Nunca pensé que un hombre me pondría así
Cuento esto con una mezcla de vergüenza y satisfacción que todavía me cuesta separar. Me llamo Roberto, tengo cuarenta y seis años, soy arquitecto y llevo dieciocho años casado con mi esposa, una mujer inteligente, atractiva y, seré honesto, excelente en la cama. Y sin embargo, desde hace años tengo una amante joven con quien me veo dos o tres veces por semana. También me acuesto, cuando coincide, con una colega casada que sabe exactamente lo que hace. No me falta el sexo. Nunca me ha faltado. Siempre me consideré un hombre de gustos muy claros.
Fue hace casi dos años. Me encargaron una consultoría de restauración en una hacienda vinícola de la región central, un lugar con casonas de piedra caliza y bodegas subterráneas del siglo pasado. El responsable de recibirme fue Rodrigo, el director de producción de la hacienda. Tenía unos cuarenta años, era alto, de hombros anchos y esa mandíbula cuadrada que parece esculpida. Manos grandes, gestos pausados, una voz grave sin esfuerzo. No era el tipo de hombre que necesita llamar la atención: la atención ya estaba ahí cuando él entraba a cualquier espacio. Las empleadas del lugar lo trataban con una deferencia que iba más allá de lo profesional. Yo lo saludé con un apretón de manos y pensé: tipo agradable, competente, sin más.
Pasamos todo el día recorriendo los edificios. Rodrigo conocía cada grieta, cada arco, cada bodega subterránea como si hubiera nacido allí. Habló de historia de la arquitectura regional con una precisión que no esperaba de alguien en su puesto. Cuando cayó la tarde y los últimos rayos de sol tiñeron las viñas de un naranja sucio, me propuso cenar en el comedor principal antes de que me llevaran al hotel del pueblo. Acepté sin pensarlo.
La cena duró más de tres horas. Abrimos cuatro botellas distintas, todas de la hacienda, y Rodrigo explicó cada una con la paciencia de quien lleva décadas estudiando algo que también ama. Yo bebí más de lo que debería. Cuando llegó el momento de ir al hotel, era evidente que ninguno de los dos estaba en condiciones de terminar la noche. Él sugirió subir a continuar la conversación en la habitación que el hotel me tenía reservada, aprovechando que habían dejado una botella de cortesía. Acepté.
La suite tenía una terraza sobre los viñedos. En la oscuridad, las hileras de vides parecían líneas negras sobre la tierra. Nos sentamos afuera con las copas en la mano y la conversación fue derivando, como suelen hacerlo las conversaciones largas y empapadas en vino, hacia el sexo. Rodrigo habló de mujeres con la tranquilidad de alguien con mucha experiencia y poca necesidad de impresionar. Yo también compartí. Reímos. Me sentí cómodo. El aire nocturno era fresco y olía a tierra húmeda.
En un momento dado, Rodrigo se levantó y fue al baño. Dejó la puerta entreabierta: descuido o costumbre, no lo sé. Yo no pretendí mirar, pero la disposición de la habitación y el ángulo del espejo me dieron una imagen que no busqué. Lo vi de perfil, orinar. Vi lo que tenía entre las manos.
Aparté los ojos. La imagen se quedó.
Volvió a los sillones y sacó de su bolsillo algo que al principio creí un cigarrillo. El olor lo desmintió. Marihuana. Le dije que no fumaba. Insistió con un gesto amable, sin presionar. Tomé el cigarrillo con torpeza e intenté darle una calada. Él se rio suavemente, sin condescendencia, solo divertido. Alargó los dedos, lo puso entre mis labios y lo sostuvo mientras yo aspiraba. Sus yemas rozaron la comisura de mi boca. Fue un contacto brevísimo. Pero lo noté en el pecho.
—Saca el humo despacio —dijo en voz baja.
Lo hice. Entonces él se inclinó y me pidió el humo. Yo no entendí hasta que ya era demasiado tarde: su cara estaba a centímetros de la mía. Saqué el humo con la boca entreabierta, y él aspiró, y en ese instante sus labios se apoyaron sobre los míos. No fue un beso largo. Fue un roce deliberado, suave, claro en su intención. Cuando se separó, yo no me moví.
Él tampoco.
Después volvió a besarme, esta vez sin el pretexto del humo, y yo lo dejé. Me tomó la mandíbula con una mano y me besó con una calma que me desconcertó, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo nunca había besado a un hombre. No sabía qué hacer con las manos. Las puse sobre sus hombros sin pensar, y él interpretó eso como lo que era: que no iba a parar.
Me llevó adentro. Me senté en el borde de la cama. Rodrigo se quedó de pie frente a mí, me miró un momento sin decir nada, y empezó a desabotonarme la camisa con movimientos lentos y seguros. Cuando me la quitó, bajó la cabeza y me recorrió el pecho con la boca, los pezones, el cuello. Yo tenía el corazón acelerado y las manos quietas sobre las sábanas. No era exactamente miedo. Era algo más parecido al vértigo justo antes de saltar.
—¿Quieres parar? —preguntó contra mi clavícula, sin levantar la cabeza.
—No —respondí. Y era verdad.
Se quitó la camisa. Torso ancho, vientre plano, vello oscuro en el pecho y el abdomen. El cuerpo de un hombre que trabaja con las manos y también cuida lo que tiene. Me quitó el pantalón con una eficiencia que hizo que todo pareciera natural, como si esto fuera algo que ya habíamos hecho antes. Luego se arrodilló frente a mí y me tomó en su boca.
Nunca nadie me había hecho eso así. Con esa concentración, con esa paciencia deliberada. Mi esposa lo hace bien. Mis amantes, también. Pero Rodrigo sabía exactamente dónde poner la lengua, cuándo apretar y cuándo aflojarse, y en diez minutos yo estaba sujetando las sábanas con las dos manos sin poder pensar en nada más que en lo que sentía.
Cuando se puso de pie, vi lo que el pantalón le había estado ocultando toda la noche. Era impresionante: grueso, largo, con unas venas que parecen exageradas hasta que las tienes frente a ti. Me miró con una calma que me desconcertó.
—Te toca —dijo.
Nunca había hecho esto. Me quedé quieto un segundo. Pero algo en mí ya había decidido antes de que mi cabeza terminara de pensarlo. Me incliné hacia él, lo tomé con la mano primero, aprendiendo el peso y la textura. Luego abrí la boca y lo recibí. El sabor era salado, cálido, intenso. Lo estuve mamando un buen rato, con las manos en sus caderas, encontrando el ritmo que le gustaba por cómo respondía su cuerpo.
Terminamos en la cama en una posición que ninguno de los dos planeó: simplemente nos movimos hasta quedar boca con boca y cadera contra cadera, y el resto fue instinto. Me exploró partes que nadie me había explorado antes. Introdujo los dedos despacio, con cuidado, dándome tiempo en cada paso. Cuando finalmente me dijo lo que iba a hacer, yo llevaba un rato esperándolo.
Al principio fue solo presión. Una incomodidad intensa que no era exactamente dolor. Rodrigo no se movió hasta que yo le dije que podía seguir. Entonces comenzó lento, paciente, ajustando el ritmo a lo que mi cuerpo le indicaba. Me habló al oído con voz grave. Me dijo cosas que no voy a repetir aquí y que me hicieron perder cualquier resto de pudor que me quedara. Cuando aceleró, yo ya no pensaba en nada que no fuera eso.
Duró mucho más de lo que yo habría podido aguantar en su lugar. Cuando le pedí que terminara en mi boca, me miró un momento, serio. Le sostuve la mirada. Me arrodillé frente a él y lo recibí hasta el final. Lo tragué. No sentí repulsión. Sentí la satisfacción concreta de alguien que llega exactamente donde quería llegar.
Esa noche dormí poco. La mañana siguiente fue incómoda exactamente diez minutos, el tiempo que tardé en dejar de pretender que lo que había pasado era un accidente.
***
Pasaron cinco meses. Rodrigo me envió un mensaje con su dirección en la ciudad y una hora. Sin más explicaciones. Fui.
Conduje durante dos horas con el estómago apretado y la mente enfocada en una sola cosa. Llegué erecto. Cuando abrió la puerta, nos abrazamos sin decir nada, y yo tenía la mano en su nuca y la boca buscando la suya antes de que él cerrara.
Había dejado algo sobre la cama: un bóxer de tela fina, color rojo oscuro. Me pidió que me lo pusiera. Lo hice sin avergonzarme. Me miré en el espejo del dormitorio con esa prenda que no era mía y entendí algo que la primera vez no había terminado de entender: que hay partes de uno mismo que solo aparecen con ciertas personas, en ciertos contextos, y que esas partes no son menos reales que las demás.
Rodrigo tardó casi una hora en quitarme ese bóxer. Me recorrió entero con una paciencia deliberadamente lenta. Cuando finalmente volvió a penetrarme, yo llevaba un buen rato pidiéndoselo en voz alta sin ningún pudor. Le dije que era suyo, que me llenaba, que quería más. Esa noche me olvidé completamente de quién se suponía que era fuera de ese cuarto y me quedé solo con lo que quería.
Estuvimos tres días juntos. Dormimos lo justo. Hablamos más de lo que esperaba. Me fui con esa extraña claridad que da hacer algo que no sabías que necesitabas hasta que lo haces.
No sé bien qué soy ahora. La palabra bisexual me parece un poco pequeña para lo que cambia cuando estás con un hombre que sabe exactamente lo que quiere. Sigo con mi esposa. Sigo con mis amantes. Y cuando Rodrigo me escribe, sigo yendo.
No tengo la menor intención de parar.