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Relatos Ardientes

La sobrina de mi ex me escribió meses después

Mi ex tenía una sobrina y un sobrino, mellizos de dieciocho años. Con los dos me llevaba bien, pero con ella había algo distinto desde la primera tarde que la vi entrar a la casa con la mochila al hombro y los ojos rojos de haber llorado por su novio.

Marisol, mi pareja en aquel entonces, me había contado que la chica andaba mal con un chiquillo de su escuela. Yo estaba en la cocina sirviendo café cuando entró Renata y se dejó caer en la silla como si pesara cien kilos. Esa misma tarde nos sentamos los tres en un restaurante del barrio y la dejamos hablar. Le di consejos sin meterme demasiado. Cuando volvimos, me dio un beso en la mejilla y me dijo «gracias, tío». Algo en cómo lo dijo me quedó dando vueltas mucho rato.

Desde ese día empezó a llamarme tío. Y a mí, que nunca había tenido hijos, me gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Renata era servicial, cariñosa de un modo que ningún sobrino directo lo era. Cada vez que llegaba a la casa, me abrazaba con fuerza y yo sentía contra mi pecho la firmeza de unas tetas que para sus dieciocho años eran un pequeño escándalo. Tenía la cintura estrecha, las caderas paraditas, un culo redondo que le tensaba cualquier pantalón que se pusiera, y una manera de moverse que parecía no darse cuenta de nada. O tal vez se daba cuenta de todo.

La primera vez que la deseé en serio fue una tarde de marzo. Se había comprado un vestido rojo para una fiesta y bajó a la sala a modelarlo.

—¿Me veo bien para darle celos? —preguntó girando despacio.

Marisol se reía. Yo intentaba sostener la cara más neutra posible, mirándole los zapatos en lugar de las piernas. Esa noche, en la cama, cerré los ojos y por primera vez no estaba con mi pareja. Estaba con la sobrina. Me la imaginaba de rodillas, con ese vestido rojo subido hasta la cintura y la boca abierta esperándome. Me corrí callado, tapándome con la sábana para que Marisol no me viera la mano.

***

Pasó el tiempo y la confianza fue creciendo. Los chicos venían cada vez con menos vigilancia de su madre. En unas vacaciones se quedaron dos semanas con nosotros. Una tarde Marisol propuso, casi en broma, que les enseñara defensa personal por si alguien se les acercaba en la calle.

Era el pretexto perfecto para tocarla sin que nadie pudiera decir nada.

Nos fuimos los cuatro a un parque cerca del río. Empecé con el hermano, Tomás, porque era lo más prudente. Lo agarré del cuello, le mostré cómo zafarse, todo con buena onda. Renata se trepó por detrás riéndose, como si fuéramos niños jugando a las luchas. En algún momento Marisol también se sumó y rodamos los cuatro por el pasto, todos enredados, todos riéndose.

En una vuelta quedé con la espalda de Renata pegada a mi pecho. La rodeé por el cuello para simular una llave y sentí, sin querer y queriendo, que mi antebrazo le presionaba una teta. Ella seguía riéndose. Marisol forcejeaba con Tomás del otro lado y no veía nada. Yo aproveché. Hice un giro como si fuera a levantarla y dejé la mano abierta sobre su pecho un segundo más de lo necesario. Apreté apenas. Sentí el pezón duro contra la palma, marcado a través del corpiño y de la remera. Fue muy poco. Pero fue.

Renata no se quejó. No se sorprendió. Siguió riéndose como si nada, y hasta echó el culo un instante hacia atrás, contra mi entrepierna, como quien no quiere la cosa.

Sentí la verga empezar a hincharse dentro del pantalón y me detuve en seco. Dije que ya estaba, que íbamos bien por hoy. Caminé un poco aparte hasta que se me bajó.

***

Volvimos a la casa para bañarnos. El orden fue Tomás, Marisol, Renata, y al final yo. Cuando ella salió del baño, envuelta en la toalla y con el pelo mojado, pasó cerca de mí y me susurró con una sonrisa pícara:

—A ver si te queda agua, tío. Casi me la termino.

Le devolví la sonrisa sin contestar.

Le avisé a Marisol que iba a entrar al baño un rato mientras se calentaba el agua de nuevo. Cerré la puerta con llave. Me senté en la tapa del inodoro y miré el teléfono un par de minutos. Cuando levanté la vista, vi que el cesto de la ropa sucia tenía la tapa abierta y sobre ella, doblada de cualquier modo, había una prenda íntima negra. La tanga de Renata. No la había guardado bien.

Mi cuerpo entero se quedó quieto.

La tomé con dos dedos. Todavía estaba algo húmeda, no de agua, sino del calor de haber estado puesta. La di vuelta despacio y vi la marca clarita en el centro, ese ovalito más oscuro que deja el coño de una mujer joven después de un día largo. La acerqué a la nariz casi con miedo de mí mismo. El olor era fuerte, salado, con algo dulce que no supe nombrar, el olor puro de su concha marcado en el algodón. Se me puso la verga dura de golpe, tanto que me tuve que aflojar el cinturón para poder sacármela.

Me metí en la regadera sin abrir el agua, con la tela en una mano y la polla en la otra. Apreté la tanga contra la nariz y la boca, chupé la parte que había estado pegada a su coño, sentí el gusto en la lengua, agrio y tibio, y me empecé a hacer una paja lenta pensando en ella. Me la imaginé de rodillas en esa misma ducha, con el pelo mojado pegado a la cara, la boca abierta y la lengua afuera esperando que le acabara encima. Me la imaginé mamándomela hasta el fondo, atragantándose un poco, mirándome desde abajo como me había mirado en el pasto. No tardé nada. Me corrí a chorros contra los azulejos, apretando los dientes para no hacer ruido, con un temblor en las piernas que casi me hace sentar.

Cuando terminé, limpié la pared con la misma tanga y la doblé otra vez, la envolví dentro del corpiño que también estaba ahí, para que Marisol no la viera al separar la ropa. La devolví al cesto.

Abrí la regadera. Me bañé largo. El olor del coño de Renata me había quedado pegado adentro de la nariz como si fuera mío.

***

Esa fue la última vez que estuve cerca de ella. Las vacaciones se terminaron, los chicos volvieron a su casa, y unos meses después Marisol y yo discutimos por una tontería que en realidad era mucho más, y nos separamos. Lo que más me dolió, aunque no lo podía decir en voz alta, fue saber que no iba a ver más a Renata. Fantaseaba con sus labios, con su boca alrededor de mi verga, con la punta de mi polla golpeándole la garganta, con abrirle las nalgas y verle la concha por primera vez. Cosas que un hombre decente no debería fantasear sobre la sobrina de su ex.

Pasaron seis meses. Yo ya vivía solo, en un departamento a quince cuadras de donde había vivido con Marisol. Una tarde de jueves, mientras tomaba café frente a la computadora, me llegó un mensaje en TikTok. Usuario desconocido. Lo abrí.

«Hola, tío. ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí? Te fuiste sin despedirte.»

Era ella.

Le respondí con las manos un poco temblorosas. Le dije que claro que me acordaba, que las cosas con su tía no habían terminado bien y que por eso no había sabido cómo despedirme. Le dije que para mí seguía siendo mi sobrina, aunque ya no fuera nada formal.

«Te extraño mucho —escribió—. Estoy mal y no tengo con quién hablar. ¿Podría ir a verte algún día?»

Le dije que sí antes de pensar.

—Vivo cerca de donde antes —escribí—. Si quieres, te paso a buscar y venimos a casa. Así no tenemos que cuidarnos de quién nos ve.

«Mañana puedo faltar a la escuela —respondió—. Mi mamá ya no me lleva y mi hermano está estudiando en otra ciudad. Estoy libre de dos a ocho. ¿Te parece?»

Le dije que la esperaba en la entrada del centro comercial a las dos. Cerré la conversación y me quedé mirando el techo un rato largo, con la verga apretada contra el pantalón y las bolas hinchadas ya de solo pensarla.

***

Al día siguiente llegué quince minutos antes. Ella fue puntual. La vi caminando hacia la entrada principal y me costó respirar. Llevaba unos leggings negros que le marcaban el culo de una manera obscena, una camiseta blanca corta y una chaqueta de mezclilla abierta. El pelo más largo que la última vez. Las caderas se le marcaban distinto. Ya no era la chiquilla del vestido rojo.

Cuando me vio, dejó de caminar tranquila y pegó un trote corto. Me abrazó fuerte, con las dos manos en mi espalda, y juro por todo lo que conozco que no llevaba corpiño. Sentí las tetas contra mi pecho, firmes, naturales, con los pezones ya marcados por debajo de la tela fina. Sentí también, sin que ella lo disimulara mucho, que me apretó la pelvis contra la mía un segundo más del que correspondía, restregándome el coño por encima de la ropa como quien lo hace sin querer.

—Estás más grande, sobrina —le dije, y me arrepentí de cómo sonó.

Soltó una risa.

—Y tú sigues igual, tío.

Le avisé que todavía no tenía coche, que íbamos a tomar el autobús. No le importó. En la parada me empezó a contar sus problemas: que su madre la asfixiaba, que Marisol la presionaba para salir juntas y ella no quería, que su hermano se había puesto insoportable de celoso.

El autobús llegó lleno. Tuvimos que viajar de pie. Yo me ubiqué en diagonal detrás de ella, una mano arriba del tubo y la otra cruzándole la espalda, cuidándola. Era una excusa razonable. No había muchos hombres en el mundo a los que iba a explicarles el resto.

Apoyé la pierna contra la parte de atrás de sus muslos. Esperaba que se separara. No se separó. Al contrario, se recargó muy levemente. Como una pregunta.

A medida que el autobús avanzaba, se llenaba más. La gente se nos venía encima. Bajé la mano de la espalda hasta su cintura y se la apoyé ahí firme, como protegiéndola. Ella siguió hablando como si nada, pero se reclinó un poco más contra mi pierna. Sentía sus glúteos. Sentía la tela de los leggings, esa textura barata pero increíblemente fina, contra mi muslo. Se le marcaba hasta la línea de la tanga por debajo, y más abajo, la separación de las nalgas y el bulto tibio del coño apretado por la costura.

En un giro brusco del chofer, la gente nos empujó. Bajé la mano un par de centímetros, hasta el borde superior del culo. Ella no dijo nada. No se movió. Siguió contándome alguna historia de la escuela. Yo bajé un poquito más, con la palma abierta, hasta tenerle media nalga en la mano. Apreté. La sentí firme, densa, joven. Me apretó ella entonces la pierna con la parte de atrás del muslo, atrapándome ahí, sin dejarme sacar la mano.

Otro frenazo y mi cuerpo se acercó más al suyo. Sintió, sin que yo pudiera evitarlo, que tenía la verga durísima clavada contra su culo. Giró la cabeza apenas, me miró por encima del hombro y me sonrió. No era una sonrisa de sorpresa. Era una sonrisa de aviso. Después giró la cara al frente otra vez y, muy despacio, me empezó a mover el culo contra la verga, en un vaivén mínimo que nadie en el autobús podía notar pero que a mí me estaba matando.

Le dije al oído que en la próxima parada bajábamos.

***

Subimos la escalera de mi edificio sin hablar. En el ascensor ella se apoyó contra la pared del fondo y me miró fijo. No me animé a tocarla todavía. Quería, y al mismo tiempo me parecía imposible. Se mordió el labio inferior, se pasó la lengua por encima, y sin bajar la vista se apretó una teta por encima de la camiseta, mostrándome cómo se le hundía el dedo. Se me hizo un nudo en la garganta.

Cuando entré al departamento dejé las llaves sobre la mesa. Le ofrecí algo de tomar. Me dijo que un vaso de agua. Le serví. Se lo tomó casi entero de un trago, con un hilito escurriéndole por la comisura, dejó el vaso y se acercó a mí con una calma que me desarmó.

—Tío —dijo—, vine porque quería verte. No porque esté triste.

—Ya lo sé.

Le saqué la chaqueta de mezclilla despacio. Ella levantó los brazos para que pudiera. Debajo, la camiseta blanca dejaba ver lo que yo ya había sentido en el abrazo: nada de tela en el medio, dos pezones oscuros marcados a través del algodón. Le pasé la mano abierta por encima de una teta, sin apurar nada, como si todavía estuviéramos jugando a la defensa personal en aquel parque de hace años. Le pellizqué el pezón entre dos dedos. Ella cerró los ojos y soltó el aire por la boca.

—Llevo mucho tiempo pensando en esto —le dije.

—Yo también. Desde antes de lo que crees.

La besé. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca y ella me chupó la mía como si tuviera hambre de años. Tenía el sabor que había imaginado tantas veces. Le saqué la camiseta de un tirón y le vi por fin las tetas al aire, más lindas todavía de lo que me las había imaginado en la ducha aquel día: paraditas, con las areolas pequeñas y los pezones duros como piedras. Le agarré una con la boca y se la mamé fuerte, chupándosela y mordiéndole apenas la punta. Ella me clavó los dedos en la nuca y gimió por primera vez en voz alta.

La apoyé contra la pared del salón. Le fui dejando besos en el cuello, en la clavícula, en el nacimiento de las tetas, mientras ella me desabrochaba el cinturón con la mano firme de alguien que ya lo había decidido todo en el autobús, o antes. Me bajó los pantalones y el bóxer de un mismo tirón. La verga me saltó afuera, dura, marcada de venas, apuntándole al ombligo. Ella la miró un segundo, se mordió el labio, y se arrodilló ahí mismo, en medio del salón, sin que yo tuviera que pedirle nada.

Me la agarró con las dos manos, escupió encima de la punta y la fue esparciendo con el pulgar. Después abrió la boca, sacó la lengua y me lamió desde las bolas hasta el glande, despacio, mirándome desde abajo con esos ojos brillantes que yo llevaba años imaginándome. Me la metió en la boca de una, hasta la mitad, después un poco más, y empezó a mamármela con un ritmo lento que me hizo temblar las piernas. Se atragantó dos veces buscando meter más adentro, con los ojos aguándose, la saliva chorreándole por la barbilla hasta las tetas. Chupaba con hambre real, cerraba los labios apretados alrededor del tronco y me chupaba también las bolas de a una, mientras me la seguía sacudiendo con la mano.

—Así, sobrina, así —le dije con la voz rota—, mámamela toda.

Ella gimió con la polla en la boca, y esa vibración me estuvo por hacer terminar ahí mismo. La levanté por los codos antes de correrme. No quería acabar todavía. La llevé al sofá.

Le bajé los leggings con cuidado, como si todavía pudiera arrepentirme. No me arrepentí. Debajo no llevaba nada. La piel le ardía. Le abrí las piernas y le vi por fin el coño de cerca: rosado, chiquito, mojado, con un hilo brillante que le colgaba entre los labios. Estaba mucho más mojada de lo que hubiera esperado. Me arrodillé entre sus piernas y hundí la cara ahí, sin previo aviso. Le pasé la lengua entera de abajo hasta el clítoris de un solo movimiento y la sentí arquearse contra mi boca. Le chupé el clítoris fuerte, con los labios apretados, mientras le metía dos dedos y le buscaba por dentro ese punto duro que hace gritar a las mujeres. Ella se tapó la cara con un brazo y soltó un sonido que no era un gemido, que era algo más callado, más íntimo, algo que solo le habría dejado escuchar a una persona en mucho tiempo.

Le seguí comiendo el coño hasta que empezó a temblarle todo el cuerpo. Se agarró de mi pelo, me apretó la cara contra ella, y se corrió en mi boca con un espasmo largo, mordiéndose el brazo para no gritar. La sentí soltar más flujo caliente sobre mis dedos, sobre mi barbilla, sobre el sofá.

Después subí. Le besé el ombligo, las tetas, la boca otra vez, para que se probara. Ella me miró desde abajo con los ojos brillantes y me dijo, casi sin voz:

—Tío, por favor.

Esa fue la palabra que terminó de hundirme.

La agarré por las caderas y le apoyé la punta de la verga contra el coño. La froté ahí, arriba y abajo, empapándomela toda con lo suyo. Ella me buscaba con la pelvis, ansiosa, y yo se la iba negando para hacerla desear más.

—Metémela, tío, por favor —dijo—. Metémela ya.

La empujé. Entró de a poco, apretadísima, y ella dio un respingo y abrió más las piernas. La sentí ceder, envolverme, atraparme. Me quedé un segundo quieto adentro, mirándola a los ojos, sin poder creer del todo dónde estaba. Después empecé a moverme. Primero despacio, con embestidas largas y hondas, sintiéndole cada centímetro del coño apretándose alrededor de la polla. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me pedía más.

—Más fuerte, tío. Cógeme más fuerte.

Le agarré una pierna, se la puse sobre el hombro y le empecé a dar con ganas. El sofá crujía. Las tetas le rebotaban con cada embestida. El sonido de mi pelvis chocando contra sus muslos, mojado, obsceno, llenaba el salón. Ella tenía la boca abierta y los ojos entrecerrados, gimiendo sin cortarse ya, diciendo mi nombre y diciéndome tío mezclados en la misma frase.

La di vuelta. La puse en cuatro sobre el sofá, con las rodillas separadas y el culo levantado. Le vi el coño y el culito así, abiertos, mojados, ofrecidos, y por poco me corro solo con la imagen. Le metí la verga de un envión hasta el fondo. Ella gritó y se agarró del respaldo. La agarré del pelo, no fuerte, y se lo enrollé en la mano. La empecé a coger duro, con embestidas secas, viéndole las nalgas ondear con cada golpe. Le di una palmada en un cachete. Ella gimió más fuerte.

—Otra —me pidió.

Le di otra. Y otra. El culo se le puso rosado. Le pasé el pulgar por el agujerito de atrás y se lo apreté apenas. Ella se apretó toda entera alrededor de la verga.

—Me voy a correr otra vez, tío —dijo con la voz temblando—. Me voy a correr…

La sujeté de las caderas y se la clavé hasta el fondo, rápido, sin parar. Se corrió con un grito largo, apretándome la polla en un espasmo tras otro, tanto que yo tuve que morderme el labio para aguantar. Cuando la sentí floja le di vuelta otra vez. La quería mirar cuando acabara.

La acosté de espaldas, le levanté las dos piernas, se las abrí bien anchas, y me volví a meter adentro. La cogí despacio, mirándola, viéndole las tetas rebotar y la cara transformada por el placer. Ella me pasó las manos por la cara, me acarició los labios, me metió dos dedos en la boca para que se los chupara.

—Acábame adentro, tío —me susurró—. Estoy cuidándome. Acábame adentro. Quiero sentirte.

No aguanté más. Le hundí la cara en el cuello y me solté. Me corrí adentro de ella a chorros largos, con espasmos que me sacudieron toda la columna, gimiendo contra su oreja como no me había corrido en años. Ella me apretaba fuerte con las piernas alrededor de la cintura, sintiendo cada latigazo, y me susurraba «sí, tío, así, todo, todo» al oído mientras yo la seguía llenando.

Me quedé arriba un rato largo, sin salir, sintiendo cómo se me iba bajando adentro. Ella me acariciaba la nuca. Sonreía.

Después no hubo más autobús, ni centro comercial, ni Marisol, ni hermano celoso, ni casa de mi suegra. Hubo solo eso, y otras dos veces más antes de las ocho: una en la cama, con ella arriba, cabalgándome despacio con las tetas colgándole en la cara, y otra rápida y sucia contra el lavabo del baño, mirándonos en el espejo mientras yo se la clavaba por detrás y ella se relamía como una gata. Una tarde de tres a ocho que recordé durante años cada vez que escuchaba la palabra «tío» dicha de cierta manera.

Cuando se fue, todavía con el pelo desarmado, la chaqueta mal abrochada y mi semen escurriéndole por dentro del muslo, me dio un beso en la mejilla en la puerta y me dijo, igual que la primera vez en aquel restaurante:

—Gracias, tío.

Y otra vez, igual que aquella tarde, me quedó dando vueltas mucho rato.

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Comentarios(8)

Matias_cba

Que buenazo este relato, lo leí de un tirón. Por favor que haya segunda parte!!!

LecturaNocturna_V

Esa tension desde el principio, cuando describe ese detalle... tremendo. Se nota que sabes escribir.

RomanceOsado

Me dejo pensando todo el dia. Hay relatos que te quedan dando vueltas y este es uno de esos.

Tony46

jaja siempre los mejores relatos empiezan con un detalle pequeño. muy bueno

SebastianVzla

Increible como construis la situacion antes de que pase nada. Eso es lo que diferencia un buen relato. Sigue escribiendo!

Noe22

Queremos continuacion!! no puede quedar asi

CarlosKL

Muy buen relato, me recordó a una situacion parecida que vivi hace años. Se te va la cabeza con esas cosas jaja

daybear

excelente!!! de los mejores que leí acá

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