De día soy un hombre, de noche me llamo Lorena
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
La vi apoyada en la barra como si el local entero existiera solo para sostenerla, y supe que ningún billete me iba a parecer caro por una noche con ella.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Siempre me pregunté de dónde sacaba tanto dinero. Cuando por fin me lo mostró, mi mejor amigo estaba parado frente a mí con medias blancas y una sonrisa que lo cambiaba todo.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Adrián se durmió a los diez minutos de despegar. El hombre de la ventanilla esperó a oír su respiración tranquila para inclinarse hacia Marina y susurrarle al oído.
No me duché antes de volver a casa. Quería que mi novio sintiera en mi piel el sudor del gimnasio y el rastro de otro, y que no tuviera el valor de preguntar de quién.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.