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Relatos Ardientes

La noche que decidí ser totalmente pasivo con él

Era pasada las diez de la noche cuando abrí la aplicación con una idea muy clara en mente: esa noche quería ser completamente pasivo. Sin excepciones, sin negociaciones. Solo entregarme.

No tardé mucho. A los veinte minutos ya tenía conversación abierta con un hombre de nombre Marco, unos cincuenta años según su perfil, activo declarado. Las fotos eran concretas y honestas: un cuerpo trabajado a lo largo de los años, nada ostentoso pero suficiente para que algo en mí se tensara al verlas. Escribía bien, sin abreviaturas. Me preguntó qué buscaba esa noche y cuando se lo dije, respondió con un simple «perfecto».

Me dio su dirección. Un edificio de altura en la zona céntrica, piso catorce.

—Si querés llegar en taxi, en diez minutos estás —escribió.

Llegué en quince. Todavía no había pasado la medianoche.

***

El ascensor fue la primera prueba. Apenas se cerraron las puertas, Marco se colocó detrás de mí sin decir nada y pasó la mano por mi cadera, despacio, como si ya tuviera derecho a hacerlo. Me apoyó contra la pared de espejo y me habló al oído, la voz más grave que en los mensajes:

—Qué bien que estás.

Fue todo lo que dijo. Fue suficiente.

Cuando se abrieron las puertas, me guio por el pasillo con la mano en la parte baja de mi espalda, como si ya fuera suyo y solo estuviéramos completando un trámite pendiente.

El departamento era amplio y ordenado. Paredes claras, muebles oscuros, una ciudad entera brillando detrás del ventanal. Me quedé mirando esa vista un segundo de más.

—Me pasa lo mismo cada vez —dijo—. Incluso después de tres años viviendo acá.

Fue a la cocina y volvió con dos copas de vino tinto. Le acepté la mía con gusto. Había algo en ese ambiente, en esa calma ordenada, que hacía que el cuerpo se relajara de una manera diferente. Cuando uno sabe que está en manos de alguien que sabe lo que hace, el placer cambia de registro. Se vuelve más denso, más lento, más tuyo.

—Desnúdate —dijo Marco mientras se acomodaba en el sillón, sin apuro, sosteniéndome con la mirada.

Lo hice entre sorbos. Me saqué la remera, los zapatos, el pantalón. Me quedé en ropa interior y lo miré. Él asintió con lentitud, como evaluando lo que veía, y luego se aflojó el cinturón.

—Ven acá.

***

Me arrodillé entre sus piernas y lo tomé con la boca antes de que estuviera del todo duro. Eso también me gusta: sentir cómo crece, cómo la textura cambia, cómo la respiración de alguien se vuelve más lenta y más profunda mientras vos lo sostenés en la lengua. Marco puso la mano en mi cabeza, sin presionar, solo apoyándola. Un gesto de posesión tranquila que decía más que cualquier orden.

—Así, así —murmuró—. No pares.

No paré. Lo llevé hasta el fondo varias veces, controlando el ritmo, y cada vez que lo hacía sentía un sonido grave salirle del pecho. Cuando estaba completamente duro y a punto de llegar, me detuvo con suavidad.

—Todavía no. Siéntate acá.

Me senté a su lado en el sillón y nos enredamos. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una familiaridad que en otra situación hubiera resultado extraña, pero esa noche se sentía exactamente como tenía que sentirse. Me mordió el cuello con suavidad. Tomó mis pezones entre los dedos y los apretó hasta que el dolor y el placer se mezclaron en algo sin nombre exacto.

Yo estaba completamente desnudo. Él seguía con el slip puesto y esa asimetría me ponía más nervioso, en el buen sentido. Eso también era parte del juego.

Se levantó, trajo más vino y una tabla con algo para picar. Sirvió las copas con cuidado. Todo en ese hombre tenía una cadencia particular, como si el sexo fuera un ritual que había aprendido a celebrar sin prisa y sin desperdicio.

—Párate un momento —me pidió, tomando mi mano.

Me alcé y él me acercó su copa para que tomara un sorbo. Tomé demasiado y el vino se derramó por mi mentón, mi pecho, hasta el ombligo. Marco bajó la cabeza y lo limpió con la lengua: el mentón primero, después el pecho, después el estómago, y siguió bajando hasta envolverme con la boca. Lo que empezó como una broma terminó con él de rodillas frente a mí, tomándome de las caderas, mientras yo apoyaba la mano en su hombro para no perder el equilibrio.

Cuando volvió a ponerse de pie me besó con la boca todavía húmeda. Me giró, me llevó hasta el sillón.

—Apóyate en el respaldo.

***

Me arrodillé sobre el asiento con las manos en el respaldo y él se colocó detrás. Lo sentí acercarse, la presión de su pene contra mí, y esperé. Marco tomó aire una vez. Me abrió despacio. La entrada fue gradual, meticulosa: primero la presión, después la apertura, después la profundidad. Cuando llegó al fondo me quedé inmóvil un instante, absorbiendo la sensación completa.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Más que bien —respondí.

Empezó a moverse. Despacio al principio, encontrando el ritmo, y después con más firmeza cuando comprendió que yo no necesitaba que fuera delicado. Se inclinó sobre mí, me tomó del pelo con una mano y acercó su boca a mi oreja:

—Esta noche me la debías.

No supe qué responder. No hacía falta.

Estuvimos así quince minutos, tal vez más. El tiempo se volvió impreciso. Cuando Marco decidió que era el momento, lo sacó de golpe y el vacío que dejó fue tan físico como lo que lo había precedido. Me quedé en el mismo lugar, apoyado en el respaldo, recuperando la respiración.

—Bañémonos —dijo—. Quiero tenerte en la cama.

***

La ducha era grande, con azulejos oscuros y agua que calentaba en segundos. Nos metimos los dos y allí el ritmo cambió: más lento, más táctil. Nos enjabonamos sin urgencia, las manos explorando lo que antes habíamos recorrido de otra manera.

Me besó bajo el chorro de agua, con el pelo pegado a la cara y los ojos cerrados, y fue uno de esos besos que no van a ningún lado en particular pero que vale la pena guardar.

Me tomé mi tiempo con él también. Lo masturbé contra la pared de la ducha mientras el vapor lo envolvía todo y sus caderas respondían sin que él se lo pidiera. Lo que empezó como algo funcional terminó siendo tan íntimo como todo lo anterior. Hay algo en las duchas compartidas que baja las últimas defensas que el sexo dejó intactas.

Salimos, nos secamos. Me alcanzó una toalla limpia y me guio por el pasillo hasta la habitación, que estaba en penumbra: solo una luz muy tenue iluminaba la cama enorme, la mesita de noche ordenada, la ventana entreabierta con algo de brisa entrando desde afuera.

—Siéntate —me dijo, señalando la cama.

Me senté. Él se quedó parado frente a mí, abrió las piernas ligeramente y me miró desde arriba.

—Ahora me tocas vos.

***

Lo tomé con la boca de nuevo, esta vez sin prisa, saboreando cada centímetro. Marco se apoyó contra la pared y me miró con los ojos entrecerrados, la mano en mi cabeza. Me gustaba esa mirada: no era urgencia, era apreciación. Como alguien que saborea algo que sabe que no va a durar para siempre.

Cuando sintió que estaba llegando al límite otra vez, se echó sobre la cama y me invitó a subir. Nos acomodamos enfrentados y lo que vino fue un largo intercambio que no tenía principio ni fin claro: su boca en mí, la mía en él, nuestros cuerpos girando con la lógica torpe y precisa que tienen dos personas que se entienden bien aunque acaben de conocerse. Sabía leer los tiempos. Cada vez que yo estaba a punto de llegar, retiraba la presión con una milésima de segundo de diferencia, y esa demora calculada me dejaba en un estado de tensión que ya era placer en sí mismo.

Estuvimos así al menos una hora. Sin hablar, sin pausas largas, solo entregados a eso.

Después me puso boca abajo y me penetró de nuevo, esta vez en la cama, con más calma pero con la misma determinación de antes. Me tomó de las caderas y marcó un ritmo deliberado, como si quisiera que yo recordara cada movimiento por separado. Cuando llegó al orgasmo lo hizo sin avisarme, solo con un sonido profundo que vibró contra mi espalda, y luego cayó sobre mí unos segundos antes de rodar a mi lado.

Nos quedamos en silencio.

—No esperaba esto —dijo al fin.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Mucho menos. —Se rió un poco.

***

Después de un rato nos levantamos y volvimos al sillón, todavía sin ropa. Era pasada la una de la mañana. Marco sirvió lo que quedaba del vino y comimos algo de la tabla que había traído antes. Hablamos de cosas sin peso: la aplicación, el barrio, su trabajo que tenía que ver con diseño. La conversación era cómoda, sin exigencias, como si nos conociéramos de hacía tiempo.

Fue en ese momento cuando el juego tomó un giro diferente.

Marco se puso en cuatro sobre el sillón, con una espontaneidad que me agarró desprevenido, y me miró por encima del hombro.

—Quiero que me abras.

Entendí lo que pedía. Me tomé el tiempo necesario, empezando con suavidad, leyendo sus reacciones con atención. Su cuerpo respondía bien: entrenado, paciente. Poco a poco fui avanzando, guiado por sus indicaciones y por lo que sentía bajo los dedos.

—Despacio —me decía—. Así, así.

Sus gemidos llenaban el departamento. La dilatación era real y voluntaria, y lo que lo atravesaba era placer sin ninguna duda. En algún momento pensé en los vecinos, aunque me pareció que a ninguno de los dos nos importaba demasiado en ese instante.

Cuando llegó el momento de retirarme lo hice con cuidado, lentamente, sintiendo cada centímetro del recorrido inverso. El grito que soltó cuando salí completamente tenía algo de liberación y algo de lamento al mismo tiempo. Se recostó sobre el sillón boca abajo y me pidió con la voz todavía entrecortada que le acariciara la espalda.

Lo hice. Pasé los dedos por su piel durante un rato largo, sin hablar.

***

Ya era tarde cuando me levanté a buscar mi ropa.

—Quedate —dijo desde el sillón—. Nos vamos a la cama y dormimos.

—No puedo —respondí. No era del todo mentira.

—La próxima vez te quedás. —Lo dijo como si ya estuviera decidido.

—La próxima vez me quedo —respondí, aunque no estaba seguro de que hubiera una próxima vez.

En el ascensor, de vuelta, nos besamos. Uno de esos besos de despedida que duran más de lo que deberían, con las manos que todavía no saben que ya es hora de soltarse. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, Marco me sonrió de una manera que era mitad satisfacción y mitad algo más difícil de nombrar.

Salí a la calle. El aire de la madrugada era frío y limpio. Subí al auto y arranqué.

Iba pensando en si lo volvería a ver. Probablemente no. Eso también tiene su propio placer: la perfección de una noche que no necesita continuación para ser lo que fue.

***

Llegué a casa pasadas las tres. Me desnudé en el pasillo y me fui directo a la cama. Dormí de un tirón hasta las ocho y media.

Mientras preparaba el café encendí el teléfono. Abrí la aplicación casi sin pensarlo, con la costumbre instalada de los hábitos que se forman solos. Esta vez busqué con más calma, sin urgencia. La noche que acababa de tener no pedía repetición inmediata. Pedía saborearse.

Pero mientras esperaba que el café terminara de caer, todavía sentía en el cuerpo cada uno de los momentos de la noche anterior. Y eso, de alguna manera, era suficiente.

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Comentarios (9)

LucasNight42

Buenisimo!!! me encanto como lo contaste

Marcos_noche

Por favor continuá con esto, quede con muchas ganas de saber como siguio despues

SebaMdq

Esa tensión del ascensor a medianoche... me recordó a algo parecido que viví hace un tiempo. Tremendo

Fercho_G

Bien escrito, muy real. Mas por favor!

Luca_BA

La descripcion de los nervios previos es de lo mejor, se siente la tension en cada linea. Muy buen relato

AlexBA_lector

Se hizo cortisimo!! queremos mas y con detalles jeje

MatiasF_87

Que bueno que lo relataste sin rodeos pero con el detalle justo. Se agradece

CarlitosBA

tremendo!!! sigue subiendo relatos

GuilleR

Me gusto mucho, tiene esa mezcla de morbo y emocion que engancha desde el principio. Espero la segunda parte

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