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Relatos Ardientes

El pacto de cinco hombres para cruzar el mar

El teléfono sonó a las tres de la madrugada. Kamal lo descolgó antes de que el segundo timbrazo llegara a la habitación donde dormía Nadia.

La voz era la de Mustafá, el vecino de su suegro. Hablaba tan bajo que Kamal tuvo que taparse la oreja libre para entenderlo.

—Tu cuñado Amin ha ido a la comisaría esta mañana. Ha denunciado a tu suegro con testigos falsos. Ya está detenido. Están buscando también a ti, a tus hermanos y a los hermanos de Nadia. Tenéis que iros esta noche. No esperéis a mañana.

Kamal colgó. Se quedó mirando el teléfono en la oscuridad durante varios segundos. Luego fue a despertar a Samir.

En cuarenta minutos los cinco estaban de pie: Kamal, su hermano mayor Samir, su hermano menor Rafik, y los dos hermanos de Nadia, Tarek y Bilal. Nadia, embarazada de cuatro meses, recogió documentos y joyas sin hacer preguntas. Carmen, la madre española de los tres hermanos —sesenta y dos años, la mente cada vez más perdida— se dejó guiar con la misma obediencia tranquila con que hacía todo últimamente. Kamal le cogió la mano.

A las cuatro de la madrugada, dos coches viejos salieron del pueblo por caminos secundarios. El aire olía a tierra seca y a miedo.

Nadie miró atrás.

***

Llegaron al puerto al amanecer, con el sol todavía pegado al horizonte. Un conocido de Tarek los llevó hasta una nave industrial en los márgenes del muelle. Paredes de hormigón, ventanas tapiadas, olor a óxido y a sal.

El hombre que los esperaba dentro era delgado, de unos cuarenta años, con cicatrices finas en el cuello y una mirada que no se dejaba leer. Se hacía llamar El Faraón.

—Siete personas —dijo, recorriéndolos con los ojos—. Es mucho riesgo. El precio ha subido.

—Tenemos dinero y joyas —dijo Kamal—. Dinos cuánto.

El Faraón sonrió, pero fue una sonrisa sin calor.

—El dinero no basta. Necesito algo más de vosotros cinco. —Señaló a los hombres con un gesto breve—. Las mujeres estarán en un apartamento privado, a salvo y con todo lo que necesiten. Vosotros tendréis que trabajar para mí mientras esperamos el momento de cruzar.

Los llevó por un pasillo hasta una sala amplia: focos en trípodes, cámaras sobre soportes, colchonetas gruesas cubriendo el suelo. La función era evidente.

—Tengo clientes en Europa que pagan muy bien por material entre hombres —explicó El Faraón, con la calma de quien habla de números—. Vosotros cinco grabaréis escenas cada día. A cambio: alojamiento, comida, documentos y pasaje a España en un barco decente. No una patera. Un mercante.

Bilal apretó la mandíbula. Tarek no dijo nada. Rafik miraba el suelo.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Samir.

—Os vais por donde habéis venido —respondió El Faraón sin mover un músculo—. La policía os localiza en dos días. Eso os lo garantizo.

Los cinco se miraron. No hablaron. Se conocían demasiado bien para necesitar palabras.

—Aceptamos —dijo Kamal.

***

Los primeros días fueron los más extraños. No por el sexo en sí —eso lo conocían entre ellos desde hacía tiempo—, sino por la conciencia constante de las cámaras. Hacía todo más calculado. Más consciente. Convertía algo íntimo en actuación.

Poco a poco la rutina lo fue digiriendo.

Cada mañana los cinco se presentaban en la sala. Un hombre de El Faraón les indicaba el tipo de escena. A veces los dejaban decidir. Kamal terminó siempre en el centro del grupo porque era donde los demás se movían con más soltura. Samir lo penetraba con una fuerza contenida y precisa que Kamal conocía de memoria: lenta al principio, luego más profunda, las manos aferradas a sus caderas como si las necesitara para sostenerse. Rafik prefería la boca, o darla, y cuando le tocaba recibir cerraba los ojos con una expresión que no era indiferencia sino concentración. Tarek y Bilal trabajaban en pareja con una intensidad que asustaba a quien no los conociera bien.

Las sesiones duraban horas. Kamal aprendió a separar el cuerpo de la mente. A estar presente físicamente mientras otra parte de él esperaba a que terminara. Era un truco que no le resultaba ajeno.

Lo que no esperaba fue que El Faraón empezara a quedarse a verlos.

Al principio se colocaba junto a la pared, con los brazos cruzados. Después fue acercando la silla. Un día, durante una pausa, le trajo agua a Kamal sin que este lo pidiera. Otro día le preguntó cómo se llamaba de verdad.

—Kamal —respondió él, y el hombre asintió como si ya lo supiera.

***

Empezaron a hablar por las noches, cuando los demás ya dormían. El Faraón —que se llamaba Faruk— tenía cuarenta y tres años y no fingía ser otra cosa de lo que era. Era duro y metódico y construía frases con la misma economía con que construía todo lo demás: sin palabras de más, sin explicaciones innecesarias. Pero escuchaba de una manera que Kamal no estaba acostumbrado a recibir de alguien que no lo conociera de toda la vida.

Una noche, Faruk le preguntó por Nadia.

—¿La quieres?

—Sí —respondió Kamal sin dudar.

—¿Y esto? —Faruk señaló la sala vacía con un gesto vago.

Kamal tardó.

—Esto también es real. No sé cómo explicarlo mejor.

Faruk asintió. No dijo nada más.

Pero aquella noche, cuando Kamal se levantó para irse, el hombre le puso una mano en el hombro un segundo. Solo eso. No lo retuvo. Solo lo tocó, con una firmeza que era casi un mensaje.

Kamal se fue. Pero no se olvidó de esa mano.

***

A los cinco meses, una mañana de mayo, Faruk entró en la sala con una expresión diferente. Más seria. Casi solemne.

—Es la hora —dijo—. Esta noche zarpáis.

Los cinco se incorporaron. Tarek fue el primero en hablar.

—¿Tienes noticias de mi padre?

Faruk lo miró directamente. Bajó la voz.

—Intenté llegar antes. No pude. Lo siento.

Tarek se quedó inmóvil. Bilal cerró los ojos. Kamal puso una mano en el hombro de cada uno, pero no dijo nada. Hay cosas para las que no existen palabras que alcancen.

Esa tarde, Faruk llamó a Kamal aparte. Lo llevó a su habitación: una cama, una mesa, una ventana pequeña con vistas al puerto. Nada más.

—Antes de que te vayas —dijo Faruk, y no terminó la frase. Se acercó despacio, sin apresurarse, y le puso las manos en la cara.

Kamal no retrocedió.

El beso fue directo, sin preámbulos, con la boca abierta y el cuerpo inclinado hacia adelante. Kamal lo correspondió. Faruk olía a tabaco y a algo más oscuro que Kamal no supo nombrar pero que reconoció.

Lo que siguió no fue urgente. Faruk era un hombre que hacía todo con la misma concentración metódica que ponía en cualquier otra cosa. Le desabrochó la camisa despacio. Le besó el cuello, la clavícula, el pecho. Kamal apoyó la espalda en la pared y dejó que pasara. Cuando Faruk se arrodilló y lo tomó en la boca, Kamal puso una mano en su pelo sin ejercer presión. Solo para sentirlo ahí.

Faruk no tenía prisa. Lo trabajó con la lengua y con las manos hasta que Kamal tuvo que morder el labio para no hacer ruido. Luego se levantó, lo giró con suavidad y lo apoyó contra la pared.

—¿Sí? —preguntó Faruk en voz baja.

—Sí —dijo Kamal.

Faruk lo preparó despacio. Cuando entró, lo hizo con calma, y Kamal cerró los ojos y apretó los puños contra la pared mientras sentía el peso de ese hombre llenándolo. Follaron en silencio, con el ruido del puerto llegando desde la ventana: grúas, agua, viento. Faruk le mordía el hombro con suavidad cuando llegaba a fondo. Kamal movía las caderas a su ritmo, buscándolo.

Cuando Faruk se corrió, apretó los dientes contra la nuca de Kamal y exhaló un sonido que era casi un sollozo.

Después no dijeron nada durante un rato. Solo respiraron.

—¿Cuándo vendrás por España? —preguntó Kamal al final.

—Podría ser pronto —respondió Faruk.

***

El barco era un mercante pequeño, pero con camarotes privados y camas reales. Muy distinto de lo que Kamal había temido cuando pensaba en cruzar.

La travesía duró tres días. El mar estuvo tranquilo. Por primera vez en meses no había cámaras ni plazos ni miedo inmediato. Kamal se pasó horas mirando el agua desde cubierta, pensando en todo lo que habían dejado atrás y en todo lo que todavía no existía.

Al amanecer del tercer día aparecieron las luces de la costa española.

***

El hombre que los esperaba en el muelle de Almería era joven, eficiente, de pocas palabras. Les dio las llaves de un piso, les explicó el horario de trabajo en el puerto y les dijo que para cualquier cosa que necesitaran pasaran por él.

El piso era modesto pero limpio. Dos habitaciones, cocina, baño con agua caliente. La nevera tenía comida. Por la ventana se veía un patio interior con ropa tendida y una palmera enana que parecía resistir todo.

Nadia recorrió cada habitación en silencio, tocando las paredes, abriendo armarios. Luego se sentó en la cama del dormitorio principal, con las manos en el vientre, y se quedó mirando al frente.

Kamal se sentó a su lado. Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Estamos bien? —preguntó.

—Estamos bien —dijo él.

Lo creía de verdad.

***

Tres semanas después, un domingo por la tarde, Kamal marcó el número que Faruk le había dado antes de embarcar. El teléfono sonó cuatro veces.

—¿Habéis llegado bien? —preguntó la voz al otro lado. Ronca. Directa. Sin rodeos.

—Todos bien —respondió Kamal—. Nadia está bien. El niño también.

Silencio breve.

—Me alegra —dijo Faruk.

Kamal dejó pasar unos segundos.

—¿Cuándo vienes?

La respuesta tardó un poco más esta vez.

—Pronto.

Colgaron. Kamal se quedó de pie junto a la ventana con el teléfono en la mano. Afuera el sol calentaba el patio. Carmen tarareaba algo desde la habitación. Samir y Rafik discutían en voz baja en la cocina. Tarek y Bilal habían salido a dar una vuelta por el puerto, como hacían cada tarde desde que llegaron.

Todo seguía siendo provisional. Incierto. Sin garantías.

Pero Kamal había aprendido, en estos meses, que lo provisional también se puede vivir. Que incluso lo que empieza roto puede convertirse en algo que sostiene.

Guardó el teléfono en el bolsillo y fue a buscar a Nadia.

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Comentarios (9)

SantiagoR_77

Que historia tan intensa!!! me dejo sin palabras

LunaEscondida22

Por favor seguila, me quede con ganas de saber como termina todo esto

NachoQuilmes

Lo lei de un tiron. La situacion es muy cruda pero esta muy bien escrita, se siente la desesperacion de los personajes. Tremendo.

BrunoDeRosario

Tiene algo que te atrapa desde el primer parrafo. Muy buen trabajo.

PatoLect

Me hizo acordar a una historia que lei hace mucho, pero esta tiene mas profundidad. Muy recomendable.

RodriS_22

La vuelta de tuerca no me la esperaba para nada jajaja tremendo final

Inquieto68

Que clase de relato! La tension que se genera entre los cinco es increible, te deja pegado a la pantalla. Espero la continuacion.

ClaraDeLima

lo empece sin expectativas y no pude parar hasta el final. diez puntos

DesvelaoTotal

excelente!!! mas asi por favor

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