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Relatos Ardientes

Lo que empezó como un negocio terminó en su cama

Llevaba quince años casado con Nadia, una mujer inteligente y cariñosa que me hacía la vida fácil. No tenía razones para quejarme. Un sábado de octubre organizamos una cena en casa con tres parejas de amigos del trabajo. Éramos ocho personas alrededor de la mesa cuando Tomás y Verónica llegaron con una pareja que yo no conocía: él se llamaba Rodrigo.

Cuarenta y siete años. Metro ochenta y cinco, quizá más. Espalda ancha, mandíbula cuadrada, barba cerrada de tres días que le daba un aire de hombre que no pierde el tiempo en cosas que no importan. Llevaba una camisa gris oscuro remangada hasta los codos y hablaba poco, con esa seguridad tranquila que no necesita levantar la voz para ocupar toda la habitación. A su lado, su mujer —Patricia— parecía fuera de lugar: menuda, de gesto avinagrado, con esa energía pesada de quien lleva años siendo infeliz y lo hace saber a cualquiera que se acerque.

Me caí mal con Patricia a los diez minutos de conversación. Rodrigo, en cambio, me inquietó desde el principio de una forma que prefería no analizar demasiado.

Lo observé durante toda la cena con más discreción de la que tenía. Había tenido alguna experiencia con hombres antes, nada demasiado serio, episodios que archivé bajo la categoría de curiosidad y preferí no revisitar. Me decía que era cosa de juventud. Pero ese hombre no era una curiosidad ni era joven. Era un hecho físico sólido que ocupaba espacio en la habitación de una manera que no me resultaba fácil de ignorar.

Al final de la noche intercambiamos números casi por protocolo. Rodrigo trabajaba en logística de importación de materiales de construcción, yo en distribución regional. Había terreno común para una conversación de negocios. Me dije que era solo eso.

***

Pasó casi un mes hasta que me llegó su mensaje. Escueto, directo, como era él: quería visitar mi almacén, tenía una propuesta que podría interesarme. Le respondí que sí sin pensarlo demasiado. El viernes siguiente apareció puntual, con un maletín fino de cuero y esa misma camisa oscura, o una igual.

Lo llevé a recorrer las instalaciones. Fuera del contexto social, Rodrigo era distinto: más expansivo, más presente. Empezó a reír cuando le mostré el sistema de catalogación que había montado yo solo durante años y que era, reconozco sin orgullo, un caos con buenas intenciones. Tenía una risa contenida, casi privada, que hacía que uno sintiera que la había ganado. Cuando sonreía, la tensión de su mandíbula se suavizaba y el hombre serio de la cena del sábado se transformaba en algo más difícil de gestionar.

Comimos en el bar del polígono. Un sitio sin pretensiones, con sillas de plástico y un televisor encendido a un volumen innecesario. Antes del café, Rodrigo puso el maletín a un lado, apoyó los codos en la mesa y me miró con una franqueza que me tomó por sorpresa.

—Mi matrimonio es una farsa desde hace años —dijo, sin preámbulo—. Patricia y yo seguimos juntos por costumbre, no por otra cosa. Ella me confesó hace tiempo que le atraen otros hombres. Yo lo sé y lo acepto. Lo que no acepto es quedarme parado mirando.

Escuché sin interrumpir.

—Busco a alguien de confianza —continuó—. Un hombre que se entienda bien con los dos. Que esté con ella mientras yo estoy presente. Así lo quiere ella. Dice que se siente más segura de esa manera.

Estuve a punto de decirle que me parecía una situación complicada. En cambio, pregunté qué sacaba él de todo aquello.

—Eso es asunto mío —respondió, y en su voz no había ni brusquedad ni evasión. Solo una frontera muy clara trazada con mucha calma.

Me quedé pensando dos días. Me convencí de que lo haría por Patricia, de que al final tampoco estaba tan mal si uno apartaba el gesto. Me convencí de muchas cosas que eran ciertas solo a medias. La verdad era más sencilla y bastante más incómoda: quería volver a estar en la misma habitación que Rodrigo.

***

La noche que acordamos fue un viernes de noviembre. Rodrigo llegó con Patricia a mi cabaña de la sierra, una propiedad pequeña que uso cuando necesito distancia de la ciudad. Los recibí con cena ligera y una botella buena. Patricia hizo el esfuerzo de mostrarse simpática y casi lo conseguía. Rodrigo estuvo tranquilo toda la noche, bebiendo despacio, observando la situación con esa calma suya que a esas alturas me resultaba más cargada que relajada.

Bailamos los tres después de la cena. Toqué a Patricia, noté que su cuerpo era delgado, tenso, con la rigidez de alguien que intenta parecer natural en una situación que no lo es. No me resultó desagradable. Simplemente estaba ahí, cumpliendo su papel en una escena cuyo verdadero protagonista llevaba toda la noche sentado en el sillón con las piernas cruzadas, mirándolo todo sin perder detalle.

Poco después de medianoche, los tres habíamos bebido lo suficiente para que los bordes de la situación se volvieran borrosos. Subimos al dormitorio sin que nadie lo dijera en voz alta.

En la cama, Rodrigo y yo desvestimos a Patricia entre los dos. Ella se dejó hacer con esa pasividad total de quien decide no participar sino recibir. Cerré los ojos un instante, me recompuse, me concentré en lo que tenía delante.

Entonces Rodrigo empezó a desvestirse.

No tengo otra forma de describirlo: era extraordinario. Pecho ancho, vientre plano, brazos que hacían que todo lo demás pareciera construido con materiales de segunda. Tenía la clase de cuerpo que uno ve en otros hombres y hace que te preguntes cómo es posible que alguien esté tan bien hecho. Cuando se quedó sin ropa, me detuve un segundo que duró demasiado. Era grande, muy grande, y lo que sentí al verlo no era admiración abstracta.

Me puse con Patricia, que recibió todo con pasividad absoluta, como si su cuerpo fuera un espacio prestado para la ocasión. El ritmo era el que yo marcaba. A mi lado, Rodrigo se colocó también sobre su mujer, y en ese momento, sin haberlo planeado, deslicé la mano por debajo y lo toqué.

Era como agarrar algo diseñado para desequilibrarte. Grueso, firme, caliente bajo mis dedos. Se me cortó la respiración. Rodrigo no dijo nada. No se apartó. Siguió moviéndose y yo seguí con la mano donde estaba, sintiendo el ritmo de ambos, hasta que Patricia empezó a estremecerse y luego se quedó quieta y silenciosa, con ese abandono de quien ha terminado y no tiene más que ofrecer.

***

Me quedé frente a Rodrigo.

Patricia tenía los ojos cerrados. La respiración se hizo lenta, profunda, regular. Rodrigo me miró desde el otro lado de la cama con una expresión que no era una pregunta sino una espera. Me moví hacia él. Me arrodillé entre sus piernas y lo tomé con la boca despacio, sin apuro, explorando cada centímetro. Él apoyó la cabeza en el cabecero y exhaló el aire que había estado reteniendo. Sus manos no me guiaron ni me rechazaron. Había algo en esa actitud —entre contenida y exigente— que me resultaba más excitante que cualquier cosa que pudiera decir o hacer.

Lo estuve haciendo largo rato. Después Rodrigo me cambió de posición con una economía de movimientos que indicaba que sabía exactamente lo que quería. Me colocó como quiso y me penetró despacio, muy despacio, con esa misma calma que lo caracterizaba en todo. Cada centímetro era una pregunta y yo la respondía con el cuerpo, apretando los dientes al principio y luego relajándome en algo que era dolor e intensidad mezclados de una manera que no sabía que existía. Cuando terminó, se quedó encima de mí y yo no le pedí que se moviera.

Patricia dormía a nuestro lado sin haberse enterado de nada. Me enteré más tarde de que había mezclado el vino con pastillas para la ansiedad, algo que hacía desde hacía tiempo por sus propios nervios. Lo que ocurrió esa noche entre Rodrigo y yo existió solo para nosotros dos.

***

Al día siguiente desayunamos los tres como si nada hubiera pasado. Patricia hizo comentarios sobre el tiempo y el trayecto de vuelta. Rodrigo bebió el café de pie, mirando por la ventana de la cabaña. Antes de marcharse, cuando Patricia ya había bajado al coche, Rodrigo me apretó el brazo un segundo en el pasillo. Solo eso.

Patricia me llamó dos días después. Quería repetir. Nos vimos un par de veces en mi piso de la ciudad, ella y yo solos, y fue correcto pero sin sustancia. Ese cuerpo sin Rodrigo al lado no me producía nada que valiera la pena. Lo corté sin darle explicaciones.

Con Rodrigo fue diferente. Una tarde me escribió: «¿Tienes tiempo esta semana?». Quedamos en un hotel del centro. Una habitación limpia, impersonal, con las persianas bajadas a las cinco de la tarde. Entró, cerró la puerta, me miró un momento, y luego todo ocurrió con la misma calma de siempre: sin brusquedad pero sin titubeos. Sabía exactamente lo que quería y yo sabía que estaba dispuesto a dárselo.

Desde entonces los jueves son suyos.

No hemos hablado de lo que somos ni de lo que hacemos cuando cerramos esa puerta. Rodrigo no es de los que necesitan ponerle nombre a las cosas, y yo he aprendido a no necesitarlo tampoco. Llego, me registro, subo. A los diez minutos escucho el golpe suave de sus nudillos en la puerta. Me hace suyo durante un par de horas con esa mezcla de autoridad y cuidado que todavía me descoloca, aunque ya sé perfectamente de qué va.

Nadia ha empezado a notar que los jueves vuelvo tarde y distinto. No ha preguntado directamente pero hay preguntas en su manera de mirarme cuando entro por la puerta. Tarde o temprano tendrá que hacerlas en voz alta y yo tendré que responder algo. Todavía no sé qué decirle.

La verdad es que tampoco lo entiendo del todo yo. Cómo un hombre que se creía perfectamente instalado en su vida llegó a una cena de amigos hace un año y salió de ahí con algo que no tenía nombre pero que no ha podido, ni querido, soltar desde entonces. Cómo ese algo tiene la forma exacta de un hombre de cuarenta y siete años con barba cerrada y camisa remangada que apenas habla, pero que cuando abre la puerta de esa habitación dice todo lo que necesito escuchar.

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Comentarios (5)

DamianRio

Excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

pibe_sur

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo entre ellos

ManuelT_22

Me recordo a una situacion similar que viví hace unos años. Esas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Muy bien narrado

NocheEterna

increible, me encanto como esta contado

curiosaBA

Y despues de eso como quedó la relacion de negocios? me quede con esa duda jajaja

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