Mi tía me descubrió aquel agosto en el pueblo
Voy a contar algo que me sucedió cuando tenía veinte años recién cumplidos, y que pasó con mi tía política, que entonces andaba por los cuarenta y tres. Con quince años nos habíamos mudado con mis padres y mis hermanos a un pueblo del interior de Aragón, cerca de Zaragoza, pero cada agosto bajábamos al pueblo de Extremadura donde vivían mis abuelos y un hermano de mi madre, mi tío Ricardo, casado con Carmela y padre de dos primos míos.
Sentía atracción por mi tía desde adolescente. Carmela era de esas mujeres campechanas, cariñosas, con un humor pícaro cuando se hablaba de cualquier cosa que rozara lo íntimo. En aquel año en concreto yo había suspendido la entrada a la universidad y me había tomado un sabático forzoso que, mirado con perspectiva, me sirvió para espabilarme y para aprender unas cuantas cosas sobre cómo tratar a una mujer en la cama.
Como ya conté en otros relatos, mi primera vez había sido el verano antes de irnos a Aragón, con una mujer que casi podía ser mi abuela. Después tuve algo con la esposa de un militar que veraneaba en el pueblo de mi nueva casa. De aquella señora aprendí cómo gozar a una mujer sin prisas. Y aquel año sabático añadió otra capa. A través de un chaval del barrio acabé entrando y saliendo de unos bares de alterne que se habían abierto a las afueras de Zaragoza, y algunas de las camareras me enseñaron cosas que jamás había visto en una revista. Con todo aquello en la mochila, ese agosto bajé al pueblo decidido a dejar de pensarlo y a probar suerte de verdad.
Pongo lo de tía entre comillas porque Carmela era la mujer de mi tío y no compartíamos sangre. Eso no le quitó morbo a saber que la mujer que me llamaba sobrino me ponía la cabeza del revés.
Era morena, con melena larga, ojos cafés muy oscuros y unos labios gruesos. Tenía un trasero redondo que movía con un salero que paraba el tráfico cuando cruzaba la plaza, piernas firmes y unos pechos generosos, algo caídos por haber criado a dos chavales, pero que me dejaban tonto cuando la pillaba sin sujetador por la cocina. Tenía la barriga un punto rellena, la voz dulce, esa risa baja que parece estarte contando un secreto.
Todo arrancó una tarde en la que el sol pegaba como un castigo. Yo había ido a su casa a buscar a mis primos, pero mi tío se los había llevado a una huerta que tenían en las afueras. Como me ahogaba de calor, me había quitado la camiseta y me había quedado en pantalón corto. Estaba tirado en el sofá esperando a que volvieran. En esos años yo era flaco, alto, piel blanca de la que nunca se pone morena.
Carmela entró del patio con un cubo en la mano y se me quedó mirando.
—Qué suerte tienes, sobrino. Quién pudiera ir como tú.
—¿Por qué lo dice, tita?
—Pues así, fresquito. Una se va asando vestida y vosotros encima nada.
Desde los once años, cuando empecé a notar que aquello despertaba abajo, fantaseaba con verla desnuda, con imaginarme su sexo cubierto por una mata oscura de pelo. Le solté con cara de niño bueno.
—Pues será porque no quiere usted, tita. Aquí no la ve nadie, está en su casa.
Se quedó un momento mirándome con media sonrisa.
—Pues como estamos solos te voy a coger la palabra. Yo también me pongo fresca.
No me lo creí hasta que se desabrochó la blusa. La dejó sobre el respaldo de una silla, se quedó en sujetador y siguió con sus cosas como si nada. Yo me quedé sin saliva. Sus pechos se movían dentro de la copa cada vez que se inclinaba para escurrir un trapo. No pude disimular.
—Ay, sobrino. Por qué me miras así. Tú estarás acostumbrado a ver tetas más bonitas que las mías.
—Para nada, tita —dije, sin atreverme a contarle que en mi vida había visto un escote como el suyo.
—Una vieja como yo no es para ponerte así. Espero no incomode.
—Ni vieja ni nada. Está usted muy guapa.
Terminó lo que estaba haciendo, se volvió a vestir, me dio un beso en la mejilla y salió a la calle. Yo me pasé toda la tarde recordando aquella imagen, su pecho moviéndose, el modo en que se rió cuando le dije que no era vieja.
***
Al día siguiente volví después de comer. Carmela llevaba un vestido azul ajustado que le marcaba las nalgas. Me recibió como si nada hubiera pasado.
—Estoy sola. ¿Te apetece bajar conmigo a dar una vuelta por el paseo del río?
—Claro, tita.
Volvimos cuando empezaba a refrescar. Mi tío y mis primos seguían en la huerta. Encendió el televisor en blanco y negro, todavía no había llegado el color a aquella casa, y nos pusimos a ver lo que había. Al rato se recostó y apoyó la cabeza en mis muslos, las piernas estiradas en el sofá. Intenté pensar en cualquier otra cosa para que no se me notara. Lo intenté. No me sirvió de nada.
El escote del vestido caía hacia los lados y desde mi ángulo le veía los pechos casi enteros. Cada vez que respiraba, la tela se movía. La erección me crecía contra la cremallera del pantalón y empezaba a hacerse demasiado evidente. Me levanté con la excusa de ir al baño antes de que se diera cuenta.
Iba tan ofuscado que se me olvidó echar el pestillo. Me bajé los pantalones, me apoyé contra el lavabo y empecé a tocármela mirando una baldosa cualquiera. Estaba a punto de correrme cuando se abrió la puerta.
Carmela se quedó parada en el umbral. Yo me quedé congelado. Una mano subiendo y bajando, la otra acariciándome los testículos, los ojos cerrados un segundo antes y, de pronto, los suyos clavados en mí. Pasaron dos o tres segundos en los que ninguno respiró. Ella fue la primera en girarse. Yo cerré la puerta de un manotazo, me subí los pantalones y salí al salón rojo como un tomate.
Estaba sentada en el sofá, tranquila, con las piernas cruzadas.
—Perdóname, tita —dije sin mirarla—. Cuando se te recostaba se te veía el escote y no he podido evitarlo.
—¿Perdonar qué? No estabas haciendo nada malo. Es lo más normal del mundo a tu edad. Por mí no te preocupes, no se lo voy a contar a nadie.
Pero algo en sus ojos había cambiado. No era enfado. No era vergüenza. Era una calma rara, como quien acaba de tomar una decisión.
***
A partir de aquella tarde, Carmela me trataba distinto. Me rozaba al pasar por el pasillo. Se quedaba un rato más cuando me servía el café. Soltaba bromas que antes se habría callado. Yo no sabía si me lo estaba imaginando o si era una invitación, y la duda me tenía en vilo.
Una mañana subí a la habitación de mis primos a buscar una cinta que me había olvidado. Ella estaba allí, limpiando, con el mismo vestido azul de la tarde del sofá pero con dos botones más sueltos. La saludé y me senté en la cama. Ella siguió con el plumero, inclinándose hacia adelante para sacar el polvo de la repisa. La postura no era casualidad. Yo tampoco tenía ya catorce años para no entender lo que me estaba diciendo sin palabras.
Me levanté, me acerqué por detrás y le puse las manos en la cintura. Pegué los labios a su oreja.
—Lo siento, tita. Si te ofendo, perdóname. Pero ya no aguanto más.
Se enderezó muy despacio. Se giró hasta quedar de frente, con la mano todavía sujetando el plumero. Me miró sin parpadear.
—¿A qué te refieres?
—A que llevo años así. Desde el otro día en el baño no he hecho otra cosa que pensar en ti.
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz era media tono más baja de lo normal.
—Pues haberlo dicho antes. Eso tiene solución.
La besé sin pedir permiso. Me devolvió el beso como si llevara meses ensayándolo. La camisa me la quitó ella, con prisa. Yo le bajé la cremallera del vestido por la espalda mientras nos seguíamos comiendo la boca. Saqué un preservativo del bolsillo trasero del pantalón, pero me cogió la mano antes de que lo abriera.
—Déjalo. A mi edad ya no me preñas. Hazlo a pelo, anda.
***
No voy a decir que aquella tarde fuera la mejor de mi vida porque sería injusto con todas las que vinieron después. Pero estuvo cerca. Carmela se acabó de quitar el vestido por la cabeza, se subió a la cama, me hizo señas para que yo subiera detrás. Las paredes de la casa eran finas y los dos sabíamos que mi tío y mis primos podían volver en cualquier momento, y eso le añadía una capa de urgencia a cada cosa que hacíamos.
La empujé contra la almohada, le besé el cuello, los pechos, le bajé la lengua por el vientre hasta llegar al vello oscuro y espeso que le subía hacia el ombligo en forma de espiga. La abrí con los dedos. Olía a mujer caliente, sin ningún disimulo. Le pasé la lengua por toda la raja, le metí dos dedos despacio, los saqué brillantes, me los chupé. Carmela pegó un grito ahogado contra el dorso de su mano y soltó la primera retahíla de la tarde.
—Madre mía, nene, qué estás haciendo, eres un guarro, esas cosas no se hacen, pero no pares, no pares, ay, no pares.
No paré. Le chupé hasta que se le tensaron los muslos contra mi cabeza y dejó escapar un gruñido que más que un gemido parecía una protesta. Se corrió una vez antes de que yo le metiera nada.
Subí a buscarle la boca. Me devolvió el beso sin importarle el sabor. Me agarró el sexo con la mano y me lo guió un segundo hacia los labios.
—Espera, déjame que te lo bese yo también.
—No, ahora no. Si me la chupas me corro y quiero metértela primero.
—¿Tantas ganas tienes de tu tía?
—Tantas que llevo años pensando en esto.
Soltó una carcajada baja, como si le hubiera hecho gracia que fuera tan bruto.
—Pónmela como quieras, anda. Tú mandas hoy.
Le pedí que se pusiera de rodillas, mirando hacia el cabecero. Obedeció sin discutir. Se inclinó hacia adelante con los pechos colgando, las nalgas levantadas, la espalda arqueada como si llevara la vida ensayando aquella postura. Le pasé la punta del sexo por encima del culo, sin entrar. Se estremeció.
—Por ahí no, nene, que tu tío nunca me lo ha hecho.
—Hoy no toca. Solo quería que lo notaras.
La penetré despacio, cogiéndola por la cadera con una mano y por la cintura con la otra. Estaba tan empapada que entré entera de una sola embestida. Hice una pausa para no acabar antes de empezar. Carmela empujó hacia atrás, impaciente.
—Muévete, anda, que me voy a correr otra vez.
Empecé a moverme sin dejarle pensar. Le agarré una teta con la mano libre, le pellizqué el pezón, le cambié el ritmo cuando la sentí cerca. Me clavó las uñas en el antebrazo. Soltó esa retahíla bruta que llevaba media hora mordiéndose.
—Dámela toda, dámela, córrete dentro, no te salgas, que quiero notarla, que quiero notarla ahora, ahí, ahí, ay ay ay.
Yo ya no podía más. Le solté todo dentro mientras le mordía el hombro para no gritar. Me derrumbé sobre su espalda, los dos jadeando, pegados como si nos hubieran cosido.
***
Estuvimos un rato así, sin movernos, hasta que oímos un perro ladrar en el patio y nos acordamos de la realidad. Nos levantamos, nos metimos en la ducha juntos, nos enjabonamos despacio. Solo de verla mojada, con el pelo pegado a la cara, me volvía a poner duro. Me bajó la mano, me agarró otra vez. Sonrió.
—Esto quiere más. Pero ahora no, cariño. Que pueden llegar.
Se arrodilló bajo el agua. Tampoco aquella vez tardé demasiado.
Cuando salimos del baño, ya vestidos y pasables, le cogí la cara con las dos manos.
—Mientras esté aquí no quiero compartirte con nadie. Si no puedes prometerlo, dímelo ahora.
—Seré solo tuya, mi amor. No te preocupes.
—Júrame también que esto no lo sabe nadie.
—Nadie. Jamás.
Cumplió las dos cosas, y yo también. Cada agosto, durante muchos años, volví al pueblo y nos las arreglamos para escaparnos. Lo hicimos en la huerta, en el río, en su propia casa cuando mi tío se iba a por leña, en el coche aparcado detrás del cementerio. Nunca un descuido, nunca una pista para nadie.
Bueno. Casi nunca.
Aquel primer agosto, en uno de los polvos rápidos de los últimos días, se nos olvidó el cuidado. En navidad, mi madre llegó a casa con la noticia de que Carmela estaba embarazada de cuatro meses. Lo único que pude hacer fue sonreír delante de ella y disimular como un actor de feria. Mi tío celebró la noticia como si le hubiera tocado la lotería. Carmela y yo no volvimos a hablar del tema nunca.
La criatura fue una niña. Hoy es una mujer de cincuenta años, casada, con tres hijos. Yo acabo de cumplir setenta. Carmela ya no está. Me llevé el secreto entero y voy a llevármelo a la tumba, salvo por estas líneas que escribo a oscuras, sin nadie cerca, mientras pienso que todos aquellos veranos pasaron y, sin embargo, todavía siento el calor de aquella tarde de agosto como si fuera ayer.