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Relatos Ardientes

El plan de mi suegro: una invitada inesperada esa tarde

Esto pasó hace ya varios años, en una época en la que mi matrimonio era más una rutina cómoda que cualquier otra cosa. Para entonces yo había convertido a mi marido en un cornudo crónico, con varios amantes que él jamás llegó a sospechar. El más prohibido de todos, sin embargo, vivía dentro de su propia familia: su padre. Mi suegro Esteban y yo llevábamos meses encontrándonos a escondidas, y él me había confesado más de una vez que conmigo descubría cosas que su mujer le había negado durante décadas.

Aquella tarde de jueves me telefoneó al mediodía. Me dijo que mi suegra estaría fuera de la ciudad y que me reservaba una sorpresa. Lo conocía lo suficiente para no preguntar. Avisé en casa que iba a visitar a una amiga, me cambié de ropa dos veces frente al espejo y a las cinco estaba tocando su timbre con el corazón golpeándome ya bajo la blusa.

Me abrió con esa sonrisa de niño grande que le ponía cuando preparaba alguna travesura. Me besó en la boca apenas cerró la puerta, pero enseguida me condujo hacia el salón sin darme tiempo a preguntar nada. Y entonces la vi.

Sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y un vestido rojo demasiado corto para una visita formal, había una chica que no podía tener más de veinticinco años. Hermosa, de pelo castaño, labios pintados con esmero. No me hizo falta mucho para entender que mi suegro había contratado compañía profesional para la ocasión.

—Te presento a Camila —dijo Esteban—. Camila, ella es la mujer de la que te hablé.

La chica se levantó y me dio un beso en la mejilla con la naturalidad de quien hace eso varias veces por semana. Olía a un perfume floral, caro. Mi suegro carraspeó y, con esa misma sonrisa, anunció que tenía un par de cosas que resolver en el piso de arriba y que nos dejaba un rato para conocernos.

—Vayan haciéndose amigas —dijo, y subió las escaleras.

Yo no sabía si reírme o sentirme ofendida por el guion tan transparente. Me senté en el sofá frente a ella y le pregunté si quería tomar algo. Camila negó con la cabeza, se acomodó a mi lado y, con la confianza que solo da la práctica, me puso una mano sobre el muslo.

—Tienes unos pechos preciosos —dijo sin rodeos—. ¿Me dejas tocarlos?

Yo había tenido alguna experiencia previa con mujeres, pero decidí jugar a la inocente curiosa. Le contesté que ninguna chica me había tocado nunca y que no sabía si me iba a gustar. Ella sonrió con paciencia profesional y deslizó la mano hasta el primer botón de mi blusa. Lo desabrochó despacio, sin perder mi mirada en ningún momento, y cuando llegó al sujetador se inclinó para acariciarme por encima de la tela.

Después de un rato dejándome hacer, me incorporé y la miré directamente.

—Ahora me toca a mí.

Ella se subió el vestido por encima de las caderas con una soltura que no dejaba dudas sobre su oficio. Llevaba un sujetador rojo de encaje que apenas le contenía un par de pechos espectaculares. Decidí dejar atrás el papel de tímida. Le bajé la copa con dos dedos, le saqué un pezón y me lancé sobre él. Camila gimió bajito, sorprendida quizás de que la clienta cambiara tan rápido el papel.

Estuvimos así un rato hasta que ella, como una leona que recupera su iniciativa, me empujó suavemente hacia atrás y empezó a chuparme los pechos con una técnica que ninguna mujer me había aplicado nunca. Mientras me los devoraba alcé la vista y descubrí a Esteban en lo alto de la escalera, mirándonos con la respiración contenida. Le hice una seña con la barbilla para que bajara. Lo que estaba dispuesta a hacer con esa chica yo quería que él lo viviera de cerca.

Mi suegro entendió el gesto y abandonó su puesto de mirón. Cuando llegó al salón, Camila seguía con la boca pegada a mi pecho izquierdo. Le indiqué con la mirada que se ocupara del derecho. Esteban se arrodilló junto al sillón, le rodeó la cintura con un brazo y empezó a chuparle el pezón a Camila con la misma calma con la que me lo había hecho a mí muchas tardes.

—Con este hombre da gusto —murmuró ella, separándose un instante—. Sabe muy bien lo que hace.

Yo recordaba perfectamente lo bueno que era con la lengua. Lo dejamos un rato en su tarea, hasta que decidí que ya era hora de subir un escalón.

—Suegrito —le dije—, ¿no crees que nuestra invitada debería ver el instrumento que tienes?

—No es para tanto —contestó él, fingiendo modestia—, pero si me lo pide la mujer que más quiero de mi familia…

Y sin más se desabrochó el cinturón delante de las dos. Camila levantó las cejas con un aprecio que no parecía actuado.

—Vaya con tu suegro —dijo, riéndose—. Entiendo perfectamente que te lo quieras follar. ¿Tu marido no la tiene así?

—Ni la tiene, ni sabría qué hacer con ella —respondí.

Hice que Camila se pusiera de espaldas a mí. Le rodeé el torso con los brazos y le junté los pechos formando una especie de surco entre sus copas. Le hice un gesto a Esteban para que se acercara. Él entendió enseguida y empezó a moverse despacio entre los pechos de la chica, mientras yo le mordisqueaba el cuello a ella desde atrás. Camila supo seguir el juego sin necesidad de instrucciones; era evidente que la profesionalidad incluía mucha imaginación.

Al cabo de unos minutos, mi suegro se apartó.

—Chicas, en el dormitorio vamos a estar más cómodos.

—¿No te asusta que mi suegra se entere? —pregunté, divertida.

—En cierto modo —contestó él—, casi me alegraría.

Subimos los tres cogidos de la mano por la escalera de roble. La habitación matrimonial olía a la colonia de mi suegra, y eso me provocó un escalofrío que no fue precisamente de culpa. Camila y yo nos terminamos de desvestir, una frente a la otra, sin prisa. Cuando estuvimos desnudas nos arrodillamos juntas a los pies de la cama. Esteban se puso delante, con esa erección suya que parecía empeñada en desmentir su edad.

Sin necesidad de ponernos de acuerdo, Camila y yo nos repartimos el trabajo. Ella ocupaba un lado, yo el otro. Cuando ella se lanzaba a por la punta, yo bajaba a lamer los testículos. Cuando yo me la metía en la boca, ella besaba la base. Esteban miraba al techo con los ojos entrecerrados, como si tratara de no correrse antes de tiempo.

—Mi amor —dijo de pronto, mirándome—, perdóname, pero me gustaría probar el coño de nuestra invitada. Camila, mientras tanto, ocúpate de que mi nuera no se aburra.

Las dos asentimos sin discutir. Camila se tumbó en la cama con las piernas abiertas y mi suegro se hundió en ella de un solo empujón. La chica soltó un quejido que sonaba más sincero que cualquier otro hasta el momento.

—Querida —me dijo, buscándome con la mano—, tu suegro no solo la tiene grande, sabe usarla.

Decidí que se expresara con otra parte del cuerpo. Me arrodillé encima de su cara y bajé despacio hasta que mi sexo quedó sobre su boca. Ella entendió sin palabras y sacó la lengua. Lo hacía endemoniadamente bien. En menos de un minuto me corrí con tal violencia que tuve que apoyarme en el cabecero para no perder el equilibrio.

—Tía —jadeó Camila bajo mis muslos—, se nota que disfrutas con el sexo. No me extraña que te lo hagas con él.

Mi suegro seguía dentro de ella, marcando un ritmo profundo. Yo me bajé hasta colocarme de costado y, sin que Esteban se saliera, Camila y yo empezamos a besarnos con la lentitud morosa de dos amantes con todo el tiempo del mundo. Mi suegro nos miraba sin perder un detalle.

—Veros besarse así pondría caliente a un muerto —murmuró—. Gracias por el espectáculo.

Animadas por su voz, Camila y yo seguimos jugando. Ella se sentó en el borde de la cama y yo me puse a cuatro patas para chuparle un pecho. La postura dejaba mi trasero a la altura de los ojos de Esteban. Aguantó tan poco mirando como yo había aguantado antes. Se tumbó en la cama y, con esa voz suya, dijo lo que esperaba oír.

—Cariño, ven aquí. Quiero follarte.

Me subí encima de él dándole la espalda, con el culo mirando hacia su cara, y empecé a cabalgarle despacio. Camila, sentada a un lado, me observaba.

—Siento repetirme —dijo—, pero la forma en que te lo follas es de profesional.

Esteban tuvo un momento de duda y su erección flaqueó un segundo. Camila, sin romper el ritmo, alargó la mano y le hizo un par de caricias rápidas que lo devolvieron a la dureza inicial. Él aprovechó para soltar otro de sus deseos.

—Quiero penetrarte mientras tú le comes el coño a Camila.

Camila se tendió de espaldas con las piernas abiertas. Yo me coloqué a cuatro patas con la cara pegada a su sexo y mi suegro detrás de mí. Entró de un golpe seco que me arrancó un gemido. La diferencia entre el padre y el hijo seguía siendo tan obvia como cruel: él me follaba con la intensidad de un chico de veintipico años. Yo, por no quedarme atrás, hundí la lengua en Camila.

—Chica —jadeó ella—, más de una clienta mía pagaría por una lengua como la tuya.

—Pues tú estás cobrando por esto —replicó mi suegro entre embestidas—, así que espero que lo des todo.

Estuvimos así hasta que Camila se corrió. Cuando recuperó el aliento, se incorporó y me besó en la boca con una intensidad nueva, casi agradecida. En ese mismo instante yo también me dejé ir, y mi suegro tuvo el tino de aguantar todavía un poco más.

—Mi amor —jadeó—, ahora me gustaría follarme a nuestra invitada.

—Tus deseos son los míos —contesté.

Esteban se tendió de espaldas y Camila se montó encima. Empezó a subir y bajar con una técnica que mostraba años de oficio. Yo me acerqué a ella, le acaricié los pechos y la besé despacio, mientras ella seguía moviéndose. Me agradeció el gesto sin palabras, mordiéndome el labio inferior.

—Para mí esto es alucinante —susurró—. Pocas veces te encuentras una buena polla y una mujer que te trate bien al mismo tiempo.

Esteban notó que Camila se cansaba y propuso cambiar de postura. Se pusieron los dos de costado, él detrás de ella, y empezó a embestirla con un ritmo intenso. Yo seguía a su lado, jugando con los pechos de la chica, besándola en el cuello, mordiéndole el lóbulo. Los gemidos que soltaba no eran fingidos, y me sorprendió comprobar lo mucho que me importaba que no lo fueran.

Cuando mi suegro sintió que llegaba al límite, nos pidió a las dos que nos tumbáramos juntas en la cama. Se arrodilló sobre nosotras y dejó caer su semen entre nuestras caras. Camila y yo nos miramos, sonreímos y, sin pensarlo, empezamos a chupársela las dos a la vez para limpiarla. Él se reía bajito, agotado y feliz.

—Sois maravillosas —dijo—. Os adoro.

Mientras nos turnábamos, llevó una mano a mi trasero y empezó a acariciarme alternando los dos agujeros. Una mirada cómplice de Camila bastó para entendernos. Me incorporé, le dirigí la polla otra vez a mi sexo y me la metí entera de un movimiento. Camila se inclinó al lado y se puso a lamer los testículos de mi suegro mientras él entraba y salía de mí.

—Sois terribles —jadeó él—. Me vais a volver loco.

Después de un rato, saqué su miembro de mi sexo y me incliné a besarlo en la boca con verdadera ternura. Mientras nuestro beso se alargaba, sentí la lengua de Camila explorándome por detrás, atendiéndome con la misma delicadeza que un instante antes había dedicado a Esteban. Cuando me separé del beso, mi suegro me preguntó al oído si no creía que era hora de volver a ocuparnos de nuestra invitada.

Camila se tumbó con las piernas abiertas. Esteban se arrodilló entre ellas y le hundió la lengua. Yo me coloqué a un lado y le acaricié los pechos y los muslos al mismo tiempo. La chica empezó a gemir como si nunca antes la hubieran tratado así.

—Vais a hacer que me sienta mal por cobrar —dijo entre jadeos—. Debería pagaros yo.

Cuando Camila se corrió, Esteban se incorporó con la polla otra vez en plena forma. Le sonreí.

—Vaya, suegrito, no se rinde nunca.

—Es para follarte mejor, querida nuera.

—Yo os ayudo —se ofreció Camila, ya recuperada.

Hizo que Esteban se tumbara de espaldas y me indicó que me subiera encima en cuatro patas. Tomó la polla de mi suegro con la mano y la guio hasta la entrada de mi sexo, dándome instrucciones precisas para que descendiera despacio, centímetro a centímetro. Cuando estuvo dentro empecé a moverme. Camila, satisfecha de su pilotaje, se levantó un instante y se sentó en la cara de Esteban. Él, sin perder el ritmo, empezó a comerle el sexo desde abajo.

—Esto es maravilloso —gimió ella—. Me hacéis olvidar quién soy.

Estaba claro que Esteban quería oír exactamente eso. Siguió devorándola hasta que la chica volvió a correrse encima de su boca. Cuando se recuperó, se desplazó hasta donde mi sexo se unía con la polla de mi suegro y empezó a lamernos a los dos a la vez. La sensación era tan extraña como adictiva. Cada vez que notaba que Esteban perdía dureza, ella le aplicaba un par de caricias precisas que lo devolvían al instante. Adoré, en ese momento, a mis dos compañeros de juego.

Esteban se corrió dentro de mí con un quejido largo. Camila no esperó: llevó su lengua hasta mi sexo y empezó a lamer los restos del semen que se le escapaban. Yo, lejos de quedarme quieta, me giré y nos colocamos en un sesenta y nueve perfecto, con Esteban sentado a un lado mirándonos. Saber que él era el espectador me excitó más que cualquier otra cosa.

Y entonces, cuando creía que ya no podía pasar nada nuevo, sentí cómo mi suegro recuperaba la erección por enésima vez esa tarde. Se colocó detrás de mí y, sin previo aviso, se hundió otra vez en mi sexo mientras la lengua de Camila seguía atrapada entre los dos. Aguanté apenas un par de minutos antes de correrme con un orgasmo que me dejó temblando.

—Folla con Camila —le dije a Esteban, casi sin voz—. Quiero verla disfrutar otra vez.

La chica recibió la propuesta encantada y se tumbó boca arriba. Esteban se arrodilló entre sus piernas y volvió a meterla con la misma intensidad. Yo me acerqué a la cara de Camila y nos besamos despacio, con la complicidad de quienes ya han compartido algo difícil de explicar.

—Vosotros conseguís que mi trabajo sea muy agradable —murmuró ella entre besos.

Para Esteban oír aquello fue suficiente. Siguió embistiéndola hasta el final, y en el último momento se la sacó y le derramó el semen sobre el vientre, justo encima del ombligo. Camila se lo extendió con dos dedos como si fuera una crema, mientras me sonreía con los ojos entrecerrados.

Bajamos a la cocina, los tres envueltos en albornoces, y nos bebimos una botella de vino blanco como si fuéramos viejos amigos. Camila se vistió antes de irse y, en la puerta, me apretó la mano con una fuerza inesperada.

—Cuando quieras repetir —me dijo al oído—, dile a tu suegro que llame.

Cerró la puerta y yo me quedé un instante quieta en el recibidor. Esteban me abrazó por detrás y me besó la nuca. Sabíamos los dos que aquello no iba a quedarse ahí.

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Comentarios (5)

Facu_Cba

tremendo relato!!! se hizo cortisimo, quiero mas

GaboNocturno

Muy bien armado el suspenso del principio, cuando describe la escena del salon te engancha de una. Esperando la continuacion

lectora_silenciosa

No suelo comentar pero este me saco una sonrisa. La tension que genera desde el primer parrafo es increible, muy bien logrado

rodrigo_baires

jajaja el suegro con sus planes... tremendo personaje. Seguí así que estás en racha

Anto_baires

excelente!! se nota que sabes escribir, nada de golpes bajos todo con suspenso

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