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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi suegra mientras todos dormían

Me llamo Andrés y voy a contar lo que pasó en mi casa hace tres semanas, cuando mi mujer ingresó en el hospital y su madre se quedó a dormir conmigo. Tengo veintiocho años, juego al rugby los domingos y trabajo en una imprenta del centro. No soy guapo, pero tampoco fácil de olvidar. Mi suegra Marisol siempre me lo decía, y siempre con esa sonrisa que ahora entiendo mejor.

Mi mujer cumplía las cuarenta semanas el viernes. La internaron el jueves por la tarde con tensión alta y dilatación parcial. El médico nos dijo que pasaría la noche en observación y que era mejor que yo descansara, que el parto podía demorarse otro día más. Volví a casa con la maleta vacía y la casa llena: Marisol y las dos abuelas de mi mujer estaban instaladas en el salón, con sus maletines, sus pañuelos y un olor a colonia antigua que se quedó pegado a las cortinas.

—Vamos a quedarnos aquí hasta que nazca —me dijo Marisol—. Por si necesitas algo.

Tenemos dos cuartos. En el grande está nuestra cama matrimonial, lo bastante ancha como para que las tres mujeres pudieran acomodarse sin problema. Yo me ofrecí a dormir en la habitación pequeña, en el sofá cama del estudio. Las abuelas agradecieron y subieron despacio, una agarrada del pasamanos, la otra apoyada en su bastón. Marisol no dijo nada en ese momento. Solo me miró como si estuviera midiendo una distancia.

—Te traigo una manta extra —ofreció después.

—No hace falta, suegra.

—Que ya no me digas suegra. Llámame Marisol.

Le sonreí y subí a mi cuarto provisional. Las abuelas se acostaron temprano, agotadas del viaje desde el pueblo. Yo me metí en el sofá cama con el celular y los audífonos puestos, intentando dormir y sin conseguirlo. A las once cerraron las luces del pasillo. A medianoche oí la primera puerta.

Tocaron suave. Tan suave que pensé que era el viento.

—Andrés, ¿estás despierto?

Marisol abrió antes de que respondiera. Llevaba un camisón corto, de algodón claro, y un cárdigan encima. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó apoyada en la madera, descalza.

—Estoy despierto. ¿Pasa algo?

—Hace mucho calor allá. Las dos respiran fuerte, parece un tren a vapor. Si no te importa, me cambio acá contigo. Una en cada cuarto y dormimos mejor las dos.

—Claro, sin problema.

Lo dije sin pensar, como un acto reflejo. Ella asintió, apagó la lámpara del pasillo y se acercó al borde del sofá cama. Lo que hizo después no fue lo que esperaba. Se quitó el cárdigan despacio, después el camisón por la cabeza, y se quedó en ropa interior. Un cachetero negro, de encaje, y nada arriba. La luz de la pantalla del celular alcanzó para mostrarme todo lo que llevaba meses sin querer mirar.

—Aprovechando que ya hay confianza —dijo, como si nada—, así no me derrito.

—Sí, claro… Marisol.

Se metió bajo la sábana y se acostó de espaldas a mí. Yo me giré hacia el otro lado. Apreté el celular hasta que me dolieron los dedos. Cerré los ojos y conté cuántos meses llevaba sin tocar a mi mujer. Cinco. Seis, contando el último mes del embarazo, en que ella ya no quería ni un beso prolongado.

Pasaron diez minutos. Quizá menos. Sentí su mano deslizarse sobre la sábana, después por debajo, y por último apoyarse en mi muslo. Me quedé inmóvil. La mano subió, apenas un palmo, lo suficiente para que el dorso me rozara el bóxer.

—Tranquilo —susurró—. No hagas ruido. Las dos están dormidas y las paredes son finas.

—Marisol…

—Sé que tenías ganas. Lo veo en cómo me miras desde hace meses. Yo también.

Me besó. Fue ella la que avanzó, la que abrió la boca primero, la que me agarró la mano y la guió hasta sus pechos. No soy de los que dejan que las cosas pasen sin saber lo que hacen, pero esa noche sí. Le devolví el beso porque llevaba semanas pensando en eso sin admitirlo.

No vamos a hacer ruido, pensé, más para mí que para ella.

—Te lo prometo —dijo, como si me hubiera leído la cabeza—. Solo si tú te portas bien.

Se rio bajito, una risa de garganta. Me bajó el bóxer hasta las rodillas y me agarró con la mano fría. Me apretó hasta arrancarme un suspiro que tuve que tragarme contra su hombro.

—Te dije que no hicieras ruido.

Bajé la cabeza y le succioné los pezones, primero uno y después el otro. Le mordí el cuello con cuidado de no dejar marca visible. Le pasé la mano por el costado, por el vientre, por la cadera, hasta encontrar el borde del cachetero y meterla por debajo. Estaba mojada. Mojada y depilada por completo.

—Me arreglé esta mañana —murmuró—. Por si acaso.

No dije nada. La empujé suave, la hice girar boca arriba y le bajé el cachetero hasta los tobillos. Me arrodillé entre sus piernas y le puse la boca sobre el sexo. Sentí cómo arqueaba la espalda, cómo apretaba la mandíbula para no gemir alto. Le metí dos dedos mientras pasaba la lengua despacio, en círculos.

—Andrés —jadeó—, así, exacto así.

Le puse una mano sobre la boca. No me confiaba. Las paredes eran de pladur barato y las abuelas estaban a tres metros, al otro lado del pasillo. Marisol asintió, me agarró de la muñeca y se mordió mi propia mano para ahogar el grito cuando se vino la primera vez. Sentí el temblor en sus piernas, los talones clavándose en el colchón.

—No quiero solo eso —dijo cuando recuperó el aire—. Quiero que entres.

—Espera.

Me levanté y la giré boca abajo. Le agarré las caderas y la atraje hacia el borde del sofá cama. Antes de penetrarla la lamí otra vez, lentamente, desde atrás, con la lengua plana. Ella enterró la cara en la almohada y soltó un gemido que la almohada apenas pudo contener.

—Calla —le dije.

—No puedo. Me vas a matar.

Entré despacio, hasta el fondo, y me quedé quieto unos segundos para acostumbrarme a la idea de que estaba dentro de la madre de mi mujer, en mi propia casa, con dos abuelas durmiendo al final del pasillo. Después empecé a moverme. Lento al principio, lo bastante lento como para que cada empuje sonara solo a piel rozando piel. Marisol mordía la almohada, se mordía el dorso de la mano, lo que tuviera cerca.

—Más fuerte —pidió—. No me importa que escuchen, dame más fuerte.

—A mí sí me importa.

La frené agarrándola del pelo. Le tiré justo lo suficiente para que levantara la cabeza, no más. Le pegué la boca a la oreja y se lo dije bajito.

—Si gritas, paro. Si te aguantas, te doy todo.

Asintió. Le solté el pelo y volví a entrar despacio, más adentro, hasta que sus rodillas se hundieron del todo en el colchón. Le puse una mano en la espalda baja para mantenerla firme y empecé un ritmo regular, profundo, sin cambios. Ella se aferró a las sábanas, apretó la cara contra la tela y le tembló todo el cuerpo cuando se vino la segunda vez. Esta vez tampoco gritó. Solo soltó un quejido largo y tragado.

—Mi turno —le susurré.

La giré otra vez. Me eché sobre ella, con cuidado de que mis brazos amortiguaran mi peso. Le besé la boca y la sentí sonreír contra mis labios. Entré de nuevo, esta vez más despacio, con todo el cuerpo apoyado contra el suyo. Ella me pasó las piernas alrededor de la cintura y los brazos por el cuello.

—Acaba dentro —dijo—. Da igual. Hace años que no hay riesgo.

No tardé. Llevaba demasiado tiempo aguantando. Cuando me vine, hundí la cara en su cuello y mordí lo justo para no hacer ruido. Sentí cómo me apretaba con las piernas, cómo me retenía dentro hasta que terminé del todo.

Nos quedamos así un minuto, quizá dos. Yo encima, ella debajo, los dos respirando despacio para no romper el silencio del pasillo. El ventilador del estudio seguía girando con su zumbido constante. En algún sitio, una de las abuelas tosió, y los dos nos quedamos petrificados hasta que volvió el silencio.

—Tengo que volver —susurró al final.

—Lo sé.

Se levantó con cuidado. Yo encendí la lámpara de mesilla y la vi vestirse a media luz. Tenía marcas de mis dedos en las caderas y una mancha de rímel corrido en la mejilla. Se miró un segundo en el espejo del estudio y se rio sin sonido.

—Mañana van a saber —dijo.

—Vamos a negarlo todo.

—Yo no voy a negar nada. Tú tampoco. Solo no van a preguntar.

Salió descalza, con el camisón en la mano y el cárdigan a medio cerrar. Antes de cruzar al cuarto grande oí el chirrido de una puerta. Después un susurro, dos voces bajitas, la voz de Marisol diciendo algo corto y firme. Después silencio otra vez.

***

A la mañana siguiente desayunamos los cuatro alrededor de la mesa. Marisol hizo café. La abuela mayor preguntó si yo había dormido bien. La abuela del medio me miraba la marca del cuello como si calculara cuántos años llevaba sin ver una igual. Marisol untaba mantequilla en una tostada como si nada hubiera pasado nunca.

—Andrés, hijo —dijo la abuela mayor, sin levantar la vista del plato—, aquí en esta casa hace mucho calor por las noches. ¿No tienes ventilador para el cuarto pequeño?

—No, abuela. Ya lo compraré hoy.

—Bien. Compra dos.

Marisol levantó la vista del café y me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. La abuela del medio sonrió contra el borde de su taza, y yo entendí exactamente lo que iba a pasar la noche siguiente.

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Comentarios (7)

Toni_rdz

Dios que bueno esto!!! La tension antes de que entrara al cuarto fue lo mas caliente, muy bien narrado

Maturin77

Buenisimo, lo lei de un tiron. Me quede con ganas de saber que paso despues

Mirta_BA

Me encanta como esta escrito, se siente muy real. Sigue publicando!

OmarVillaR

jajaja imaginate la cara si alguien se hubiera despertado... tremendo relato

SabrinaK23

Que calor!! Me dejo sin palabras. Esperando el proximo relato ansiosamente

PedroCba

Una pregunta, esto es real o es ficcion? porque tiene muchos detalles que parecen vividos jaja. Muy bueno igual

RolandoKR

Excelente!! Muy bien narrado, de los mejores que lei en esta categoria

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