Lo que pasó con mis hermanas en la cabaña aislada
Me llamo Sebastián. Lo que voy a contar no se lo digo a nadie en voz alta, pero al ponerlo por escrito siento que pesa un poco menos. Empezó el verano pasado, en agosto, y todavía no termina del todo.
Mi familia funciona raro. Mis padres llevan toda la vida juntos sin separarse y, sin embargo, nunca se han pedido fidelidad: la casa siempre estuvo llena de amantes que entraban y salían como si fueran amigos. Crecimos viendo eso. Crecimos pensando que el deseo era una cosa que se administraba sin culpa.
Yo tengo veintiséis años. Carolina, mi hermana del medio, tiene veintidós: baja, de pelo castaño claro cortado a la mandíbula, curvilínea, con una boca llena que siempre parecía estar a punto de decir algo inconveniente. Mariana, la pequeña, veintiuno: alta, delgada, morena, con las clavículas marcadas y unas tetas pequeñas y firmes que se le marcaban debajo de cualquier camiseta. Los tres heredamos los ojos celestes de mi padre y la facilidad de mi madre para enredarnos con cualquiera que se nos cruzara.
Hasta el año pasado, los veranos eran rutina: la casa de mi abuela en el sur, cerca del mar, amigos de siempre, fiestas en la arena, cervezas tibias. Pero ese verano mis padres decidieron alquilar una cabaña en la sierra. Una hora por una carretera mala, ningún vecino a la vista, un lago glaciar a veinte minutos a pie y un bosque de pinos que olía a resina cuando subía la temperatura. Un mes entero.
Mis padres se quedaron en la ciudad porque trabajaban; subían los viernes por la noche y bajaban los domingos al atardecer. De lunes a viernes, la cabaña era nuestra. Y sin internet, sin cobertura, sin nadie alrededor.
Al principio nos aburríamos. Mariana se levantaba tarde y se ponía a leer en la hamaca del porche; Carolina se metía en la cocina y probaba recetas que sacaba del móvil aunque no había señal; yo bajaba al lago a nadar hasta que se me dormían los brazos. Por las noches, sin mucho más que hacer, terminábamos los tres en el sofá viendo lo que diera la antena.
Una de esas noches, ya en la segunda semana, Carolina cambió de canal y dejó puesta una película erótica de las que ponen tarde, sin diálogos, con una banda sonora pretenciosa. En pantalla, una mujer se la chupaba a un tipo mientras otra le lamía el culo. Ninguno se movió. Yo seguí con la cerveza en la mano, fingiendo mirar el techo pero mirando de reojo cómo Carolina apretaba los muslos. Mariana se acomodó en la otra esquina del sofá con las piernas dobladas. Carolina, en el medio, tenía el mando apoyado en el muslo y se rozaba sin querer con el borde.
—Qué mal hechas están —dijo, sin convicción.
—No tan mal —murmuró Mariana.
Nos reímos los tres a la vez, como cuando éramos niños y se nos escapaba algo en misa. La risa duró menos de lo que dura una tos, pero algo cambió en el aire de la sala.
—¿Y si lo hacemos? —dijo Carolina de repente.
—¿Si hacemos qué?
—Eso. —Señaló la pantalla con la barbilla—. Una vez. Una sola vez en la vida. Y nunca se vuelve a hablar del tema. Ni entre nosotros.
Pensé que era una broma. Esperé el cierre, el «qué tonta soy», el ataque de risa que nos sacaría a todos del trance. No llegó. Mariana miraba a Carolina como si la viera por primera vez. Carolina me miraba a mí.
—Yo me derrito por ti desde hace mucho —dijo, y se puso colorada hasta las orejas—. Me toco pensando en ti. Lo digo y ya está.
—Yo también —dijo Mariana, casi en un susurro—. Hace tiempo que tengo demasiadas ganas y no se me pasa. Me he corrido más veces con tu cara en la cabeza que con la de ningún novio.
Se me pusieron los oídos calientes y la polla se me puso dura contra el pantalón del pijama, tan clara que las dos se dieron cuenta al mismo tiempo. Las miré como si hiciera un inventario. Mis hermanas. Y yo, ahí, con la cerveza temblándome en la mano y un calor que ya no podía disimular.
Si digo que no, esto se cae para siempre.
—Una vez —dije, sin reconocer mi propia voz—. Y juramos que nunca más.
—Juramos —dijeron las dos a la vez.
***
Subimos a ducharnos por separado. No hablamos. Yo me lavé como si fuera al médico, enjabonándome dos veces, repasando los pies, las uñas, todo. Me pasé la mano por la polla mientras me enjuagaba y me obligué a soltarla, no quería correrme antes de tiempo. Cuando salí, oía el agua todavía corriendo en los otros baños y me senté en mi cama envuelto en la toalla, con el corazón golpeándome la garganta. Por un momento pensé en cerrar la puerta con llave y fingir que me había dormido.
Apareció Carolina primero, descalza, con una camiseta grande que apenas le tapaba los muslos. No llevaba nada debajo: se le marcaban los pezones duros a través de la tela y cuando caminó vi el triángulo oscuro entre las piernas. Me miró con los ojos un poco entrecerrados y se mordió el labio inferior. Mariana llegó detrás, también en camiseta, con una toalla pequeña entre las manos. Estaban temblando. Yo también temblaba.
—No quiero que sea raro —dije.
—Va a ser raro —dijo Carolina—. Lo importante es que no nos importe.
Se me acercó y me besó en la boca como si lo tuviera ensayado desde hacía meses. Me metió la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio, y me agarró la polla por encima de la toalla con una mano que ya sabía lo que quería. Cerré los ojos. La camiseta cayó al suelo sin que yo entendiera bien cómo y me encontré con sus tetas al aire, pesadas, con los pezones rosados y erizados. Mariana se sentó en el borde de la cama y se quitó la suya por encima de la cabeza, sin teatro, mirándome todo el tiempo. Sus tetas eran pequeñas, altas, con las areolas oscuras contra la piel blanca. Estaba más nerviosa que excitada al principio. Le tendí la mano y se dejó tirar.
Le arranqué la toalla y me quedé desnudo, con la polla apuntándoles a las dos. Carolina soltó una risita ronca.
—Joder —dijo—. La tienes bien gorda.
Se arrodilló entre mis piernas sin dejar de mirarme y me la agarró con las dos manos, como si midiera. Sacó la lengua y me lamió desde los huevos hasta la punta, muy despacio, deteniéndose en el frenillo. Cuando se la metió entera en la boca, se me escapó un gemido que me avergonzó. Mariana se acercó por detrás de su hermana y se quedó mirando cómo Carolina me la chupaba, cómo se le hinchaban las mejillas cada vez que bajaba a fondo, cómo se le caía un hilo de saliva por la comisura.
—Déjame probar —susurró Mariana.
Carolina se apartó con la polla brillante de saliva y se la ofreció a su hermana como quien pasa un vaso. Mariana la agarró con torpeza, la besó en la punta, cerró los ojos y se la metió. Chupaba distinto, más suave, con más lengua. Carolina le puso una mano en la nuca y la empujó un poco.
—Más adentro —le dijo al oído—. Que sienta la garganta.
Mariana obedeció, tuvo una arcada y se apartó tosiendo, con los ojos llorosos y una sonrisa rara. Volvió a bajar.
***
Lo que recuerdo de esa primera vez es a pedazos. El olor a champú barato en el pelo de Carolina. La risa nerviosa de Mariana cuando le rocé el pecho con la punta de los dedos y se le erizó toda la piel. La sorpresa de notar que mis dos hermanas, juntas, se entendían entre ellas mejor de lo que yo entendía a ninguna mujer. Carolina guió a Mariana, y Mariana se dejó guiar.
Las tumbé a las dos en la cama, una al lado de la otra, y les abrí las piernas. Carolina tenía el coño ya empapado, los labios hinchados y separados de puro deseo. Mariana estaba más cerrada, más tímida, con un mechón de vello oscuro cuidado. Les pasé un dedo a cada una al mismo tiempo, hundiéndomelo hasta los nudillos. Carolina se arqueó, Mariana soltó un quejido. Se giraron a mirarse entre ellas, se rieron con vergüenza, y de pronto Carolina se inclinó y le dio a Mariana un beso en la boca, largo, con lengua, mientras yo les seguía metiendo los dedos.
—No me digas que esto lo habéis hecho antes —murmuré.
—Ahora sí —dijo Carolina, y volvió a besarla.
Carolina se subió encima de mí y me acomodó la cabeza entre sus muslos. Tenía la piel todavía con sabor a sal del último baño en el lago, y por debajo, el sabor espeso de estar mojada desde hacía horas. Le clavé la lengua en el clítoris y ella pegó un respingo. Mariana se inclinó al mismo tiempo y empezó a chuparme con una lentitud que me dejó la espalda pegada al colchón. Las dos lenguas se cruzaron una vez, sin querer, y se rieron, las muy descaradas. Yo veía solo el techo de madera y oía mi propia respiración entrecortada, mezclada con los gemidos que Carolina soltaba encima de mi cara cada vez que le metía la lengua entre los labios del coño.
—Quiero que me la metas —dijo Carolina, todavía sentada sobre mi cara—. No aguanto más, Sebas, métemela.
Me incorporé, la puse a cuatro patas en el centro de la cama, la miré por encima del hombro y dudé un momento.
—No tenemos preservativo —dije.
—Yo tengo uno —respondió Mariana desde el otro lado.
—No —cortó Carolina—. Si lo vamos a hacer, lo hacemos hasta el final. Sin nada en el medio. Quiero sentírtela toda.
—Es verdad —dijo Mariana, y me dio un beso suave en el cuello—. Una vez en la vida. Sin nada. Y te corres dentro si quieres.
Esa frase me sacudió como una corriente. Me arrodillé detrás de Carolina, le agarré una nalga con cada mano y le separé el culo. Tenía el coño abierto, brillante, latiendo. Le pasé el glande por los labios de arriba abajo, empapándome, y ella empujó las caderas hacia atrás, impaciente. Le entré despacio, marcándome cada empuje, sintiendo cómo me apretaba con cada centímetro, agarrándola por las caderas, con Mariana de pie a un costado, mirándonos y acariciándole la espalda a su hermana. Carolina apretaba las sábanas con las dos manos.
—Ay, joder, joder, joder —repetía—. Qué gorda la tienes, hermano, qué gorda.
Empecé a follármela en serio, con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviendo a hundirla de golpe. La cama crujía. Las nalgas de Carolina rebotaban contra mi vientre y hacían un ruido húmedo que llenaba la habitación. Mariana se sentó al lado y me miraba la polla entrando y saliendo, con los labios entreabiertos y una mano perdida entre sus propios muslos.
—Ven —le pidió Carolina a Mariana sin girarse—. Lámeme. Lámeme mientras me la mete.
Mariana se acomodó detrás de Carolina y empezó a pasarle la lengua por donde yo no llegaba, por el clítoris, por mis huevos, por el borde de mi polla cada vez que salía. Carolina dejó escapar un sonido que no le había escuchado nunca, mitad gemido, mitad llanto. Yo aceleré sin querer y la cama golpeaba la pared con un ritmo que más tarde, al día siguiente, encontré marcado en el yeso. Carolina se corrió primero, con los brazos rendidos y la cara hundida en la almohada, apretándome la polla en espasmos que casi me hacen acabar ahí mismo.
—No me había pasado así jamás —dijo, casi sin voz—. Túmbate.
Le hice caso. Salí de ella con un chasquido y me eché boca arriba, con la polla dura, roja, brillando de sus jugos. Mariana se subió encima en sentido inverso y me bajó la cara hasta sus muslos, ofreciéndome un coño estrecho y perfumado. Carolina aprovechó para chupármela con una calma que solo se permite quien tiene tiempo y permiso, lamiendo despacio los restos de sí misma, tragándose la polla entera y sacándola con un pop obsceno. Yo le pasé la lengua a Mariana, despacio, buscándole el clítoris, hundiéndosela luego hasta donde llegaba mientras le agarraba las nalgas y la abría. Mariana empezó a mover las caderas contra mi boca, cabalgándome la cara, hasta que se le aflojaron las rodillas y cayó sobre mí, riéndose muy bajito, con la frente apoyada en mi cadera y un temblor en los muslos.
—Me acabo de correr en tu boca —me dijo, avergonzada—. Perdón.
—Perdón las pelotas —dijo Carolina, y le dio un cachete en el culo—. Ahora te la mete a ti.
Mariana se giró, me miró, y sin decir nada se puso boca arriba y abrió las piernas. Me acomodé entre ellas, le pasé la punta por la entrada. Estaba muy apretada, más de lo que esperaba.
—Despacio —susurró—. Hace mucho que no.
Entré centímetro a centímetro, viendo cómo mi polla se abría paso en su coño, cómo se le hinchaban los labios alrededor de mí. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto, sintiéndola palpitar. Empecé a moverme lento, con embestidas cortas, viéndole la cara. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, mordiéndose los nudillos para no gritar. Carolina se acostó a nuestro lado y le agarró una teta, se la chupó, le mordió el pezón.
—Míralo —le decía—. Míralo cómo te la mete. Ábrete más.
Mariana abrió los ojos y me miró, y esa mirada fue lo más pornográfico de la noche: los ojos de mi hermana pequeña, celestes, empañados, viendo cómo yo se la clavaba. Aceleré. La cama volvió a golpear la pared. Mariana me clavó las uñas en la espalda y se corrió con un temblor largo, apretándome tan fuerte que tuve que salir para no acabar.
***
Cambiamos otra vez. Carolina volvió a ponerse a cuatro patas, pero pidiendo otra cosa.
—Por el culo —dijo, sin girarse—. Quiero que me la metas por el culo.
—¿Estás segura?
—Escúpeme y méteme.
Le escupí en el ojete y le pasé el pulgar, aflojándola. Ella misma se relamió los dedos y se los pasó también. Le apoyé la punta y empujé despacio, conteniéndome cada centímetro. Al principio se resistió, luego cedió, y sentí cómo se me abría un anillo caliente que me apretaba distinto a cualquier coño. Con Mariana pegada a mi cintura mirándolo todo de cerca, como si estudiara para un examen, empecé a empujar. Carolina aguantó la respiración, exhaló largo, y cuando empezó a moverse contra mí supe que había memorizado ese momento para siempre.
—Más, más fuerte —jadeaba—. No pares, no pares.
Mariana le metió dos dedos en el coño mientras yo se la clavaba por atrás, y Carolina soltó un aullido ronco, sucio, que no parecía suyo. Se corrió otra vez, con las dos manos aferradas al cabecero.
—Cuando salgas —me dijo Mariana al oído—, dámela. Dámela en la boca.
Salí, y antes de que pudiera pensarlo Mariana ya tenía la boca preparada, arrodillada al borde de la cama con la lengua fuera. Se la metió entera, sabiendo dónde había estado, sin dudarlo. Tuvo una arcada chiquita y se la tragó igual, sin apartar la mirada. Carolina giró, se acomodó al lado de su hermana, y entre las dos, riéndose, asustadas, excitadas, fueron pasándosela de una boca a la otra como si jugaran a algo prohibido. Se besaban con la polla entre las lenguas. Se lamían los huevos las dos a la vez. Me chupaban la punta al mismo tiempo, cabeza contra cabeza.
Yo no aguanté. Sentí el tirón desde los pies. Le agarré el pelo a Carolina, le agarré el pelo a Mariana, y me corrí encima de las dos al mismo tiempo con un grito que sonó más a sollozo que a otra cosa. Los primeros chorros les cayeron en la cara, en la frente, en los párpados cerrados; los siguientes en la boca abierta, en la lengua, en las tetas. Carolina tragó lo que le entró. Mariana también, después de dudar un segundo.
Fue, y todavía hoy lo es, el orgasmo más violento de mi vida.
Cuando volví a respirar normal, las dos tenían los ojos cerrados y la cara empapada, con hilos de semen colgándoles del mentón y los pezones. Carolina sonreía y se pasaba un dedo por la mejilla para llevárselo a la boca. Mariana no. Mariana se limpió con la sábana, despacio, y cuando abrió los ojos ya no estaba en la misma habitación que nosotros.
—Eres un cerdo —dijo Mariana, despacio, con una voz que no era de juego.
***
Esa fue la primera y la última vez. Mariana no me ha vuelto a hablar desde entonces. No me mira a los ojos, no me responde los mensajes, no aparece cuando se entera de que voy a estar yo. Mis padres preguntaron qué nos había pasado y yo dije lo que se dice en estos casos: que se había puesto rara, cosas de la edad, ya se le pasaría. Todavía no se le pasó.
Carolina, en cambio, no se aparta. Me llama de noche, viene a mi piso sin avisar, me deja ropa olvidada para tener excusa de volver. Cuando le digo que aquello fue una sola vez, que lo juramos los tres, se ríe con esa misma risa tonta de la cabaña, me baja la cremallera y me pregunta quién le va a ir con el cuento a quién.
Volvemos al pueblo de la sierra este verano. Mariana ya avisó que no viene. Carolina compró ella misma los pasajes y eligió la habitación, la misma habitación. A veces, cuando me acuesto, todavía oigo el ruido de aquella cama golpeando la pared, y me digo que la marca en el yeso debe seguir ahí, esperándonos.
Y todavía no sé si la pregunta de Carolina —«¿quién le va a ir con el cuento a quién?»— me da más alivio o más miedo.