Lo que pasó con mi cuñado en el camino a casa
El plan venía de mi suegro. Esa mañana me llamó al móvil con la voz pausada que reservaba para los favores que en realidad eran órdenes. Hernán, el menor de sus hijos, había viajado en taxi a Los Robles por unos asuntos de la empresa familiar, y le parecía un gasto absurdo dejar que volviera del mismo modo. Me pidió, casi como si fuera una idea improvisada, que pasara a buscarlo.
—Camila no está en casa esta semana —añadió—. Se fue con su madre al sur.
Esa información sobraba si la intención hubiera sido solo ahorrar dinero. Pero yo ya había aprendido a interpretar a mi suegro. Llevaba meses leyendo el subtexto de cada uno de sus mensajes, desde aquella tarde en su despacho cuando todo cambió entre nosotros.
—Allí estaré —le dije, y colgué.
Conocía a Hernán desde la boda con mi marido. Siempre había sido el cuñado callado, el que sostenía la copa con las dos manos y miraba más de la cuenta cuando creía que nadie lo veía. Mi suegro me había contado, dos semanas atrás, lo que había pasado entre Hernán y Lucía, la mujer del hermano mayor. La descripción era detallada y, supongo, también una insinuación. Me la susurró mientras me servía un café, como quien prueba a leer una temperatura.
—Mi hijo no se da cuenta de la suerte que tiene —dijo entonces, con la mirada fija en mi escote.
Me dejó pensando. Y a mí, pensar demasiado nunca me llevaba a buenas decisiones.
Esa tarde elegí la ropa con calma, como quien prepara un cebo. Un vestido corto estampado en azul oscuro, con escote en V. Debajo, conjunto de encaje negro, dos tallas más pequeñas que las habituales, lo justo para que la lencería se notara si el vestido se subía. Me pinté los labios de un rojo prudente, ni demasiado discreto ni demasiado evidente. Cogí las llaves del coche y salí sin mirarme dos veces en el espejo.
Hernán esperaba en la puerta del bar de la plaza, en Los Robles, con la camisa arremangada y el pelo todavía húmedo de la ducha del hostal. Subió al asiento del copiloto y agradeció el favor con una sonrisa torcida. Olía a colonia recién puesta.
—Has venido tú sola —observó.
—Tu padre insistió —respondí, sin apartar la vista del retrovisor.
Arranqué. Los primeros kilómetros transcurrieron en silencio. Yo sentía la mirada de Hernán bajar por mis muslos cada vez que cambiaba de marcha. El vestido se me había subido un par de dedos al sentarme, y no hice nada por bajarlo.
—¿Te gustan mis piernas, cuñado? —pregunté al pasar el segundo cruce, sin volver la cabeza.
Hernán tosió. Tardó en contestar.
—Camila las tiene también muy bonitas.
—Eso no es lo que te he preguntado.
El silencio que siguió fue distinto. Más cargado. Hernán abrió la ventanilla un dedo, como si necesitara aire, y se removió en el asiento.
—Tranquilo —añadí—. Eres un hombre, y los hombres tenéis vuestras necesidades. Yo también las tengo. Y ahora mismo, te confieso, me hace mucha falta que alguien me coma el coño. ¿Sabrías hacerlo?
No me respondió. No le hizo falta. Vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo apretaba los puños sobre las rodillas. Eso fue suficiente.
Tres kilómetros más adelante, una pista de tierra salía de la carretera principal hacia un olivar. La tomé sin avisar, conduje hasta perder de vista el asfalto y aparqué a la sombra de un muro de piedra seca. El sol entraba a tiras por las ventanillas. Bajé del coche y me metí en el asiento trasero. Hernán dudó un segundo antes de abrir su puerta y arrodillarse en la tierra.
Me subí el vestido hasta la cintura. Me bajé el tanga por los muslos hasta dejarlo colgando de un tobillo. Abrí las piernas sobre el asiento, una contra el respaldo, la otra hacia él, y le hice un gesto con la barbilla.
—Demuéstrame que sirves para esto.
Hernán acercó la cara despacio, como si todavía pudiera echarse atrás. No se echó atrás. Cuando su lengua tocó el primer pliegue, dejé caer la cabeza contra el cristal y cerré los ojos. No lo esperaba tan paciente. Recorría con cuidado, marcaba el ritmo en círculos amplios y luego apretaba justo donde había que apretar. Me costó muy poco correrme. Cuando lo hice, le tiré del pelo sin pensarlo y él aguantó el tirón sin levantar la cara.
—Buen trabajo —le dije cuando recuperé la voz—. Lo vamos a repetir. Pero estaremos más cómodos en tu casa.
Me incorporé, me acomodé el vestido, dejé el tanga olvidado bajo el asiento. Hernán se sentó otra vez de copiloto sin decir palabra, con la respiración aún acelerada. Volví a la carretera principal.
***
El chalet de Hernán estaba en una urbanización a las afueras, rodeado de adelfas. Aparqué en la rampa, entramos por la cocina y de allí pasamos al salón, una estancia luminosa con un sofá largo de tela cruda y un ventanal que daba al jardín.
—Siéntate —le pedí.
Se sentó. Yo me arrodillé delante de él. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera y liberé su polla, ya muy dura. Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio, registrando cada vena con la punta. Lo miré desde abajo cuando me la metí entera en la boca.
—Ahora entiendo —murmuró Hernán— por qué mi hermano nunca habla de ti delante de nuestro padre.
No le respondí. Tenía la boca ocupada y, además, las palabras me sobraban. Cuando noté que estaba a punto de no aguantar, paré.
—Quiero montarte —dije—. Aquí. En este sofá.
Saqué del bolso un preservativo y se lo puse con cuidado. Me senté a horcajadas sobre él, apoyada en el respaldo del sofá. Coloqué la punta en mi entrada y bajé muy despacio, milímetro a milímetro, hasta que sentí cómo su pubis chocaba con el mío.
Empecé a moverme. Hernán llevó las manos a mis caderas, pero se las aparté.
—Tú quieto. Hoy llevo yo el ritmo.
Cabalgué encima de él durante minutos largos. Al principio despacio, observándole la cara, viendo cómo intentaba aguantar. Después subí el ritmo, apoyada en sus hombros, dejando que mis pechos le rozaran la barbilla. Le sujeté la cara contra uno de mis pezones para que lo chupara. Lo hizo con un cuidado raro, casi tierno, y eso me sorprendió.
—Marisol —dijo entre dientes—, así me corro.
—Aguanta.
Aguantó como pudo. Yo me corrí primero, mordiéndome el labio para no gritar. Solo entonces le dejé llegar.
***
Nos quedamos un rato tumbados en la alfombra, en silencio, recuperando la respiración. Pensé que con eso bastaría. Me equivoqué.
Hernán apoyó una mano sobre mi vientre y la fue bajando, despacio, hasta volver a abrirme. Sus dedos sabían dónde tocar.
—¿Puedo pedirte un capricho? —preguntó.
—Pide.
—Quiero hacértelo encima del alféizar.
Miré la ventana. Era ancha, de obra, con un alféizar de mármol que sobresalía hacia el salón lo suficiente para sostener mi cuerpo. Un cojín bastaría para la cabeza. Más allá del cristal, el jardín estaba en silencio.
—¿Y si pasa alguien por la calle?
—Es lo de menos —dijo—. Nadie mira hacia aquí.
Me tumbé sobre el mármol con un cojín bajo la nuca. Una pierna apoyada en el alféizar, la otra colgando hasta tocar el suelo. Hernán apoyó una rodilla en el borde, la otra firme abajo, y volvió a entrar en mí. La postura era extraña, pero el ángulo le permitía empujar profundo y, sin embargo, despacio. Yo veía el techo, las molduras, la lámpara. Sentía cada embestida con una claridad nueva.
—¿Esto lo haces con Camila?
—No —dijo, y casi se rio—. Solo lo había imaginado.
—Pues felicidades. Una fantasía menos.
Estuvimos así hasta que pidió cambiar otra vez. Me quería de pie, con las manos apoyadas en el cristal. Acepté.
Me agaché ligeramente, con las palmas pegadas al ventanal. Sentí el frío del cristal contra los dedos y el calor de su cuerpo detrás. Esperaba que me la metiera por el culo. No lo hizo. Me la deslizó otra vez por delante y empezó a moverse con una violencia controlada que me asustó un segundo y me gustó al siguiente. Mi aliento iba dejando una mancha de vaho sobre el cristal cada vez que su pubis golpeaba mis nalgas.
—Marisol —jadeó—, voy a correrme.
—Hazlo en mi boca —le pedí—. Quiero probarte.
Salió de mí. Yo me arrodillé delante de él y abrí la boca. Se masturbó dos golpes y se vació entero. Tragué casi todo y le pasé la lengua por la longitud hasta dejársela limpia. Cuando levanté la vista, Hernán seguía respirando como si hubiera corrido un kilómetro.
***
Pensé que ahí terminaba la tarde. Otra vez me equivoqué. Mientras le lamía el último resto, su polla volvió a despertarse contra mi mejilla. Mi cuñado no había terminado.
—Marisol —dijo bajito—, déjame que te la meta por detrás.
Asentí. Me apoyé a cuatro patas sobre la alfombra. Él me dejó así unos segundos, mirándome desde arriba, y entonces se arrodilló detrás. Lo noté torpe al principio, como quien lleva tiempo sin practicar. Apretó demasiado en la primera embestida, y le tuve que pedir calma con la mano. A partir de ahí cambió el ritmo. Encontró el ángulo, la profundidad, el tiempo justo. Su polla chocaba con mis nalgas con un sonido seco que me iba subiendo el calor por la espalda.
—Adoro tu culo, cuñada —murmuró—. Ojalá Camila fuera tan generosa.
No le contesté. No me hacía falta hablar para que entendiera lo que pensaba. Empujé hacia atrás, marcándole el ritmo desde abajo, y me corrí casi sin aviso. Él aguantó un poco más, hasta que se vino dentro con un gemido largo.
***
Me llevó al baño y me ayudó a lavarme con la ternura desplazada de quien no sabe muy bien si dar las gracias o pedir perdón. Yo no quería ni una cosa ni la otra. Me vestí, me retoqué los labios en el espejo del recibidor y cogí las llaves del coche.
Hernán me siguió hasta la puerta.
—¿Le vas a contar esto a mi padre? —preguntó.
Me detuve un segundo en el umbral. La pregunta era ingenua. Mi suegro ya lo sabía, claro que lo sabía. Lo había planeado todo, igual que había planeado lo de Hernán con Lucía. Algún día le tocaría también a Camila. Pero esa explicación no se la debía a mi cuñado. Aún no.
—Tu padre no necesita que se lo cuente —dije—. Las cosas importantes siempre las descubre solo.
Cerré la puerta y bajé hasta el coche. La carretera de vuelta a casa era recta, larga, vacía. Conduje despacio, con la ventanilla bajada y el pelo alborotado por el viento. Me esperaba un baño caliente, una copa de vino, y la llamada de mi suegro pidiéndome el parte.