El día que mi hija se puso el vestido de su madre
El mensaje de Camila llegó un martes a las dos de la madrugada, cuando ya no esperaba nada de nadie. Decía que iba a cursar el último año a distancia y que volvía a casa al final de la semana. Lo leí tres veces antes de soltar el teléfono sobre la mesa de luz. Cinco años llevaba durmiendo solo en este cuarto.
Su madre se llamaba Lorena. Lorena tenía veintiún años cuando entró al taller a preguntar por una junta de tapa de cilindros y se quedó conversando hasta que cerramos. Yo me había separado hacía poco, andaba mal, y nunca terminé de entender qué vio en mí. Pero me amó como nadie. Una enfermedad rápida me la sacó cuando Camila tenía catorce, y desde entonces aprendí a comer solo, a mirar la televisión solo, a contestar el teléfono con esa voz un poco hueca que le sale a uno cuando hace mucho que no la usa.
Camila volvió un sábado a media tarde, con dos valijas y la cara cansada. La abracé en la puerta y sentí, por primera vez de un modo brutal, que ya no era una nena. Tenía la altura de Lorena, los hombros estrechos de Lorena, esa forma de caminar metiendo apenas las puntas hacia adentro. Cuando se sacó la campera, me di cuenta de que también tenía sus pechos. Medianos, parados. Aparté la mirada como si me hubieran descubierto en algo.
—Vine a hacerme cargo —dijo, dejando las valijas en el living—. No quiero que sigas viviendo así.
—No tenés que sentirte obligada conmigo —contesté.
—No me siento obligada. Es lo que quiero.
Hubo una frase que me quedó atravesada en la garganta y que no dije. Quisiera tenerte para mí y amarte como amaba a tu madre. Ni siquiera me la formulé en voz alta dentro de la cabeza. Apenas la rocé con el pensamiento y me di asco.
La casa tiene tres habitaciones. La que era nuestra, con la cama matrimonial, la dejé tal cual estaba el día que se la llevaron. Solo saqué mi ropa y mis cosas. Me mudé al cuarto de huéspedes, al fondo, donde apenas entra la luz por la mañana. Camila volvió a su pieza de adolescencia, la que daba al patio, y pensé que las cosas iban a ordenarse así, cada uno con su lugar, como debía ser.
Duraron dos semanas las cosas como debían ser.
***
Esa mañana volví del taller antes del mediodía. Había mandado a Damián, mi socio, a buscar un repuesto a Lanús, y como no tenía nada urgente que hacer me vine a casa a cambiarme. Quería ponerme algo más liviano, ver el partido del Mundial Sub-20 que pasaban por la tarde y comer cualquier cosa. Entré directo a mi cuarto, me cambié rápido y bajé a la cocina pensando en una cerveza fría.
Y casi se me detuvo el corazón.
De espaldas a mí, frente a la hornalla, había una mujer revolviendo una salsa con cuchara de madera. Llevaba un solero floreado que le dejaba los hombros al aire y le marcaba la línea de la espalda hasta el inicio de la cola. Era el solero verde con margaritas amarillas que le había comprado a Lorena en un viaje a Mar del Plata, una tarde de enero, cuando todavía éramos jóvenes y todo nos parecía posible. Solero que conocía centímetro por centímetro, porque más de una vez se lo había levantado por detrás mientras cocinaba, riéndose ella, mordiéndome yo el cuello.
Caminé hacia ella sin pensar. Tenía las manos estiradas, ya casi tocando la tela, cuando la mujer giró la cabeza.
—Hola, papi. No te escuché entrar.
Me quedé congelado, los brazos suspendidos en el aire, sin saber dónde meterlos. Camila me miraba con una sonrisa rara que no le había visto nunca.
—¿Qué pasa? ¿Tanto te sorprende verme cocinando?
—No, no… dame algo fresco, por favor. Tengo la boca seca.
Me sirvió un vaso de limonada. Mientras tomaba, ella siguió revolviendo la salsa como si nada. Yo no podía sacarle los ojos de los hombros, de la nuca despejada, del nudo del solero anudado a la altura de los omóplatos.
—Ese vestido era de tu madre —dije al fin.
—Sí. Lo encontré en el placard de tu cuarto. Espero que no te moleste. Pensé que podía aprovecharlos, los dejaste todos colgados.
—No, no me molesta. Es que… te confundí con ella. De atrás son iguales. Casi te toco la cola sin darme cuenta.
Lo dije sin pensar y me arrepentí en el acto. Camila se rio bajito, sin mirarme.
—No te aflijas, papi. Es culpa mía por aparecerme así sin avisarte.
Esa misma noche, después de la cena, me anunció que se mudaba. Dijo que el cuarto del fondo le quedaba chico, que la habitación matrimonial estaba desperdiciada, que ella ya era grande y necesitaba espacio para sus cosas. Lo dijo en un tono que no admitía discusión. Me limité a asentir.
***
A partir de ahí dejé de dormir bien.
Camila empezó a usar la ropa de su madre todos los días. Vestidos, camisones, hasta una salida de baño de seda blanca que Lorena se ponía los domingos. Caminaba por la casa con esa ropa puesta como si fuera lo más natural del mundo, y yo no me animaba a decirle nada, porque cualquier cosa que dijera me iba a delatar.
De noche, con la puerta de mi cuarto cerrada y la cara contra la almohada para que no me oyera, empecé a hacerme la paja pensando en ella. Ya no en Lorena. En ella. En la línea de la cola debajo del solero, en los pezones que se le marcaban contra la tela del camisón cuando salía del baño con frío. Es mi hija, me repetía. Es mi hija, es mi hija, es mi hija. Y me venía igual, mordiendo la sábana.
Una mañana encontré una bombacha suya, usada, sobre la tapa del lavarropas. No era casualidad. Lo entendí después, pero esa mañana no lo entendí. La levanté con dos dedos, la olí, la apreté contra la cara. Olía a flores y a ella. Me la llevé al cuarto y me la pasé por la pija mientras me venía. Después la doblé con cuidado y la dejé en el cesto, como si nada.
***
Pasaron unos quince días en ese equilibrio enfermo, hasta que llegó el mensaje de Romina.
Romina era prima de Lorena. La había visto en el casamiento, en el funeral y en alguna Nochebuena, siempre acompañada por su marido. Cuando enviudó hace cuatro años se mudó al pueblo de los padres y le perdimos el rastro. Su mensaje en Facebook era cordial, casi tímido. Decía que estaba de vuelta en la ciudad, que se había acordado de mí, que le gustaría tomar un café y charlar. Le contesté en el mismo tono. Quedamos en encontrarnos al día siguiente, a las cinco de la tarde, en el bar de la esquina del taller.
Esa noche, en la mesa, mientras cenábamos unos fideos con tuco que ella había preparado, le comenté con naturalidad lo de Romina. No le dije nada que no fuera cierto, pero me oí la voz y noté que sonaba un poco infantil, como si estuviera dándole explicaciones a alguien que pudiera retarme.
—¿Y vas a ir? —preguntó, sin levantar la vista del plato.
—Sí. Hace mucho que no la veo.
No dijo nada más. Terminó de comer en silencio y se levantó. Otras noches nos quedábamos hasta tarde mirando alguna serie en el sillón, ella con los pies apoyados en mi regazo. Esa noche se fue derecho al dormitorio y cerró la puerta.
***
El encuentro con Romina fue mejor de lo que esperaba. Estaba más linda que en mis recuerdos. La viudez le había sentado bien, decía riéndose, aunque después se ponía seria y miraba el café como si buscara algo en el fondo. Hablamos durante dos horas. Cuando nos despedimos en la vereda, me dijo:
—Que esto sea el principio de una buena amistad.
—Así va a ser —contesté, y la besé entre la mejilla y el borde de la boca, más por torpeza que por intención.
Volví a casa con un humor que hacía mucho no tenía. Le conté a Camila el encuentro con detalles, con pelos y señales, mientras ella secaba los platos sin mirarme. Cuando nos sentamos en el sillón, frente al televisor apagado, dejó el repasador a un lado y me miró de frente.
—No sé por qué le decís «prima» —dijo, despacio—. No es nada tuyo. Y no quiere ser tu amiga. Quiere coger con vos.
—Camila…
—Y vos también. Por eso te arreglaste tanto antes de salir.
Se levantó y se fue al dormitorio. Me pareció que se le quebraba la voz al final. Me quedé sentado con el control remoto en la mano, sin saber qué hacer. Esperé un rato largo, pensando que iba a volver. No volvió.
Al final me levanté y golpeé la puerta del que había sido mi cuarto y ahora era el suyo.
—Camila, ¿estás bien?
No me contestó. Giré el picaporte despacio.
—Voy a entrar.
—Pasá.
***
Estaba sentada en el borde de la cama matrimonial, con un déshabillé color crema que reconocí enseguida. Era de Lorena. Debajo llevaba un conjunto de lencería salmón que también era de Lorena, y que yo había guardado en el cajón de arriba, debajo de las medias. Se puso de pie cuando entré. El déshabillé se le abrió y dejó ver el corpiño y la bombacha de encaje contra la piel clara.
—Papá, ¿vos escuchaste lo que te dije el día que llegué?
—Sí.
—¿Qué te dije?
—Que venías a hacerte cargo. A ayudarme a rehacer mi vida.
—¿Y qué más?
Me quedé callado.
—Que la iba a reemplazar a mamá. En todo. ¿Vos entendiste eso o no entendiste?
—Camila, no podés en todo. Soy tu padre.
—¿Y qué? ¿Te molesto? ¿No te gusto?
—Sí me gustás. Te quiero. Te amo. Pero sos mi hija.
—Entonces no salgas con la prima Romina. No salgas con nadie. Me tenés a mí. Yo te voy a hacer feliz como te hacía mamá.
Caí de rodillas. No fue una decisión, fue un derrumbe. Le abracé las caderas, apreté la cara contra la tela del déshabillé y sentí su olor. Igual al de su madre, pero más joven, más vivo. Le besé el vientre por encima de la tela, le besé la cara interna del muslo, le besé el encaje de la bombacha hasta sentir el calor que había debajo. Ella me dejó hacer un rato. Después me apartó suavemente con las manos en mi pelo.
—Sacate la ropa —dijo—. Quiero que me enseñes todo lo que sabés.
***
Me desnudé despacio mientras ella se sacaba el déshabillé y se subía a la cama. Me eché encima sin tocarla todavía, sosteniéndome con los codos, y le miré la cara desde arriba. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le besé los párpados primero. Después la frente. Después la boca, despacio, y cuando ella me devolvió el beso con la lengua, algo se rompió adentro mío y dejé de pensar.
Le bajé la bombacha tirando con cuidado, sacándosela por los pies. Ella sola se desabrochó el corpiño y lo dejó caer al costado. Empecé por los pezones, mordiendo apenas, lamiendo después con la lengua plana, y ella suspiraba como si le doliera. Bajé por el vientre hasta el sexo y le abrí los labios con la boca. La lengua se me hundió en algo cálido y resbaladizo. Camila gimió bajito y me apretó la nuca con las dos manos.
Se acomodó después en posición invertida, sin pedir permiso. Me agarró la pija con las dos manos, la sopesó como midiéndola, y se la metió en la boca entera, hasta el fondo. La sentí en el paladar. Yo seguí trabajando la concha de ella, lamiendo el clítoris con la punta y metiendo la lengua todo lo que me daba. Estuvimos así no sé cuánto tiempo. Ella largó la pija un instante para avisar.
—No doy más. Me voy a venir.
Aceleré sobre el clítoris y la sentí temblar entera. Me empapó la cara con un líquido espeso que no alcancé a tomar todo. Yo me vine sin avisar, en su boca, y ella no soltó. Me chupó hasta la última gota y después se dio vuelta para besarme, y nos pasamos lo que teníamos en la boca de uno al otro hasta que ya no se podía distinguir nada.
***
Cuando recuperé el aire, me cruzó un pensamiento como un cuchillo.
—Perdoname, hija. Esto no puede ser. No está bien.
—¿Qué pasa? ¿No me querés?
—Te lo dije. Te amo. Te deseo más que a nada.
—Entonces no hablemos más. Para afuera soy tu hija. Acá adentro, cuando estamos los dos solos, somos marido y mujer.
Se levantó, descalza, y trajo de la cocina una botella de vino tinto y dos copas. Sirvió una para cada uno. Tomamos en silencio, sentados en la cama, mirándonos como dos desconocidos que acababan de descubrirse. Después dejó la copa en la mesa de luz, se acostó a lo largo y abrió las piernas. La concha le brillaba todavía, abierta como una flor partida.
Me acomodé encima. Le apunté con la pija a la entrada y empujé despacio el primer centímetro. Camila cerró los ojos y me dijo, en un susurro, las mismas palabras que su madre me había dicho la primera vez, en una pensión de Bahía Blanca, hace veintidós años.
—Despacio, por favor.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. No supe qué contestar. Apenas apoyé la frente contra la suya y le dije lo único cierto que podía decirle.
—Me hacés el hombre más feliz de la tierra.
Lo que pasó esa noche, y lo que pasó las noches que vinieron, lo voy a contar otro día. Por ahora alcanza con saber que cuando me desperté al amanecer, ella seguía dormida a mi lado, con el pelo desparramado sobre la almohada que había sido de Lorena, y que por primera vez en cinco años no me sentí solo en esta casa.