La mañana que descubrí mi fantasía favorita
Era un martes ordinario el que terminó cambiando algo fundamental en la forma que tenía de conocerme.
Nada lo anunciaba: no había señales, no había nada en el aire esa mañana que sugiriera que las cosas irían diferente. Me desperté a las ocho con la alarma, me quedé diez minutos mirando el techo como hago siempre, y cuando me levanté el apartamento estaba en silencio y la lluvia ya golpeaba el cristal de la ventana del baño.
Llevaba días pensando en Rodrigo.
Rodrigo era un chico que había conocido el mes anterior en casa de un amigo común, en una de esas reuniones donde terminas hablando con personas que no esperabas encontrar. Era alto, de brazos anchos y esa clase de silencio cómodo que no necesita llenarse con palabras. Habíamos intercambiado dos frases esa noche, quizás tres. Pero desde entonces aparecía regularmente en mi cabeza, en los momentos menos convenientes: en el metro, esperando que el café se hiciera, antes de dormirme.
Esa mañana apareció en cuanto puse los pies en el suelo.
Entré al baño sin encender la luz de techo, solo la pequeña lámpara del espejo, que proyecta una luz más suave y ambigua. Me miré un momento antes de entrar a la ducha. Tengo veintiséis años y un cuerpo que funciona bien aunque no sea nada extraordinario: delgado, sin nada que llamara especialmente la atención. Esa mañana, sin embargo, me miré con una atención diferente. Como si me estuviera evaluando, aunque no supiera exactamente para qué.
Abrí el agua y esperé a que se calentara.
El ritual de la mañana lo hago siempre en el mismo orden: champú, acondicionador, gel de ducha, y luego el afeitado del torso, que hago cada dos semanas más o menos. Ese día tocaba. Tomé la cuchilla y fui despacio, con cuidado, pasando el filo por el pecho y el abdomen hasta que la piel quedó completamente lisa. Pasé la palma abierta y sentí la diferencia de textura: el agua resbalaba diferente, más directa, más intensa aunque la temperatura no hubiera cambiado.
Hay algo en esa sensación que siempre me perturba. No de forma incómoda, sino de la manera en que te perturba algo que te hace más consciente de estar dentro de un cuerpo. De que ese cuerpo sos vos.
Rodrigo tenía el pecho liso. Lo había visto esa noche cuando se desabrochó el botón de la camisa a causa del calor.
El pensamiento llegó sin avisar, como siempre. Y una vez que apareció, ya no se fue.
Me quedé parado bajo el chorro con los ojos cerrados y dejé que la imagen tomara forma. No es que no lo hiciera otras veces; pero esa mañana algo era diferente. Quizás era la lluvia afuera, que hacía el baño más encerrado y más íntimo. Quizás era que llevaba demasiados días con la tensión acumulada sin hacer nada al respecto. Quizás era simplemente que era martes y tenía tiempo de sobra antes de tener que ir al trabajo.
Empecé a masturbarme apoyado contra la pared.
El azulejo estaba frío. El contraste con el agua caliente era casi doloroso, una frontera entre dos temperaturas que se volvía más nítida cuanto más tiempo la sostenías. Mantuve la espalda contra él de todas formas, porque ese tipo de sensación —la que te hace más consciente del propio cuerpo— era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Fui despacio al principio, sin apuro, dejando que la fantasía de Rodrigo tomara más detalle. Lo imaginé ahí, en ese espacio reducido, con el agua cayéndole por los hombros. Sus manos grandes, los dedos largos. Esa forma suya de mirar que parecía estar pensando siempre algo más de lo que decía.
Lo imaginé acercándose. Lo imaginé diciendo algo que no llegaba a escuchar bien pero que de todas formas entendía. En la fantasía el vapor hacía todo más difuso y al mismo tiempo más real, y cuando extendí la mano para tocar algo que no estaba ahí, el muro frío me devolvió a mi propio cuerpo con una claridad que no era desagradable.
***
La masturbación llegó al primer pico sin que yo la buscara especialmente. Una ola larga que subió despacio y se resolvió casi con suavidad. Pero cuando terminó me di cuenta de que no era suficiente.
No era un problema de intensidad. Era algo diferente. Una curiosidad que llevaba tiempo ahí, agazapada en algún rincón, y que esa mañana decidió salir.
Hay fantasías que uno tiene sin terminar de aceptarlas del todo. Las reconoce, sabe que están ahí, pero no las toca, como si dejarlas en ese estado de indefinición fuera una forma de protegerse de algo que todavía no se está seguro de querer. Esa mañana, con la ducha cayendo y el vapor haciendo imposible ver el fondo del baño, ya no me interesaba protegerme de nada.
Empecé despacio.
La mano que tenía libre empezó a explorar hacia la espalda, hacia la parte baja, siguiendo el camino de la columna vértebra a vértebra. No había prisa. Había todo el tiempo del mundo y el agua estaba caliente.
El primer contacto fue solo eso: contacto. Roce. Un roce que no comprometía nada y al mismo tiempo lo cambiaba todo, porque en cuanto lo hubo el cuerpo respondió de una manera que no dejaba lugar para la ambigüedad.
Así que esto era lo que quería.
El pensamiento no llegó con drama ni con vergüenza. Llegó como llegan las cosas que ya sabías y que simplemente reconocés cuando las ves: con una especie de alivio tranquilo.
Continué.
La presión del agua caliente en la espalda ayudaba. Relajaba los músculos de una forma que de otro modo hubiera tomado mucho más tiempo. Usé el jabón de barra primero, aprendiendo la textura entre los dedos antes de hacer nada más. Luego el champú, que tenía exactamente la consistencia necesaria y cuya temperatura era perfecta, idéntica a la del agua.
Tardé.
Tardé mucho tiempo en hacer algo que no fuera simplemente explorar. En aprender hasta dónde podía ir, qué reaccionaba de qué manera, qué pedía más y qué pedía pausa. El cuerpo tiene su propio idioma y esa mañana lo estaba aprendiendo desde el principio, como se aprende un idioma: torpemente al principio, con más fluidez con el tiempo.
Cuando empecé a ir más adentro, algo cambió en la calidad de la sensación. Ya no era curiosidad solamente: era placer real, un placer que venía de adentro hacia afuera y que se distribuía de una manera que no había experimentado antes. Tuve que apoyarme en la pared con la otra mano para mantener el equilibrio.
Rodrigo seguía en la fantasía. Lo imaginé siendo el que hacía lo que yo me estaba haciendo. Sus manos en lugar de las mías. Su peso contra mi espalda, su respiración junto a mi oído. En la fantasía él sabía exactamente lo que hacía; era seguro sin ser brusco, paciente sin ser pasivo.
En la fantasía las cosas siempre son más limpias que en la realidad.
Pero la realidad de esa mañana tampoco estaba mal.
***
El segundo clímax tomó mucho más tiempo construirlo. Me acerqué y me alejé varias veces: aprendí a reconocer el punto exacto en que la tensión estaba a punto de resolverse y a detenerme justo ahí, sosteniendo ese límite, dejando que el cuerpo se acostumbrara a estar en ese borde sin caer.
Era placer, sí. Pero también era control. También era la satisfacción de entender cómo funcionaba algo que hasta ese momento no había explorado del todo.
Me apoyé en la pared con los dos brazos extendidos, el agua cayéndome por la nuca. Tenía los ojos cerrados y la respiración era profunda, más profunda de lo que suele ser cuando respiro sin pensar. Sentía el corazón en el pecho y en los dedos y en los muslos. Sentía todo el cuerpo como una sola cosa conectada, lo que no siempre es así.
Cuando llegué, fue largo.
No fue una ola sino una corriente, algo que se extendió por más tiempo del que esperaba. El sonido que hice resonó en los azulejos de una manera que me hizo sentir absurdamente acompañado.
Me quedé quieto un momento. Largo momento. La frente apoyada en la pared fría, el agua ya empezando a enfriarse. El cuerpo pesaba de la manera correcta, ese peso de después que dice que algo se completó.
***
Me vestí despacio.
Me preparé café mientras me terminaba de secar el pelo con la toalla. Salí a beberlo al balcón aunque llovía; me quedé bajo el pequeño techo de chapa que apenas cubre un metro cuadrado y observé cómo el agua caía en el patio interior.
Había llegado tarde al trabajo antes y volvería a hacerlo. Le mandé un mensaje al encargado —«retraso de transporte, ya llego»— y no esperé respuesta.
Pensé en Rodrigo mientras me bebía el café. En lo que diría si supiera. En si alguna vez me daría la oportunidad de averiguarlo en la práctica y no solo en la imaginación.
Pensé en que lo que había descubierto esa mañana no iba a quedarse en esa mañana. Que era el tipo de conocimiento que uno incorpora y que cambia la forma de pensar en lo que quiere. Que ahora sabía con mucha más claridad cuál era la dirección en que apuntaba el deseo cuando se le dejaba elegir sin interferencias.
Pensé en que iba a necesitar equipo adecuado. Algo diseñado para esto, no improvisado. Iba a necesitar tiempo, paciencia, y quizás, con suerte, a alguien con quien compartirlo en algún momento no demasiado lejano.
Pero eso era para después.
Terminé el café, guardé la taza en el lavaplatos, me puse el abrigo y agarré las llaves. Al salir al rellano, la vecina del cuarto me saludó con un gesto desde las escaleras. Le devolví el saludo con una sonrisa que ella no supo interpretar.
Afuera seguía lloviendo.
Llegué al trabajo con cuarenta minutos de retraso y una calma que nadie supo explicarse.