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Relatos Ardientes

El día que mi tía me pidió aliviarle la espalda

Soy de un pueblo serrano de Querétaro y me llamo Damián. Mido un metro sesenta y dos, lo cual nunca me ha pesado, sobre todo porque desde la adolescencia tomé la costumbre de levantar pesas y salir a correr antes del amanecer. Mi padre me heredó dos cosas: el carácter testarudo y un miembro que en plena erección llega a los veintiún centímetros, grueso como una mazorca tierna. A veces me ha producido orgullo; otras, frustración. He terminado lastimando a más de una mujer con el cuerpo demasiado cerrado para acomodarme bien.

A los treinta y un años viví la experiencia que más me marcó. La protagonista fue mi tía Lucía, hermana menor de mi madre, a quien jamás se me había cruzado por la cabeza tocar.

Mi rutina matinal era siempre la misma. Me ponía un short de algodón delgado, sin nada debajo, y trotaba por las calles polvorientas hasta el cerro. De regreso pasaba frente al portón de mis tíos, donde mi tío Genaro solía estar regando las macetas. Lo saludaba con la mano, intercambiábamos un par de palabras y seguía mi camino. Pero ese miércoles él no estaba. Una vez cada tres meses viajaba a la capital para sus controles del corazón y no regresaba hasta entrada la tarde.

Quien estaba en su lugar, manguera en mano, era ella. Mi tía Lucía mide un metro cincuenta apenas, es rellenita sin llegar a gorda y carga un trasero que parece esculpido aparte del resto del cuerpo: alto, redondo, durísimo a pesar de sus cincuenta y dos años. De niño la acompañaba al mercado y los señores le silbaban mientras a mí me gritaban «sobrino» en tono burlón. Yo nunca había entendido del todo aquellas miradas. Ese miércoles las entendí.

—Buenos días, mijo. ¿Bien temprano otra vez? —dijo apuntando la manguera hacia un rosal.

—Como siempre, tía. ¿Y mi tío?

—En sus revisiones. No regresa hasta las cuatro.

Su mirada bajó un instante hasta mi short. Fue rápido, casi imperceptible, pero noté que se entretuvo un poco más de lo necesario en el bulto que se me marca cuando corro. No me molestó. Supuse que lo hacía sin pensar, como tantas otras veces.

—Mijo, antes de que te vayas, ¿me ayudas con unos focos del pasillo? Los tengo fundidos hace una semana y tu tío no quiere subirse a la escalera.

—Claro, pásemela.

Me llevó al pasillo interior. Sacó una escalera de tijera baja y se paró enfrente.

—Yo te la sostengo para que no te vayas a caer.

Subí dos peldaños. El short se me ajustaba al cuerpo y, con la postura, se me marcaba todo. Le pasé el primer foco fundido y, mientras enroscaba el repuesto, miré hacia abajo. Mi tía tenía los ojos clavados en mi entrepierna y la boca un poco abierta, como sorprendida. Cuando se dio cuenta de que la había visto, fingió revisar el zócalo. Algo se me prendió por dentro.

Cambiamos los tres focos. Cuando bajé, ella seguía con las mejillas rojas. Caminamos hasta la cocina sin decir gran cosa.

—¿Te preparo algo? Unos huevitos, un café.

—Estoy bien, tía. Acabo de comer plátano.

Apoyada en la mesa, soltó un suspiro y se llevó la mano a los riñones.

—Ay, condenada espalda.

—Pues sí que se le nota a usted bien de salud, tía —dije, medio en broma.

—Ni creas, mijo. Estos dolores no me dejan dormir. Pero al médico no voy: detesto que me revisen.

Recordé entonces el ungüento que mi entrenador me había dado para los tirones musculares. Olía a alcanfor y eucalipto, y a mí me funcionaba a los pocos minutos.

—Tengo algo que le puede servir. Si quiere paso a casa y se lo traigo, vivo a tres cuadras.

—¿Sí, mijo? Te lo agradecería.

Fui y volví en menos de diez minutos. Le mostré el frasquito.

—Mire, se lo aplica donde le duela y como a los diez minutos siente que el dolor se va. Lo puede usar cuantas veces necesite.

Ella lo tomó con las dos manos, lo destapó y lo olió.

—Ay, mijo, ¿pero quién me lo va a poner? Donde me duele yo no me llego.

—Pues dígale a mi tío.

—A tu tío no le gusta atenderme. Cuando le pido algo, lo hace de mala gana. ¿No me lo pondrías tú ahorita? Es nada más una restregadita.

Tragué saliva. La idea me pareció absurda y peligrosa al mismo tiempo, pero asentí.

—Sí, claro. Recuéstese.

—Vamos a la sala. En el sofá estoy más cómoda.

***

Se acostó bocabajo. Le levanté la blusa hasta los hombros y le pedí permiso para soltarle el broche del sostén. Lo desabroché con cuidado. La piel de su espalda era más clara de lo que habría imaginado, sin manchas, sin asperezas. Solo de verla, sentí que se me acomodaba algo abajo. Tuve que estirar la mano disimuladamente y mover el pene dentro del short porque ya empezaba a atorárseme.

Le puse el ungüento entre los omóplatos y empecé a frotar en círculos. Ella suspiró largo.

—Qué rico, mijo. Tienes mano firme.

—¿Le duele aquí?

—Más abajo. Justo arriba de la cintura.

Bajé las manos. Llevaba puestos unos leggins estampados de colores chillones, ajustados, que le marcaban el inicio de las nalgas como si las dibujara. Me incliné un poco más y le pedí permiso.

—¿Le bajo un poquito el pantalón? Solo para llegar a la columna.

—Bájalo, mijo. Lo que necesites.

Tiré del elástico hacia abajo. No supe qué me empujó, si la curiosidad o el morbo, pero no me detuve donde debía. Bajé hasta dejar a la vista la mitad de las nalgas y, al ver que ella no decía nada, seguí. Su trasero quedó al descubierto, sin ropa interior, redondo, firme, con una piel tan lisa que parecía de muchacha. Aguanté la respiración un segundo.

—Aquí me concentro un rato, tía.

—Sí, mijo. Donde haga falta.

Le froté la base de la columna y, sin darme cuenta del todo, mi mano fue resbalando hacia las nalgas. Se las masajeé apretando, separándolas, abarcándolas con la palma. Ella respiraba más fuerte, pero no se movió. En una de esas, giró la cara sobre el cojín y abrió los ojos. Vio el bulto enorme que se me marcaba en el short.

—Mijo, ¿por qué estás así?

—Perdón, tía. No fue mi intención.

—No te apures —dijo bajito—. Total, soy tu tía.

Aquello no era un regaño. Aquello era una autorización disfrazada.

—¿Me untas tantito en las piernas, mijo? Me jalan los muslos.

—Voltéese.

Se giró despacio. La blusa subida le dejaba los pechos al descubierto: pesados, caídos como deben caer los pechos de una mujer que ha vivido, con los pezones grandes y oscuros. Y entre las piernas, sin ropa interior tampoco, el sexo más espeso y peludo que yo había visto nunca. No estaba afeitada, ni recortada. Tenía un vello negro y brillante que le cubría todo el monte y se extendía hacia los muslos.

No aguanté más.

Me incliné y la besé en la boca. Ella intentó apartarme con las manos, débilmente, diciendo «no, mijo, no» entre los labios, pero le sostuve la cara y seguí besándola. Le saqué la blusa por completo, le bajé los leggins hasta los tobillos y se los quité de un tirón. Quedó desnuda en el sofá, mirándome con los ojos brillantes y la boca floja.

Bajé hasta su sexo y le hundí la cara entre las piernas. Estaba empapada. La lengua se me resbalaba en su humedad. Al principio repetía «no, mijo, esto está mal», y cada vez que decía «mal» levantaba un poco las caderas para que yo no me alejara. A los pocos minutos me jalaba del pelo con las dos manos. Sentí cómo se le contraía el vientre y soltó un quejido grave, desde adentro. Se vino con una fuerza que no esperaba.

***

Me trepé sobre ella sin dejar que recuperara el aire. Me quité el short de un tirón y dejé que el peso del miembro le cayera contra la cadera. Ella lo miró y se le ensancharon los ojos.

—Mijo, despacio, despacio. Tienes una verga grandísima. Me vas a partir.

No la escuché. Me la acomodé en la entrada y empujé hasta la mitad de un solo golpe. Ella abrió la boca como queriendo gritar, pero no le salió la voz. Apretó las uñas en mi espalda.

—Sácala, sácala. Está muy grande.

Volví a empujar y se la metí completa. La cara se le crispó un instante. Me detuve. Después empecé a moverme despacio, sacándola casi del todo y volviendo a entrar. A los pocos minutos su gesto cambió. Ya no era dolor: era algo entre la sorpresa y la avidez.

—Agárrame de perrito —dijo en un susurro.

La volteé. Le levanté las caderas y entró otro mundo. Con esa postura, todo lo que tenía de chaparrita se le acomodaba a favor mío. Le clavé las manos en las nalgas, la separé y la cogí sin freno. Ella mordía el cojín y empujaba hacia atrás cada vez que yo entraba. Cuando se vino por segunda vez, lo hizo casi gritando contra la tela.

Sin darle tiempo a recomponerse, le saqué el miembro y bajé a lamerle el culo. Se estremeció y dijo «ay, mijo» con la voz quebrada. Le pasé la lengua despacio, una y otra vez, mientras ella se aferraba al respaldo del sofá. La empujé un poco más arriba, hasta que casi tocaba con la cara la madera, y empecé a jugar con la cabeza del miembro contra su otro agujero.

—Eso no, mijo. Eso no. Por ahí nunca.

—Tantito, tía. Solo la cabeza.

Me ensalivé el dedo y se lo pasé en círculos. Ella se removía, pero abría las nalgas sin darse cuenta. Apoyé la cabeza del miembro y empujé despacio, con paciencia, mojándola con saliva. Cuando entró la cabeza, soltó un grito ahogado.

—Despacito, despacito.

Avancé unos centímetros y me detuve. Esperé. Avancé otro poco. Sentí cómo se le contraía todo alrededor, cómo respiraba en pequeñas bocanadas. Y entonces noté algo que no esperaba: se estaba viniendo otra vez. Sin tocarla, sin moverme apenas, solo con tenerla así.

No pude más. Le saqué el miembro a tiempo, la giré hacia mí y, antes de que pudiera reaccionar, me vacié sobre su cara y su cuello. Ella cerró los ojos y abrió la boca, recibiendo lo que caía.

Nos quedamos en silencio durante un rato largo. Yo, sentado en el sofá, recuperando el aliento. Ella, recostada encima de mí, todavía temblando.

—Mijo —dijo al fin—, esto no se lo cuentas a nadie.

—Ni a la sombra, tía.

Se levantó, se metió a la regadera y se vistió. Cuando salí del baño, ella estaba en la cocina sirviendo café. Me lo tomé en silencio y me fui antes de las once.

De ahí en adelante paso a verla cada vez que mi tío sale a sus controles. Ya sé los días, ya sé las horas. Y cada miércoles que él se sube al camión rumbo a la capital, yo me pongo el short delgado y salgo a correr.

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Comentarios (5)

GusJav30

Excelente relato, me tenia en vilo desde el principio hasta el final. Mas de esto porfavor!

NicoRosario

Que morbo el momento del pasillo, ahi se me fue la cabeza. Muy bueno

EduardoMza

Me quede con ganas de mas, se hizo corto!!

tomis_rdz

jajaja yo en esa situacion ni se como hubiera reaccionado, tremendo relato

Lorena_cba

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. Sigue publicando!

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