La fantasía que mi padre me ayudó a vivir
La semana volvió con su ritmo de siempre: clases, entrenamiento, tareas pendientes, y ese murmullo constante del que vive en una casa con demasiada gente. La relación con los chicos de la finca siguió igual, como si nada hubiera pasado, aunque todos sabíamos que algo había pasado. Reímos, claro que sí. Recordamos la noche del fogón, los tragos de más, el momento exacto en que mi mano rozó la bragueta de Rodrigo y él, en lugar de apartarla, la sostuvo ahí unos segundos más de lo estrictamente necesario.
El consenso entre los demás fue que había sido una broma. Que Rodrigo, con esos cincuenta y tantos años bien llevados, con esa mandíbula firme y ese cuerpo que no había cedido del todo al tiempo, era «todo un hombre». Que nada de eso significaba nada. Que el aguardiente hacía esas cosas.
Yo no lo tenía tan claro.
Había algo en la manera en que me miró después. Una complicidad quieta, casi imperceptible. Durante los dos días que siguieron en la finca, seguíamos siendo compañeros de juego en cada actividad, siempre juntos, siempre él eligiéndome. Me sonreía de un modo diferente al de los demás. Eso no era el aguardiente.
Rodrigo me recordaba a mi padre. No en los rasgos exactos, sino en el porte. En cómo ocupaban una habitación sin hacer ruido. En cómo hablaban poco y decían mucho. Mi padre, Roberto, tenía esa misma densidad física, esa presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Y durante días, cada vez que pensaba en Rodrigo, terminaba pensando en él.
Así que tomé una decisión.
Comencé a moverme diferente por la casa. Andaba en bóxer por el pasillo, me recostaba sobre el sofá cuando mi padre estaba viendo fútbol, apoyaba la cabeza en su pierna con el pretexto del cansancio. Eran señales que él entendía, los dos lo sabíamos desde hacía tiempo. Pero esta vez yo quería algo diferente. Quería que fuera él sin ser él. Quería que fuera Rodrigo.
El problema era el tiempo. Entre el gimnasio de noche, el trabajo y mi hermano Nicolás siempre rondando, nunca había un momento a solas con él.
Hasta ese viernes.
Pasé por casa de mi tía Elena por la tarde y, en la conversación de sobremesa, supe que mi madre iría al gimnasio esa noche junto con ella, que Nicolás tenía su propio entrenamiento, y que mi padre había comentado que tenía pereza y que capaz no iba. Era la ventana que necesitaba.
Cuando llegué a casa, Nicolás ya se había ido. Mi madre se estaba cambiando en el cuarto: se puso la licra azul que tanto le gustaba, nos dio un beso a cada uno y salió. Quedamos solos.
Me acerqué al cuarto de mi padre. Estaba sentado en el borde de la cama con el bolso del gimnasio a su lado, revisando el celular sin mucho convencimiento. Yo llevaba una pantaloneta corta que sabía bien cómo lo distraía.
—¿Ya te vas? —le pregunté desde el umbral.
—Tengo pereza —dijo, dejando el celular sobre la cama—. Estoy cansado.
—Pues no vayas. Nadie te obliga.
Me senté a su lado. Él me miró de esa manera suya, evaluando.
—¿Y tú por qué no fuiste a entrenar hoy?
—Después de clases jugamos microfútbol —dije—. Me agarró un dolor acá adentro, en los aductores.
Puse mi pierna derecha sobre su muslo y guié su mano hacia la parte interior de mi pierna izquierda, como si necesitara que examinara el músculo. Él no la retiró. Sus dedos presionaron con cuidado, siguiendo la línea del músculo hacia arriba, más arriba de lo necesario para ningún diagnóstico.
—Deberías haberlo dicho antes de jugar —murmuró.
—Con vos me curo más rápido —respondí.
Cogí su mano y la llevé hasta donde quería. Él cerró los dedos despacio. Ya estaba parado. Me miró, y en esa mirada había la pregunta de siempre y la respuesta de siempre. Se inclinó, bajó el elástico del bóxer, y cuando su boca me encontró, solté el aire que llevaba media hora aguantando.
—Quiero pedirte algo —dije cuando pude hablar.
Él levantó la vista.
—Quiero que seas otra persona esta vez.
Se incorporó despacio. No dijo nada.
—Hay alguien que me trae loco hace semanas —continué—. Quiero vivir esa fantasía. Con vos, pero como si fuera él.
—Tomás... —empezó.
—Ya sé lo que vas a decir. Pero los dos sabemos que esto ya pasó el punto donde tenía sentido detenerse. Solo quiero esto. Una vez.
Hubo un silencio largo. Me miró con esa seriedad suya que nunca terminaba de ser solo seriedad.
—¿Quién es?
—Rodrigo. El papá de Mateo.
Una pausa.
—¿Pasó algo con él en la finca?
—No. Ojalá. Pero no.
Asintió muy despacio. Luego se levantó y fue al clóset. Sacó una pequeña bolsa de tela que yo no había visto antes. La abrió sobre la cama con calma, como quien despliega las herramientas de un oficio que conoce bien.
Lo primero que vi fue el antifaz.
Me lo puso con cuidado, ajustándolo para que no entrara ni un hilo de luz. Luego sentí que tomaba mi muñeca izquierda y la guiaba hacia el barrote de la cabecera. El clic del cierre fue suave pero definitivo. Repitió la operación con la derecha. Quedé tumbado boca arriba, sin ver, sin poder moverme, sin saber exactamente qué vendría.
—Olvida dónde estás —dijo su voz, más grave de lo habitual—. Olvida quién soy. Solo escúchame y siente.
Sentí el frío del aceite cayendo sobre mi pecho. Olía a almendra. Sus manos empezaron en los hombros, bajaron por los pectorales, el abdomen, y cuando llegaron a mis caderas, el recorrido fue tan lento que tuve que morder el interior de mi mejilla para no decir nada.
—Estás en el centro comercial —comenzó, con una voz que ya no era del todo la suya—. Son las seis de la tarde y acabas de salir de clases. Y él está ahí.
Cerré los ojos debajo del antifaz.
—Rodrigo viene del otro lado del pasillo. Te ve antes de que tú lo veas a él. Se acerca despacio. Tiene esa camisa azul que le queda bien, la que siempre lleva los fines de semana. Te saluda con ese apretón de manos que dura un segundo más de lo normal.
Las manos siguieron su recorrido. Sentí el aceite tibio en mis muslos, en la parte interior, y el masaje allí fue diferente: más lento, más deliberado, con una presión que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Te invita a tomar algo. Un café, lo que sea, el pretexto no importa. Se sientan en una de esas mesas del segundo piso, con vista al patio central. Hablan de fútbol, de la finca, de cosas sin importancia. Y entonces él te mira de esa manera.
Sí. Esa manera. La del fogón.
—Te dice que te ha estado observando. Que hay algo en vos que no puede ignorar. Lo dice sin rodeos, en voz baja, mirándote directo. Y vos sentís que el suelo se mueve un poco.
Mis caderas se movieron solas. Las manos siguieron bajando, y cuando llegaron a donde debían llegar, solté un sonido que no planeé soltar.
—Tiene un amigo con apartamento cerca. Te dice que necesita pasar un momento, que es por un asunto de trabajo, que tardará diez minutos. Vos sabés que no es por trabajo. Y aun así, subís.
La voz continuó construyendo cada detalle: el ascensor, la puerta entreabierta, el silencio del apartamento vacío, el momento en que Rodrigo apoyó su mano sobre mi muslo al sentarse en el sofá. La historia avanzaba con la misma cadencia del masaje, una presión aquí, una pausa allá, construyendo sin apuro.
—Rodrigo te mira durante un momento sin decir nada. Luego pone su mano en tu nuca y te acerca. Te besa despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y vos no hacés nada por detenerte.
El aceite llegó a la parte más baja de mi espalda. Sus manos amasaron con fuerza los glúteos y yo arqueé la espalda contra el colchón. El relato seguía, Rodrigo y yo solos en ese apartamento, la tarde entera por delante.
No sé en qué momento exacto sentí los dedos adentro. Uno primero, con aceite abundante, tan despacio que casi dolió de anticipación. Luego dos, y mi padre encontró el ángulo exacto, ajustando el ritmo a cada señal que yo daba sin querer darla.
—Rodrigo te tiene exactamente donde quería tenerte desde la noche de la finca —dijo la voz, muy cerca de mi oído—. Siempre lo supo. Vos también lo sabías.
Cuando sentí el dildo, ya estaba tan adentro de la historia que el límite entre lo narrado y lo real se había disuelto por completo. La voz de mi padre construía cada movimiento de Rodrigo con una precisión que no dejaba espacio para la duda: el peso de sus manos, el calor de su aliento, el ritmo lento y constante que iba aumentando sin prisa.
La historia siguió. Rodrigo y yo en ese apartamento, sin nadie esperándonos en ningún lado, sin reloj que consultar. Mi padre sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo describir con detalle y cuándo dejar que el silencio hiciera su trabajo.
Llegué ahí, al borde, con las manos apretadas contra el barrote y la historia todavía brillando en mi cabeza, y cuando caí fue largo y limpio y completo. De una manera que no había sentido antes.
***
Mi padre me soltó las muñecas con cuidado. Me quitó el antifaz. La habitación estaba en penumbra, la misma de siempre, con el bolso del gimnasio todavía en el suelo y el ruido del barrio entrando por la ventana entreabierta.
No hablamos mucho. Tampoco hacía falta.
Me limpió con una toalla, me tapó con la sábana, y se recostó a mi lado durante un rato en silencio. Era una cosa rara, ese silencio. No incómodo. Solo denso, lleno de cosas que los dos sabíamos y ninguno iba a decir.
Rodrigo seguía siendo el padre de Mateo, un hombre casado de cincuenta y tantos años que probablemente había olvidado aquel instante junto al fogón mucho antes de que yo lo hiciera. Quizás nunca pasaría nada entre nosotros. Quizás todo lo que yo había leído en su mirada era solo lo que quería leer, y nada más.
Pero esa tarde, entre el aceite de almendra y la voz de mi padre construyendo cada detalle en la oscuridad, Rodrigo había estado ahí. Real y concreto y exactamente como yo lo había imaginado durante semanas.
Y eso, por ahora, era más que suficiente.