Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquella tarde en el taller de Rodrigo

Conocí a Rodrigo por una de esas apps de contacto que uno descarga con dudas y termina consultando tres veces por día. Llevábamos semanas intercambiando mensajes, fotos, algún que otro audio. En ese tiempo fui construyendo en mi cabeza una imagen de él: manos grandes según lo que se veía en las fotos, una sonrisa torcida en la imagen de perfil, y una paciencia para la conversación que yo no esperaba encontrar en esa clase de aplicaciones. La mayoría de los tipos en esas apps van directamente al grano. Rodrigo no. Rodrigo preguntaba cosas.

Yo había estado con otros chicos antes, pero nunca habíamos llegado muy lejos. Alguna paja compartida, alguna mamada a medias, siempre con la sensación de que algo quedaba sin terminar. Como si me detuviera justo en el borde de algo más grande y me diera vuelta antes de mirar.

Con Rodrigo la dinámica era distinta desde el principio. No había apuro. No había presión. Cuando por fin propuso vernos en persona, yo ya sabía que esa tarde no iba a ser un encuentro cualquiera.

Tenía un taller de reparación de motos en el barrio de Flores. Me dio la dirección un martes a la tarde y quedamos para las siete, cuando sus empleados ya se hubieran ido. Llegué diez minutos antes de lo acordado y me quedé caminando en círculos una cuadra en cada dirección, mirando las vidrieras cerradas, fingiendo buscar algo en el teléfono. Los nervios me hacían sentir ridículo. Tenía veintitrés años y me comportaba como si nunca hubiera quedado con nadie.

Cuando los vi salir —dos tipos jóvenes con overol y bolso— esperé todavía unos minutos más antes de acercarme a la puerta.

Rodrigo apareció con un trapo azul en la mano y una mancha oscura en el antebrazo izquierdo. Era más alto de lo que calculé por las fotos. Me saludó con esa sonrisa torcida que ya conocía, solo que de cerca se veía mucho mejor.

—Pasá —dijo, haciéndose a un lado.

El taller olía a aceite, a goma, a algo metálico que no supe identificar. Las motos estaban cubiertas o a medio desarmar, con piezas ordenadas sobre paños en el suelo. En el fondo había una pequeña oficina separada por una mampara de vidrio esmerilado: adentro, una silla de cuero desportillada, un escritorio con papeles y un sillón de dos cuerpos que no tenía absolutamente nada que hacer en ese contexto. Rodrigo cerró la puerta del taller y luego la de la oficina. Giró la llave. El sonido seco del cerrojo me hizo el estómago pequeño.

—¿Querés tomar algo? Hay agua, hay una gaseosa de no sé cuándo.

—No, estoy bien —dije.

No estaba bien. Estaba nervioso hasta la náusea.

Nos sentamos en el sillón y estuvimos un rato largo hablando de nada importante: el tráfico de la avenida, la obra que habían empezado frente al taller, un cliente que había traído una moto que en realidad necesitaba una moto nueva. Hablábamos mirándonos el uno al otro, y en cada pausa había algo sin decir que pesaba más que todas las palabras juntas.

Fue Rodrigo quien se acercó primero. Lo hizo despacio, sin gestos bruscos, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería. No quise.

El primer beso fue largo y serio. No fue un beso de tanteo ni de prueba: sus labios sobre los míos con intención clara, una mano apoyada en mi mandíbula. Algo que llevaba años apretado en el pecho se me aflojó de golpe. Me resultó difícil creer que algo tan simple pudiera sentirse tan distinto de todas las otras veces.

Nos desnudamos despacio. Él se sacó la remera primero, y yo hice lo mismo. Tenía el torso ancho, una línea de vello oscuro bajando desde el centro del pecho hasta el ombligo. Me quedé mirándolo más tiempo del que debería y él dejó que lo mirara sin molestarse.

—Tu turno —dijo, mirando mi cinturón.

Cuando quedamos completamente sin ropa, el uno frente al otro en ese sillón de cuero, fue la primera vez en mi vida que no sentí vergüenza de estar así con otro hombre.

Nos recostamos y empezamos a movernos despacio. Sus dedos recorrieron mi espalda; los míos exploraron su pecho, sus costados. Me tomó con la mano y yo hice lo mismo, y durante un buen rato estuvimos así, moviéndonos con una calma que yo no esperaba, construyendo algo sin apurarlo. Era una tensión que se acumulaba de a poco y que los dos parecíamos querer estirar lo más posible.

Nunca había estado tan excitado en tan poco tiempo con nadie.

Rodrigo bajó despacio. Primero el cuello, con la boca abierta y el aliento caliente. Después el pecho: la lengua pasando de un lado al otro, los dientes rozando apenas la piel. Cuando llegó al estómago solté los músculos sin querer y cerré los ojos.

Siguió bajando.

Rodeó mi polla con la mano y llevó la boca hacia abajo, hacia mis testículos. La primera vez que sentí su lengua ahí fue como un golpe eléctrico que no llegué a anticipar. Los recorrió con cuidado, subió por el tronco en línea recta hasta la punta, volvió a bajar. Lo repitió varias veces, con una paciencia que me resultó imposible de sostener en silencio.

Cuando finalmente se metió mi polla en la boca, lo hizo de a poco: la mitad primero, después todo. Un ritmo constante, las manos apoyadas en mis caderas. Yo tenía los dedos enredados en su pelo, no para empujar sino para tener algo a qué aferrarme.

Quería que nunca terminara y al mismo tiempo sentía que no iba a aguantar mucho más.

Después de un buen rato sacó la boca y me miró desde abajo.

—Levantá las piernas —dijo.

No pregunté nada. Las levanté.

Lo que vino después fue algo que nunca había imaginado querer de esa manera. Su boca encontró el camino más abajo, hasta que sentí su lengua justo en el centro, en el lugar que yo ni siquiera sabía que podía dar tanto placer. El miedo que había cargado durante años sobre ese momento desapareció en un segundo. Fue una sensación completamente nueva: cálida, lenta, precisa, sin ninguno de los bordes ásperos que había anticipado.

Rodrigo trabajaba con la lengua con la misma paciencia que con todo lo demás. Despacio, constante, atento a cada reacción mía. Yo tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, las manos apretadas contra el cuero del sillón.

Volvió a subir a mi polla sin que yo pidiera nada. Y mientras seguía con la boca, sentí la presión suave de su dedo buscando la entrada. Me tensé un instante, lo suficiente para que él lo notara de inmediato.

—¿Estás bien? —levantó la vista.

—Sí —dije. Y era completamente verdad.

Fue con un cuidado que no esperaba de nadie: despacio, sin forzar nada, esperando que mi cuerpo cediera solo. La combinación de lo que hacía con la boca y lo que hacía con la mano fue demasiado para sostenerlo mucho tiempo.

—Rodrigo —dije—. Estoy a punto.

—Dale —respondió sin soltar nada.

Me corrí con una intensidad que no había sentido antes. Él no se movió ni retrocedió. Se quedó ahí hasta que terminé del todo, hasta que dejé de estremecerme. Después subió, me besó, y yo probé algo de mí mismo mezclado con él, y no me importó en lo más mínimo.

***

Nos quedamos recostados un momento, sin hablar. El taller hacía ruidos pequeños afuera: algo que crujía, el zumbido sordo de la calle a esa hora.

—Ahora vos —dije cuando recuperé el aliento.

Me arrodillé frente a él en el sillón. No tenía demasiada experiencia, pero tenía ganas genuinas de hacerlo bien. Empecé despacio, intentando repetir algo de lo que él había hecho: con las manos primero, después con la boca. Sin apurarme. Prestando atención.

Lo escuché respirar más fuerte casi de inmediato. Eso me dio más seguridad de la que esperaba tener en ese momento.

Sus manos cayeron sobre mi cabeza con suavidad. No empujaba: era más bien una forma de acompañar el movimiento, de estar presente. Seguí un tiempo que no supe medir, atento a cada señal suya. Cuando me avisó que estaba cerca no me aparté. Me quedé. Lo recibí todo y después me incorporé y lo besé igual que él me había besado a mí minutos antes.

Nos miramos y los dos nos reímos al mismo tiempo, sin ningún motivo claro. Supongo que a veces el cuerpo necesita liberar la tensión de alguna manera, y la risa es la forma más honesta de hacerlo.

***

Nos vestimos sin apuro. Rodrigo limpió el sillón y apagó la luz de la oficina. Salimos juntos al taller, donde las motos a medio desarmar parecían pertenecer a otro universo completamente distinto del que habíamos habitado los últimos cuarenta minutos.

En la puerta nos despedimos con un beso corto.

—La semana que viene tengo una moto con problemas en el carburador —dijo.

—¿Necesitás ayuda con eso?

—Con el carburador, ninguna. Pero si aparecieras podría surgir otro tipo de trabajo.

Sonrió con esa sonrisa torcida de la foto de perfil.

—Vení el martes —dijo—. A las siete.

Caminé las dos cuadras hasta el subte con las manos en los bolsillos y algo liviano en el pecho que no había sentido en mucho tiempo. Lo de esa tarde en el taller de Rodrigo fue la primera de muchas visitas. Lo que pasó en las siguientes fue escalando de a poco, pero eso ya es otra historia.

Si les gustó aunque sea un poco, con eso me alcanza.

Valora este relato

Comentarios (6)

Marcos86

tremendo relato, me tuvo enganchado hasta el final!!!

GabrielMty

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

NocturnaR

Me encanto la tension que se construye antes de que pase todo. Se siente autentico, no forzado. Sigue escribiendo!

leo85

excelente!!

CarlosDelV

Lo que mas me gusto es que no es precipitado, hay feeling real entre los dos. Eso lo hace mas creible y mas intenso a la vez.

Pablito_73

el taller con llave jajaja, tremendo detalle

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.