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Relatos Ardientes

Cada verano regresaba y él me esperaba

En este pueblo siempre hace calor. Un calor seco que se te mete dentro de los huesos aunque estés a la sombra, ese tipo de calor que no pide permiso. Llevo años viniendo cada verano, y sin embargo cada vez que bajo de la moto y aspiro ese aire polvoriento y quieto, pienso que podría quedarme para siempre. Mis amigos en la ciudad no lo entienden. Me preguntan por qué me entierro en un sitio donde no hay playa, ni discoteca, ni nada que valga la pena. Un bar de tapas con tres mesas, el estanco donde venden el periódico del día anterior y la farmacia que solo abre los martes y los jueves.

Nunca les he contado la verdad. Y no pienso hacerlo.

Lo que tengo con mi abuelo empezó hace años, cuando yo era apenas un crío que se aburría en vacaciones. No hubo pacto, no hubo conversación. Simplemente ocurrió un día y después siguió ocurriendo, como el verano: inevitable, cíclico y demasiado caliente para razonarlo. Él no me ha obligado a nada, eso lo tengo claro. Todo parte de un acuerdo tácito, no firmado, no pronunciado en voz alta. Yo vengo. Él me cuida. Y los dos sabemos para qué.

No voy a negar que a veces me entra la culpa. Sobre todo en Navidad, cuando nos sentamos todos a la mesa y miro a mi padre sin poder sostenerle la mirada más de dos segundos. Pienso que lo noto, que algo en mi cara lo delata, pero él solo dice que el abuelo me tiene demasiado mimado. «Con esos caprichos que te da, nunca vas a aprender el valor de las cosas», me suelta cada año. Y yo asiento y cambio de tema.

Este verano, como todos, traje la moto. Una buena máquina que mi abuelo terminó de pagar en primavera sin que yo le pidiera nada, o casi nada.

***

Estuve fuera todo el día. Hay una zona al pie del cerro, antes del camino que lleva al depósito de agua, donde la gente no va nunca. Un par de bancales de piedra seca con una higuera a un lado y una vista despejada al valle. Me fumo un par de cigarros allí, miro el cielo y el ruido de dentro se va apagando solo. Es el único sitio del mundo donde me relajo de verdad, y lo tengo para mí.

Cuando las tripas me avisaron de que había pasado demasiado tiempo, encendí el teléfono. Dos mensajes de chicas en la ciudad que no me importaban, una nota de voz de mi primo Darío y tres llamadas perdidas de mi abuelo. Siempre hace lo mismo cuando tardo. Me puse el casco y conduje de vuelta al pueblo.

Antes de que pudiera meter la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Me había oído llegar desde dos calles, claro. La moto no pasa desapercibida aquí.

—¿Dónde has estado? —dijo, apoyado en el marco, con ese delantal de rayas que no se quitaba ni para dormir—. Tenía el almuerzo listo desde las dos. Un guiso de patatas con costilla, de esos que te gustan.

No le respondí. Pasé a su lado, dejé el casco sobre la silla del recibidor y me metí en el salón. Él siguió hablando a mi espalda, enumerando los ingredientes, el tiempo que había estado cocinando, lo bien que había quedado. Me puse nervioso, como siempre que se pone en ese modo de charlatán.

—Sal a dar una vuelta y ya está el lío —dije sin mirarlo, tirándome en el sofá—. Menos rollo y más calentar algo, que tengo hambre.

—Sí, claro, ahora mismo —respondió, bajando el tono al instante.

Así lo prefiero. No protestando, sino moviéndose.

Mientras él trajinaba en la cocina, lié tabaco mirando la televisión. Un concurso de preguntas y respuestas, el mismo de siempre, con el mismo presentador de siempre. Al poco rato trajo el plato y lo dejó en la mesita con cuidado, alejado de mis cosas. Se sentó en el sillón de enfrente y me observó mientras yo comía, con esa cara suya de perro fiel esperando que le tiren algo.

—¿Está bueno, Mateo?

—Sí —dije, sin levantar los ojos del plato.

Un silencio breve. Luego:

—Hablé con Fermín, el del bar.

Levanté la cabeza. Le había pedido que se acercara a hablar con el dueño del único bar del pueblo porque necesitaba ingresos propios, no podía vivir solo de la pensión del viejo.

—¿Y?

—No me dio una respuesta clara. Dice que ahora mismo no necesita a nadie, pero que te pases mañana por la noche, cuando haya cerrado, sobre las once.

—¿A las once de la noche? ¿Qué le pasa a ese hombre?

—Es lo que me dijo a mí...

Pensé un momento. La verdad es que yo no madrugaba. Me acostaba de madrugada y me levantaba cuando el sol ya estaba alto. Así que, pensándolo bien, las once de la noche era casi una hora civilizada para mí.

—Bueno. Mañana voy.

Terminé de cenar con calma, mirando el teléfono de vez en cuando. Nada urgente, nada que mereciera atención inmediata. Cuando empujé el plato vacío hacia el centro de la mesita y me recosté en el sofá, noté la mano de mi abuelo posarse sobre mi muslo.

No dijo nada. No hacía falta. Fue subiendo despacio, tanteando el terreno como siempre, hasta que sus dedos rozaron el botón del vaquero. Solo entonces lo miré. Tenía esa expresión que conozco de memoria: los ojos entornados, los labios entreabiertos, esa necesidad que lleva encima como si fuera parte de su ropa.

—¿Quién te ha dado permiso? —dije.

Esta vez no se echó atrás. Estaba demasiado necesitado para eso.

—Creo que me lo he ganado, Mateo.

Le aparté la mirada y me dejé hacer. Eso era todo lo que necesitaba.

***

Me bajó el vaquero con manos que le temblaban un poco, ese temblor que le entra cuando lleva días pensando en esto. Me quedé quieto mientras él trabajaba, mirando el techo. La luz de la lámpara de pie daba a la habitación esa tonalidad amarilla de casas antiguas que nunca cambian.

Me quitó los vaqueros y se quedó inmóvil un momento, contemplando. Tiene esa costumbre, la de mirar antes de tocar, como si quisiera guardar la imagen. Me saqué la camiseta yo mismo, sabiendo que tarde o temprano acabaría en el suelo de todas formas.

Lo que empezó como una caricia fue tornándose más decidido. Me conoce. Sabe cómo funcionan mis tiempos, sabe que no me gusta que lo fuercen ni que lo apresuren. Se arrodilló en el suelo con esa lentitud de quien cuida sus rodillas y enganchó la cinturilla de la ropa interior con los dientes, tirando hacia abajo muy despacio.

Empezó por los muslos, con la boca. Besos lentos, la lengua trazando líneas ascendentes. Cuando llegó arriba y me tomó entre sus labios, yo ya estaba bastante duro. Cerré los ojos y me concentré en la sensación. Lo hacía bien, siempre lo había hecho bien. Sin prisa, tragando fondo cuando podía, deteniéndose en el glande cuando notaba que me tensaba.

—Viejo cerdo —murmuré en voz baja, y él emitió un sonido que era casi una risa.

Bajó a los testículos, los trabajó con la lengua mientras me sujetaba con una mano, usando su propia saliva como lubricante. Yo apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y solté el aire despacio. Esto no era suficiente para llevarme al límite, nunca lo era, pero cambiaba el estado de las cosas. Tiré el teléfono al otro extremo del sofá.

Mi abuelo lo entendió como la señal que era.

Se levantó del suelo y se desnudó a una velocidad sorprendente para sus años. Noté que no llevaba ropa interior. Hacía tiempo que había dejado de sorprenderme. Fue a su cuarto y volvió con el lubricante.

Lo aplicó con cuidado, en mí primero, luego en él mismo. Después colocó las manos en mis muslos para apoyarse y empezó a agacharse muy despacio, buscando el ángulo. Lo más difícil siempre es el principio. Cuando llegó al punto crítico se detuvo, respirando por la nariz.

—No entra —dijo entre dientes.

—Porque lo estás haciendo mal. Para. Yo lo hago.

Obedeció sin rechistar. Se giró ligeramente, relajó la postura y yo tomé el control. Lo alineé bien y empujé con suavidad, centímetro a centímetro. Noté cómo cedía, cómo me iba recibiendo.

—Despacio, Mateo, despacio...

—Voy despacio. No exageres.

Cuando entré del todo y su cuerpo quedó sobre el mío, ambos nos quedamos quietos un momento. Él expiró con fuerza, como si hubiera estado conteniendo el aliento desde por la mañana.

—Muévete —dije.

Y empezó a moverse.

Lo observé desde abajo, su espalda ancha moviéndose arriba y abajo, los gemidos que se le escapaban sin control. Hay algo en esa imagen que cada año me resulta más difícil de entender y más difícil de dejar. Una contradicción que vivo sin resolver.

¿Qué estoy haciendo?

La misma pregunta de siempre. Y la misma respuesta de siempre: seguir.

Estuvo así un buen rato, cabalgando a su ritmo, diciéndome cosas en voz baja que prefiero no repetir. Hasta que mi cerebro decidió que necesitaba más. Puse las manos en sus caderas y tomé el control del movimiento, acelerando hasta que ya no hubo ritmo que no fuera el mío. Lo sujeté por el cuello con un brazo, apretando lo justo, que sé lo que le gusta, y él se aferró a mi antebrazo con las dos manos sin decir que parara.

Se corrió antes que yo, manchando el reposabrazos del sofá. Unos segundos después lo hice yo, vaciándome despacio mientras lo retenía apretado contra mí.

El silencio que vino después era de los buenos. Solo la televisión de fondo, un presentador leyendo las noticias de las once, y los dos recuperando el aliento.

***

Lo liberé y me dejé caer de lado en el sofá. Cogí el teléfono, respondí a mi primo Darío con un par de palabras y revisé el resto sin prestarle atención real a nada. Mi abuelo se levantó despacio, con ese andar de después que yo conocía bien, y fue hacia el baño.

Cuando volvió, ya me había puesto los calzoncillos.

—Necesito doscientos euros —dije sin preámbulos.

Se paró en seco.

—¿Doscientos? Mateo, te di ciento veinte la semana pasada. No soy un banco. ¿Cuánto crees que cobra un jubilado?

Lo miré fijo, sin parpadear. No me interesaban los argumentos.

—Los necesito. Tengo gastos.

Soltó una carcajada, y eso sí que me desconcertó. Hacía tiempo que no le salía esa risa.

—¿Tú, gastos? Con veintidós años, ¿qué gastos tienes exactamente?

El comentario me cerró la garganta. No le respondí. Busqué mis vaqueros en el suelo, me los puse y fui hacia el patio con el tabaco y el mechero. El aire de la noche estaba quieto y olía a tierra seca. Me fumé un cigarro entero mirando las estrellas, que en el pueblo se ven como en ningún otro sitio.

Cuando volví al salón, más tranquilo, había un sobre en la mesita.

Lo abrí. Doscientos cincuenta euros en billetes doblados. Y una nota escrita a mano, con esa letra suya de anciano que aprendió a escribir con pluma:

«Perdona el tono. Ya sabes que te quiero, chico.»

Chasqueé la lengua. Dudé un segundo, los billetes en la mano, sintiéndome exactamente como me siento siempre en este momento: sin poder explicar si lo que hay entre nosotros es afecto, costumbre o algo que no tiene nombre. Al final los guardé en el bolsillo. Para eso vengo, al fin y al cabo. O al menos, eso es lo que me digo.

Al doblar la nota para guardarla también, vi que había algo escrito al dorso:

«Mañana por la noche no se te olvide ir al bar de Fermín. A las once, que ya lo sabes.»

Sonreí sin querer. Solo un segundo. Luego me fui a la cama.

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Comentarios (9)

PoetaLector33

Que relato tan bien escrito. Se nota que hay sentimiento detras de cada palabra.

TintoNocturno

increible!!!

lektor22

Me quede con ganas de mas. Por favor una segunda parte, quedo demasiado abierto el final.

Ernesto_BA

Me recordo a algo que viví de joven, esa mezcla de culpa y emocion que describes... demasiado real. Gracias por compartirlo.

MikeGay22

Como le das vida a los personajes!! Se hace cortisimo, quiero saber que paso despues

JorgeC_Baires

Muy bueno, esperando ansioso el proximo.

dimerfodonte

Uff, que final... me dejo pensando un rato largo. De los mejores que lei por aca.

Santi_lectoras

La tension que fuiste construyendo desde el principio es perfecta. Se hizo corto jeje

RodriS_22

brutaaal, cinco estrellas

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