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Relatos Ardientes

Mi despedida de soltero terminó en la casa de mi suegra

Faltaba poco para casarme y mi suegro había insistido en organizar la despedida en su casa de las afueras. Una propiedad enorme, cinco dormitorios, una construcción más al fondo con barbacoa amplia y leña apilada hasta el techo. Si lo conocía a él, sabía cómo iban a terminar las cosas.

Salimos en mi auto desde la ciudad: Camila, mi futura mujer; Lucía, su hermana; mi suegra; Renata, la prima; y yo. Manejaba con la suegra al lado, porque era la madre de todas y esa silla no se discute. Por el espejo retrovisor crucé miradas con Lucía un par de veces y supe que me esperaba una noche larga.

Sebastián llegó solo en taxi, después de inventarle a su mujer un viaje de trabajo. Era el novio actual de mi suegra y un tipo bastante turbio, aunque a esa altura yo ya había aprendido a no juzgar a nadie de esa familia.

—Acomódense donde quieran —dijo mi suegro Hernán al recibirnos—. Lo único que les pido es que después no se quejen de los ruidos.

Camila y yo nos quedamos con el dormitorio principal, que él mismo nos había cedido. Lucía y Renata se metieron en el de invitados. Mi suegra y Sebastián, en otro. Hernán durmió solo, o eso era lo previsible.

Estábamos cambiándonos cuando escuché una voz que no esperaba. Me asomé por la ventana y reconocí a los tíos de Camila estacionando un auto.

—¿Tus tíos están invitados? —pregunté con un nudo en el estómago.

—Ni idea, papá organizó todo —contestó ella sin darle mucha importancia.

—Que no se ponga a mirarme mal el viejo, porque hoy es nuestra despedida y te juro que si abre la boca, se va con la cabeza rota.

Ella me agarró la cara con las dos manos y me besó.

—Tranquilo, mi amor. Disfrutemos de esta noche. Mamá ya se encargó de que todos vengan con la mente abierta.

—Vos no deberías tomar nada, ¿no? Por el bebé.

Camila me miró con una sonrisa que le iluminó la cara entera.

—Tengo que contarte algo. Ayer fui al ginecólogo con mamá. Son mellizos. Vamos a tener dos.

Me senté en la cama. Sentí el aire pesado, como si la habitación se hubiera vuelto chiquita de golpe. Tener un hijo ya me había cambiado la vida; tener dos era un mundo entero que no terminaba de caber en mi cabeza.

—¿Estás bien? —se rio ella, alcanzándome un vaso de agua—. Quedaste blanco como un papel.

—Estoy bien. Es… mucho.

—Es como vivir un sueño —me dijo en voz baja, acariciándome la nuca.

Sueño era lo que vivía yo, pensé, acostándome con la madre, las hijas, la prima, y de casualidad había zafado de la abuela porque era la única persona amarga de la familia.

Por la ventana del dormitorio principal vi que la chimenea de la barbacoa ya echaba humo. Hernán había prendido el fuego temprano. Camila se fue al cuarto de la hermana para terminar de arreglarse y yo bajé al pasillo.

En la mitad de la escalera me crucé con mi suegra. Llevaba la malla entera, bronceada hasta el cuello, el pelo todavía mojado. Sin decir nada, se bajó los breteles y me mostró las tetas. Cualquier respuesta razonable que hubiera podido dar quedó en el aire. Se las llevé a la boca como un animal que vuelve a su comedero.

—Acá te encuentro, acá te cobro —dijo ella entre dientes.

La acosté en el descanso de la escalera y le corrí la malla con dos dedos. Estaba más mojada de lo que hubiera estado dispuesto a admitir. Se la metí entera, sin avisar, y ella me clavó las uñas en los hombros.

—Ay, degenerado, le estás dando casi a una abuela —jadeó—. Dele al yerno, dele a la suegrita, dele que ya no aguanto.

Le di unos minutos hasta que se acabó con la mandíbula tensa y la cabeza apoyada en el escalón. Le hice limpiarme con la boca, me acomodé el bermuda y seguí camino a la barbacoa como si no hubiera pasado nada.

***

En la galería del fondo estaban Hernán, su hermano Damián y la mujer de Damián, una rubia de cuarenta y pico que me miraba desde el primer mate con una sonrisa demasiado fácil. Patricia. Tomaban whisky, hablaban poco y vigilaban el cordero al palo a un costado.

—Vení, yernito, tomate uno del bueno antes de que sea abuelo del todo —me dijo Hernán sirviéndome.

—¿Se puede saber qué problema tienen ustedes dos? —preguntó después, mirándonos a Damián y a mí—. No se hablan, se miran con cara de culo.

—Que te explique él —contesté—. Yo al menos salí limpio y no me echaron de ninguna empresa.

Hernán giró la cabeza hacia su hermano. Damián clavó los ojos en el suelo. No hizo falta más. Mi suegro asintió y volvió al cordero.

—¿Qué está cocinando, suegro?

—Un cordero. Hay que hacerlo despacio.

—Veo que lo tiene bien estaqueado —dije, para cortar el clima.

—Hoy no solo el cordero va a quedar estaqueado —contestó Patricia desde la reposera, riéndose con los ojos.

Bajaron mi suegra y Renata. Mi suegra, con la misma malla con la que la había cogido en la escalera. Renata, con un bikini diminuto que no le tapaba ni la mitad de las tetas y un trapo abajo que apenas cubría lo necesario. Renata es sobrina de mi suegra, no hija de Patricia y Damián, aunque al verlas saludarse parecía que se conocían de toda la vida.

—Yerno —me dijo Hernán bajando la voz—, a vos te falta cogerte a mi cuñada, nada más, ¿no?

—Por ahora sí, Hernán.

—Así que arrancaste por Lucía y no dejaste títere con cabeza.

—No, arranqué por Renata. Hace un par de años.

—¿Con Renata o con Mía? —dijo entrecerrando los ojos.

Mía era el nombre que Renata usaba cuando trabajaba en una casa de masajes en el centro. Había caído ahí una noche, sin saber, después de una cena de oficina. Cuando vi salir a la «promotora» con su nombre falso casi me quedo seco de la risa.

—Con Mía.

Nos largamos a reír los dos. Pensé para mis adentros: con este suegro me saqué la lotería.

A nuestra izquierda, Renata ya estaba arrodillada chupándole la pija a Damián como si fuera un saludo formal. Mi suegra se le sumó de rodillas, alternando. Patricia se puso de pie y vino caminando hacia mí.

—Al final soy la única de esta familia que no conoce tu pija, nene.

—¿Te la presento?

—Dejá que me presente sola.

Me bajó la bermuda de un tirón y arrancó. La lengua era experta. Los ojos también.

—Esta pija ya tiene gusto a concha —dijo separándose un segundo—. ¿A quién te cogiste recién?

—Cosas que pasan en las escaleras, ¿no, suegrita? —dije mirando a mi suegra.

Ella me sacó la lengua sin soltar a Damián.

Hernán se acercó a Renata, le corrió la tanga sin avisar y se la metió hasta el fondo. Renata gritó. Era un grito de los que se escuchan a tres casas.

—¡Tío, cómo extrañaba esa pija! —gritó—. ¡Dale duro como cuando me desvirgaste!

—A mí me dijeron que sabés hacer bien la cola —me dijo Patricia, todavía con la mano en mi pija—. Quiero probar.

—Primero te voy a dar adelante.

—Sí, pero después me cogés el culo, bien al fondo.

—Qué puta resultó la tía.

—¿De la mano de quién te pensás que Renata aprendió a ser Mía?

Esta familia era una caja sin fondo.

***

La acosté en la mesa de madera de la galería. Empecé despacio, midiéndola, y después fui aumentando el ritmo hasta que la mesa empezó a moverse cada vez que entraba. No era una concha apretada, pero era jugosa, caliente y se acomodaba a cada empuje como si llevara años esperando ese encuentro.

—Ahora entiendo por qué tu ex cuñada hablaba tan bien de vos —jadeó Patricia—. No será tan larga como la de mi marido, pero es gruesa y cabezona.

Sentí dos tetas que se me apoyaban en la espalda. Era Camila, vestida con el catsuit de vinilo que se había comprado para esa noche, con las tetas al aire y aberturas estratégicas en la concha y el culo.

—¿Te gusta la conchita de mi tía? —me susurró al oído—. Dale duro que le encanta.

Faltaban Lucía y Sebastián. No fue difícil adivinar dónde estaban: tirados en una de las reposeras del jardín, ella montada arriba de él, él con las manos en sus caderas y los ojos cerrados.

—¡Mamá, mamá, me estoy cogiendo a tu novio! —gritó Lucía cuando me vio mirarlas.

Mi suegra se rio sin sacarse la pija de Damián de la boca.

Di vuelta a Patricia, le ensalivé el culo con un dedo y empecé a metérsela. Entró con resistencia, pero entró.

—¿Me vas a decir que es la primera vez que entregás el culo? Mentirosa.

—Tratame como cuando trabajaba con Renata —jadeó—. Agarrame del pelo, metémela toda. Tratame como la puta que soy. Luna. Decime Luna, ese era mi nombre.

—Sí, Luna. Te estoy cogiendo gratis. Hoy te van a coger cuatro machos sin pagar un peso.

—¡Ay, sí, me vengo!

Se la saqué del culo y Camila se le tiró encima a chuparle la concha mientras se acababa. Yo me di vuelta y caminé hasta la reposera donde Lucía cabalgaba a Sebastián. La incliné un poco hacia adelante y le clavé la pija en el culo de un solo empuje.

—¡Animal! ¡Avisá! —gritó.

—Ahora te voy a coger y a decirte cuñadita. Mirá cómo te garchamos con el novio de tu mamá. Uno por adelante, otro por atrás.

—¡Sí, garchenme bien garchada! Pero después que te cases con mi hermana me tenés que seguir cogiendo, ¿no?

—Y pensar que cuando te conocí eras casi virgen.

Vi a Damián que se acercaba a darle una mano a Sebastián, así que le cedí mi lugar y caminé hasta donde estaba Renata, ahora libre porque mi suegro había ido a clavarle la pija a mi suegra contra el muro.

—Hola, primita —le dije—. Te dejaron el culito bien abierto. No te voy a hacer hijos, pero te voy a dar pija.

—¡Llegó el hombre de la familia! Por ahora me conformo con que me des duro. ¡Sí, primito, así! ¡Quiero sentir cómo me llenás el culo! ¡No pares!

Damián se acostó en el piso. Renata, sin sacarse mi pija del culo, se acomodó arriba de él y se encajó la pija de Damián en la concha. Los dos empezamos a darle a la vez. La doble penetración era una de sus especialidades; lo notaba en cómo respiraba, en cómo se movía sin trabarse.

—¡Patricia! —gritó Damián desde el piso—. ¡Qué buena alumna que tenés! Aguanta casi tanto como vos.

—¿Querés ver cómo competimos? —contestó Patricia.

Agarró a Sebastián, lo tiró de espaldas en el piso, se le encajó arriba y mi suegro vino desde atrás y se la metió en el culo. Las dos, Renata y Patricia, recibiendo doble penetración a un metro de distancia.

Mi suegra me apoyaba las tetas en la espalda mientras yo le daba a Renata. Lucía hacía lo mismo con su padre. Estuvimos así varios minutos, hasta que Renata se acabó gritando y se dejó caer encima de Damián, sacándoseme la pija del culo con un gemido largo.

—¿Viste? —dijo Patricia entre jadeos—. Te dije que era buena alumna. Pero no le va a ganar a la maestra.

***

Damián y Sebastián fueron a atender a Lucía, que se tocaba mirando todo desde la reposera. Yo me arrodillé entre las piernas de Camila, todavía vestida con el catsuit, y empecé a lamerle la concha a través de la abertura del vinilo.

—Sí, mi amor —jadeó—. Hoy quiero acabar con tu lengua.

Tenía un clítoris pequeño y rosa, perfecto, y un sabor dulce que conocía de memoria. La chupé despacio, mordiéndola apenas, sin apuro. Patricia se acercó y se puso a mamármela mientras yo la atendía a Camila. Mi suegra se metió por detrás de mí y me chupaba los huevos, con la lengua subiendo de a ratos hacia el culo.

Renata le hacía lo mismo a mi suegro mientras él le daba a Lucía. Era una cadena de bocas y conchas que se repartía sin orden. Yo tenía los huevos a punto de explotar pero no quería acabar todavía.

Me erguí y entré en Camila con un ritmo lento, casi torturándola. Mi suegra y Renata se acercaron y le agarraron una teta cada una, chupándoselas. Camila estaba sensible por el embarazo y no aguantó mucho. Se retorció en la mesa, gritando del placer que le daban las penetraciones y las dos bocas, hasta que se acabó chorreando.

—Las mujeres cumplieron con su cuota —dijo Hernán, sacándose la pija del cuerpo de Lucía—. Ahora le toca a ella.

Mi suegra se apoyó en la mesa con las piernas abiertas.

—Quiero la fiesta completa —dijo.

Hernán se acostó en una reposera. Mi suegra le encajó la pija en el culo, dándole la espalda. Damián vino de frente y se la metió en la concha. Sebastián se le acercó por la izquierda; yo, por la derecha. Ella nos pajeaba con las dos manos y nos chupaba alternando, sin perder el ritmo de las dos pijas que la tenían empalada por adentro.

—Más, más —decía—. No paren. Cójanme bien cogida, no sean hijos de puta.

Le agarré la cabeza con las dos manos y le metí la pija en la boca hasta el fondo. Aguantaba como una campeona. Le entraba y salía, clavándosela en la garganta, hasta que ella misma me empujó por las caderas para que no parara.

—¿Querías que te cogieran bien cogida? —le dije—. Tomá pija, así te callás un rato.

A los pocos minutos estaba gritando, pero de placer.

—¡Por fin! —jadeaba—. ¡Por primera vez en años me siento llena! ¡Quiero leche! ¡Mucha leche!

La acomodamos como pudimos sobre la mesa. Los cuatro hombres la rodeamos. Damián fue el primero y le tiró todo en las tetas. Sebastián la bañó en chorros largos por la panza y el cuello. Hernán le dejó tres tiros en la boca y ella se los tragó sin pestañear. Yo quedé para el final y le acabé en la cara, jugando con la lengua sobre el labio inferior. Ella hacía burbujas con la leche y se reía.

Lucía vino corriendo a limpiarme con la boca.

—Ahora vas a ser mi cuñado —me dijo, alzando la vista—. Pero espero que algún fin de semana te metas en mi cama y me cojas como cuando éramos novios, agarrándome del pelo y desde atrás.

—Mi pija va a seguir siendo tuya —le dije—. Igual que de tu madre, tu prima y tu hermana.

Mi suegra seguía despatarrada en la mesa, los ojos cerrados, una sonrisa enorme.

—Hoy soy una mujer cien por ciento satisfecha —dijo—. Gracias, familia.

—Usted se lo merece, suegra. Sin usted, nada de esto hubiera sido posible.

Las chicas fueron a ducharse para la cena. Yo me di un baño rápido en la ducha de la barbacoa. Al rato estábamos comiendo el cordero, con las copas servidas y los nuevos suegros como si nada raro hubiera pasado.

—¿Un tecito para bajar la comida? —dijo mi suegra al terminar.

Todos nos reímos. Sabíamos lo que se venía. Esta familia no tenía paz, y a esa altura ya no me molestaba.

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Comentarios (5)

PabloK_Lector

Increible!!! uno de los relatos mas excitantes que he leido en este sitio. Felicitaciones

romantico_nocturno

Me dejo con ganas de mas... por favor que haya continuacion!!

suegro_devoto

jajaja la mirada de la suegra ya lo dice todo, demasiado bueno

FernandoC

Muy bien narrado, se nota que sabes crear la tension justa. Un saludo desde Mexico

CuriosoNocturno

Y despues que paso con la boda? eso me da mas intriga que el relato mismo jaja

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