernas, y seguimos besándonos. Poco a poco nos fuimos echando.
Me puso boca abajo y se subió encima. Me besaba el cuello, la nuca, los hombros por encima del polo. Me preguntó si podía bajarme el buzo. Le dije que sí. Me lo bajó hasta las rodillas y se quedó mirando mi calzoncillo negro. Me dio un beso en la parte de las nalgas que el calzoncillo dejaba descubierta. Después me lo bajó también.
Me besó las dos nalgas. Las abrió con las manos. Me dio un beso en el ano. Sentí una descarga eléctrica que me obligó a cerrar los ojos. Me lamió desde el ano hasta la zona baja de la espalda, una y otra vez. Yo movía el trasero contra su cara sin pensar. No sé cuánto tiempo estuvo lamiéndome. Media hora, tal vez más. Era la primera vez en mi vida que sentía algo así.
Esto no es lo que yo era, pensé sin querer. Y no me importa.
Me terminé de sacar la ropa de abajo. Lo besé otra vez. Le toqué el pantalón a la altura de la entrepierna. Él se desnudó del todo. Yo quedé solo con el polo negro y las medias. Le agarré el pene. Lo tenía un poco flácido. Empecé a masturbárselo como me lo hacía a mí mismo. Pensé sin querer: nadie sabe pajear un pene como otro hombre. Le gustaba.
Su pene chorreaba líquido preseminal. Estaba todo mojado. No sé qué me dio: lo lamí. Y después me lo metí a la boca. Era la primera vez en mi vida que hacía algo así. Sabía raro, baboso. Pero no me detuve. Lo chupé hasta que quedó cubierto solo de mi saliva. Se puso un poco más duro.
—¿Quieres? —le pregunté.
Le pasé un preservativo. Se lo puso. Agarré el lubricante, me eché bastante, y me puse de costado. Me tocó el ano con los dedos. Sentí la cabeza de su pene en la entrada. Empujó. Solo entró la punta. Lo intentó otra vez. Igual. Estaba flácido. Insistió varias veces, pero no lograba endurecerse del todo. Me dolía la parte de afuera. Hasta que paró. Agarró su pene con la mano e intentó meterlo él mismo. Nada. Estaba blando.
—Disculpa —me dijo bajito.
—No te preocupes —le respondí.
Eran ya pasadas las nueve. Me dijo que debía ser porque estaba nervioso, porque hacía mucho que no tenía intimidad, porque el pene es un músculo y pierde rigidez con los años. Lo dijo con tristeza. Me dio pena.
Le saqué el preservativo y empecé a pajearlo otra vez. Le dije que me avisara. La mano se me cansaba. Tardó un buen rato. Su pene se puso un poco más firme, pero nunca del todo. Acabó. Acabó bastante, con un gemido bajo que me hizo reír por dentro. Una vez que se vino, el pene se le murió en la mano. Me eché a su lado. Tenía la mano llena de semen.
Me agradeció. Nos besamos otro rato, con mi mano sucia colgando fuera de la cama para no manchar las sábanas. Después se levantó y se metió a la ducha. Cuando él salió, me bañé yo. Tenía el ano empapado de su saliva. Me lavé bien. La calentura se me había bajado con la sesión de su lengua. Estaba tranquilo, casi feliz.
Él seguía mal por no haber podido. Le dije que la había pasado bien igual, que no era para tanto. Nos vestimos. Me sentó otra vez sobre sus piernas y nos besamos en la cama, ya con ropa. Quedamos en volver a intentarlo. Salí primero del hotel, él después. Camino a casa nos escribimos sobre la experiencia.
***
Pasaron las semanas. Su esposa enfermó. Él se hundió. Un día me llegó un mensaje suyo, corto: «Es mejor que cada uno siga por su lado, por el bien de nuestras familias». Después me bloqueó. Nunca más supe nada de él. Tampoco intenté buscarlo. Fue su decisión, no la mía. Le deseo que esté bien, donde esté.
Desde entonces no he tenido otra experiencia parecida. He hablado con gente por aplicaciones, pero todo se queda en el chat. Son personas irrespetuosas, demasiado recorridas, que solo quieren coger y ya. No es lo que yo busco. A veces, solo, me meto cosas atrás para sentir algo. Sigo con la duda de si seré capaz de aceptarlo del todo, de cruzar la línea otra vez. Si este es mi camino o si fue solo un episodio raro de aquella pandemia. Todavía no lo sé. Pero necesitaba contarlo.