La empleada madura que me despertó en mi cuarto
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Fuimos de la mano hasta la casa del otro tío. Le di un beso en el portal, le dije que me esperara cerca y subí a hacer lo que llevábamos semanas fantaseando juntos.
Los vi follando en el sofá de mi casa y no pude apartar la mirada; cuando él me descubrió, decidió que ninguno se iba a quedar mirando.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
El apartamento era un congelador, así que llamé a su puerta para preguntar por la calefacción. Salió en pijama, despeinada, y me ofreció un café que tardé en olvidar.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Quería una rosa en el glúteo derecho. Lo que no imaginé fue lo que sentiría cuando las manos de aquel desconocido empezaron a recorrer mi piel desnuda.
Me gritó en el ascensor y diez minutos después me arrastraba a su piso. Yo era virgen, torpe y estaba aterrado; ella sabía muy bien lo que quería de mí.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Me senté en el borde del muelle sin buscar nada, pero su mirada de hombre que sabe lo que quiere me desarmó antes de que dijera una sola palabra.
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Esa noche, mientras le corregía los ejercicios en la habitación del hotel, sentí su mirada clavada en mí y supe que ya no iba a poder seguir siendo solo su profesora.
Su mano fría se cerró sobre mi brazo como una presa. Yo era noventa kilos de músculo y, aun así, frente a él me sentí pequeño, examinado, comprado.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Cuatro meses después, volvimos al mismo vestuario buscando repetir aquella tarde. No contábamos con que un tercero, joven y descarado, nos estuviera observando desde el otro extremo.
Llevaba semanas deseando que volviera a buscarme. Esa noche entendí que, si quería sentir de nuevo aquello, tendría que ir yo a buscarlo a otra parte.