Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi madrastra me dio la lección que jamás olvidaré

Cuando mi padre murió, Mariana decidió quedarse. Llevaba seis años casada con él cuando el coche se le salió de la carretera una madrugada de enero, y yo tenía catorce años, una mochila de rabia y ningún otro adulto que me sostuviera. Ella tenía treinta y tres. Habría podido marcharse con la mitad de la herencia y empezar de cero en cualquier ciudad del país. No lo hizo. Se quedó en la casa. Se quedó conmigo.

Durante cuatro años me firmó las notas, me llevó al hospital cuando me partí la muñeca jugando al fútbol y me esperó despierta cuando volvía tarde de las fiestas. Para cuando cumplí dieciocho ya la llamaba mamá sin pensarlo. No tenía recuerdos de mi madre biológica, había muerto cuando yo era un bebé, y Mariana ocupaba ese lugar sin discusión.

Mariana era alta, de piel oscura y brillante, con las caderas anchas y unos muslos firmes que hacían girar cabezas en la calle. Yo había aprendido pronto a no mirar. Era mi madre. Lo había decidido a los quince años y, desde entonces, lo cumplía con una disciplina casi militar. Lo que no había aprendido —y eso lo descubrí aquella tarde de octubre— era a callar la boca delante de ella.

Aquel sábado había vuelto del gimnasio con dos amigos del barrio, Tomás y Diego. En el recibidor, antes de cerrar la puerta, soltamos comentarios sobre una chica que vivía dos cuadras abajo. Cosas baratas, cosas de adolescentes con la cabeza llena de aire. La cosificamos en cinco frases y nos reímos como si fuera un deporte. No pensé que Mariana estuviera escuchando desde la cocina.

Cuando los chicos se fueron, ella estaba sentada en el sillón del salón con el periódico cerrado sobre el regazo. No me miró cuando pasé.

—Sebastián —dijo, en ese tono bajo que usaba cuando algo le importaba de verdad—. Ven aquí.

Me senté frente a ella. El reloj del aparador marcaba las cinco y media.

—¿Otra vez con esa manera de hablar?

—Eran solo bromas, mamá.

—Las bromas también enseñan. —Cruzó las piernas. Tenía los pies descalzos, las uñas pintadas de un rojo oscuro que parecía vino—. Tu padre hablaba igual cuando lo conocí. Como si las mujeres fueran piezas de un catálogo. Tardé exactamente un año en quitarle esa costumbre.

—Mamá, no me cuentes…

—Te lo voy a contar de otra manera. —Se puso de pie. Llevaba una falda recta, hasta la rodilla, y una blusa de seda color crema—. Sube conmigo.

La seguí escaleras arriba. Pensé que me iba a regañar en su habitación, lejos de los oídos de la empleada que limpiaba en la planta baja. Pero cuando entré detrás de ella, oí cómo giraba la llave en la cerradura. Cerró por dentro.

—Mariana, ¿qué…?

—Quítate la sudadera —dijo, sin girarse.

—¿Qué?

—La sudadera, Sebastián. La camiseta también. Estás castigado.

—Mamá, esto no es…

Entonces se giró. Empezó a desabrocharse los botones de la blusa, uno por uno, con una calma que me hizo perder el aire. Llevaba debajo un sostén negro de encaje que yo nunca había visto. Lo había imaginado, claro. A los dieciséis lo había imaginado tantas veces que me odiaba al amanecer. Pero verlo, en mi propia casa, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana, era otra cosa.

—Mamá, por favor.

—No me llames mamá esta tarde —dijo. La blusa cayó al suelo—. Esta tarde voy a ser otra cosa para ti.

Avanzó dos pasos. Yo retrocedí hasta chocar contra la puerta cerrada. Mariana era casi de mi altura con tacones, y aunque iba descalza, tenía esa manera de moverse que te ponía siempre en desventaja.

—Las mujeres no son objetos —me dijo, y me apoyó la mano abierta sobre el pecho—. ¿Quieres aprender de verdad qué es una mujer? Vas a aprenderlo aquí, esta tarde, conmigo. Y te aseguro que no se te va a olvidar.

—Esto está mal —susurré.

—Sí. Está muy mal. —Sonrió por primera vez en toda la conversación—. Ese es el punto.

***

Me quitó la sudadera ella misma. Después la camiseta. Yo no la ayudé y no la detuve. Estaba paralizado, con la espalda contra la puerta y el corazón golpeándome las costillas como un animal asustado. Mariana me miraba como si fuera la primera vez que me veía, como si los cuatro años de mamá e hijo nunca hubieran existido.

—Mírame —dijo.

La miré. Sin trampas, sin esquivar. Por primera vez en cuatro años la miré entera: el cuello largo, el escote del sostén, la cintura, las caderas que llenaban la falda recta. Tragué saliva.

—¿Te gusto?

—No puedo contestar eso.

—Sí puedes. Y vas a contestarlo. ¿Te gusto?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

Asintió despacio, como si llevara años esperando esa respuesta.

—Pues hoy vamos a hacer algo con ese desde siempre —dijo—. Y mañana, cuando vuelvas a salir con tus amigos y se les ocurra hablar mal de una mujer en mi puerta, te vas a acordar de esta tarde y te vas a callar la boca.

Me besó. No fue un beso de madre. Fue un beso que duró demasiado, con la lengua, con los dientes, con un mordisco lento al labio inferior que me arrancó un sonido que no supe que tenía guardado. Cuando se separó, tenía mi cara entre las manos.

—Si me dices que pare ahora, paro y bajamos. Y nunca más se vuelve a hablar de esto. ¿Quieres que pare?

—No.

—Repítelo.

—No quiero que pares.

—Buen chico.

Me empujó hacia la cama. Me tumbó de espaldas sobre la colcha y se quedó de pie a los pies del colchón, mirándome como un cazador mira a una pieza que ya está dentro de la trampa. Se desabrochó la falda. La dejó caer. Llevaba unas medias hasta el muslo y un tanga negro a juego con el sostén. Yo no respiraba.

—¿Sabes lo que más me cansa de los hombres como tú? —preguntó, mientras se arrodillaba sobre la cama y avanzaba a cuatro patas hacia mí—. Que hablan de cuerpos sin haber estado nunca dentro de uno de verdad. Hablan de tetas, de culos, de bocas, sin saber lo que es una mujer respirándote en la cara.

Se sentó a horcajadas sobre mi cintura. Me sujetó las muñecas contra la almohada.

—Esta tarde vas a saberlo. Y la próxima vez que abras la boca, vas a pensar antes.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, mamá.

—No. Esta tarde, no. ¿Cómo me llamas esta tarde?

—Mariana.

—Eso es. —Bajó la cara y me besó otra vez. En este beso fue ella la que mordió—. Mariana.

Me soltó las muñecas. Bajó por mi pecho besándome despacio, ordenando con la lengua un mapa que iba a recordar el resto de mi vida. Cuando llegó al borde del pantalón del chándal, lo bajó sin esfuerzo. Yo levanté las caderas para ayudarla y me odié por la velocidad con la que lo hice.

—Mira esto —dijo, casi divertida—. Mira lo poco que te ha costado.

Me tomó en la boca sin previo aviso. Cerré los ojos. Mariana sabía exactamente lo que hacía, y eso era casi lo peor: cada movimiento era una decisión, una orden, una clase magistral. Me tuvo al borde dos veces y me apartó las dos veces, con la palma abierta, sonriendo cada vez que yo soltaba un sonido de frustración.

—Esta tarde no acabas tú primero —dijo—. Esta tarde no decides nada.

Trepó otra vez sobre mí. Se quitó el tanga sin dejar de mirarme a los ojos y se sentó despacio, dejándose caer milímetro a milímetro, hasta que su peso me presionó las caderas contra el colchón.

—Mírame —repitió.

La miré. Empezó a moverse despacio, las manos abiertas sobre mi pecho, los ojos clavados en los míos. No me dejaba apartar la vista. Cada vez que intentaba cerrarlos, ella me agarraba la barbilla con la mano libre y me obligaba a sostenerle la mirada.

—¿Sabes qué es esto, Sebastián?

—No.

—Es una mujer. Una mujer entera. No una broma de gimnasio. ¿Lo entiendes?

—Sí, Mariana.

—Repítelo.

—Eres una mujer entera.

—Buen chico.

***

Me cabalgó durante lo que me parecieron horas y fueron, según supe después al mirar el reloj, apenas cuarenta minutos. En algún momento me dio la vuelta y se puso de espaldas a mí, apoyada con las manos en la cabecera, y me dejó verla. Verla de verdad. La curva de la espalda, la nuca tensa, los hombros temblando.

En algún otro momento me hizo arrodillarme detrás de ella y me dijo, con la cara hundida en la almohada y la voz quebrada, que no quería que la tratara con cuidado, que esa tarde no había cuidado para mí.

Cuando pidió que terminara, me dijo dónde y cómo. No me dejó elegir. Me dejó hablar solo cuando me preguntó algo, y solo respondí con su nombre, una vez, dos veces, hasta perder la cuenta.

Después me abrazó en silencio. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho y la respiración entrecortada. Me apartó el pelo sudado de la frente con una ternura que no se parecía a nada de lo que acababa de pasar.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí, mamá.

Sonrió contra mi pecho.

—Ahora ya puedes volver a llamarme así.

—Mariana…

—Dime.

—¿Esto va a volver a pasar?

Levantó la cara. Me miró a los ojos. La luz de la tarde se había vuelto naranja y le iluminaba solo la mitad de la cara.

—Eso depende de cómo hables de las mujeres a partir de mañana —dijo—. Si vuelvo a oírte un comentario como el de hoy, vas a tener otro castigo. Y, te lo advierto, los castigos en esta casa van en aumento.

—¿Y si no?

—Si no, esto fue lo único que hubo. Y algún día te casarás con una chica buena, le harás el amor con respeto, y nadie sabrá nunca que tu madrastra te enseñó la lección.

Me quedé callado. Me miraba con una sonrisa que no era inocente. No lo había sido nunca, en realidad, y yo solo lo entendía ahora.

—Pero —añadió despacio, deslizando un dedo por mi pecho—, si por casualidad volvieras a hablar mal de alguna chica… aunque fuera por accidente…

No terminó la frase. No hizo falta.

***

Esa noche, durante la cena, Mariana me sirvió el plato como cualquier otra noche. Me preguntó por mis amigos, por el partido del domingo, por la asignatura que llevaba peor en la universidad. La empleada nos sirvió el café y se retiró. Mariana se quedó frente a mí, removiendo el azúcar despacio, mirándome por encima del borde de la taza.

—Mañana tienes clase a las nueve, ¿no?

—Sí, mamá.

—Pues a dormir temprano.

Subí a mi cuarto. Me tumbé en la cama. Me quedé mirando el techo durante una hora. A la mañana siguiente, cuando salí del portal y me crucé con Tomás y Diego en la esquina, ellos empezaron a hacer comentarios sobre la chica del segundo. Me los quedé mirando un segundo de más. Y, por primera vez en mi vida, les dije que se callaran.

No me preguntaron por qué. Yo tampoco se lo expliqué.

Esa noche, cuando bajé a cenar, Mariana me esperaba en la cocina con la mesa puesta. Me miró de un modo distinto. Un modo que decía buen chico sin decir nada. Y supe, sin necesidad de preguntar, que aquella tarde no iba a ser la última.

Valora este relato

Comentarios (7)

Chucho85

Tremendo relato, la tension del principio te atrapa de una.

Rodrigo_noc

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que paso despues jajaja

MiguelBA23

Me hizo acordar a una situacion incomoda de mi adolescencia jajaja, claramente no termino igual pero la tension la capturaste perfecto.

diana_78

Ufff esa escena inicial... morbo puro. Muy bueno

JuanPablo_RB

¿Hay segunda parte? Necesito que haya segunda parte

PatriciaLectora

Lo que mas me gusto es como esta escrito, se siente real y no exagerado. Eso es dificil de lograr.

Nico_mdq

jajaja ese titulo no te deja dudas de nada. Me encanto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.