Lo que hice en ese vuelo mientras él dormía
Adrián se durmió a los diez minutos de despegar. El hombre de la ventanilla esperó a oír su respiración tranquila para inclinarse hacia Marina y susurrarle al oído.
Adrián se durmió a los diez minutos de despegar. El hombre de la ventanilla esperó a oír su respiración tranquila para inclinarse hacia Marina y susurrarle al oído.
No me duché antes de volver a casa. Quería que mi novio sintiera en mi piel el sudor del gimnasio y el rastro de otro, y que no tuviera el valor de preguntar de quién.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Era el rey de la piscina y lo sabía. Cuando me citó en el vestuario para reírse de mí, no imaginé que sería yo quien no podría dejar de mirarlo.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Cada mañana se lanzaban insultos como dardos. Lo que ninguno admitía era cuánto deseaban que el otro cruzara, por fin, la línea que los separaba.