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Relatos Ardientes

Cada verano regresaba y él me esperaba

En este pueblo siempre hace calor. Un calor seco que se te mete dentro de los huesos aunque estés a la sombra, ese tipo de calor que no pide permiso. Llevo años viniendo cada verano, y sin embargo cada vez que bajo de la moto y aspiro ese aire polvoriento y quieto, pienso que podría quedarme para siempre. Mis amigos en la ciudad no lo entienden. Me preguntan por qué me entierro en un sitio donde no hay playa, ni discoteca, ni nada que valga la pena. Un bar de tapas con tres mesas, el estanco donde venden el periódico del día anterior y la farmacia que solo abre los martes y los jueves.

Nunca les he contado la verdad. Y no pienso hacerlo.

Lo que tengo con mi abuelo empezó hace años, cuando yo era un chaval de dieciocho recién cumplidos que se aburría en vacaciones. No hubo pacto, no hubo conversación. Simplemente ocurrió un día y después siguió ocurriendo, como el verano: inevitable, cíclico y demasiado caliente para razonarlo. Él no me ha obligado a nada, eso lo tengo claro. Todo parte de un acuerdo tácito, no firmado, no pronunciado en voz alta. Yo vengo. Él me cuida. Y los dos sabemos para qué: para que le meta la polla hasta el fondo cada vez que se le antoje, y para que me suelte los billetes que necesito.

No voy a negar que a veces me entra la culpa. Sobre todo en Navidad, cuando nos sentamos todos a la mesa y miro a mi padre sin poder sostenerle la mirada más de dos segundos. Pienso que lo noto, que algo en mi cara lo delata, que se huele que su propio padre me chupa la verga cada verano y termina con mi semen resbalándole por la barbilla. Pero él solo dice que el abuelo me tiene demasiado mimado. «Con esos caprichos que te da, nunca vas a aprender el valor de las cosas», me suelta cada año. Y yo asiento y cambio de tema.

Este verano, como todos, traje la moto. Una buena máquina que mi abuelo terminó de pagar en primavera sin que yo le pidiera nada, o casi nada. Le bastó con que una tarde de marzo, cuando vino a la ciudad a una revisión médica, le abriera la puerta del piso en calzoncillos y me lo follara contra el lavabo del baño. Al día siguiente el concesionario me llamó diciendo que ya estaba todo saldado.

***

Estuve fuera todo el día. Hay una zona al pie del cerro, antes del camino que lleva al depósito de agua, donde la gente no va nunca. Un par de bancales de piedra seca con una higuera a un lado y una vista despejada al valle. Me fumo un par de cigarros allí, miro el cielo y el ruido de dentro se va apagando solo. Es el único sitio del mundo donde me relajo de verdad, y lo tengo para mí.

Cuando las tripas me avisaron de que había pasado demasiado tiempo, encendí el teléfono. Dos mensajes de chicas en la ciudad que no me importaban, una nota de voz de mi primo Darío y tres llamadas perdidas de mi abuelo. Siempre hace lo mismo cuando tardo. Me puse el casco y conduje de vuelta al pueblo.

Antes de que pudiera meter la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Me había oído llegar desde dos calles, claro. La moto no pasa desapercibida aquí.

—¿Dónde has estado? —dijo, apoyado en el marco, con ese delantal de rayas que no se quitaba ni para dormir—. Tenía el almuerzo listo desde las dos. Un guiso de patatas con costilla, de esos que te gustan.

No le respondí. Pasé a su lado, dejé el casco sobre la silla del recibidor y me metí en el salón. Él siguió hablando a mi espalda, enumerando los ingredientes, el tiempo que había estado cocinando, lo bien que había quedado. Me puse nervioso, como siempre que se pone en ese modo de charlatán.

—Sal a dar una vuelta y ya está el lío —dije sin mirarlo, tirándome en el sofá—. Menos rollo y más calentar algo, que tengo hambre.

—Sí, claro, ahora mismo —respondió, bajando el tono al instante.

Así lo prefiero. No protestando, sino moviéndose.

Mientras él trajinaba en la cocina, lié tabaco mirando la televisión. Un concurso de preguntas y respuestas, el mismo de siempre, con el mismo presentador de siempre. Al poco rato trajo el plato y lo dejó en la mesita con cuidado, alejado de mis cosas. Se sentó en el sillón de enfrente y me observó mientras yo comía, con esa cara suya de perro fiel esperando que le tiren algo.

—¿Está bueno, Mateo?

—Sí —dije, sin levantar los ojos del plato.

Un silencio breve. Luego:

—Hablé con Fermín, el del bar.

Levanté la cabeza. Le había pedido que se acercara a hablar con el dueño del único bar del pueblo porque necesitaba ingresos propios, no podía vivir solo de la pensión del viejo.

—¿Y?

—No me dio una respuesta clara. Dice que ahora mismo no necesita a nadie, pero que te pases mañana por la noche, cuando haya cerrado, sobre las once.

—¿A las once de la noche? ¿Qué le pasa a ese hombre?

—Es lo que me dijo a mí...

Pensé un momento. La verdad es que yo no madrugaba. Me acostaba de madrugada y me levantaba cuando el sol ya estaba alto. Así que, pensándolo bien, las once de la noche era casi una hora civilizada para mí.

—Bueno. Mañana voy.

Terminé de cenar con calma, mirando el teléfono de vez en cuando. Nada urgente, nada que mereciera atención inmediata. Cuando empujé el plato vacío hacia el centro de la mesita y me recosté en el sofá, noté la mano de mi abuelo posarse sobre mi muslo.

No dijo nada. No hacía falta. Fue subiendo despacio, tanteando el terreno como siempre, hasta que sus dedos rozaron el botón del vaquero y siguieron un poco más allá, presionando el bulto que ya empezaba a formarse debajo de la tela. Solo entonces lo miré. Tenía esa expresión que conozco de memoria: los ojos entornados, los labios entreabiertos, esa necesidad que lleva encima como si fuera parte de su ropa.

—¿Quién te ha dado permiso? —dije.

Esta vez no se echó atrás. Estaba demasiado necesitado para eso. Apretó la mano contra mi polla por encima del vaquero, palpándome el largo con la palma abierta.

—Creo que me lo he ganado, Mateo. Llevo desde ayer con esto en la cabeza.

Le aparté la mirada y me dejé hacer. Eso era todo lo que necesitaba.

***

Me desabrochó el vaquero con manos que le temblaban un poco, ese temblor que le entra cuando lleva días pensando en esto. Me quedé quieto mientras él trabajaba, mirando el techo. La luz de la lámpara de pie daba a la habitación esa tonalidad amarilla de casas antiguas que nunca cambian.

Me bajó los vaqueros hasta los tobillos y se quedó inmóvil un momento, contemplando el bulto grueso que asomaba por debajo del calzoncillo. Tiene esa costumbre, la de mirar antes de tocar, como si quisiera guardar la imagen para las noches en que estoy en la ciudad y él se hace pajas solo, en esta misma casa, pensando en lo que le hago cuando vuelvo. Me saqué la camiseta yo mismo, sabiendo que tarde o temprano acabaría en el suelo de todas formas.

Lo que empezó como una caricia fue tornándose más decidido. Me conoce. Sabe cómo funcionan mis tiempos, sabe que no me gusta que lo fuercen ni que lo apresuren. Se arrodilló en el suelo con esa lentitud de quien cuida sus rodillas y enganchó la cinturilla de la ropa interior con los dientes, tirando hacia abajo muy despacio. Cuando la goma pasó por encima de la polla, mi verga saltó hacia arriba y le golpeó en la barbilla. Él soltó un gemidito ronco, como si eso solo ya le valiera para media noche.

Empezó por los muslos, con la boca. Besos lentos, la lengua trazando líneas ascendentes desde la rodilla hasta la ingle. Me olió los testículos antes de tocarlos, hundiendo la nariz en el vello, respirando hondo como si necesitara llenarse los pulmones de mi olor. Después sacó la lengua y me lamió la base de la polla de abajo arriba, siguiendo la vena gruesa que la recorre por debajo, muy despacio, hasta el glande. Ahí se detuvo. Abrió los labios y me metió la punta en la boca, chupando solo la cabeza con una succión suave y constante, mientras me miraba desde abajo con esos ojos húmedos de viejo cachondo.

—Métetela entera, no seas nena —le dije, y le hundí una mano en el pelo blanco para empujarle la cabeza.

Obedeció. Tragó fondo hasta que la nariz le tocó mi vientre y las pelotas me quedaron pegadas al mentón. Se quedó ahí unos segundos, con la garganta contraída alrededor de la punta, respirando por la nariz como los perros viejos. Cuando se apartó para tomar aire, un hilo de saliva le colgaba del labio hasta el glande. Volvió a bajar. Y otra vez. Y otra. Marcó un ritmo lento, chupando de arriba abajo, sacándomela entera para lamerme el frenillo con la punta de la lengua y volviendo a tragarla hasta el fondo.

—Viejo cerdo —murmuré en voz baja, y él emitió un sonido que era casi una risa, con la boca llena.

Bajó a los testículos, los trabajó con la lengua mientras me sujetaba con una mano, usando su propia saliva como lubricante. Me los metió en la boca uno por uno, chupándolos con cuidado, mientras con la mano me pajeaba despacio, apretando el prepucio hacia arriba y hacia abajo. Yo apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y solté el aire despacio. Esto no era suficiente para llevarme al límite, nunca lo era, pero cambiaba el estado de las cosas. Tiré el teléfono al otro extremo del sofá.

Mi abuelo lo entendió como la señal que era.

Se levantó del suelo y se desnudó a una velocidad sorprendente para sus años. Noté que no llevaba ropa interior debajo del pantalón: se lo había quitado antes de que yo llegara, esperando. Su propia polla, más pequeña que la mía y menos dura, colgaba entre las piernas ya goteando líquido preseminal. Fue a su cuarto y volvió con el lubricante.

Lo aplicó con cuidado, en mí primero, embadurnándome la verga hasta que quedó brillando entera, luego en él mismo, metiéndose dos dedos por el culo mientras se agachaba sobre mí. Se abrió con paciencia, primero uno, después el segundo, moviéndolos en círculos, jadeando por la boca. Ver a un hombre de setenta y tantos años preparándose el ojete para que su propio nieto se lo folle debería haberme dado repugnancia. Pero llevaba años acostumbrado. Y la verdad es que me ponía cachondísimo.

Después colocó las manos en mis muslos para apoyarse y empezó a agacharse muy despacio, buscando el ángulo. Me sujetó la polla con una mano, la enfiló contra su agujero y presionó hacia abajo. Lo más difícil siempre es el principio. Cuando llegó al punto crítico se detuvo, respirando por la nariz, con el glande apenas encajado en el borde.

—No entra —dijo entre dientes.

—Porque lo estás haciendo mal. Para. Yo lo hago.

Obedeció sin rechistar. Se giró ligeramente, relajó la postura y yo tomé el control. Le agarré las caderas con las dos manos, alineé bien la punta contra su culo y empujé con suavidad, centímetro a centímetro. Noté cómo cedía, cómo el esfínter se abría alrededor de mi verga y me iba recibiendo, calentito y apretado. Él dejó escapar un gemido largo, gutural, con la boca abierta y los ojos cerrados.

—Despacio, Mateo, despacio... me la vas a partir...

—Voy despacio. No exageres. Te la meto igual desde hace cuatro años.

Cuando entré del todo y sus nalgas quedaron apoyadas contra mis muslos, ambos nos quedamos quietos un momento. Él expiró con fuerza, como si hubiera estado conteniendo el aliento desde por la mañana. Le noté el culo palpitando alrededor de la base de la polla, adaptándose.

—Muévete —dije, y le di una palmada seca en el muslo.

Y empezó a moverse.

Se levantaba hasta dejarme casi fuera y volvía a bajar, ensartándose entero cada vez. La imagen desde abajo era brutal: mi abuelo, con la piel colgando en el vientre y el pelo blanco pegado a la frente por el sudor, cabalgándome la verga con una desesperación que no le quedaba edad para disimular. Su propia polla vieja rebotaba contra mi estómago a cada bajada, dejándome un rastro de líquido pegajoso en el ombligo. Lo observé desde abajo, su espalda ancha moviéndose arriba y abajo, los gemidos que se le escapaban sin control.

—Ay, Mateo, hijo mío, qué polla tienes, qué polla más gorda me estás metiendo...

—Cállate y trabaja, viejo. Que se te vaya la voz de tanto follar.

Hay algo en esa imagen que cada año me resulta más difícil de entender y más difícil de dejar. Una contradicción que vivo sin resolver.

¿Qué estoy haciendo?

La misma pregunta de siempre. Y la misma respuesta de siempre: seguir. Seguir hasta correrme dentro. Seguir hasta que se le caigan las lágrimas de gusto, como se le caen siempre cuando llego al fondo.

Estuvo así un buen rato, cabalgando a su ritmo, diciéndome cosas en voz baja que prefiero no repetir: que era su nieto, que era su hombre, que lo llenara, que ese culo era mío desde el primer día. Hasta que mi cerebro decidió que necesitaba más. Puse las manos en sus caderas y tomé el control del movimiento. Lo levanté del sofá casi entero y volví a clavarlo hacia abajo, empalándolo de un golpe seco. Él soltó un grito ronco. Repetí el movimiento. Y otra vez. Y otra. Acelerando hasta que ya no hubo ritmo que no fuera el mío, subiéndole y bajándole el culo sobre mi verga como si fuera un muñeco de trapo. El sofá crujía. La mesita se movía. El sonido de la carne golpeando contra la carne llenaba el salón por encima de las noticias de la tele.

Lo tumbé hacia adelante, apoyándole las manos en el reposabrazos, sin sacársela. Le pasé un brazo por debajo del pecho para sujetarlo y empecé a follármelo desde abajo, embistiendo hacia arriba, clavándole la polla hasta la raíz una y otra vez. Lo sujeté por el cuello con el otro brazo, apretando lo justo, que sé lo que le gusta, y él se aferró a mi antebrazo con las dos manos sin decir que parara. Al contrario. Apretó el culo con más fuerza a mi alrededor, como si quisiera ordeñarme.

—Suéltame la corrida, Mateo, por favor, dámela...

—La vas a tener. Toda. Aguanta, viejo, no te corras todavía.

Pero no aguantó. Le agarré la polla vieja y arrugada con la mano libre, se la meneé tres o cuatro veces mientras seguía embistiéndole el ojete, y se corrió antes que yo, manchando el reposabrazos del sofá con unos chorros débiles y espesos que le arrancaron un quejido animal. El culo se le contrajo con el orgasmo, apretándome la verga como un puño. Unos segundos después lo hice yo, hundiéndosela hasta el fondo y descargándole dentro chorro tras chorro, vaciándome despacio mientras lo retenía apretado contra mí. Sentí cada latigazo de semen saliéndome disparado dentro de él, y él lo sintió también, porque gimió cada uno como si lo estuviera contando.

Cuando terminé, la saqué muy despacio. Un hilo blanco de mi corrida le resbaló por el muslo hasta la corva.

El silencio que vino después era de los buenos. Solo la televisión de fondo, un presentador leyendo las noticias de las once, y los dos recuperando el aliento.

***

Lo liberé y me dejé caer de lado en el sofá. Cogí el teléfono, respondí a mi primo Darío con un par de palabras y revisé el resto sin prestarle atención real a nada. Mi abuelo se levantó despacio, con ese andar de después que yo conocía bien, con las piernas separadas para que no le goteara el semen por el pantalón, y fue hacia el baño.

Cuando volvió, ya me había puesto los calzoncillos.

—Necesito doscientos euros —dije sin preámbulos.

Se paró en seco.

—¿Doscientos? Mateo, te di ciento veinte la semana pasada. No soy un banco. ¿Cuánto crees que cobra un jubilado?

Lo miré fijo, sin parpadear. No me interesaban los argumentos.

—Los necesito. Tengo gastos.

Soltó una carcajada, y eso sí que me desconcertó. Hacía tiempo que no le salía esa risa.

—¿Tú, gastos? Con veintidós años, ¿qué gastos tienes exactamente?

El comentario me cerró la garganta. No le respondí. Busqué mis vaqueros en el suelo, me los puse y fui hacia el patio con el tabaco y el mechero. El aire de la noche estaba quieto y olía a tierra seca. Me fumé un cigarro entero mirando las estrellas, que en el pueblo se ven como en ningún otro sitio.

Cuando volví al salón, más tranquilo, había un sobre en la mesita.

Lo abrí. Doscientos cincuenta euros en billetes doblados. Y una nota escrita a mano, con esa letra suya de anciano que aprendió a escribir con pluma:

«Perdona el tono. Ya sabes que te quiero, chico.»

Chasqueé la lengua. Dudé un segundo, los billetes en la mano, sintiéndome exactamente como me siento siempre en este momento: sin poder explicar si lo que hay entre nosotros es afecto, costumbre o algo que no tiene nombre. Al final los guardé en el bolsillo. Para eso vengo, al fin y al cabo. O al menos, eso es lo que me digo.

Al doblar la nota para guardarla también, vi que había algo escrito al dorso:

«Mañana por la noche no se te olvide ir al bar de Fermín. A las once, que ya lo sabes.»

Sonreí sin querer. Solo un segundo. Luego me fui a la cama.

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Comentarios(9)

PoetaLector33

Que relato tan bien escrito. Se nota que hay sentimiento detras de cada palabra.

TintoNocturno

increible!!!

lektor22

Me quede con ganas de mas. Por favor una segunda parte, quedo demasiado abierto el final.

Ernesto_BA

Me recordo a algo que viví de joven, esa mezcla de culpa y emocion que describes... demasiado real. Gracias por compartirlo.

MikeGay22

Como le das vida a los personajes!! Se hace cortisimo, quiero saber que paso despues

JorgeC_Baires

Muy bueno, esperando ansioso el proximo.

dimerfodonte

Uff, que final... me dejo pensando un rato largo. De los mejores que lei por aca.

Santi_lectoras

La tension que fuiste construyendo desde el principio es perfecta. Se hizo corto jeje

RodriS_22

brutaaal, cinco estrellas

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