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Relatos Ardientes

Mi abuela me esperaba cada vez que mis padres salían

Eran casi las seis de la tarde de aquel sábado cuando mis padres terminaron de prepararse para salir. Llevaban meses esperando ese fin de semana fuera. Mi padre había hecho dos turnos seguidos durante seis días, y mi madre apenas había levantado la cabeza del taller que tenía montado en el garaje. Necesitaban respirar lejos de la casa, lejos del teléfono, lejos del vecindario. Reservaron una posada en la sierra y se fueron con una maleta pequeña y la promesa de no volver hasta el domingo por la noche.

—Te quedas con la abuela —me dijo mi madre desde la puerta—. Pórtate bien.

Tenía treinta y dos años, vivía con ellos otra vez después del divorcio, y «portarse bien» sonaba ridículo en mi boca. Aun así asentí como cuando era un niño, le di un beso y los vi alejarse por el pasillo del edificio. Cerré la puerta despacio. Apoyé la frente contra la madera unos segundos. Detrás de mí, en la cocina, escuché el sonido familiar de una taza chocando contra el plato.

Mi abuela Encarna tenía setenta y un años y una manera muy suya de moverse por la casa, como si flotara entre los muebles que ella misma había escogido cincuenta años atrás. Era pequeña, de caderas anchas, de pelo blanco recogido en una trenza floja. Vestía siempre con batas de algodón fino y, debajo, no llevaba absolutamente nada. Eso lo descubrí dos años antes, una tarde de verano, cuando me pidió que le frotara la espalda con crema porque no llegaba sola. Lo descubrí y lo callé. Y desde aquella tarde, todo cambió entre nosotros.

Entré a la cocina. Estaba sirviéndose té con dos cucharadas grandes de azúcar. No me miró cuando hablé.

—¿Quieres que prepare algo de cenar?

—Cena ya cenaremos —respondió—. Antes hay otra cosa.

Levantó la vista. Tenía los ojos pequeños, claros, un poco hundidos por la edad, pero brillaban como cuando alguien sabe exactamente lo que va a pasar. Me sostuvo la mirada el tiempo justo. Después se levantó y caminó hacia mi cuarto sin esperar respuesta, dejando la taza humeante sobre la mesa.

***

La seguí. Siempre la seguía. Cuando llegué a la puerta de mi habitación, ella ya estaba dentro. La bata de algodón colgaba de la silla del escritorio, doblada con cuidado, como si fuera a usarla otra vez en cinco minutos. Encarna estaba de pie junto a la cama, completamente desnuda, esperándome. No había prisa en su cuerpo. No había vergüenza. Había un acuerdo silencioso entre los dos que llevaba casi dos años funcionando sin una sola palabra explícita.

Cerré la puerta con seguro.

—Tus padres tardarán —dijo, casi divertida—. No tenemos que correr.

Me acerqué despacio. La piel del pecho le caía suave hacia los costados; los pezones se le habían oscurecido con los años. Tenía marcas pequeñas en el vientre, una cicatriz vieja de cesárea, pelo gris en el pubis cortado bajo. Me senté en el borde de la cama y ella se quedó de pie frente a mí. Puso una mano sobre mi nuca. Me apretó la cabeza contra su vientre. Olía a jabón de glicerina y a algo más, algo más íntimo, que no se podía lavar con agua.

—Llevo toda la mañana pensando en esto —dijo en voz baja.

—Yo también.

—Mentiroso. Tú piensas todo el tiempo, no solo por la mañana.

Sonreí contra su piel. Tenía razón. Ella siempre tenía razón.

***

Me empujó hacia atrás con suavidad y me ayudó a quitarme la camiseta. Después el pantalón. Después la ropa interior. No tiraba la ropa al suelo, la doblaba sobre la silla, como hacía con mi pijama cuando yo tenía siete años y dormía con ella los fines de semana. Me dio gracia ese gesto, esa mezcla de abuela y de amante. No dije nada. Sabía que si lo decía, le iba a doler.

Se subió a la cama. Se acomodó entre mis piernas. Me besó las rodillas, me besó los muslos, bajó hasta el pliegue de la ingle y se quedó allí, respirando. Yo ya estaba duro antes de que me tocara. Encarna abrió la boca y empezó por los testículos, sin prisa, como si fuera lo único que importara en la habitación. Los lamía, los chupaba uno y después el otro, con una paciencia que solo tienen las personas mayores. Mientras tanto, su mano izquierda bajaba entre sus piernas y se movía sola, muy despacio, dibujando círculos.

—Despacio —le dije.

—Tú no me digas despacio —contestó sin levantar la cabeza.

Tenía razón otra vez. No era yo quien debía marcar el ritmo.

***

Cuando le pareció bien, se incorporó y se sentó a horcajadas sobre mí, dándome la espalda. Era una postura que le gustaba porque podía apoyarse con las dos manos en mis rodillas y tomar el ritmo que ella necesitaba. Bajó la mirada un segundo, por encima del hombro, como pidiendo permiso. Yo le sostuve la cintura. Asentí.

Se dejó caer encima de mí despacio, con esa precisión casi quirúrgica que tenía para colocarse. No estaba apretada, claro que no, pero estaba caliente y húmeda y me presionaba con los músculos de adentro como si supiera exactamente qué tecla tocar. Empezó a moverse hacia delante y hacia atrás. Me clavó las uñas cortas en las rodillas. Yo le miraba la espalda blanca, las marcas del sostén que ya no llevaba, la trenza floja moviéndose con cada balanceo.

—Encarna…

—Calla. No digas nombres. Ahora no.

Cerré los ojos. Hice lo que me pidió. Dejé que el sonido de la cama y de su respiración me llenaran la cabeza, y sentí cómo el líquido cálido de su sexo me bajaba por los muslos hasta la sábana. Estaba goteando sobre mí. Era un olor antiguo y nuevo a la vez, algo que no se parecía a ninguna otra mujer con la que había estado.

***

Después de unos minutos la sujeté por la cintura y la giré con cuidado, hasta dejarla de costado, dándome la espalda. Posición de cucharita. A ella le encantaba esta postura porque podía dejarse llevar, porque no tenía que sostener nada, porque podía sentir mi respiración en la nuca. Le pasé un brazo por debajo del cuello y con la otra mano le agarré el pecho. Le apreté el pezón entre los dedos. Le di un mordisco suave en el hombro.

—Así —murmuró—. Justo así.

Empecé a empujar duro. Más duro de lo que solía. No sé por qué esa tarde tenía rabia adentro. Quizá era el divorcio, quizá era el hecho de tener treinta y dos años y de haber vuelto al cuarto de la adolescencia, quizá era que mi madre me había dicho «pórtate bien» como si yo fuera un crío. Encarna no se quejó. Al contrario, gemía bajo, ronco, con la boca medio aplastada contra la almohada para que los vecinos no oyeran nada. Cada empujón hacía sonar la madera vieja del somier. Cada empujón ella respondía con una palabra que a mí me hervía las orejas.

—Más fuerte. Más fuerte. No pares.

***

Sentí que me iba a venir. Me detuve. Respiré profundo dos veces. Encarna esperó sin moverse, con los músculos de adentro apretados alrededor mío, sosteniéndome. Esa también era una de sus enseñanzas: nunca se acaba demasiado pronto, nunca se acaba sin avisar. Bajé el ritmo. La acaricié muy despacio entre las piernas con dos dedos, mientras seguía empujando con calma. Le sentí el clítoris hinchado bajo las yemas. Lo froté en círculos pequeños.

—Voy a terminar —le advertí.

—Adentro.

—Encarna…

—Adentro, te he dicho.

Me dejé ir. Fue un orgasmo largo, denso, de los que duelen un poco antes de soltarse. Empujé tres o cuatro veces más con todas las fuerzas que me quedaban. Solté un grito ahogado contra su nuca. Ella me tapó la boca con la mano libre, como había hecho otras veces, y aguantó conmigo el último temblor. Sentí cómo mi semen llenaba todo el espacio entre nosotros y empezaba a salir hacia la sábana arrugada.

Nos quedamos quietos un rato. Sin hablar. Solo el sonido del aire entrando y saliendo.

***

Cuando salí de su cuerpo, ella se giró hacia mí, despacio, con esa pereza dulce de después. Me miró a los ojos. No había culpa, no había vergüenza, no había pudor. Había algo que se parecía mucho al cariño, pero más viejo, más raro, más mío. Me apartó un mechón de pelo de la frente. Me besó en la sien.

—Anda, ve a la ducha —dijo—. Yo cambio la sábana antes de que tus padres llamen.

Me quedé un segundo más mirándola. Quería decirle algo importante. Algo que llevaba dos años sin atreverme a decirle. Abrí la boca y solo salió una sonrisa cansada.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada —contesté—. Que mañana también es sábado.

Encarna se echó a reír. Una risa baja, ronca, que le sacudió todo el pecho. Se tapó con la sábana arrugada y me señaló la puerta con un gesto cansado.

—Ducha —repitió—. Y trae té cuando subas.

Bajé al baño con una sensación que ya conocía bien: una mezcla de paz, de hambre y de un pequeño miedo de que alguien, algún día, se diera cuenta. Pero esa noche no iba a darse cuenta nadie. Mis padres estaban en la sierra. La casa era nuestra hasta el domingo. Y mi abuela, abajo, ya estaba abriendo el armario para sacar las sábanas limpias.

Las cosas con ella no van a terminar pronto. Todo lo que pasó esa tarde —y todo lo que pasó después— pienso contártelo, despacio, sin dejarme nada en el camino.

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Comentarios (7)

Diegote77

tremendo!!! me engancho desde el primer parrafo

RobertoM23

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio la cosa

vikingo_sur

Esta categoria tiene cada vez mejores relatos y este lo confirma. Muy bien escrito, se siente autentico.

lechtor77

El detalle de que ella entre sin tocar la puerta dice todo sobre la confianza que tenian. Muy bien logrado el ambiente

CarlaOk

increible!!! sigan subiendo cosas asi

Marcelo_BA

Lo lei de un tiron, se me paso volando. Espero que haya continuacion

Nora_RIO

Desde las primeras lineas ya te atrapa, muy buen ritmo narrativo. Felicitaciones

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