La primera vez que un hombre me hizo perder el control
Tengo cuarenta y ocho años. Soy abogado en un estudio que cofundé hace quince años, especializado en derecho mercantil para empresas medianas. Vivo en un piso amplio al norte de la ciudad con Elena, mi esposa desde hace veintidós años, y nuestros tres hijos, el menor de los cuales acaba de cumplir dieciséis. Desde fuera es una vida resuelta. Desde dentro también lo era, o al menos eso pensaba yo.
No soy de los que se hacen preguntas innecesarias. Esa es una virtud como abogado y un defecto como persona. Durante casi cinco décadas fui quien se suponía que debía ser: buen profesional, buen marido, buen padre. Heterosexual sin matices ni dudas. Sin momentos que no pudiera explicar.
Todo cambió en una tarde de octubre, en una gasolinera de las afueras donde paré a llenar el depósito antes de volver a casa.
Estaba sacando la tarjeta del monedero cuando alguien se acercó. Era un chico joven, veinticuatro años o quizás algo menos, con una tableta en la mano y una sonrisa que no parecía ensayada. Delgado, de hombros estrechos, con el pelo rubio casi cayendo sobre un ojo. Llevaba una camisa azul clara bien planchada y hablaba con una cortesía que en alguien de su edad me pareció inhabitual.
Me pidió que respondiera una encuesta sobre hábitos de movilidad. Accedí sin saber bien por qué. Respondí las preguntas mientras él las anotaba, y cuando terminamos me agradeció con una pequeña inclinación de cabeza que tenía algo de anticuado y algo de encantador al mismo tiempo.
Estaba subiendo al coche cuando me preguntó si por casualidad pasaba cerca del metro de Argüelles. Necesitaba llegar allí y le quedaba lejos caminando.
—Sube —le dije.
Durante el trayecto me habló de una aplicación que estaba desarrollando para la gestión de inventarios en pequeños comercios. Lo hacía con claridad, sin los titubeos que suelen acompañar a la gente joven cuando habla de sus proyectos. Cuando le pregunté qué asesoramiento legal había conseguido hasta ese momento, me dijo que ninguno. Le di mi tarjeta. Él la guardó en el bolsillo de la camisa con un gesto cuidadoso que me fijé sin querer fijarme.
Esa noche, en la cama, Elena dormía a mi izquierda y yo llevaba una hora mirando el techo. No pensaba en nada concreto, o eso me decía. Repasaba la conversación, la cortesía del chico, su forma de explicar las cosas. A las tres de la madrugada me quedé dormido y soñé con él. No era un sueño inocente. Me desperté con la claridad incómoda de quien acaba de descubrir algo que preferiría no saber.
Lo guardé. Seguí con mi semana.
Matías me llamó el martes siguiente. Quedamos el jueves en un café del centro para revisar sus documentos. Llegó puntual, con una carpeta ordenada y una lista de preguntas preparadas. Pasamos casi dos horas repasando sus contratos. Cuando terminamos con el trabajo se quedó conversando, sin prisa, como si el encuentro no tuviera que acabar solo porque el pretexto profesional se hubiera agotado.
Me invitó a un segundo café. Acepté.
Hablamos de su ciudad natal, del proceso de montar algo propio siendo tan joven, de las diferencias entre trabajar solo y trabajar con otros. Escuchaba bien. No interrumpía. Cuando opinaba lo hacía con una convicción que no era arrogancia sino seguridad. Me fijé en sus manos mientras hablaba, en cómo apoyaba los codos en la mesa, en la línea limpia de su mandíbula. Me fijé en cosas en las que no tenía ningún motivo para fijarme.
Quedamos tres veces más ese mes. La primera en el café, la segunda en su apartamento para revisar un contrato con su proveedor principal, la tercera también en su piso, una tarde de lluvia en que había conseguido su primer cliente real y quería celebrarlo.
Descorchó una botella de cava que claramente le había costado más de lo que debería haberse gastado. Brindamos de pie en su pequeña cocina. Había algo diferente en él esa tarde: estaba más tranquilo, menos pendiente de parecer profesional, más él. Reímos con facilidad. El tiempo pasó sin que yo lo vigilara.
Cuando miré el reloj eran las nueve de la noche. Le había dicho a Elena que llegaba a las ocho.
Me puse la chaqueta. Matías me acompañó hasta la puerta. En el umbral me dio un abrazo breve, de los que son más costumbre que afecto, pero al apartarse quedó un segundo más cerca de lo habitual. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Y yo, que llevaba cuarenta y ocho años sabiendo exactamente lo que haría en cada situación, giré la cabeza.
Nuestras bocas se encontraron. Un segundo, quizás dos. Podría haber sido un error de cálculo.
No lo fue. Él lo entendió antes que yo. Entreabrió los labios despacio y yo no me retiré. Su lengua encontró la mía con una calma que no esperaba de alguien tan joven. Me rodeó con los brazos, me atrajo hacia él, y yo me dejé llevar sin oponer resistencia, sin pensar en el reloj ni en Elena ni en nada que estuviera fuera de ese umbral.
Cerramos la puerta.
***
Su cuerpo era distinto a todo lo que había conocido. No solo por las diferencias obvias, sino por algo más sutil: la textura de su piel, más fina, la delgadez de sus muñecas, la forma en que sus omóplatos se marcaban apenas cuando se quitó la camisa. Lo observé un momento antes de tocarlo, con la atención que uno presta a algo que quiere recordar bien.
Lo recorrí despacio. Sus hombros, su cuello, la línea de su clavícula. Lo besé en el pecho, en el costado, en el hueso de la cadera. Él tenía los ojos entornados y respiraba despacio, sin prisa. No actuaba. Solo estaba.
—¿Es la primera vez? —preguntó en voz baja.
—Sí —dije.
—Se nota —dijo, y sonó como un cumplido, no como una observación.
Lo tomé con la boca con una atención que no había prestado a nada sexual en años. Su respuesta era pequeña e inequívoca: la tensión en sus muslos, la presión suave de su mano en mi cabeza, un sonido bajo que no era gemido sino confirmación. Cuando estaba cerca del límite me retiré.
Me tendí de espaldas y él tomó el relevo con una concentración que me dejó sin defensa. Hizo cosas con la boca que ninguna mujer me había hecho. Prestó atención a partes de mi cuerpo que yo había ignorado durante décadas, con una paciencia que no parecía esfuerzo sino genuino interés. Exploró sin apresurarse, leyendo mis reacciones con una precisión que me descolocó por completo.
Cuando acabé lo hice con una sacudida que me dejó unos segundos incapaz de hablar. Él lo recibió todo sin apartar la boca.
Me quedé en silencio mirando el techo de su habitación. Matías se tumbó a mi lado sin decir nada, con el brazo rozando el mío. Ese contacto pequeño me pareció más íntimo que todo lo anterior.
Llegué a casa pasadas las once. Elena ya dormía. Me duché despacio y me metí en la cama tratando de identificar lo que sentía. No lo conseguí esa noche.
***
Lo volví a ver la semana siguiente.
Ya no había pretexto de trabajo: quedábamos directamente para estar juntos. Matías era cariñoso sin necesitar nada a cambio, curioso sin resultar invasivo. Tenía una forma de estar en el cuerpo del otro que transmitía experiencia sin alardes, y que me fue enseñando cosas que no habría sabido nombrar antes de conocerlo.
Con Elena todo siguió exactamente igual. Los desayunos, los hijos, las cenas del viernes. Yo era el mismo desde fuera. Por dentro algo había girado en una dirección que no tenía vuelta atrás.
En varias ocasiones eyaculé en su boca a petición suya. Él disfrutaba eso con una franqueza que me resultaba completamente nueva: sin fingir, sin necesitar que yo lo elogiara, simplemente satisfecho. En otra tarde pasamos horas sin salir de la cama, probando cosas con la misma curiosidad despreocupada que tienen dos personas que están aprendiendo juntas, aunque él claramente llevaba años sabiendo más que yo.
Hubo también tardes en que hacíamos todo y tardes en que apenas nos tocábamos, tumbados en su sofá hablando de su empresa o de nada en particular. Esas tardes tranquilas me sorprendían más que las otras, porque en ellas no había nada que justificara lo bien que me sentía estando allí.
Un mes después de la primera vez, Matías me pidió que me quedara quieto. Empezó desde los hombros y fue bajando sin prisa, dedicando tiempo a cada parte como si tuviera un mapa y pensara recorrerlo entero. Sus labios en la espalda, en el hueco de los riñones, en el interior de los muslos. Cada vez que yo intentaba moverme, él apoyaba con suavidad una mano y yo me quedaba quieto otra vez.
Cuando sentí su cuerpo posicionarse de una manera que no había experimentado antes, no reaccioné con miedo. Respiré despacio. Lo dejé entrar.
Lo que siguió no lo tenía clasificado en ningún archivo mental previo. No era solo la sensación física, aunque eso también era nuevo. Era la entrega completa, la ausencia total de control, el hecho de recibirlo en lugar de dar, de estar completamente presente sin tener que pensar en el otro. Matías me susurraba al oído con palabras simples y directas, sin adornos. Yo lo escuchaba todo. Cuando llegó al final, lo sentí de principio a fin.
Los dos permanecimos inmóviles durante un buen rato. Él no preguntó nada. Yo tampoco dije nada. Era de esas situaciones en que el silencio no es incómodo sino exacto.
***
Han pasado varios meses desde aquella tarde en la gasolinera. Matías y yo nos seguimos viendo cada semana o cada dos semanas, según los horarios. Su aplicación ya tiene una docena de clientes y un equipo pequeño. Yo lo sigo asesorando cuando tiene dudas legales, aunque a estas alturas ese es el pretexto más que el motivo real de nuestros encuentros.
Elena no sabe nada. Nadie en mi entorno lo sabe. En el trabajo soy el mismo de siempre.
No tengo claro cómo llamar a lo que soy. A los cuarenta y ocho años resulta difícil reconfigurarse con palabras nuevas, y tampoco estoy seguro de que las palabras añadan algo útil a lo que ya existe. Lo que sí sé es que durante décadas ignoré algo que vivía en mí, callado y sin nombre, y que ahora ya no puedo actuar como si no lo hubiera descubierto.
Si alguien me preguntara si me arrepiento, le respondería que no. No de Matías, no de lo que ocurrió esa tarde en su umbral, no de ninguna de las tardes que vinieron después. Me arrepiento, quizás, de haber tardado tanto tiempo en llegar hasta aquí.
Esta historia la estoy contando por primera vez. Y me sorprende lo bien que sienta escribirla.