El día del divorcio mi madre me esperaba desnuda
Lo que voy a contar no se lo he contado a nadie. Lo escribo aquí porque necesito sacarlo de algún sitio, y porque sé que dicho en voz alta sonaría imposible. Pero la vida tiene esas vueltas que ni la imaginación más torcida se atreve a anticipar.
Mi madre y yo vivimos durante años bajo el mismo techo que un hombre que nunca nos puso la mano encima, pero que nos rompió por dentro de mil maneras distintas. Se llamaba Ricardo, mi padre, y era un tirano de manual: el silencio cargado, la mirada que congelaba, la palabra justa para hacerte sentir pequeño en tu propia casa.
Comía con nosotros sin hablar. Salía sin avisar. Cuando volvía, esperaba que el mundo se acomodara a su humor.
Mi madre, Mercedes, aguantó más de la cuenta. Yo aguanté con ella, porque a los veintitantos uno todavía no sabe bien cómo se sale de un sitio así. Crecí mirándola disimular la rabia frente a un plato de comida, fingir interés en conversaciones que no tenía con nadie, contar las horas hasta que él se metiera en su despacho y nos dejara respirar.
Las consecuencias se notaban en mí. Era un chico tímido, de los que se quedan en una esquina de la fiesta. Me costaba acercarme a una mujer, pedir un café, mantener una mirada. Y mi madre lo sabía. Igual que yo sabía que ella no recordaba la última vez que se había sentido deseada.
Nos lo decíamos sin decírnoslo. En miradas largas durante la cena, en ese gesto cómplice de cerrar los ojos cuando él hablaba sin parar, en la sonrisa pequeña que se nos escapaba cuando se levantaba a fumar y nos dejaba solos por fin.
El día que ella le pidió el divorcio yo estaba con ella en la cocina. Recuerdo el ruido del grifo que ninguno de los dos cerró durante la conversación. Mi padre no gritó. Hizo algo peor: sonrió de medio lado y dijo «como quieras, Mercedes». Como si fuera un capricho. Como si ella no llevara veinte años tragándose las ganas de salir corriendo.
Los trámites duraron meses. Abogado, papeles, mudanza parcial, la casa que finalmente quedó para ella y para mí. Mi padre se llevó sus libros, sus trajes, su silencio venenoso. Y una mañana de abril cerramos la puerta detrás de él por última vez.
***
El día que el divorcio se hizo oficial llegamos los dos del juzgado en silencio. No era un silencio incómodo. Era el silencio de los que han caminado mucho juntos y ya no necesitan llenar los huecos. Yo conducía. Ella miraba por la ventanilla con esa cara que pone la gente cuando entiende, por fin, que nadie va a venir a quitarle nada más.
Aparcamos. Subimos los tres pisos sin decir palabra. Abrí la puerta y dejé las llaves sobre la cómoda con un golpe seco que sonó distinto a otras veces. Mi madre me miró y soltó una carcajada corta, casi nerviosa.
—Por fin —dijo.
—Por fin —repetí.
Nos abrazamos en el recibidor. No fue un abrazo cualquiera. Fue uno de esos abrazos que duran demasiado, donde uno siente cómo respira el otro y no quiere soltarlo. Cuando nos separamos, ella tenía los ojos brillantes, pero no estaba llorando.
—Voy a darme una ducha —dijo—. Hace años que no me doy una ducha tranquila.
Asentí. Yo me fui a mi cuarto. Tenía ganas de tirarme en la cama, mirar el techo y escuchar mi propia respiración sin tener que medirla.
Me quité los zapatos. Me eché un rato. Oí el agua correr al fondo del pasillo. Pensé en ella. Pensé en mi padre. Pensé en lo extraño que era ese silencio nuevo, sin pasos pesados, sin puertas que se cerraban con rabia.
Me levanté a buscar agua. Pasé por delante de la cocina. Volví a mi cuarto.
Y ahí fue cuando la vi.
Estaba en mi habitación. Sentada en el suelo, en el rincón entre el armario y la ventana. Desnuda. La cabeza ligeramente ladeada apoyada contra la pared. Una mano entre las piernas, moviéndose despacio. Me miraba.
Me quedé en el umbral. Nadie dijo nada.
***
Salí. Cerré la puerta detrás de mí. El corazón me golpeaba en la garganta. Caminé hasta el final del pasillo, di la vuelta y volví. Me paré frente a la puerta de mi cuarto. No sabía si tocar, si entrar, si fingir que no había visto nada.
Abrí la puerta. Ella seguía igual, en la misma postura, mirándome con la misma calma rara.
Salí otra vez. Me apoyé en la pared del pasillo. Notaba el pulso en las sienes y una erección que no entendía. Es mi madre. Es mi madre y no sé qué hacer con lo que está pasando dentro de mi pecho.
Volví a entrar. Esta vez cerré la puerta despacio. Me quité la camisa, los pantalones, todo. Lo dejé en una silla. Me senté en el rincón opuesto, apoyado en la pared, las piernas estiradas. Empecé a tocarme. La miré.
Ella tampoco había dejado de hacerlo.
—¿Estás muy salido? —preguntó. Su voz sonó distinta, más grave, como si llevara años guardándola.
—Sí —dije.
—Yo también.
Quedamos callados. Yo no podía dejar de mirarle el cuerpo. Tenía cincuenta y un años y tenía un cuerpo de mujer que nadie había querido en mucho tiempo. Pechos firmes, la piel con la marca tenue del sostén, un vientre suave, el vello entre las piernas un poco más oscuro de lo que me había imaginado las pocas veces que me había permitido pensar en eso.
Y me había permitido pensarlo. Para qué mentir. Aquí, en el papel, no tiene sentido mentir.
—Imagínate que te tocas y soy yo el que te toca —dijo de pronto.
Casi se me cortó la respiración. Asentí sin palabras.
—Imagínate que te toco los pechos —respondí, y la voz me salió rara—. Que te cojo los pezones entre los dedos. Despacio.
—Y yo te beso —dijo ella—. En la boca. Con lengua.
—Y yo te beso el cuello.
—Me bajas con la boca por el pecho.
—Y te muerdo.
—Sí. Despacio.
Ninguno de los dos se acercó. Ninguno de los dos se levantó del suelo. Lo único que se movía en la habitación eran nuestras manos y nuestras voces. Hacíamos el amor con palabras, separados por cuatro metros y veinticuatro años de cuerda.
—Me agarras los pechos con las dos manos —siguió ella—. Me los aprietas. Me los lames.
—Te paso la lengua entre los dos.
—Y bajas.
—Y te beso el ombligo.
—Y bajas más.
Yo me masturbaba más rápido. Ella también. Su pecho subía y bajaba como si acabara de correr un kilómetro.
—Te abro las piernas —dije.
—Sí.
—Y te beso por dentro de los muslos.
—Despacio.
—Despacio.
—Y me lames.
—Te lamo.
—Donde sabes —dijo, y cerró los ojos por primera vez.
—Donde sé.
Se mordió el labio. Yo apreté la mandíbula. La habitación olía a piel y a algo más, a ese olor que tienen los cuerpos cuando llevan demasiado tiempo guardándose para nadie.
—Ahora date la vuelta —dije.
—Me doy la vuelta.
—Y te paso la lengua por toda la espalda.
—Y bajas.
—Y bajo.
—Y me lames el culo.
Lo dijo así, sin titubeos. Como si llevara tiempo sabiendo cómo iba a sonar esa frase en su boca.
—Te lo lamo —contesté—. Despacio. Hasta que te tiembla.
—Hasta que me tiembla.
—Y luego te doy la vuelta otra vez.
—Y te metes.
—Y me meto.
—Despacio.
—Despacio.
—Y luego rápido.
—Y luego rápido.
Sentí que me iba. Llevaba demasiado tiempo aguantando algo que no había empezado esa tarde, sino mucho antes, en alguna sobremesa de algún domingo en que mi padre se había levantado a fumar y mi madre y yo nos habíamos quedado solos riéndonos de cualquier tontería. Sentí que se me quemaba todo por dentro. El semen salió caliente, casi furioso, manchándome el muslo y la mano.
Cerré los ojos. Cuando los abrí, mi madre tenía la cabeza hacia atrás, apoyada contra la pared. Respiraba fuerte. No me miraba. Se había ido también, por su lado, en algún momento que yo no había visto.
***
Nos quedamos así un rato largo. Sin decir nada. Sin movernos.
Después me levanté. Recogí mi ropa de la silla. Me vestí con cuidado, como quien se viste en casa ajena. Pasé por delante de ella y le rocé el pelo con la mano. Solo el pelo. Un gesto de hijo, no de otra cosa. Ella no levantó la cabeza.
Salí de la habitación. Cerré la puerta despacio.
Me fui a la cocina y me bebí un vaso de agua entero, de pie, mirando el azulejo de la pared. El corazón me latía despacio ahora, como si todo lo que tenía que pasar ya hubiera pasado.
Esa noche cenamos cualquier cosa que había en la nevera. Hablamos del divorcio, de los papeles que faltaban, de un viaje que ella siempre había querido hacer al norte. No mencionamos lo del cuarto. No nos miramos distinto. O quizás sí, pero en un sitio donde nadie más podría haberlo visto.
Han pasado años desde aquello. Mi madre vive bien. Yo también. He tenido relaciones, ella ha vuelto a salir con un hombre tranquilo que la trata como debería tratarla la gente. Nunca volvimos a tocarnos, ni delante ni detrás. Nunca volvimos a entrar desnudos en la misma habitación.
Pero a veces, cuando hablamos por teléfono y hay una pausa larga entre dos frases, sé que los dos estamos pensando en lo mismo. En esa tarde de abril en la que cerramos una puerta para siempre y, sin querer, abrimos otra que nunca hubiéramos abierto si él hubiera seguido en casa.
No me arrepiento. No la juzgo. Lo necesitábamos los dos.
A veces uno se libera del miedo y descubre que hay deseos que llevaban años esperándole agachados en un rincón de la propia cabeza. La libertad es eso: poder mirar de frente lo que ya estaba ahí.