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Relatos Ardientes

Mi hermana y su amiga me encontraron en el sofá

Aquella tarde de junio el departamento estaba en calma. Mis padres se habían ido al campo el viernes y mi hermana Daniela había salido temprano con sus amigas a la pileta del barrio. El silencio era tan absoluto que escuchaba el zumbido del refrigerador desde la sala.

Encendí el aire acondicionado, me eché en el sofá del living y apoyé el portátil sobre el respaldo. Llevaba semanas sin estar solo en la casa. Es raro lo que produce ese hueco de tiempo: una mezcla de aburrimiento y de pequeña euforia, como si el aire mismo me autorizara a hacer cosas que el resto de la semana no me animo a pensar.

No tardé mucho en abrir un video. Me bajé los pantalones del pijama hasta las rodillas, me apoyé en los almohadones y dejé que la mano fuera trabajando despacio. No tenía apuro. Tenía toda la tarde por delante.

Lo que no calculé fue que la puerta del departamento había quedado sin llave por dentro. Daniela siempre se olvidaba de cerrarla cuando salía rápido, y yo nunca revisaba.

Escuché el ruido del picaporte cuando ya era tarde.

Levanté la cabeza apenas. En el umbral, con un bolso de tela colgado al hombro y un rodete improvisado, estaba Carla. La mejor amiga de mi hermana desde el secundario. Tenía veintitrés años, era trigueña, de ojos oscuros, con el pelo lacio cayéndole hasta los hombros. No usaba mucho maquillaje, pero algo en los rasgos hacía que uno la mirara dos veces.

Me quedé inmóvil, como si quedarme quieto fuera a desaparecerme.

—Me dijo Dani que pasara a buscar el cargador que se olvidó —empezó a decir, y entonces me vio.

Vio el portátil, vio mi mano, vio todo. Me senté de un salto y traté de subirme el pantalón con un movimiento que no sirvió de mucho. Sentí cómo se me incendiaban las orejas, las mejillas, el cuello. Quise hablar y no me salió nada coherente.

—Hola —dije al fin, con una voz que no era la mía.

Carla cerró la puerta con la espalda, sin sacarme la vista de encima. Después dejó el bolso en el suelo y soltó una risa corta, no malintencionada, casi tierna.

—¿Cómo andás? —preguntó, como si nos hubiéramos cruzado en el pasillo del edificio.

Me reí también, sin ganas, por puro reflejo. Quería desaparecer. Quería volver atrás cuarenta segundos y haber escuchado el ruido del picaporte a tiempo.

—No te pongas así —dijo ella, dando dos pasos hacia el sofá—. No es nada del otro mundo. Le pasa a todos los chicos. No te voy a decir nada a tu hermana.

Esa última frase me bajó los hombros. Suspiré. Carla se sentó en el apoyabrazos del sofá, cruzando una pierna sobre la otra. Llevaba un short corto de jean y una remera ajustada que dejaba ver la línea del corpiño deportivo por debajo.

Me miró un rato, sin hablar. Yo ya no sabía qué hacer con las manos.

Que se vaya. Que se vaya y me deje morir solo en este sofá.

—Igual —dijo después, mordiéndose el labio—, no tenés por qué cortar.

***

Me quedé mudo. Pensé que la había escuchado mal. La miré buscando algún gesto de chiste, alguna sonrisa que dijera «era broma», pero no había nada de eso. Había una calma extraña, una decisión tomada antes de hablar.

—Carla… —intenté.

—No, en serio —me cortó—. Si querés que me vaya, me voy ahora mismo y nunca pasó. Pero si te quedás callado dos segundos, me quedo.

No me moví. Pasaron los dos segundos.

Carla se levantó del apoyabrazos y se acomodó frente a mí, de pie, entre mis rodillas. Me miró desde arriba, como si esperara permiso. Yo no se lo di con palabras, pero levanté un poco las caderas para que terminara de bajarme el pantalón. Ella entendió. Lo deslizó hasta los tobillos sin apurarse y lo dejó hecho un bollo en el piso.

Se arrodilló sobre la alfombra. Me agarró con una mano y pasó el pulgar por la punta, suave, mirándome a los ojos todo el tiempo. Yo apreté los dedos contra el sofá. La sensación era tan distinta a la de mi propia mano que me costó respirar.

—Tranquilo —murmuró—. Tenemos tiempo.

Inclinó la cabeza y se la metió en la boca, despacio, casi probando. Cerró los ojos y empezó a moverse de arriba abajo con un ritmo lento, prolongado. Sentí su lengua, sentí la presión del paladar, sentí los dedos de su otra mano apoyándose en mi muslo. El living se redujo a ese rincón, a la mancha de luz que entraba por la ventana, al ruido húmedo de su boca.

Me di cuenta enseguida de que no iba a aguantar mucho. Le toqué el hombro.

—Esperá, esperá.

Carla se separó, con los labios brillantes, y sonrió.

—Ya sé. Bueno.

Se puso de pie y se sacó la remera por encima de la cabeza. La tiró encima del bolso. Se desabrochó el corpiño y lo dejó caer. Las tetas no eran enormes, pero estaban firmes, paradas, con los pezones oscuros y endurecidos. Se bajó el short y la bombacha al mismo tiempo. Quedó completamente desnuda en el medio del living de mi casa, en una tarde de jueves cualquiera.

Se acercó otra vez al sofá, me empujó con suavidad para que me recostara y se subió encima, una rodilla a cada lado de mi cintura. Pero no me cabalgó todavía. Trepó un poco más, hasta apoyarse sobre mi cara.

—¿Te animás? —preguntó.

Asentí. Le agarré el culo con las dos manos y la acerqué. Su sexo estaba caliente, brillante, con un olor limpio y fuerte. Saqué la lengua y empecé a recorrerla, primero por arriba, después marcando círculos donde sentí que se sacudía. Ella se apoyó con las palmas en la pared y dejó escapar un ruido entre suspiro y queja.

—Así, así, no pares.

No paré. Le clavé la lengua entera y aceleré. Empezó a moverse contra mi boca, con las caderas, marcando un ritmo que después se le escapaba. Le sentí el temblor en los muslos, las uñas en el respaldo del sofá. Se mordió el dorso de la mano para no gritar.

—Pará, pará, basta —jadeó—. Me corro y no quiero todavía.

Se bajó, se acomodó el pelo, se rió como si recién entendiera dónde estábamos.

—Vení —dijo—. Quiero arriba.

Cambiamos de lugar. Yo me senté con la espalda contra el respaldo, ella se acomodó encima, otra vez con las rodillas a cada lado, y se fue acomodando hasta que sentí cómo se hundía despacio. Me apretó. Me apretó como si quisiera medirme antes de empezar.

—Dios —dijo, con los ojos cerrados—. Sos más grande de lo que parecía.

Empezó a moverse. Despacio al principio, un balanceo corto, después subiendo y bajando con todo el cuerpo. La agarré de la cintura y la ayudé a llevar el ritmo. El sofá crujía. La remera de mi pijama estaba pegada al pecho de transpiración. Carla se mordía el labio, se inclinaba hacia adelante, me besaba el cuello, me clavaba los dientes en la clavícula sin marcar.

***

No la escuchamos entrar.

Cuando la puerta del departamento se abrió por segunda vez en la tarde, Carla y yo estábamos en pleno movimiento, ella encima, yo agarrándola fuerte. Levanté la cabeza y vi a mi hermana parada en el umbral, con la malla todavía húmeda debajo de un short, una toalla en la mano y la boca entreabierta.

Daniela. Pelo castaño claro, lacio, atado en una colita. Siempre fue más alta que el promedio, con caderas anchas y unas tetas que ella odiaba y todos sus amigos miraban. Estaba ahí, mirándonos.

Se hizo un silencio absurdo, de los que duran un segundo y parecen un minuto.

Carla fue la primera en moverse. Pero no se bajó. Se quedó quieta encima mío y miró a mi hermana sin culpa.

—Llegaste —dijo.

—Llegué —contestó Daniela, sin moverse del umbral.

Yo no entendía nada. Quise hablar y Carla me apretó el hombro, como diciéndome «callate».

—¿Vas a entrar o te quedás ahí? —le preguntó a mi hermana.

Daniela cerró la puerta detrás suyo. Tiró la toalla en una silla. Caminó despacio hacia el sofá. La miré y no encontré nada de lo que yo esperaba ver: ni vergüenza, ni espanto, ni reproche. Encontré algo más parecido a la curiosidad. A la espera.

Cuando llegó al sofá, mi hermana se inclinó y le dio un beso a Carla. En la boca. Largo, sin pudor, con la lengua. Las dos se besaron como si lo hubieran hecho mil veces. Después de un rato, Daniela se separó y me miró por primera vez.

—¿En serio pensabas que no me iba a enterar? —dijo, con una sonrisa mínima.

No supe qué responder.

—Hace meses que se lo digo a Carla. Que tendría que probar. Yo no me animaba.

Sentí un mareo. No por culpa, no por moral. Por la cantidad de información que entraba al mismo tiempo. Carla se bajó de mí, despacio, y se sentó al lado, todavía desnuda. Mi hermana se quedó parada delante de las dos.

—Vos elegís —me dijo—. Si querés, me voy y queda esto entre ustedes. Si querés, me quedo.

Tardé en responder. No porque no lo tuviera claro. Tardé porque tenía que escucharme decirlo en voz alta.

—Quedate.

***

Daniela se sacó la malla con dos movimientos. Después el short. Quedó desnuda como Carla, con la piel todavía con marcas del traje de baño, una franja más blanca alrededor de las tetas y de las caderas. Se arrodilló frente al sofá, entre mis piernas, igual que había hecho Carla un rato antes.

Me la metió en la boca sin titubear. Carla se acomodó al lado, le agarró el pelo y lo mantuvo apartado para que mi hermana pudiera moverse sin que le tapara la cara. Yo no podía mirar. Tampoco podía no mirar. Cerraba los ojos un segundo y los abría asustado de perderme algo.

Después se intercambiaron. Carla se inclinó y le pasó la lengua a Daniela por la oreja, le bajó por el cuello, se la metió entera en la boca. Las dos se besaban entre medio. Y volvían a mí.

En un momento, Carla se acostó boca arriba en el sofá, con las piernas abiertas, y mi hermana se acomodó arriba mío, otra vez. Pero ahora yo estaba parado, agachado sobre el sofá. La penetré desde atrás, despacio, sosteniéndola por las caderas, mientras ella hundía la cara entre las piernas de Carla.

Carla gemía bajito, mordiéndose la mano. Daniela apretaba la boca contra ella para no gritar. Yo no podía pensar. Empujaba más fuerte, más rápido, sin medir nada.

—Me corro —avisé.

—Acá —dijo mi hermana, y se separó para arrodillarse al lado de Carla.

Las dos se acomodaron frente a mí, como un espejo. Una rubia clara, una morena de pelo lacio. Sacaron la lengua casi al mismo tiempo. Me agarré con la mano y terminé encima de ellas, en la cara, en los labios, en el pecho de las dos. Después se miraron y se besaron otra vez, riéndose, limpiándose entre las dos.

Me dejé caer en el sofá. No me salía la voz. Tenía las piernas flojas, el pulso acelerado. Las miré reírse, levantarse, caminar desnudas hasta el baño como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—Ducha —ordenó Carla desde el pasillo.

Cuando volvieron, ya con remeras prestadas mías y el pelo mojado, no hablamos del tema. Hicimos café. Pusimos una serie. A las nueve volvieron mis padres del campo y nadie sospechó nada.

Pasó otra semana hasta que volvió a ocurrir. Esa vez fue Daniela la que se ofreció primero, sin necesidad de que Carla apareciera por la puerta. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (5)

Marcos_72

muy bueno!!! quede enganchado desde el principio, no pude parar de leer

NocheReader22

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue todo esto

Romina_Cba

jajaja la cara que habrá puesto cuando escuchó la llave... tremendo momento, me reí mucho

DiegoSur88

Muy buen relato, bien narrado y con bastante tension desde el inicio. Seguí escribiendo!

Lucas_rdp

increible!!!

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