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Relatos Ardientes

Adrián me pidió que me quedara después del entreno

El entrenamiento se alargó más de la cuenta aquella tarde. El resto del equipo ya recogía sus cosas entre bromas y empujones, con la cabeza puesta en la ducha rápida y la vuelta a casa. Yo estaba a punto de seguirlos cuando Adrián se acercó con el balón bajo el brazo y esa expresión suya de quien tiene un plan que no piensa compartir del todo.

—Quédate un rato —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Quiero que repasemos un par de movimientos.

No pregunté por qué. Nunca le preguntaba. Adrián tenía esa forma de pedir las cosas que hacía que parecieran inevitables, como si negarse fuera más raro que aceptar. Así que asentí mientras los últimos compañeros salían por la puerta del pabellón arrastrando las mochilas.

El silencio que dejaron fue enorme. El eco de nuestras zapatillas contra el parqué resonaba de una forma distinta cuando no había nadie más. Adrián dejó caer el balón una vez, dos veces, tres. El sonido retumbó en las paredes vacías.

—Ven —dijo.

Empezamos con ejercicios simples. Cruces, cambios de ritmo, fintas cortas. Él se movía con esa seguridad que siempre le había envidiado, esa manera de ocupar el espacio como si el espacio hubiera sido diseñado para él. Yo intentaba seguirle el paso, concentrarme en la mecánica del gesto, en la posición de los pies.

—No te adelantes —murmuró.

Sus manos llegaron a mis hombros para corregirme la postura. Sentí la presión de cada uno de sus dedos a través de la camiseta empapada. Cuando los retiró, el calor se quedó ahí, impreso en la tela como una huella que tardó en enfriarse. Repetimos la jugada. Fallé otra vez. Adrián volvió a acercarse.

Esta vez puso la mano en mi cintura. Su palma abierta contra mi costado, ajustando el ángulo de mi cadera con una precisión que no parecía casual.

—Así —dijo, cerca de mi oído.

Su voz me rozó la piel y sentí cómo se me erizaba el vello de la nuca. Tragué saliva sin hacer ruido.

Seguimos practicando hasta que el sudor nos empapó de nuevo y el aire del pabellón empezó a enfriarse sobre la piel húmeda. Cuando por fin dejó caer el balón y dijo que ya estaba bien, yo tenía la certeza absurda de que algo había empezado sin que ninguno de los dos lo hubiera dicho en voz alta.

***

Fuimos al vestuario sin hablar. Estaba vacío. Las luces fluorescentes zumbaban en el techo con ese sonido blanco que llenaba el silencio sin romperlo. Solo se escuchaba el roce de la ropa al caer, las cremalleras, la tela deslizándose contra la madera de los bancos.

Me quité la camiseta y el aire frío me recorrió el torso. Sentí su mirada antes de levantar la vista. Cuando lo hice, Adrián ya estaba sin camiseta frente a su taquilla. La piel todavía brillante por el esfuerzo, los hombros anchos, una gota de sudor que le resbalaba desde la clavícula hasta perderse bajo la cinturilla del pantalón.

No aparté la mirada lo bastante rápido. Él lo notó. Sonrió de medio lado, sin decir nada, y siguió desvistiendo con esa lentitud suya que parecía calculada, como si cada gesto tuviera su propio tempo.

Me giré hacia mi taquilla fingiendo buscar algo. La toalla. El champú. Cualquier cosa que justificara no mirar.

Caminamos hacia las duchas casi al mismo tiempo. Abrí el grifo y el agua cayó con fuerza sobre mi espalda. Solté el aire sin darme cuenta. El calor me recorrió los hombros, bajó por la columna, aflojó la tensión que llevaba acumulando toda la tarde. En el cubículo de al lado escuché abrirse otro grifo. El vapor empezó a subir despacio, llenando el espacio de una niebla tibia que desdibujaba los bordes de todo.

Durante unos segundos no hablamos. Solo el agua. Solo nuestra respiración.

—Has aguantado mejor hoy —dijo su voz desde el otro lado. Sonó más grave que antes, como si el vapor le espesara las palabras.

—Porque ibas más despacio —respondí.

—No siempre hace falta ir rápido.

Escuché su respiración mezclarse con el ruido del chorro.

—Te tensas mucho cuando dudas —añadió después de una pausa—. Se te nota en la espalda.

—¿Tanto se nota?

—Sí.

Silencio. Luego su voz, todavía más baja.

—Aquí también se nota.

Sentí el calor del agua en la espalda, pero el verdadero calor venía de otro sitio. De algún lugar entre el pecho y el estómago, un sitio que no tenía nombre.

—Lo de ayer... —empezó a decir.

—No dejo de pensar en eso —solté antes de poder contenerme.

Escuché cómo se movía al otro lado del tabique. El sonido del agua cambió, como si su cuerpo se hubiera desplazado.

—Yo tampoco —dijo—. Pensaba que hoy sería raro verte. Pero no lo ha sido.

Otra pausa. El vapor seguía subiendo.

—¿Te acuerdas de cómo respirabas? —preguntó.

—¿Cuándo?

—Cuando me acerqué.

—Sí —respondí. Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Escuché algo parecido a una risa. Suave, contenida.

—Se te nota ahora también.

—¿Dónde te duele de la espalda? —preguntó después, con un tono distinto. Cercano—. Lo que me decías antes.

—En la parte alta —respondí, llevándome la mano al trapecio sin pensar.

—Siempre se te carga ahí.

***

Entonces escuché un roce leve. La cortina del cubículo se movió. Lo supe antes de verlo. Sentí el cambio en el aire, la forma en que el espacio se redujo de golpe. Cuando abrí los ojos, Adrián estaba dentro.

El vapor envolvía su silueta, difuminaba los contornos, pero su presencia era nítida. Cercana. Inevitable.

No dijo nada. Se colocó detrás de mí y entonces sus manos llegaron. Primero un contacto leve en los hombros. Luego la presión firme de sus dedos deslizándose por la parte alta de la espalda, buscando los nudos, deshaciendo la tensión con un ritmo lento e insistente.

—Relájate —murmuró.

Su voz estaba muy cerca. Demasiado cerca.

Sus pulgares trazaban líneas paralelas a lo largo de las clavículas, bajaban por el centro de la espalda y volvían a subir con una paciencia que me hacía tensar cada músculo que él intentaba soltar. El agua caía sobre los dos, mezclando el calor del chorro con el calor de sus manos. Cada movimiento era preciso, como si conociera mi cuerpo mejor que yo mismo.

Me incliné hacia delante sin darme cuenta. Buscando el contacto. Buscando más. Sentí su erección acomodarse contra mí y todo el aire me abandonó los pulmones de golpe. Adrián apoyó el pecho contra mi espalda. Su respiración me llegó cálida a la nuca y entonces, sin dejar de mover las manos, se inclinó hacia mi oído.

—Ahora ya no estás tan tenso —susurró.

Dejé caer la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en su hombro. El movimiento fue lento, casi involuntario. Cuando nuestras miradas se encontraron a través del vapor, Adrián acercó su boca a la mía.

Me sujetó por la cintura y abrí los labios. El beso empezó despacio, tanteando, pero enseguida se volvió urgente. Sus labios tenían sabor a agua caliente y a algo más, algo que llevaba semanas queriendo probar sin atreverme a reconocerlo.

Me di la vuelta para quedar frente a él. Su lengua buscó la mía y la mía respondió sin pensarlo. Empecé a recorrerle los labios con la punta de la lengua mientras sus manos bajaban hasta mis glúteos y me atraían contra su cuerpo, encajando su cadera con la mía. Nos besábamos con una hambre que no sabía que tenía, un beso tan largo que me llegó a doler la mandíbula de tanto entregarme a su boca.

Moví la pierna para que su erección descansara sobre mi muslo. El agua corría sobre nosotros y las gotas nos rodeaban la boca mientras seguíamos besándonos como si no existiera nada más allá de aquellas paredes de azulejo.

Adrián empezó a bajar. Me besó el cuello, el pecho, se detuvo en mi pezón izquierdo hasta que un escalofrío me recorrió entero. Siguió bajando por el abdomen, besando cada centímetro de piel con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de antes. Se arrodilló frente a mí y me miró desde abajo con los ojos brillantes bajo el agua.

Me recorrió con la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreando. Recogió con la punta de la lengua la primera gota y se la llevó a los labios sin dejar de mirarme. Con el dedo trazó una línea lenta por el perineo, bajando en zigzag hasta llegar más atrás, donde empezó a dibujar círculos suaves mientras su boca volvía a besar mi cintura y mi vientre.

Su mano me mantenía duro con caricias rítmicas mientras la lengua recorría toda mi longitud, alternando besos cortos con succiones lentas y profundas que me hacían cerrar los ojos y agarrarme a la pared. Jugó con el frenillo hasta que me temblaron las rodillas. Se la sacó con lentitud, dejando que rozara sus labios gruesos al salir, y eso me tensó todavía más.

Su otra mano me acariciaba con delicadeza mientras la boca seguía trabajando, alternando ritmos que me llevaban al borde y me devolvían. No aguanté mucho más y le avisé de que estaba a punto. Adrián se detuvo, me giró con suavidad y empezó a lamerme por detrás.

Su lengua me iba preparando poco a poco, humedeciéndome con paciencia, mientras sus manos me masajeaban las nalgas. Sentí cómo un dedo intentaba abrirse paso. No entraba con facilidad, así que cogió el gel de baño y lo usó para que resbalara hacia dentro sin resistencia. Hubo un escozor breve al principio, pero mi cuerpo se adaptó hasta convertir aquella intrusión en puro placer.

Cuando añadió un segundo dedo, no pude evitar soltar un gemido que rebotó en los azulejos. Adrián se levantó sin sacar los dedos, me tapó la boca con la otra mano y me susurró al oído que tuviera paciencia. Que fuera despacio. Que él se encargaba. Su boca empezó a recorrerme el cuello, a lamerme detrás de la oreja, a bajar por el centro de la espalda mientras sus dedos giraban lentamente en mi interior.

Introdujo un tercero y esta vez no dolió. Mi cuerpo estaba relajado, abierto, entregado. Intenté hablar bajo su mano y cuando me la retiró de los labios le pedí lo que llevaba deseando todo ese tiempo. Que me hiciera suyo.

Se colocó detrás de mí. Sentí la presión en la entrada, el gel resbaladizo, y fue empujando poco a poco hasta que entró del todo. Empecé a jadear contra el azulejo húmedo mientras su mano me rodeaba por delante y empezaba a acariciarme al mismo ritmo con el que sus caderas se movían. La otra mano me sujetaba de la cintura con firmeza. Entraba con profundidad, salía casi por completo y volvía a entrar, y yo sentía cada centímetro de aquel recorrido como una oleada de calor que me nacía en la base de la columna y me subía hasta la nuca.

Se salió por completo y se sentó en el suelo de la ducha. Me hizo un gesto para que me sentara sobre él. Obedecí sin pensarlo. Me abrí y fui dejándome caer despacio hasta sentirlo entero dentro de mí. Adrián me sujetó por las caderas, me atrajo hacia su boca y nos besamos con las lenguas entrelazadas mientras yo me movía sobre él buscando un ritmo que nos hiciera perder la noción de todo.

Después me hizo levantarme y me colocó a cuatro patas sobre los azulejos mojados. Entró de una sola vez y tuve que morderme el labio para no gritar. Empezó despacio pero fue acelerando hasta que los dos perdimos el control. Su respiración se volvió entrecortada, sus manos me agarraban las caderas con fuerza, y yo me dejaba llevar por cada embestida como si mi cuerpo hubiera estado esperando aquello toda la vida.

De repente sentí las contracciones empezar sin que me hubiera tocado. Me corrí contra el suelo en espasmos largos que me sacudieron entero. Al apretarme, Adrián soltó un gemido ronco, se salió y terminó sobre mi espalda. Sentí el calor de su semen mezclarse con el agua que seguía cayendo sobre nosotros.

***

Después nos duchamos juntos de verdad. Sin urgencia, sin el hambre de antes. Solo sus manos recorriéndome los hombros con jabón, mis dedos enredados en su pelo mojado, besos cortos entre el vapor que ya empezaba a disiparse.

Aquello se repitió muchas veces durante los meses siguientes. Nos convertimos en algo que ninguno de los dos supo nombrar: más que compañeros, más que amigos, más que amantes. Algo que solo existía entre las paredes de aquel vestuario y en las miradas que cruzábamos durante los partidos.

Hasta que un club del sur lo fichó y Adrián se marchó. Primero dejamos de vernos, luego de llamarnos, luego de escribirnos. La distancia hizo lo que ninguno de los dos se atrevió a hacer: ponerle fin.

Me dijeron que sigue allí. Que tiene novia. Que le va bien.

Yo sigo aquí. Y sigo pensando en él más de lo que me gustaría admitir. Adrián fue mi primera vez en todo. Fue la persona que me dio confianza, que me enseñó a no tener miedo de lo que sentía, que me hizo entender que el deseo no pide permiso ni da explicaciones.

Si volviera y me lo pidiera, creo que lo dejaría todo.

El primer amor no se olvida. Se aprende a convivir con él.

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