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Relatos Ardientes

La confesión del viaje que no debimos hacer

4.5 (25)

La carretera comarcal se abría entre campos de girasol marchito y parcelas de pino bajo, sin una curva que valiera la pena. Bermejo llevaba el volante con una mano y miraba el horizonte con la expresión de alguien que acaba de cerrar un buen trato y ya está pensando en el siguiente.

—Firmado y sellado —dijo, dejando caer la colilla por la ventanilla—. Ahora lo que toca es volver.

Salgado asintió desde el asiento del copiloto. Era un hombre de pocas palabras y estatura baja, complexión delgada, con una calva incipiente que avanzaba desde las entradas con una constancia que él mismo no ponía en muchas otras cosas. Llevaban juntos casi veinte años en el negocio y ese equilibrio tácito funcionaba bien: Bermejo hablaba, Salgado calculaba, y entre los dos habían levantado una empresa de mantenimiento vial que les daba para vivir muy bien. Bermejo era alto, de torso fuerte y perilla entrecana, con esa manera de moverse que tienen los hombres acostumbrados a que las cosas se hagan a su ritmo.

—Los contratos de la provincia norte entran en enero. Y con este almacén nuevo ya tenemos cubierta toda la zona —dijo Bermejo.

—Bien.

—¿Bien? Solo bien.

—Bien, y hambre.

Bermejo giró en el cruce indicado y tomó la carretera que bajaba hacia la costa. Había visto el cartel de un restaurante de mariscos al llegar la noche anterior y lo había anotado mentalmente con esa precisión de hombre que recuerda los detalles que le interesan y olvida el resto. El sitio resultó ser una especie de chiringuito elevado sobre una plataforma de madera, con mesas pintadas de azul turquesa y unas vistas que justificaban el desvío.

Comieron bogavante con vino blanco de la zona. Pidieron whisky de postre. Fumaron mirando el mar con esa calma específica de los hombres que han trabajado duro y saben cuándo tomarse un respiro.

—Mi mujer me ha pedido que le cambie el coche —dijo Salgado.

—¿Por qué no se lo cambias?

—Porque ya le cambié uno el año pasado.

—Es que no aprendes. A las mujeres hay que decirles sí antes de que terminen la frase. Así vas tú siempre por delante. —Bermejo giró el hielo en su vaso—. La mía acaba de estrenar un BMW. Yo soy más de este —dijo tocando el volante del Range Rover.

Salgado miró su vaso sin responder.

***

Salieron a caminar un poco por la orilla para bajar la comida antes de continuar. La playa era estrecha, con un espigón de rocas al fondo y muy poca gente para ser media tarde. El aire olía a salitre y a algas secas. En el extremo más alejado, sentados junto a sus mochilas en la arena, había una pareja joven escuchando música desde un altavoz portátil.

Él llevaba el pelo recogido en una coleta, camiseta sin mangas y bermudas cortas. Pendientes en ambas orejas, un piercing en el tabique nasal y tatuajes en los antebrazos que subían hasta los codos. Ella era menuda y pelirroja, con pecas en los hombros y los pómulos, una camiseta blanca de tirantes sin nada debajo y una minifalda vaquera que le llegaba a la mitad del muslo. Los dos tendrían veinte años, con poco margen de error.

La chica los vio acercarse desde lejos. Sin que nadie se lo pidiera, se levantó despacio, les dio la espalda y empezó a moverse con el ritmo. Dobló las rodillas, arqueó la espalda y movió las caderas en círculos lentos y deliberados, con una fluidez que no era ensayada sino completamente natural. Le asomaba el tanga por encima de la cinturilla de la minifalda. El chico daba palmadas sentado en la arena.

Bermejo y Salgado se pararon.

—Su puta madre —dijo Bermejo en voz baja.

El chico los miraba con una sonrisa tranquila, sin levantarse.

—¿Tienen fuego? —preguntó.

Bermejo le tendió el encendedor. El chico encendió un cigarrillo liado y lo devolvió. La chica paró de bailar y se volvió hacia ellos. Tenía los ojos grandes y verdes, y esa clase de sonrisa que no necesita ser de ninguna manera en particular para funcionar.

—¿Están de vacaciones? —preguntó Salgado.

—Veníamos a trabajar en temporada, de camareros. Pero ya se acabó y tenemos que volver a casa. A Rivamar del Monte, que queda a unos ochenta kilómetros.

—¿En autobús?

—Si lo hubiera. El servicio por aquí es una porquería. Y no vamos muy sobrados de dinero.

Bermejo miró a Salgado un momento. Salgado encogió los hombros.

—Pasamos por allí —dijo Bermejo—. Si quieren, los llevamos.

***

Se llamaban Kike y Noa. Llevaban juntos desde el instituto, lo habían dejado una temporada al cumplir los dieciocho, habían vuelto. Kike habló bastante los primeros kilómetros, sobre el verano, sobre los bares donde habían trabajado, sobre los planes vagos que tenían para el otoño. Noa se puso de copiloto y buscó música en un pendrive que sacó del bolso. El Range Rover olía a tabaco caro y a cuero nuevo. Los cristales tintados convertían la luz de la tarde en algo más íntimo de lo que era.

Bermejo conducía sin prisa, observando a la chica por el rabillo del ojo. Tenía las piernas cruzadas y movía un pie al ritmo de lo que sonaba, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y los ojos entrecerrados.

—¿Siempre bailas así para los desconocidos? —le preguntó.

—Para los que me da la gana —dijo ella, sin mirarlo.

—¿Y hoy te dimos la gana?

Noa lo miró entonces, con una expresión que no era coquetería sino algo más directo que eso.

—Tenéis un todoterreno muy grande y cristales tintados. Eso siempre ayuda.

Kike sacó un poco de hierba y dijo que si querían parar un momento. Pararon en una carretera secundaria detrás de unos matorrales. Liaron tres porros. La conversación se volvió más suelta, más honesta. Kike señaló los anillos de los dos hombres.

—Casados los dos, ¿no?

—Desde hace años —dijo Bermejo.

—¿Y no les importa?

—¿El qué?

—Eso.

Bermejo dio una calada larga al porro y miró la carretera por el parabrisas antes de responder.

—Quitarse el anillo es perder el tiempo. Y yo no pierdo el tiempo.

Noa soltó una carcajada corta. Kike también se rió.

—Me cae bien este tío —dijo Kike.

***

Fue Salgado quien empezó, en el asiento trasero, con una naturalidad que no admitía discusión. Le puso la mano en el muslo a Kike y Kike no la quitó. Le dijo algo al oído. Kike respondió con una media sonrisa y echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas.

Bermejo lo vio por el retrovisor.

—¿Tu chico siempre es así? —le preguntó a Noa.

—¿Así cómo?

—Fácil.

—Kike es curioso —dijo ella, como si eso lo explicara todo—. Siempre lo fue. Cuando lo dejamos una temporada estuvo con hombres. Cuando volvimos me lo contó.

—¿Y eso no te molestó?

—Yo también estuve con otras personas. Ninguno le guardó nada al otro. Así funcionamos.

En el asiento trasero, Salgado tenía ya la mano dentro de las bermudas de Kike. El chico había cerrado los ojos. Las luces de un túnel corto iluminaron el interior del todoterreno durante unos segundos, el tiempo justo para ver a Salgado con la cabeza agachada y a Kike con la boca abierta y una mano aferrada al asidero del techo.

—Tu socio no pierde el tiempo tampoco —dijo Noa.

—Le aprendí de él —dijo Bermejo.

Noa apagó la música. El silencio que entró no era silencio: eran respiraciones, el ruido del asfalto y algo más, algo que venía del asiento trasero con una regularidad que iba en aumento.

—Kike —llamó Noa en voz baja.

—Mmm.

—Pásame el gel del bolso lateral.

Hubo movimiento en el asiento trasero. El bolso pasó entre los asientos. Noa rebuscó y sacó un bote pequeño, lo miró un momento y lo pasó hacia atrás sin decir nada más.

Bermejo tomó una salida y desvió el Range Rover por una pista de tierra entre dos campos de girasoles. Paró el motor. A través del parabrisas se veían las copas de unos pinos y el cielo naranja de la tarde.

En el asiento trasero, Kike se había girado y puesto en posición, doblado sobre sí mismo con las rodillas contra el asiento. Los movimientos de Salgado eran lentos y deliberados. Kike hacía un sonido grave con cada impulso, algo entre un gruñido y un suspiro, y se aferraba al respaldo del asiento delantero con los nudillos blancos.

—¿Llevan mucho tiempo juntos? —preguntó Bermejo, mirando al frente.

—Desde el instituto, ya te dije. —Noa miraba por la ventanilla—. Hay temporadas mejores y peores. Pero aquí seguimos.

—¿Y esto no lo complica?

Noa se encogió de hombros.

—Depende de cómo lo mires. Nosotros lo miramos de una manera y funciona. Cada uno hace lo que le apetece. Sin mentiras, sin dramas.

La cabeza de Kike apareció entre los dos asientos delanteros, con los ojos entrecerrados y la respiración cortada.

—¿Estás bien? —le preguntó Bermejo.

—Muy bien —dijo Kike, apretando los dientes—. Muy bien.

Bermejo se volvió hacia Noa. Ella ya se estaba quitando la camiseta de un solo movimiento. No llevaba nada debajo. Tenía pecas en los hombros y en la parte alta del pecho, un tatuaje pequeño en la clavícula y otro en la cadera derecha. Sus pechos eran pequeños y firmes, los pezones oscuros y ya erectos por el aire de la tarde.

Bermejo la miró como quien valora algo que merece atención.

—Ven aquí.

Reclinó el asiento del copiloto hacia atrás y se bajó los pantalones. Noa vio lo que había y tardó menos de un segundo en decidirse.

Se arrodilló en el espacio entre el asiento y el salpicadero y lo tomó con las dos manos primero, midiendo, antes de acercarse con la boca. Lo hacía con un ritmo deliberado que no tenía nada de ansioso, como quien sabe exactamente lo que hace y para qué. Le caían hilos de saliva sobre los dedos. Bermejo le puso una mano en la nuca, sin presionar, y se limitó a observar.

—Se nota que no es la primera vez —dijo en voz alta, para nadie en particular.

—Ni la última, espero —respondió Noa con la boca ocupada, lo que arrancó una carcajada a Kike desde el asiento trasero.

Detrás, Salgado y Kike habían llegado a su propio punto de no retorno. Los sonidos eran ya urgentes y sin disimulo. El todoterreno se movía ligeramente con cada embestida.

—¡Toma! —dijo Salgado entre dientes.

Kike respondió con algo que no eran palabras.

Hubo una cadena de sonidos cortos y rápidos, luego un silencio de dos segundos, y luego el ruido largo de algo que se libera. El disparo de Kike llegó entre los dos asientos delanteros y quedó un rastro visible en la palanca de cambios.

—Dios mío —dijo Salgado, jadeando.

—Lo siento —dijo Kike, sin sonar demasiado arrepentido.

***

Bermejo y Salgado bajaron a fumar mientras los dos jóvenes se recuperaban. La tarde había caído del todo. El campo olía a tierra seca y a pino. Encendieron los Marlboros en silencio.

—¿Cómo está? —preguntó Salgado.

—Bien adiestrada —dijo Bermejo.

—¿Terminas?

—Me falta.

Noa salió del todoterreno envuelta en la camiseta de Kike. Le pidió un cigarrillo a Bermejo. Él lo encendió en su propio pitillo y se lo pasó. Fumaron un momento sin hablar.

—¿Vas a terminar lo que empezaste? —le preguntó ella.

—Depende de ti.

Noa tiró el cigarrillo a la mitad, dio media vuelta y entró al Range Rover por la puerta trasera. Bermejo miró a Salgado.

—Dos minutos —dijo.

—Tómate los que necesites —dijo Salgado, dando otra calada.

***

Fue entonces cuando apareció el tractor. Un John Deere verde que avanzaba despacio por el camino de tierra, con un hombre al volante de unos cincuenta años: gorra de visera, cara curtida por el sol, barriga prominente. Paró el motor a diez metros del Range Rover y bajó del estribo con la parsimonia de quien no tiene prisa nunca.

—Buenas tardes —dijo, mirando el coche—. ¿Algún problema?

—Ninguno —dijo Salgado—. Solo una parada técnica.

El hombre miró la puerta trasera del todoterreno, que estaba entreabierta. Se oían cosas dentro.

—Ya veo —dijo.

Se quedó donde estaba. Encendió un cigarrillo liado y apoyó el brazo en el guardabarros de su tractor, con esa calma de quien considera que la situación le pertenece tanto como a cualquier otro.

—Esto es una finca privada —dijo, aunque sin mucha convicción.

—No tardamos —dijo Salgado.

El hombre asintió despacio y no se movió.

Bermejo terminó unos minutos después. Salió del todoterreno abrochándose el cinturón y vio al hombre limpiándose una mano en el muslo del pantalón mientras se subía la cremallera con la otra. Lo entendió todo de una sola mirada.

—Al salir tenga cuidado con el sembrado —dijo el hombre, alzando dos dedos a modo de saludo.

—Descuide —dijo Bermejo.

***

Los dejaron en Rivamar del Monte, en la rotonda de la entrada al pueblo. Kike y Noa cogieron sus mochilas y se despidieron con la misma despreocupación con la que se habrían despedido de cualquier conocido de verano. Kike le dio la mano a Bermejo con una sonrisa. Noa levantó una mano sin mirar atrás y se alejó con esa manera de caminar que tenía, como si el suelo le debiera algo.

El tanga rojo de Noa quedó en el suelo del asiento trasero. Ninguno de los dos lo vio hasta que Salgado lo encontró al buscar el encendedor, ya de vuelta en la autovía.

—Souvenir —dijo, y lo dejó donde estaba.

***

Dos días después, el Range Rover entró al servicio de limpieza interior de la calle Olivares con un ticket a nombre de Bermejo Salcedo. Referencia: Land Rover Defender, matrícula 4291 KPT.

La señora que vino a recogerlo llevaba un vestido de lino gris, gafas de sol y pendientes de aro dorados. Recién salida de la peluquería. Entregó el ticket en recepción y esperó de pie, con esa postura de quien no está acostumbrada a esperar.

—Son doscientos ochenta euros —dijo el encargado.

—¿Doscientos ochenta? Mi marido dijo que era una limpieza normal.

—Voy a consultarlo.

Fue al taller. Uno de los chicos levantó la vista del móvil.

—El Range Rover gris, ¿qué tenía?

—Las manchas del tapizado trasero no salían con el tratamiento normal. En el salpicadero también había. Y en la palanca. Tardamos cuatro horas en dejarlo presentable.

—¿A qué olía?

El chico lo miró un momento.

—A lo que usted se imagina.

El encargado volvió a recepción y le explicó a la señora, con tacto y con rodeos, que el interior había requerido un tratamiento especial para manchas de origen orgánico.

—No entiendo —dijo ella—. Mi marido dijo que había hecho un viaje largo de trabajo.

—Sí, señora. También hemos encontrado una prenda en el suelo del asiento trasero. La hemos puesto en una bolsa, dentro del coche, no hemos querido tocarla más.

La señora pagó con tarjeta sin decir nada más. Cogió las llaves y salió.

Antes de arrancar, miró la bolsa de plástico que había en el asiento del copiloto. Dentro había un tanga rojo con el elástico estirado y unas manchas que no eran de barro.

Lo miró durante un buen rato.

Luego arrancó el motor.

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Comentarios (8)

Facundo

Increible relato, no lo pude soltar hasta el final. Bravo!!!

lalectora_tucuman

Me recordo a algo que vi pasar en un viaje de trabajo hace años. Ese tipo de cosas ocurren mas seguido de lo que la gente se imagina... muy bien contado.

Carlos_Ruta

Necesito saber como termino esto! Por favor una segunda parte, quede con mil preguntas dando vueltas jaja

Toulouse

Lo de los anillos desde el principio le da una tension perfecta. Se nota que pensaste bien el arranque.

NatiR86

Me pregunto si algo asi le paso realmente a quien lo escribio. Tiene esa sensacion de autobiografico que le da mas intensidad.

Paty_87

wooow que historia!!! sigue asi

Roberto_P

Veinte años de rutina y de golpe todo cambia en una playa. Eso es lo que mas me gusto, el peso de lo cotidiano rompiendose asi. Muy creible.

viajero_nocturno

Se hizo muy corto, me quede con ganas de mas. De las mejores confesiones que lei aca :)

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