El viejo del bus me pagó y el conductor lo vio todo
Siempre subía al último bus de la línea M7. El recorrido era largo, pasaba por los polígonos industriales del sur y a esa hora ya iba casi vacío. Yo prefería los asientos del fondo. No tanto por la vista como por la distancia. La gente miraba mis shorts de mezclilla y la camiseta ajustada que dejaba el ombligo al aire, y prefería no devolver esas miradas. A mis veintitrés años ya había aprendido a leer la diferencia entre el desprecio y el deseo, pero igual me cansaba sostenerlas.
Esa noche subió poca gente. El bus arrancó con un suspiro hidráulico y enfiló por la avenida vacía. En la cuarta parada, un hombre mayor abordó solo. Lo seguí con la mirada por puro reflejo: cabello blanco peinado hacia atrás, piel oscura surcada de líneas profundas, un saco gris de paño que le quedaba grande. Le calculé setenta años, quizá más. Cuando llegó a la última fila, se detuvo. Había diez asientos libres a su alrededor. Eligió el de al lado mío.
Olía a colonia barata y a tabaco rubio, esa mezcla densa que uno asocia con los abuelos del pueblo. Me sorprendió que no me molestara. Al contrario, había algo en ese olor —vagamente paternal, vagamente sucio— que me hizo cruzar las piernas más despacio de lo necesario.
Los primeros kilómetros mantuvo la distancia. Yo apoyé la sien contra el cristal y fingí mirar la noche. El bus tomó la rotonda larga y los cuerpos se inclinaron. El hombro del viejo rozó el mío. Una curva más adelante, su brazo se quedó pegado al mío y ya no se movió.
Me recosté de costado, las rodillas hacia el pasillo, ofreciéndole una espalda blanda. Era una invitación que no quería formular en voz alta. Si él la leía, perfecto. Si no, me bajaba a tres paradas y nunca lo volvía a ver.
La leyó.
Sentí los dedos primero en la cintura, sobre la franja de piel desnuda. Eran dedos temblorosos pero precisos, como si llevaran mucho tiempo entrenando ese gesto. Bajaron por la curva de la cadera y de ahí pasaron al borde del short. La mano se apoyó entera sobre mi nalga y apretó, una vez, midiendo.
No me moví. Cerré los ojos.
—Perdona —susurró cerca de mi oreja. Su aliento olía a anís—. Es que estás muy bueno.
No le contesté. Me arrimé apenas, lo suficiente para que entendiera que la mano podía quedarse. La mano se quedó. Empezó a recorrerme con más confianza, midiendo la firmeza del short, hundiendo las yemas en la tela.
***
Pasamos un semáforo en rojo. El bus se sacudió y la mano del viejo se metió entre mis muslos. La palma encontró el surco entre las nalgas y, a través del pantalón, presionó el centro. Apreté los labios para no hacer ruido.
—¿Te gusta? —preguntó.
Asentí sin abrir los ojos. Eso fue todo lo que necesitó.
La mano se retiró un momento y oí el ruido seco del velcro de una billetera vieja. Cuando abrí los ojos, había un billete arrugado entre nosotros.
—Veinte —dijo—. Por dejarme tocar un poco más. Por encima nomás.
Lo miré por primera vez de frente. Tenía los ojos color miel, un poco acuosos, y una sonrisa nerviosa de hombre que hace mucho no se atreve a pedir nada. Tomé el billete. Lo guardé en el bolsillo del short. Me di vuelta otra vez.
La segunda exploración fue distinta. Ya no era tentativa: era un hombre que había pagado, y eso le daba derecho. Sus dedos amasaron, separaron, hundieron la tela hasta marcar la forma de lo que había debajo. Cuando un dedo localizó el botón apretado entre mis nalgas y empezó a frotar en círculos, no pude evitar arquear la espalda. Mi propia verga, contra el respaldo, ya estaba dura.
—Qué culito tienes —murmuró. Tenía la voz hecha pedazos—. Firme. Bien firme.
Otro billete apareció entre sus dedos.
—Veinte más. Por verlo.
***
Asentí. El viejo, con manos que ya no temblaban tanto, me bajó los shorts y la tanga hasta arriba de las rodillas. El aire fresco del bus me golpeó el culo desnudo. Miré por encima del hombro: el conductor estaba ocupado con el volante, una pared opaca detrás de él. El resto del bus, vacío. Estábamos en la zona industrial; ni una luz en kilómetros.
El viejo se inclinó. Su mano volvió, esta vez sobre piel. Un pulgar separó. Un índice encontró el centro y empezó a empujar de a poco, en seco, con esa paciencia de los que aprendieron a esperar.
—Qué rico lo tienes —dijo. Y luego, más bajo—: Qué rico, hijito.
Esa palabra me cruzó el cuerpo entero. Eché las caderas hacia atrás. El dedo entró hasta el nudillo y se quedó ahí, midiendo, y yo escondí la cara en el respaldo para que no se oyera lo que se me escapaba de la boca.
De reojo vi que con la otra mano se acomodaba el bulto del pantalón. Sin pensarlo demasiado, estiré el brazo hacia atrás, le busqué la bragueta y la abrí.
Lo que saqué era más chico de lo que el manoseo había prometido: una verga corta, gruesa en la base, arrugada en la punta, todavía a medio crecer. La encerré en el puño y le di la primera caricia larga, de abajo hacia arriba. Sentí cómo se endurecía entre mis dedos como un animal que despierta.
—Dios —jadeó—. Hacelo así. Despacio.
Lo hice. La sangre del viejo se concentraba en mi mano y yo, en mi posición incómoda, doblado de costado en el asiento del fondo, me di cuenta de que me estaba volviendo loco el poder. La verga de ese hombre obedecía a mi muñeca. Sus jadeos también.
—Chupámela un poquito —pidió—. Por favor. Te doy otros veinte.
Me solté. Me bajé del asiento sin terminar de subirme los shorts, me acomodé entre sus rodillas en el espacio mínimo entre las dos últimas filas, y me la metí en la boca.
Sabía a hombre viejo, a piel salada, a algo levemente amargo que no terminé de identificar. No me dio asco. Me dio lo contrario. Me la metí hasta donde llegaba, sentí cómo me empujaba el paladar, y empecé a moverme con la cabeza.
—Así, putito —le oí decir, desde muy arriba, con las manos enredadas en mi pelo—. Así, comela toda.
Se me cerraron los ojos. Por un momento me olvidé del bus, de la ruta, del frío en el culo descubierto. Solo existía esa verga en mi boca y esa mano vieja apretándome la nuca como si llevara años esperando apretarla.
—Me voy a venir —avisó.
Y en ese momento el bus frenó de golpe.
***
Una voz por el altavoz, áspera, profesional:
—Fin de recorrido. Bajen todos.
Me incorporé como pude, el corazón en la garganta. El viejo se guardó la verga con manos torpes. Yo me subí los shorts. La saliva me corría por la barbilla; me la limpié con el dorso de la mano. Cuando levanté la vista, el conductor ya caminaba por el pasillo hacia nosotros.
Era un tipo grande. Cuarenta y pico, hombros anchos, una panza dura debajo del uniforme azul. Bigote espeso. Los ojos chicos, oscuros, fijos en los míos.
—¿Qué pasaba acá? —preguntó. La voz baja, sin pregunta real adentro.
—Nada —dije.
—Nada —repitió el viejo. Pero le tembló.
El conductor llegó a la última fila. Olfateó. Sonrió sin amabilidad ninguna.
—Huele a sexo. Y no me lo van a discutir.
Sentí el frío en la nuca. El viejo se había hecho chiquito en su asiento. Ya no quedaba nada del hombre que un minuto antes me había llamado hijito.
—Vos, abuelo —dijo el conductor, agarrándolo del codo—, afuera. Y rápido.
El viejo se levantó sin protestar. Me miró una sola vez al pasar: vergüenza y miedo en partes iguales. Salió por la puerta del medio, que se cerró con un soplido neumático. Quedamos los dos solos en el bus apagado.
El conductor se volvió hacia mí. Se tomó su tiempo.
—Vos te quedás —dijo.
***
Caminó hasta la puerta delantera y la cerró con llave. Bajó las cortinillas de las ventanas del frente. Apagó la luz del techo. Solo quedó el resplandor verdoso del tablero, allá adelante, y la luz indirecta de un poste de la calle que entraba por la ventanilla trasera.
Volvió hasta mí. Se sentó al lado, en el asiento que había dejado libre el viejo. Su muslo era el doble de ancho.
—¿Qué hacías con ese viejo?
—Nada —repetí, aunque ya sabía que no servía.
—Mentís. —Se inclinó. Olía a colonia limpia y a sudor de jornada larga—. Y a los mentirosos hay que enseñarles.
Me tomó la muñeca. La llevó a su entrepierna. A través del pantalón del uniforme, sentí un bulto que no se parecía en nada al del viejo: caliente, denso, despierto del todo.
—¿Qué tipo de lección? —pregunté. Me salió ronco.
—La que vas a aprender ahora.
Apretó mi mano sobre el bulto y la dejó ahí. Tragué saliva.
—Arrodillate.
Me arrodillé en el pasillo, entre los dos asientos. Mis manos buscaron la hebilla, el cierre, lo que viniera. Cuando le saqué la verga, contuve el aliento. Era larga, gruesa, dura desde la base, con venas marcadas que recorrían el tronco. Mucho más de lo que estaba preparado para tomar.
—Abrila —ordenó.
La abrí. Me la metió él, con la mano en mi nuca, sin esperar a que me acomodara. Sentí la cabeza apretarme la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me empujó hasta el fondo y se quedó ahí un segundo, dos. Cuando me dejó respirar, tosí.
—De vuelta.
Lo hice. Una, dos, cinco, diez veces. La saliva me chorreaba por el mentón hasta el cuello de la camiseta. Él respiraba por la nariz, parejo, mirándome desde arriba como quien controla una máquina. Cada tanto se retiraba un poco y volvía a empujar. Yo aprendí a relajar la garganta. Aprendí a respirar entre embestida y embestida. Aprendí a mirarlo desde abajo con los ojos llenos de agua.
—Parate.
Me paró. Me giró. Me empujó contra el cristal frío de la ventanilla, junto al asiento. Me bajó los shorts hasta los tobillos de un solo tirón. Sentí su mano abrirme las nalgas, sentí la cabeza de su verga apoyarse en el centro.
—Ahora te enseño bien.
Empujó. Apenas con saliva, casi en seco. Sentí un dolor agudo, blanco, que me cruzó hasta los riñones. Mordí el dorso de mi mano para no gritar.
—Aflojate. O es peor.
Respiré hondo. Una vez. Otra. El dolor cedió de a poco, dio paso a una presión enorme, una sensación de estar lleno hasta el cuello. Empezó a moverse, primero corto, midiendo, después largo. Después como un animal.
—Mirá al frente —ordenó, agarrándome del pelo y empujándome la cara contra el cristal—. Mirate.
Miré. Vi mi propio reflejo distorsionado por la oscuridad de afuera y la noche del bus: la boca abierta, el pelo despeinado, las marcas de los dedos del conductor en mi cintura. Detrás, el bulto enorme de su cuerpo, las caderas chocándome con un ruido seco que llenaba el bus vacío.
—Mirá cómo te uso.
No podía no mirar. Empecé a empujar yo también, hacia atrás, sin haber decidido hacerlo. El dolor se había ido a algún lugar lejano y en su lugar había una corriente caliente que me subía desde la base de la columna hasta la nuca.
—Me voy a venir —jadeó él.
—Adentro —pedí—. Por favor.
***
Se vino con un gruñido grave, profundo, casi animal. Sentí los chorros llenarme, calientes, uno tras otro, y la sensación me cruzó el cuerpo entero. Su mano libre encontró mi verga, que llevaba colgando, dura, ignorada, todo ese tiempo. Tres caricias largas, secas, y me corrí contra el cristal con un grito ahogado que se me deshizo en el reflejo.
Nos quedamos así un rato. Él dentro, yo apoyado, los dos respirando. Después se retiró lentamente y volví a sentir el frío de la noche en el culo abierto.
—Vestite —dijo—. Y bajate. Y no vuelvas a hacer esto en mi bus.
Me vestí en silencio. Las piernas me temblaban. Caminé por el pasillo agarrándome de los respaldos. Cuando llegué a la puerta, ya estaba abierta.
Afuera, debajo del poste de luz, todavía estaba el viejo. Temblaba de frío o de otra cosa. Cuando me vio, dio un paso adelante.
—¿Estás bien? —preguntó. La voz hecha jirones.
Asentí. Le sonreí sin querer. Me sentía dolorido de los huesos hacia afuera, pero entero por dentro.
—Perfectamente.
Me tendió otro billete arrugado.
—Por el lío.
Lo tomé. Me subí los pantalones bien, terminé de meterme la camiseta dentro. El bus arrancó detrás mío, vacío, y se fue rodando hacia el depósito. Empecé a caminar para el otro lado, despacio, sintiendo cómo el semen del conductor me bajaba por el muslo y cómo el peso de tres billetes me apretaba el bolsillo.
Pensé que iba a tardar varios días en olvidarme de esa noche.
Después pensé que no quería olvidármela.