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Relatos Ardientes

Conocí a un activo y terminé haciéndolo gemir

Había aprendido a no hacerse demasiadas expectativas con las aplicaciones de contactos. La mayoría de las conversaciones terminaban antes de llegar a algo concreto: alguien que escribía durante unos minutos y después desaparecía sin avisar, alguien que mandaba fotos y después no respondía más, alguien que prometía venir y cancelaba con un mensaje de una palabra. Yo tenía paciencia, pero tampoco infinita. Prefería el rol pasivo casi siempre, aunque no me cerraba a nada si la química era buena y el tipo me daba confianza.

Esa mañana, cerca de las diez, me apareció un mensaje de alguien que no había visto antes. Se presentó con nombre y apellido —Rodrigo Mena— y con una descripción directa: versátil con preferencia activa, cuarenta años, departamento propio en el barrio. Las fotos que mandó eran recientes y genuinas, sin esa iluminación artificial de los perfiles falsos ni el ángulo calculado para disimular algo. Y algo en su manera de escribir me llamó la atención: sin apuro, sin frases hechas, sin el tono de quien está a punto de desaparecer. Le respondí. En media hora habíamos acordado que me acercaría a su casa esa misma tarde.

Vivía a cuarenta minutos de subte, en un edificio de los años setenta con portero eléctrico y un ascensor que tardaba demasiado. Era contador en una empresa de seguros, me había contado durante el chat. Cuarenta años, diez más que yo. Cuando me abrió la puerta entendí por qué sus fotos parecían tan naturales: eran él sin artificio. Altura media, físico discreto pero cuidado, el tipo de cuerpo de alguien que camina bastante y come bien pero no pisa el gimnasio. Me saludó de mano, con una calma que no era fría sino simplemente segura.

El departamento era ordenado y silencioso. Poco ornamento, muebles funcionales, libros apilados en una repisa junto a la ventana. Me ofreció agua con gas y nos sentamos en el sillón del living. Estuvimos un rato conversando sobre lo habitual en esos primeros encuentros: experiencias anteriores, qué buscábamos, lo extraño que resulta conocer a alguien de esta manera y que aun así la cosa funcione. Rodrigo escuchaba con atención real. No miraba el teléfono. No cambiaba de tema antes de que yo terminara de hablar. Para alguien que se decía activo, tenía una manera de estar que no coincidía del todo con esa etiqueta.

Cuando mi vaso quedó vacío me levanté a dejarlo en la mesada. Me quedé parado un momento, calculando. Después me acerqué hasta donde él estaba sentado, me puse detrás y empecé a masajearle los hombros con las dos manos. El músculo cedió casi de inmediato. Soltó un suspiro largo y cerró los ojos. Le moví los pulgares a lo largo del trapecio, empujando hacia el cuello, y noté cómo el cuerpo entero se le asentaba un poco más en el sillón.

Bajé los labios hasta la base de su cuello. Percibí cómo la piel se le erizaba bajo mi boca, cómo tragaba saliva al sentirme tan cerca. Le besé despacio, sin morder todavía, apenas abriéndome paso por la línea donde el cuello se encuentra con el hombro. Se le escapó un gemido bajo, casi avergonzado, y ahí entendí que la fachada tranquila era eso: una fachada. Le deslicé una mano por el pecho, le marqué el contorno de la clavícula por encima de la camisa, y él se arqueó apenas, buscando más contacto como si el cuerpo ya le estuviera discutiendo a la cabeza.

Se puso de pie despacio, sin apuro, como si no quisiera interrumpir algo. Se dio vuelta. Nos miramos un segundo, los dos sabiendo lo que venía, y después se acercó y me besó. Era un beso con más calma de la que esperaba de alguien que se decía activo. Sin urgencia, sin la prisa de quien quiere llegar rápido a otra parte. Le mordí el labio inferior con cuidado y lo sentí abrir la boca para mí. Empezamos a movernos por el departamento sin hablar, sin decidir nada en voz alta, pero moviéndonos hacia la misma dirección.

Le desabotoné la camisa de arriba hacia abajo, sintiendo el calor de su pecho bajo la tela. Él me desabrochó el cinturón con dedos seguros, me bajó el cierre del pantalón y metió una mano adentro de la ropa interior como si ya supiera exactamente dónde iba a encontrarme. La mano me cerró alrededor de la polla con una presión firme, recorrida por un pulso lento. Me salió un jadeo corto. Se le escapó una sonrisa mínima, satisfecha, y me besó otra vez mientras me acariciaba desde la base hasta el glande, ensuciando todo con una fricción que me dejaba cada vez más duro.

Yo le bajé el pantalón y el boxer juntos, hasta que quedó expuesto. Tenía la verga gruesa, pesada, con la piel tensa y brillante de la excitación. La tomé en la mano y la apreté con fuerza suficiente para arrancarle un sonido ronco, casi un gruñido. Le pasé el pulgar por la cabeza, recogí la humedad que ya le asomaba y se la restregué despacio por la hendidura. Respiraba por la boca, mirándome con una intensidad que ahora sí encajaba con lo que decía de sí mismo, aunque no del todo. Había algo en su cara que pedía ser dominado y algo en su cuerpo que quería mandar, y esa contradicción lo volvía más interesante.

***

La habitación tenía la persiana a la mitad. Una franja de luz de la tarde cruzaba la cama en diagonal. Fuimos quitándonos la ropa el uno al otro con paciencia, sin saltearnos nada, descubriendo cada parte como si el tiempo sobrara. Yo le bajé el boxer del todo, lo hice sentar al borde del colchón y me arrodillé entre sus piernas. Le lamí la verga desde los huevos hasta la punta, con la lengua plana primero y después más concentrada, rodeando el glande, chupándolo con insistencia, metiéndomelo en la boca hasta sentir que me llenaba la garganta.

Él me sostuvo la cabeza con una mano, sin empujar todavía, como si no quisiera romper el ritmo. Cuando empezó a moverse fue un movimiento contenido, de vaivén corto, controlado al principio. Después perdió paciencia. Me tomó del pelo con un poco más de fuerza, me marcó el ritmo desde arriba y dejó salir una respiración temblorosa que me calentó entero. Le escupí un poco de saliva en la punta, seguí chupando y apretando con la mano el resto del trayecto, lamiéndole los huevos con la misma atención con la que después le recorrí la base de la verga, de abajo arriba, hasta oírlo putear entre dientes.

Debajo de la ropa tenía el cuerpo que las fotos prometían: espalda ancha, pecho liso, cadera con algo de carne. Sin exageraciones, sin nada que disimular. Cuando quedó solo con el boxer lo hice quedar boca abajo sobre el colchón y empecé desde los hombros. Mis manos trabajaron toda la espalda, siguiendo la columna, encontrando cada músculo. Él respondía con el cuerpo: se apretaba donde más le gustaba, soltaba el aire cuando mis dedos encontraban un punto nuevo, se movía ligeramente hacia donde yo empujaba. No fingía. Eso era evidente desde el principio. Lo que sentía lo mostraba sin cálculo, lo cual hacía todo mucho más simple.

Bajé con la boca por la columna vertebral, despacio, sin saltar nada. Le mordisqueé la piel de la cintura, le clavé la lengua en la hendidura entre los glúteos y le abrí mejor las piernas con las manos, sosteniéndolo ahí mientras lo iba empujando al borde. Cuando llegué a los glúteos le bajé el boxer de un tirón y continué. Le lamí el culo con una dedicación casi obscena, rodeando el borde, hundiendo apenas la punta de la lengua, volviendo a salir para chuparle la piel húmeda. Le pasé los labios por la zona interior de los muslos, le recorrí cada parte con la misma atención que había puesto en la espalda. Sus caderas empezaron a moverse solas, presionando levemente contra el colchón. Los gemidos eran cortos, involuntarios, el tipo de sonido que no se decide sino que sale.

Metí dos dedos con lubricante y lo abrí despacio, con paciencia, sintiendo cómo se tensaba al principio y cómo después iba soltando de a poco. Me pedía más con los hombros, con las manos agarradas a la sábana, con el culo empujando hacia atrás cada vez que yo retiraba los dedos un poco. Se notaba que quería sentirme adentro, no solo sobre él. Eso le daba al cuarto una tensión húmeda, espesa, de cuerpo contra cuerpo esperando el momento exacto.

Lo di vuelta. Tenía una erección completa desde hacía rato. Me incliné sobre él y continué con el abdomen, los costados, la cadera. Deliberadamente me alejé de lo que él esperaba. Pasé así varios minutos, moviéndome alrededor sin llegar al centro, sin apuro. Le lamí el ombligo, le chupé el pezón hasta endurecerlo, le mordí la piel de la ingle y después volví a la verga, que ya le palpitaba con un temblor insoportable. Sus caderas empezaron a levantarse solas, buscando algo que yo no terminaba de darle.

Hacía mucho tiempo que no me sentía en ese lugar. Era una sensación que no recordaba haber disfrutado tanto.

Volví a darle vuelta. Le abrí las piernas y empecé a estimularle el ano con la lengua. Se aferró a las sábanas con las dos manos. Primero se tensó, después aflojó de golpe, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la cabeza que no tenía sentido resistirse. Lo fui comiendo con calma, empapándolo con saliva, trazando círculos alrededor del agujero hasta que empezó a abrirse de verdad. Los gemidos que salían eran distintos a los anteriores: más cortos, más urgentes, cada uno un poco más alto que el anterior. Se movía hacia mí con las caderas. No era el activo que había descrito en el perfil, o quizás sí lo era en otros contextos, pero no conmigo y no esa tarde.

Le metí un dedo, después dos, profundizando despacio mientras seguía lamiéndolo. Respiraba entrecortado, con la boca abierta, y cada empuje mío le arrancaba una sacudida visible. Cuando empecé a mover los dedos de adentro para afuera, la piel de sus muslos se puso tensa y brillante. Me pidió que siguiera sin decirlo del todo, apenas con un ruido ahogado que no dejaba lugar a dudas. Le obedecí. El lubricante y la saliva hicieron el resto. El cuarto se llenó de ese sonido húmedo, de la respiración trabada y del golpeteo suave de su cuerpo contra el colchón.

***

Se quedó boca abajo y levantó las caderas despacio, sin que yo dijera nada. Era un gesto sin ambigüedad posible. Me detuve y lo miré. Tenía los ojos cerrados, los hombros tensos, la mandíbula apretada.

—Por favor —dijo en voz baja. No pedía. Indicaba.

Me levanté a buscar el preservativo al bolsillo de mis pantalones. Cuando volví a la cama lo encontré exactamente en la misma posición, esperando. Le puse lubricante con los dedos primero, con calma, midiendo cómo respondía. No protestó en ningún momento. Cada vez que avanzaba un poco, me atraía hacia él con la mano. Volví a abrirlo con dos dedos, hundiéndolos más hasta que el ano empezó a ceder con un espasmo húmedo. Le di una chupada más en la boca del culo, le lamí los huevos, me acomodé detrás de él y le rocé la entrada con la punta de la verga cubierta por el preservativo, dejando que sintiera el calor antes de entrar.

Me coloqué el preservativo, añadí más lubricante y empujé despacio. Noté cómo cedía, cómo me recibía. Entré hasta el fondo en dos movimientos lentos y me quedé quieto un momento, apoyado sobre su espalda, escuchando el ritmo de su respiración. Esperé a que se acomodara antes de seguir. Tenía el culo apretando y aflojando por oleadas, como si el cuerpo se abriera de a tramos, tragándose la verga con una mezcla de urgencia y goce que me apretó el pecho.

Empecé a moverme.

Al principio despacio, buscando la cadencia, calibrando cuánta presión usar. Él tenía las manos aferradas a la almohada. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, dejaba escapar un sonido que me recorría entero. Tomé las caderas con las dos manos y aumenté el ritmo. Él arqueó la espalda y empujó hacia atrás, cerrando el espacio entre los dos. La cama crujía con cada embestida, y el sonido de su culo recibiéndome, húmedo y abierto, hacía que todo fuera más sucio, más directo, más animal.

—Así —dijo entre dientes—. No pares.

No paré. El cuarto se llenó del ruido de los dos, de la fricción, de las respiraciones que ya no tenían ningún control. Le metí la mano debajo del pecho y lo levanté apenas, buscando más ángulo, más profundidad. Sentí que algo se acumulaba y apoyé la frente entre sus hombros, cerrando los ojos, esforzándome por no terminar antes de tiempo. Sus gemidos se habían vuelto constantes, sin pausas, y cada vez que empujaba con más fuerza soltaba algo que sonaba como una mezcla entre alivio y exigencia.

—Me vas a hacer acabar así —dijo con la voz cambiada.

Salí despacio. Lo di vuelta boca arriba y empecé a terminarle con la mano, mirándolo. Le agarré la verga con firmeza, subiéndola y bajándola con el ritmo justo, mientras con el pulgar le acariciaba el glande y la otra mano le sujetaba la cadera para que no se escapara. Tardó menos de un minuto. Acabó con las piernas rígidas, echado hacia atrás, y un grito corto que no intentó disimular. El semen le salió a pulsos contra su abdomen y parte del pecho, caliente y espeso, mientras yo seguía apretándole la base para prolongarle el orgasmo hasta que se quedó temblando. Después me tomó la mano y la guió. Terminé yo también.

***

Nos quedamos tumbados sin hablar durante varios minutos. La franja de luz en la pared se había desplazado. Él tenía la respiración todavía acelerada. Yo miraba el techo y pensaba en nada en particular.

—Hacía tiempo que no me dejaba así —dijo al final.

—¿Pensabas que ibas a ser vos el activo?

—Lo di por descontado, sí. No siempre funciona así.

—A mí me suele pasar al revés —le dije—. Casi siempre prefiero el otro rol. Pero algo en vos me lo sacó.

—Se nota que disfrutás. No sos de los que solo quieren terminar rápido.

—Me importa el tipo que tengo al lado. Si a él no le va bien, a mí tampoco.

—Y lo hacés muy bien. ¿Te gustaría repetir?

—No tengo ningún problema.

Nos duchamos por separado. Después él preparó algo frío para tomar y nos sentamos en la cocina otro rato, hablando con la calma específica que queda después de la primera vez cuando todo sale bien. Esa mezcla rara de descanso y liviandad que pocas cosas producen. Antes de que me fuera nos pasamos los números de teléfono. Quedamos en coordinarnos cuando pudiera.

***

Lo vi cuatro veces más a lo largo de los meses siguientes. El intercambio de roles se fue volviendo más fluido con cada encuentro: a veces yo llevaba las riendas, a veces él, sin que ninguno lo planificara de antemano ni lo discutiera después. Nos llevábamos bien en la cama, lo cual, con el tiempo fui entendiendo, no es algo que se pueda dar por descontado. El problema era que Rodrigo tenía una agenda muy complicada —viajes de trabajo, compromisos familiares que nunca terminaba de explicar bien— y los horarios casi nunca coincidían sin esfuerzo. Los mensajes se fueron espaciando solos. En algún momento dejamos de escribirnos.

No hubo conversación al respecto ni nadie que explicara nada. Simplemente fue así, y los dos lo dejamos ir sin drama.

***

Por esa época llevaba una vida bastante compartimentada. Tenía a Patricia desde hacía tres años: era mi novia oficial, la que conocía a mi familia, la que me imaginaba en algún proyecto a largo plazo. Con ella todo era estable y predecible, lo cual tenía valor pero también sus limitaciones. Y después estaba Verónica, que aparecía y desaparecía según sus ganas, sin aviso previo ni explicaciones claras.

Verónica era intensa cuando estaba y conflictiva cuando no. Sabía que no era la única pero no lo aceptaba. Cada vez que nos separábamos llegaban los mensajes: que yo era un egoísta, que si la quería de verdad tenía que elegirla, que no era justo para nadie. Tenía razón en algunas cosas, pero eso no hacía más fácil escucharla. Me desgastaba sin que yo terminara de cortar, atrapado en ese ciclo en el que uno posterga las decisiones difíciles porque la alternativa también cuesta.

Lo de Rodrigo era de otra naturaleza. Sin reproches, sin reclamos, sin necesidad de definir nada de antemano. Cada vez que nos veíamos era simplemente eso: dos personas que se llevaban bien en la cama y disfrutaban del tiempo juntos. Quizás justamente por eso lo recordé durante mucho tiempo después. No porque haya sido el encuentro más intenso que tuve, sino porque era el más limpio.

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Comentarios(7)

Fercho_G

muy bueno!!! de los mejores que lei en su categoria

TomásNorte

Por favor una segunda parte, quede enganchado con el relato. Como sigue??

DiegoCba_ok

Me encanto como cambia la dinamica sin que te lo esperes. Se siente muy autentico

PatricioV88

Jajaja me recuerda a algo que me paso hace tiempo, pero la mia no tuvo ese giro. Buenisimo

SantiagoBaires

Increible, se siente real sin ser burdo. Sigue subiendo que tenés talento

nocheW

corto pero vale la pena, excelente!

MiguelViajero

esa intro del chat me engancho de entrada. Gran relato

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