El secreto entre mujeres que mi tía nos enseñó
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
Eran las dos de la mañana cuando aceptó cruzar mi puerta. Solo me pidió tres cosas, y la tercera era la que más me excitaba: que pudiera arrepentirse cuando quisiera.
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
Karim me arrancó el bañador y me dijo que ya era hora de dejar de hacerme el estrecho. No sabía que esa tarde junto al agua iba a aprender a usar mi cuerpo como un arma.
Matías abrió descalzo, con esa media sonrisa que no escondía nada. Detrás de Andrés, Esteban ya respiraba en su nuca. Los tres sabían para qué habían venido.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
Mido 1,62 y él 1,88. Cuando abrió la puerta en shorts y vi lo que tenía entre las piernas, pensé en darme la vuelta. No lo hice.
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Su camisón blanco con flores de lavanda apenas le cubría los muslos, y yo sabía que esa noche iba a desabotonarlo todo, botón por botón, en silencio.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Se conocían desde la adolescencia y se deseaban en silencio. Cuando ambas se casaron con hombres que las dejaban libres, dejaron de esconderse.