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Relatos Ardientes

El sábado que recibí a mi suegro vestida de novia

Voy a contarles esto de forma breve, porque ustedes ya conocen el tipo de relación que tenemos Damián y yo con su padre. No hay novedad en el fondo, sí en los detalles, y los detalles son lo que importa cuando una se sube a la cama.

Igual que el mío, el padre de Damián había padecido mis vacaciones de mayo en silencio. Yo lo sabía por mi marido, que volvía cada tanto de visitarlo y me decía que el viejo apenas hablaba de otra cosa. «Aurelio está mal, Caro. No aguanta más». Y yo lo sabía perfectamente, porque ese tipo de impaciencia se huele.

—Caro, se me revientan los huevos —me repitió Damián una mañana mientras tomaba el café—. A papá, digo. Yo ya estoy bien.

Acordamos recibirlo en mi oficina un sábado a las ocho y media. La oficina los fines de semana es una caja fuerte: nadie sube, nadie pregunta, las cámaras están apagadas y la suite del fondo es nuestra. Damián y yo habíamos pasado la noche allí. Yo había recibido a un cliente largo, de los de quedarse, y a las siete me bañé sin prisa.

Antes de que Aurelio tocara el timbre, extendí sobre la cama mi vestido de novia. Lo hice con cuidado, estirando cada pliegue, alisando el encaje del talle. El vestido tiene una historia que ya conté: lleva manchas de cada uno de los hombres que algún día participarán de mi ritual de embarazo, previsto para el verano que viene en el Sur. De todos los pendientes, faltaba la firma de mi suegro.

Sonó el timbre a las ocho y media en punto. Damián bajó a recibirlo; yo me quedé arriba, en el vestidor, escuchando la conversación amortiguada por la puerta. Hablaron unos minutos. Mi marido le explicó otra vez lo de las manchas, la promesa, lo del verano. Después subieron.

—Mirá, papá —dijo Damián abriendo la puerta del dormitorio—. Novia para vos. Falta tu semen en el vestido.

Salí del vestidor con el camisón que había usado en toda mi luna de miel: blanco, larguísimo, casi al piso, transparente como agua y con un escote bordado de flores de azahar. Llevaba stilettos blancos, de punta tan aguda que casi pinchaban. Aurelio se quedó parado en el umbral, con la mano todavía en el picaporte.

—Hoy queda manchado y completo —dije, caminando hasta la cama—. A la espera de que me embaracen.

—Cuanto antes —contestó él.

Estaba ronco. La voz de un hombre que llevaba semanas pensando en este momento.

Lo habíamos hablado: Damián filmaría. Aurelio quería tener un archivo para ver más adelante en la pantalla grande de mi oficina, cuando lo pidiera. Mi marido sacó la cámara del estuche, hizo dos pruebas con la luz y me hizo un gesto para que me acercara.

Fue Damián quien me desvistió. Lo hizo despacio, manoseándome con la calma de quien tiene tiempo, mientras Aurelio filmaba desde un ángulo lateral, relamiéndose. No fueron caricias dramáticas: un beso en el cuello, los dedos por debajo de los breteles, el camisón cayendo en cámara lenta. Yo no llevaba sostén, ni tanga, ni medias. Mi cuerpo se transparentaba bajo la tela y, cuando esa tela cayó al suelo, hubo un detalle que mi suegro tardó dos segundos en entender: estaba completamente depilada otra vez. Lisa, fina, sin un solo pelo.

—Dios mío —dijo, y la cámara le tembló en la mano.

—Ahora vos —le dijo Damián, y le pasó la cámara.

Mi marido se desnudó con la naturalidad de siempre, dura ya la verga y la primera gota brillando en la punta. Me arrodillé y se la chupé apenas un minuto, lo justo para que estuviera al borde sin pasarse. Después me recosté en el borde de la cama, con las piernas colgando.

—Probala depilada —le dije a Aurelio.

Mi suegro había dejado la cámara en un trípode pequeño que traía Damián. Se acomodó entre mis piernas y empezó por los muslos, por el pubis, por el clítoris. Subía y bajaba, se tomaba su tiempo. Una vez se le fue la lengua hasta el ombligo y yo me reí en voz baja. Después bajó a los pies, me chupó los dedos uno a uno, y volvió a la cuca con más hambre todavía. La lengua se metía entre los labios, paseaba por el ano, golpeaba el clítoris y volvía a empezar.

—Quiero más —le dije, y lo hice acostarse boca arriba.

Me monté sobre él a horcajadas, abrí bien las piernas y bajé la cara hasta donde yo quería. Él entendió enseguida. Su boca se selló contra mi cuca como si fueran una sola cosa, y la lengua empezó a moverse adentro con un ritmo constante, parejo, cada vez más profundo. No paraba ni para respirar. Yo me apoyé en el respaldo y dejé que el placer subiera de a olas.

Damián filmaba sin parar. En algún momento dejó la cámara fija y se acercó. Me besó en la boca, me apretó las tetas, y un dedo suyo encontró el caminito hacia el agujero pequeño y empezó a jugar ahí. Sentí que estaba a punto de ahogar a su padre y me corrí hacia atrás, todavía montándolo, hasta apoyarme en sus muslos. Le tomé la verga con la mano y la restregué contra los labios hasta encontrar el ángulo exacto.

—Filmá esto en primer plano —le dije a Damián.

Bajé despacio. La pija de Aurelio se metió entera, hasta que la piel tocó la piel. La cara de mi suegro era un poema: los ojos cerrados, la boca abierta sin sonido. Cuando empecé a subir y bajar, Damián murmuró algo sobre que la imagen estaba quedando hermosa: la cuca abrazándolo ajustada, el miembro saliendo brillante de mis flujos cada vez que yo me elevaba.

Aurelio aguantó menos de lo que pensaba. Sus manos, que me habían acariciado las tetas, se cerraron de golpe sobre ellas, las apretaron con fuerza. El escroto se le contrajo. Sentí los chorros adentro, tibios, abundantes, espaciados con esa pausa breve entre uno y otro que nunca se confunde con nada. Conté cinco. Los conté con claridad, como cuando una cuenta pasos en una escalera.

—Levantate —dijo Damián.

Me levanté con cuidado, contracción mediante, y dejé que parte del cargamento bajara por el muslo y cayera directo sobre el vestido extendido. Hubo cuatro o cinco gotas pesadas que dieron en el escote bordado. Damián filmó cada una, en plano medio y luego en macro.

—Misión cumplida —dije.

—Y misión disfrutada —contestó Aurelio.

Me agaché y le limpié la verga con la lengua, despacito, mientras él respiraba como si recién llegara a la cima de una escalera. Mi marido también filmó eso.

***

Después tuvimos un entreacto. Como siempre. Bata corta para mí, calzoncillos para los dos hombres, café de cápsula y unas tostadas que Damián trajo del bar de la esquina antes de que abriera. Aurelio quería pasar un día entero con nosotros en la casa de campo. La idea no me disgusta y prometí intentarlo, aunque mi agenda de junio estaba tan apretada que apenas hablaba de ella; julio venía igual.

Mientras conversábamos, Damián puso un poco de lo filmado, sin editar, en la pantalla grande. Vi el momento en que me desviste, vi la cara que pongo cuando le siento la lengua a Aurelio adentro, vi mi cara cuando me bajo sobre él. La imagen del vestido manchándose me erizó la nuca.

—Tenemos otra ronda —dijo Damián al rato—. Antes de que te toque trabajar.

La verga de Aurelio iba volviendo lentamente. Un poco de mano, un poco de lengua, que me chupara las tetas y bajara después al asterisco hasta dejarlo brillante: con eso bastó. Quedó dura, perfecta, como recién levantado.

Nos acostamos frente a frente, de costado, mientras Damián filmaba desde atrás. Es una posición que me favorece y él lo sabe; me sacó fotos también, varias, porque le había pedido un par para mi galería privada. No se me ve la cara: solo el cuerpo, el perfil, el pelo cayendo. Son fotos parecidas a las que en su momento le mandé a mi padre para convencerlo de cogerme. Sirven para seducir. Son discretas y tremendas a la vez.

Me giré dándole la espalda a Aurelio. Él me abrazó por detrás, me pegó el cuerpo al cuerpo. Levanté la pierna izquierda y la pasé por encima de su cadera. La cuca se me abrió sola y la verga entró como un cuchillo afilado en una fruta madura. El vaivén empezó tranquilo, muy de costadito, y fue subiendo el ritmo a medida que el ángulo se acomodaba.

—Ahora al culo —le dije después de un rato.

Aurelio la sacó, la apoyó en el agujero pequeño y empujó despacio hasta meterla a fondo. Damián filmó en primer plano, casi pegado, y la imagen era de las que hacen quedarse mirando: el orificio estirado, la verga entrando y saliendo brillante, el ritmo cada vez más firme. Aurelio me agarró del hombro con una mano y de la cintura con la otra y empezó a moverse con seriedad.

—No adentro —le recordé, jadeando.

Aurelio me conoce, en lo posible no leche en el culo. La sacó a tiempo. Yo me giré boca arriba, con la cabeza apoyada en su muslo, y le ofrecí el ombligo como un pequeño plato. Él se masturbó dos golpes nada más y descargó sobre mí. La leche cayó espesa, blanca, y formó un charquito chico justo en el centro. Era muchísima para ser la segunda vez en menos de tres horas.

Recogí con dos dedos, me los llevé a la boca, los chupé hasta dejarlos limpios y se la mostré con la lengua en alto. Después le limpié la verga otra vez, despacio. Damián filmó cada segundo de eso. Después dejó la cámara y se sentó al borde de la cama.

—Once en punto —dijo mirando el reloj—. Tenés clientes a las tres.

Nos bañamos los tres juntos, sin sexo, solo con jabón y agua caliente. Aurelio se vistió en el vestidor, se despidió de su hijo con un abrazo largo y de mí con un beso en la boca que duró más de la cuenta.

—Cuando puedas, la casa de campo —dijo desde la puerta.

—Te prometo que sí —le contesté.

***

Me quedé sola en la suite media hora antes de que llegara el primero de la tarde. Damián se había ido a buscar el almuerzo. Miré el vestido de novia tendido sobre la cama, todavía sin doblar. Las manchas nuevas se mezclaban con las viejas formando una constelación irregular sobre el escote bordado. Falta poca gente para completarlo. Cada vez menos.

Pensé en el ritual del verano, en lo que se viene, en si será grupal o de a uno. Damián y yo todavía no decidimos. Hay cosas que es mejor dejar sin decidir hasta que llegue el momento.

Sonó el timbre a las tres en punto. Doblé el vestido con cuidado, lo guardé en su funda, y bajé a recibir.

Tres novedades antes de cerrar este capítulo, queridos lectores:

—Creo que mi cortejo a mi amiga de la universidad, también economista, se está concretando. Ya les contaré.

—El próximo relato va a ser sobre cómo logramos que Damián me entregara, por una noche, a alguien casi desconocido.

—A comienzos de agosto probablemente vuele al norte por una propuesta muy especial y exigente. Aún la estamos pensando.

Un beso grande.

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Comentarios (6)

Rodo_baires

increible!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo, tenes mucho talento

NocheReader22

Por favor una segunda parte, quede con las ganas de saber que paso despues. No me dejes asi jajaja

Pancho_99

Esos momentos de tension son los que se graban en la memoria para siempre. Muy bien narrado, se siente completamente real.

Naty_09

ufff...

AlfonsoZ

La descripcion del momento fue tan precisa que uno se mete de lleno en la escena. Se nota que sabes escribir, no es cualquier cosa lograr eso. Espero que sigas publicando.

CuriosaLect

Y despues que paso?? la intriga me mata, necesito saber como sigue esto

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