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Relatos Ardientes

Tres hombres maduros se repartieron mi cuerpo

Esa mañana abrí la aplicación del banco y la realidad me golpeó sin contemplaciones. Las cuentas rozaban el cero. Las tarjetas al límite. Una pila de facturas sobre la mesa del comedor que llevaba dos semanas ignorando deliberadamente. No había mucho margen para el autoengaño: necesitaba dinero, y rápido. Solo se me ocurrió una salida.

Rodrigo era dueño de un estudio de arte en el barrio antiguo. Nos habíamos conocido tres meses atrás por un contacto en común, y lo que había pasado entre nosotros aquella primera tarde me había dejado inquieto durante días. No lo había buscado desde entonces, tal como él me había pedido al despedirnos. Pero ese martes por la mañana, mirando los números en la pantalla, marqué su número.

Debió notar la urgencia en mi voz, porque no pidió explicaciones.

—Ven mañana, a última hora. Estaré con un grupito selecto. Unos maduros con ganas de ver y… en fin, dependiendo de cómo te comportes, así será lo que te lleves —dijo con esa calma suya que siempre me ponía los nervios de punta.

Pasé el resto del día intentando no pensar demasiado en ello. Fui al gimnasio, cociné algo, vi la mitad de una serie. Pero a las tres de la madrugada seguía despierto, con el techo mirándome. Mi mujer dormía de lado, con la espalda vuelta hacia mí, ajena a todo. Qué poco me toca la mano femenina últimamente. Pensé también en lo mucho que eso contrastaba con adónde me dirigía al día siguiente.

***

Al día siguiente, cuando ya caía el sol, tomé el metro hacia el barrio antiguo. Caminé las últimas tres manzanas a pie, con las manos en los bolsillos y la cabeza bastante silenciosa. A veces el cuerpo simplemente acepta lo que la mente todavía está procesando.

La puerta me la abrió Elena, la mujer de Rodrigo. Tendría unos cincuenta y tantos años, pelo oscuro cortado a la mandíbula, una sonrisa tranquila y calculada que no dejaba nada al azar.

—Somos bisexuales los dos —me comentó mientras caminábamos por el pasillo, como si esa información fuera algo que se comparte de pasada, entre el café y la puerta—. Rodrigo te está esperando.

No me llevó al estudio grande donde habíamos trabajado la primera vez, sino a una habitación más pequeña al fondo del corredor. Cuando empujé la puerta y entré, tardé un segundo en procesar lo que veía.

Rodrigo estaba en la cama, desnudo, recostado sobre los codos con la expresión de quien lleva tiempo esperando y no le molesta. Y distribuidos por los rincones de la habitación, cada uno en una posición distinta, había tres hombres de unos sesenta años. Vestidos todavía. Cada uno con una cámara de fotos colgada al cuello.

—Estos amigos van a documentar lo que pase —explicó Rodrigo incorporándose, sin ningún pudor—. No te preocupes: no es tu cara lo que les interesa capturar. Si no tienes inconveniente, podemos empezar.

No dije nada. Pero tampoco protesté. Eso era, supuse, una forma de consentir.

Elena cerró la puerta a mis espaldas y se quedó dentro de la habitación.

Se acercó a mí y empezó a ayudarme a quitarme la ropa con una eficiencia que encontré, por alguna razón, más excitante que cualquier erotismo deliberado. Lo hacía como si fuera completamente normal, como si esto ocurriera cada martes. Cuando me quitó la camiseta y luego los pantalones, se detuvo un momento al ver el bóxer oscuro que llevaba puesto.

—Rodrigo —llamó sin alzar mucho la voz—, mira lo que tenemos aquí.

Me lo bajó hasta los tobillos de un tirón.

Rodrigo se levantó de la cama y caminó hacia mí. Sus dedos me rodearon despacio, tanteando el peso de las cosas, y luego levantó la vista y me dijo:

—La última vez me quedé con ganas de más.

Antes de que pudiera responder, me introdujo en su boca.

Mientras lo hacía, Elena me recorría la espalda con las manos, los glúteos, y luego, con una exploración delicada y sin prisa, fue más allá. En los rincones, los tres hombres habían levantado las cámaras. Podía escuchar el sonido del obturador en el silencio de la habitación, una y otra vez, metódico.

Lo que más me ponía no era la boca de Rodrigo, sino un detalle ridículo y concreto: su alianza de casado, ancha y dorada, dejaba una presión sobre mi piel cada vez que movía la mano. Ese pequeño detalle me aceleraba más que cualquier otra cosa.

Cuando comprobó que no había ninguna duda sobre mi estado, me tomó de los hombros y me tumbó en la cama.

Se puso encima de mí. Su cuerpo pesaba distinto al de una mujer: más sólido, más denso, sin curvas que anticiparan el siguiente movimiento. Me besó con la boca abierta, hambriento, como si llevara tiempo esperando hacerlo. Yo tenía los ojos entrecerrados y podía escuchar las cámaras girando alrededor, pasos sobre el suelo de madera, el sonido seco de telas que caían.

Abrí los ojos y vi que los tres hombres se habían desnudado. No era una imagen que hubiera esperado encontrar a mis cuarenta y dos años, pero ahí estaba: tres cuerpos mayores, con sus volúmenes y sus canas y sus miradas de quien no tiene ninguna prisa. Uno de ellos, el más alto, tenía una constitución que no me pasó desapercibida.

Lo que siguió fue, en el mejor sentido posible, un caos organizado.

Manos que no sabía a quién pertenecían. Bocas en distintos puntos de mi cuerpo. Rodrigo me levantó las piernas y me penetró sin pausa, directo, con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. Gemí. Los demás fotografiaban o participaban, o ambas cosas al mismo tiempo, y los sonidos de todos se mezclaban hasta hacerse indistintos.

En una esquina, Elena se había sentado en una silla y nos miraba con atención. No participaba. Solo observaba, con una mano entre los muslos y una expresión de completa concentración. El pelo oscuro le caía sobre un lado de la cara y no se lo apartaba.

Rodrigo terminó primero. Luego se fueron turnando con una lógica propia que no necesité entender. Cuando uno terminaba, el siguiente tomaba su lugar. Las cámaras seguían. No voy a dar más detalles de lo que ocurrió en esa habitación durante la hora siguiente: algunos silencios son necesarios. Solo diré que el sobre que me puso Rodrigo en la mano antes de irme tenía lo suficiente para resolver los próximos meses.

Y que salí de allí con el cuerpo entero doliéndome de formas que me mantuvieron presente en mis propios pensamientos durante varios días.

***

Tomé el metro de regreso sin sentarme. Llegué a casa, entré al baño y abrí la ducha al máximo de temperatura. Me quedé debajo del agua mucho tiempo, dejando que el vapor llenara el espacio hasta empañar por completo el espejo. Luego me envolví en una toalla y me senté en el borde de la bañera sin hacer nada durante varios minutos.

Mi mujer no estaba. Había quedado con Patricia, una compañera de trabajo con quien salía de vez en cuando, y con quien, según había entendido yo en algún momento sin que nadie me lo explicara directamente, también dormía. Su marido era un tipo formal, de los que van a misa los domingos. Patricia y mi mujer se encontraban en un hotel pequeño del centro. Cada uno tenía sus asuntos.

Abrí una botella de vino tinto y me serví una copa en el salón.

Eran casi las once de la noche. El piso de enfrente tenía luz encendida detrás de unas cortinas traslúcidas. Mis vecinos, un matrimonio que llevaba años en ese apartamento, tenían la costumbre de quedarse levantados hasta tarde. Yo lo sabía porque algunas noches, al asomarme a la ventana, veía sus siluetas moverse detrás de la tela.

Esa noche bebí la segunda copa de pie, frente al cristal. No lo pensé demasiado. Me acerqué a la ventana con la excusa de correr el visillo, como quien va a comprobar el estado del cielo, y me quedé ahí de pie, sin la toalla, con la luz de la habitación encendida a mis espaldas. Visible, si alguien miraba.

Alguien miraba.

Las siluetas detrás de las cortinas se detuvieron. La que reconocí como ella se desplazó hacia él, y él no se apartó. La luna entraba en ángulo desde la izquierda y me permitía distinguir, entre la penumbra y la tela, suficiente para entender lo que ocurría al otro lado.

Me senté en el sillón que quedaba de frente a la ventana.

Me toqué despacio, sin apresuramiento, sabiendo que los dos me observaban. No tardé mucho. El día había sido demasiado largo para eso.

Cuando terminé, vi el brillo pequeño de un encendedor al otro lado de la calle, y luego el punto naranja de un cigarrillo encendido.

Me serví la última copa y brindé, en silencio, por ellos. Por llevar tantos años juntos y seguir encontrando razones para quedarse despiertos.

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Comentarios (5)

NicoBSAS

Increible!!! mas relatos asi por favor

CarlitosBA

Que situacion tan intensa, me llego directo. Felicitaciones!!

Flavio_RioIV

Me enganche desde las primeras lineas, esa mezcla de desesperación y deseo se siente muy real. Muy bien narrado, transmite muchas cosas a la vez.

EduardoR_Cba

Buenisimo, espero que hayas escrito una segunda parte

GastonLect

Me recordo a ciertas decisiones que uno toma cuando esta al limite... muy autentico el planteo. Sigue asi

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