Camila no sabía que la cámara del despacho seguía activa
Mi suegro siempre fue un hombre obsesionado con el control. Por eso, cuando me encargó instalar las cámaras del despacho de la empresa y del salón del chalet, sabía que tarde o temprano me iba a tocar revisar lo que aquellas cámaras grababan. Lo que no imaginaba era que las protagonistas de los vídeos serían sus propios hijos.
La señal llegó a mi pantalla a media tarde. La imagen correspondía al despacho de Camila, en las oficinas centrales. Llevaba una blusa blanca abierta hasta el segundo botón, una falda negra muy corta y unas medias oscuras que terminaban en un liguero apenas visible. Estaba sentada de medio lado en su silla, repasando un informe, cuando entró Andrés.
Andrés es su hermano mayor. Está casado con Lucía, una de mis mejores amigas, y tiene fama en la oficina de no dejar pasar una secretaria sin probarla. Camila lo recibió con una sonrisa que yo, desde el otro lado de la pantalla, ya intuí que no era inocente.
—Pasa, hermanito, cierra la puerta —le dijo. Andrés obedeció.
—¿Qué pasa, Camila? —preguntó él, con esa voz de quien sabe que algo no anda bien.
—Pasa que se rumorea por los pasillos que te tiras a la mitad de la plantilla. Y resulta que Lucía no es solo tu mujer; también es mi cuñada y una de mis pocas amigas. Tendría que contárselo, ¿no crees?
Andrés palideció. Le dijo que aquello arruinaría su matrimonio, que por favor no lo hiciera, que estaba dispuesto a lo que fuera.
—¿A lo que sea? —repitió ella, y la sonrisa se le volvió pícara.
***
Camila se levantó muy despacio y rodeó la mesa hasta sentarse en el borde del escritorio, justo enfrente de él. La falda se le subió un par de dedos.
—Las chicas hablan mucho de ti, hermanito. Hablan de tu polla, sobre todo. Y resulta que tengo curiosidad. Es muy simple: o me la enseñas, o llamo a Lucía esta misma tarde.
Andrés tardó dos segundos en bajarse el cinturón, los pantalones y el bóxer. Quedó frente a su hermana con la polla colgando, todavía blanda, mientras ella se mordía el labio con un gesto que yo le había visto a su madre en alguna reunión familiar.
—No está nada mal —dijo Camila, y le rozó la base con la yema de los dedos.
La polla de Andrés respondió de inmediato. Camila la fue acariciando con una mano, sin prisa, mientras con la otra se desabrochaba la blusa. Cuando se quedó con el sujetador a la vista, le susurró al oído:
—Si yo te enseño la mía, es justo que tú me dediques la lengua. He oído que con las chicas de la oficina te gusta lamerles el culo. Pues conmigo vas a hacer lo mismo.
Se subió la falda, se bajó el tanga negro hasta los tobillos y, antes de que Andrés pudiera articular palabra, se inclinó sobre el respaldo de la silla, ofreciéndose. Mi cuñado se arrodilló sin protestar. Yo, desde mi pantalla, no podía apartar la vista.
Andrés le pasó la lengua por la zona del culo y por los labios del coño, mientras con dos dedos la masturbaba en círculos lentos. Camila se aferró al respaldo y dejó escapar un gemido largo, contenido, como si todavía tuviera miedo de que alguien la oyera al otro lado de la puerta.
—Hermanito, lo haces muy bien —murmuró—. Ahora entiendo por qué andan loquitas todas las del pasillo.
Pero Camila no estaba para juegos largos. Al cabo de un par de minutos giró la cabeza y le pidió, con la voz ya espesa, que la follara.
***
Andrés se puso de pie detrás de ella. Le sujetó la cadera con una mano y, con la otra, se guió la polla hasta la entrada del coño. Entró de un solo empuje. Camila se mordió el dorso de la mano para no gritar.
—Joder, hermana —dijo él, agarrándola del pelo—. Nunca pensé que fueras tan puta. ¿Es que tu marido no sabe apreciarte?
—No, hermanito —respondió ella, entre embestidas—. Mi marido apenas me toca. Y cuando me toca, lo hace mucho peor de lo que tú lo estás haciendo ahora. Así que sigue.
Y siguió. Cambió de postura tres veces en cinco minutos. La sentó sobre la silla y se metió debajo. La tumbó sobre la mesa auxiliar del rincón y le abrió las piernas de golpe. La acabó tirando sobre la alfombra, de rodillas él, ella tumbada de espaldas, con un cojín bajo las caderas para levantarle el coño.
—Toma, zorra —jadeaba Andrés—. Toma, que esto es lo que te faltaba.
Y Camila, lejos de molestarse, le pedía más. Se reía entre gemidos, se mordía los nudillos, le agarraba la mano y se la llevaba a las tetas para que se las apretara más fuerte.
Cuando Andrés sintió que estaba a punto de correrse, le preguntó dónde la quería.
—Ya me llenarás los otros agujeros otro día —contestó ella—. Ahora lo que quiero es probarla.
Se arrodilló en el suelo, igual que una colegiala obediente, y se la metió en la boca. Andrés se vino a los pocos segundos, y la corrida le cayó a Camila en los labios, en el mentón, en la base del cuello. Ella sonrió, tragó parte y se limpió el resto con un pañuelo que sacó del cajón.
***
Pero ahí no terminó. Andrés, todavía con la polla húmeda, la sentó en la silla, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Le comió el coño con calma, como quien repasa un trabajo bien hecho. Camila se agarró al pelo de su hermano y, a los pocos minutos, se corrió. Un orgasmo largo, sin pudor, con un grito ahogado que en cualquier oficina normal habría llamado la atención.
Cuando ella todavía temblaba, él la levantó, la puso a cuatro patas sobre la mesa de reuniones y se la metió otra vez. Esta vez la folló sin contemplación, agarrándole las caderas, golpeándole las nalgas con cada embestida. Camila gemía, le pedía más, le decía que llevaban toda la vida desperdiciando el tiempo.
Acabaron en una postura simple: Andrés sentado en el sillón de cuero, ella encima cabalgándole. Le iba clavando la polla a su propio ritmo, las tetas en la cara de él, la espalda arqueada. Cuando él se vino, le inundó el coño y le pidió que no se levantara enseguida. Camila se quedó allí, sentada sobre él, durante un par de minutos. Después se vistió con una calma que asustaba.
Y la conexión se cortó.
***
La segunda vez que la cámara se activó, dos días más tarde, la imagen ya no era la del despacho. Era el salón del chalet de mi suegro. Camila estaba en el sofá, descalza, con una minifalda vaquera y un top de tirantes. Miraba el móvil con una sonrisa ausente, como si estuviera releyendo conversaciones viejas.
Detrás de ella entró Mateo, su hermano pequeño, y le posó las manos sobre los hombros. Camila se sobresaltó. Giró la cabeza.
—Tranquila, hermanita —le dijo él, sin retirar las manos—. Andrés ya me ha contado lo del despacho. Nosotros dos nos lo contamos todo, ya lo sabes. Y tampoco vas a perder nada porque haga contigo lo mismo que hizo él.
Camila se quedó muda durante un segundo. Después se dio la vuelta sobre el sofá, se puso de rodillas sobre los cojines y le quitó la chaqueta. Mateo se aflojó la corbata. Ella le desabrochó la camisa, botón por botón, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Tú estás como un tren, hermanito —le dijo, mientras le bajaba la cremallera—. No me extraña que tu mujer ande siempre tan caliente.
Cuando lo dejó desnudo, Camila se quitó el top con una sola mano y le sacó la polla con la otra. Se la metió en la boca despacio, paladeándola. Mateo apoyó las manos en su nuca y le marcó el ritmo durante un par de minutos, hasta que ella se separó, se subió la minifalda y se tumbó boca arriba en el sofá.
—Andrés dice que tienes el coño caliente —murmuró él, mientras le apartaba el tanga—. Y que es sabroso. Eso solo lo puedo comprobar de una manera.
Mateo se arrodilló en la alfombra. Le abrió los muslos con suavidad y le pasó la lengua por toda la longitud del coño. Camila se arqueó, se aferró al cojín y soltó el primer gemido de verdad. Yo, al otro lado de la pantalla, sentí cómo se me secaba la boca.
***
Después de unos minutos largos, Mateo se incorporó, se sentó en el sofá y la atrajo hacia él. Camila le cabalgó como si lo hubiera hecho cien veces. Le clavaba la polla con cada bajada, le mordía el cuello, le susurraba al oído.
—Verdaderamente —jadeó él, agarrándole las nalgas—, Andrés no exageraba. Eres la peor de los tres.
—¿La peor? —se rió ella—. Soy la mejor que vais a probar.
Mateo la cogió por la cintura y la giró sin sacar la polla. La puso a cuatro patas sobre el sofá y se la siguió metiendo desde atrás, esta vez más rudo, agarrándole el pelo con una mano.
—Qué pena los años perdidos buscando coños fuera —le dijo entre embestidas—, teniéndote a ti en casa.
—Yo también, hermano. Yo también.
La folló de pie, contra el respaldo del sofá, mientras le rodeaba el cuello con un brazo. La folló tumbada de lado, levantándole una pierna. Acabó tirándola en la alfombra, con la espalda contra la madera fría, y empujándole las rodillas hasta el pecho.
Camila se corrió primero, con un grito que hizo temblar la lámpara del techo. Mateo aguantó un par de minutos más y se vino dentro de ella, sin previo aviso, sin preguntar.
Cuando los dos recuperaron el aliento, ella se incorporó, le puso la palma en el pecho y dijo:
—Quiero saborear lo que has dejado.
Le chupó la polla otra vez, hasta limpiarla por completo. Después se dejó caer hacia atrás en el sofá, sonriendo, todavía desnuda, todavía con el coño abierto.
—Qué maravilla —suspiró— tener unos hermanos tan salidos.
—Y qué maravilla, hermanita, tener una hermana tan puta —contestó él—. Sobre todo si eso significa que el imbécil de tu marido se queda en casa con un cuerno cada noche.
Los dos se rieron. Después se vistieron sin prisa, recogieron las copas y subieron al baño a recomponerse. Mi suegro estaba a punto de llegar.
***
Lo que ni Andrés ni Mateo sabían — y lo que yo, gracias a la cámara, sí sabía — es que la sonrisa cómplice de Camila al final no era casualidad. Su padre llevaba meses preparando el escenario. Las cámaras estaban donde estaban porque él me había pedido que las pusiera. Había ido eliminando del calendario familiar todo lo que no encajara, había hecho coincidir a los tres hermanos en horarios imposibles, había ido sembrando rumores controlados sobre las infidelidades de Andrés.
Mi suegro quería que el incesto formara parte del paisaje doméstico. Y Camila, según pude comprobar más adelante, lo sabía perfectamente.
Y, una vez más, la conexión se cortó.