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Relatos Ardientes

La lección que mis padres jamás debieron darnos

En un piso del Albaicín, en Granada, vivía la familia Soler. Marta tenía treinta y nueve años, el cabello rubio que le caía hasta los hombros y unos ojos color avellana que sabían sostener una conversación sin pronunciar palabra. Andrés, su marido, había cumplido cuarenta y dos en marzo. Era moreno, ancho de espaldas, de los hombres que envejecen mejor que sus fotos de juventud. Sus hijos, Lucía de diecinueve y Mateo de veintiuno, todavía vivían en la casa: ella terminaba el primer curso de Bellas Artes y él hacía prácticas en el estudio de un arquitecto del centro.

Era domingo. La sobremesa se alargaba con vino y silencios cortos. Marta servía el café cuando Andrés dejó la taza sobre el plato y miró a sus hijos.

—Hay algo de lo que vuestra madre y yo queremos hablar con vosotros —dijo.

Lucía levantó la vista. Mateo, que estaba a punto de morder un trozo de bizcocho, lo dejó a un lado.

—No es nada grave —añadió Marta, sonriendo apenas—. Pero ya tenéis edad y nos parece que nadie os ha enseñado lo que de verdad importa.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Mateo.

—Del sexo —respondió Andrés, sin rodeos—. De cómo se hace bien. De cómo se disfruta. No del esquema que os pintaron en clase.

Lucía sintió cómo el calor le subía al cuello. Mateo soltó una risa nerviosa que se le quedó a medias.

—Papá —dijo ella—, esto es muy raro.

—Lo sé —contestó Andrés—. Y por eso vamos a hacerlo bien o no lo hacemos. Si decís que no, cerramos el tema y nadie vuelve a mencionarlo. Si decís que sí, vuestra madre y yo os enseñamos lo que sabemos.

Marta los miraba sin presionar. Tenía las manos apoyadas sobre el mantel, y los anillos le brillaban contra la madera oscura.

—Yo… —empezó Lucía, y se mordió el labio.

—Yo quiero saber —dijo Mateo. Lo dijo más rápido de lo que pretendía y se sonrojó al instante.

Lucía miró a su hermano, después a sus padres. Asintió.

—Sí. Yo también.

***

Andrés sirvió otra copa de vino y se volvió hacia su hija.

—Lo primero que se aprende no es la mecánica —dijo—. Es la mirada. Saber cuándo alguien te quiere antes de que te lo diga.

Se levantó. Rodeó la mesa hasta llegar a Lucía. Le puso dos dedos bajo la barbilla y le levantó la cara con suavidad.

—Mírame —dijo—. Sin pestañear. Tres segundos.

Lucía sostuvo la mirada. Su padre olía a vino tinto y a la colonia que Marta le había regalado por su cumpleaños. Cuando él se inclinó y la besó en los labios, fue un beso corto, sin lengua, casi paternal. Pero a Lucía se le aceleró el pulso de un modo que la asustó.

—Esto no es un beso de marido y mujer —dijo Andrés, retirándose un palmo—. Es solo el principio. Pero ya sabes lo que se siente cuando alguien decide besarte y tú decides dejarte.

Marta llamó a Mateo con la mano. Su hijo se puso de pie despacio y caminó hasta ella como si pisara cristal.

—Igual contigo, cariño —dijo ella, y le pasó una mano por el cuello—. La piel se aprende. Empieza por aquí.

Le besó debajo de la oreja, en el hueco donde la mandíbula se une al cuello. Mateo cerró los ojos. Marta lo besó después en los labios y mantuvo el beso lo justo para que él entendiera la diferencia entre la madre que lo había arropado mil noches y la mujer que ahora le enseñaba.

—Bien —dijo ella, retirándose—. ¿Lo has notado?

Mateo asintió sin terminar de abrir los ojos.

***

El dormitorio principal estaba al fondo del pasillo. Andrés encendió la lámpara de la mesilla y dejó la puerta entornada. Había dos sillas frente a la cama, las mismas que Marta usaba cuando se maquillaba para salir. Las habían colocado allí esa misma tarde.

—Sentaos —dijo Andrés—. Vais a mirar. Vais a aprender mirando.

Lucía y Mateo obedecieron sin decir nada. La habitación olía a la colcha lavada esa mañana y a la madera de pino del armario. Marta se desabrochó los botones del vestido sin prisa, uno por uno, y se lo dejó caer hasta la cintura. Tenía los pechos pequeños, firmes, con un lunar bajo el izquierdo que Lucía no recordaba haber visto nunca.

—No hay que correr —dijo Andrés, situándose detrás de su mujer—. La prisa es lo que rompe esto. Mirad cómo la toco.

Le pasó las manos por las caderas, por el vientre, por el nacimiento de los pechos. Marta echó la cabeza hacia atrás contra el hombro de él. Cuando Andrés le bajó el vestido del todo, Marta se quitó la ropa interior sin dejar de mirar a sus hijos.

—No tenéis que apartar la vista —dijo ella—. Estamos aquí para que aprendáis.

Lucía no apartó la vista. Mateo tampoco. La hija intentaba no mirar a su hermano y, cuando lo miraba, lo encontraba mirándola a ella.

Andrés se desnudó después, sin ceremonia, y se acostó al lado de Marta. Empezó a besarla por el cuello, por los pechos, por el vientre. Le abrió las piernas y bajó la cabeza entre ellas. Marta cerró los ojos y respiró hondo. No hubo gemidos forzados ni frases ensayadas. Solo el sonido de la respiración de los dos y el roce de las sábanas.

—Esto es lo primero —dijo Andrés, levantando la cabeza un instante—. No la penetración. Esto. Que ella esté lista, que esté deseando.

Cuando Andrés se colocó encima de Marta y la penetró, lo hizo despacio. Marta lo recibió con un sonido grave que parecía salirle del estómago. Andrés se movía con un ritmo firme, controlado. Le hablaba al oído palabras que Lucía no alcanzaba a entender. Marta le respondía con el cuerpo más que con la voz.

Cambiaron de posición sin separar la mirada. Marta se sentó encima. El pelo rubio le caía sobre los hombros y los pechos se le movían a cada subida. Andrés le sostenía las caderas, marcaba el ritmo desde abajo. En la silla, Mateo tenía los puños cerrados sobre las rodillas. Lucía se daba cuenta porque lo miraba. Se daba cuenta también de que ella misma había cruzado las piernas hacía rato y de que apretaba los muslos con más fuerza de la que admitiría.

La tercera posición fue de espaldas, con Marta apoyada en codos y rodillas. Andrés la sujetaba por la cintura. Marta tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Cuando ella terminó, lo hizo en silencio, mordiéndose el labio. Andrés lo hizo después, retirándose en el último momento.

***

Hubo un silencio largo. Marta se incorporó y se cubrió con la sábana hasta la cintura. Tenía el pelo revuelto y la cara enrojecida, pero la voz le salió tranquila.

—Ahora vosotros —dijo.

Lucía sintió que le faltaba el aire.

—¿Qué? —dijo Mateo. La pregunta le salió más aguda de lo que pretendía.

—Ahora vosotros —repitió Marta—. No tenéis que llegar tan lejos como nosotros. Lo que queráis. Lo que os pida el cuerpo. Pero hacedlo aquí, donde podemos guiaros si os trabáis.

Andrés se sentó al borde de la cama y se puso una bata. Marta se cubrió con otra. Las sillas seguían frente a la cama, pero ahora estaban ocupadas por los padres.

Lucía y Mateo se miraron. Llevaban diecinueve y veintiún años mirándose como hermanos. La diferencia entre la mirada de hace dos horas y la de ese momento era todo lo que había pasado en aquella habitación.

—No tenemos por qué —dijo Lucía. Lo dijo sin convicción. Lo dijo porque se suponía que tenía que decirlo.

—No tenemos por qué —repitió Mateo. Y al decirlo, le tendió la mano.

Ella la cogió.

***

Empezaron sentados en el borde de la cama, vestidos todavía. Mateo le pasó una mano por la mejilla a su hermana. Le retiró un mechón de pelo del ojo, el mismo gesto que había repetido cien veces desde que ella era una cría. Pero esa vez le siguió un beso. Un beso sin prisa, sin culpa, sin apenas vergüenza ya. Lucía abrió la boca y dejó que su hermano la besara como había visto que su padre besaba a su madre.

—Despacio —dijo Andrés desde la silla—. No tienes que demostrarle nada, Mateo. Solo escucharla.

Mateo le bajó los tirantes del vestido. Lucía levantó los brazos para que él pudiera quitárselo del todo. Llevaba un sujetador blanco, sencillo, el que usaba para no salirse del uniforme bajo las camisas claras. Mateo le pasó los labios por el hombro, por la clavícula, por el nacimiento del pecho.

—Eso —murmuró Marta—. Tómate tu tiempo.

Lucía le quitó la camiseta a su hermano. Le pasó las palmas por el pecho, por los hombros, por la línea oscura que le bajaba por el vientre hasta el pantalón. Los dos se rieron sin hacer ruido cuando Mateo se trabó con el cinturón. Fue un alivio reírse. Disolvió la última capa de pánico que les quedaba.

Cuando los dos estuvieron desnudos, Mateo la besó otra vez en la boca y luego le pasó la lengua por el pezón izquierdo. Lucía respiró hondo. Le sorprendió descubrir que no le importaba que sus padres estuvieran mirando. O que sí le importaba, pero de una manera que la encendía más.

—Túmbate —le dijo él.

Ella se tumbó. Mateo se acomodó entre sus piernas y bajó la cabeza. No lo hizo bien al principio: estaba nervioso, tenía la lengua tiesa. Pero Lucía lo guió con la mano. Lo movió un centímetro a la izquierda. Le marcó el ritmo. Y cuando él entendió, ella se aferró a las sábanas con las dos manos.

—Eso —repitió Marta, con la voz baja—. Que ella te diga.

Mateo subió a besarle el cuello. Lucía notó su erección apoyada contra el muslo y abrió las piernas un poco más.

—¿Estás segura? —preguntó él, casi un susurro.

—Sí —dijo ella—. Pero ve despacio. Es la primera vez que… —y no terminó la frase.

Mateo entró en ella con un movimiento corto, retrocediendo enseguida. Después otro un poco más profundo. Lucía se mordió el labio. Le dolía y no le dolía. Era una sensación nueva que su cabeza no sabía clasificar todavía. Mateo se mantuvo quieto cuando estuvo dentro del todo.

—Espera —le dijo ella—. No te muevas.

Esperaron. Ella respiró. Cuando estuvo lista, le pasó las manos por la espalda y lo atrajo hacia sí.

—Ahora.

Mateo se movió despacio, mirándola a la cara, atento a cada gesto. Andrés hablaba bajito desde la silla, dándole indicaciones que Lucía oía sin oír del todo. Marta no dijo nada más en mucho rato. Solo miraba.

Lucía terminó primero, sin gritar, con la espalda arqueada y los ojos cerrados. Mateo terminó después, encima de ella, susurrándole el nombre como si fuera la primera vez que lo decía.

***

Se quedaron tumbados, pegados, mirando el techo. La habitación olía a sudor y a vino, a sábana caliente y a algo más, algo que no estaba allí dos horas antes y que ya no se iba a ir.

Andrés se puso de pie. Marta también.

—Os dejamos un rato —dijo él—. Cuando queráis bajáis. Hay café hecho.

Cerraron la puerta detrás de ellos.

Lucía giró la cara hacia su hermano. Mateo le buscó la mano bajo la sábana.

—¿Y ahora? —preguntó él.

Lucía no le respondió enseguida. Le acarició los nudillos con el pulgar.

—Ahora —dijo al fin— ya sabemos.

Y se quedaron así, sin moverse, escuchando el ruido lejano de las tazas en la cocina. Marta se reía por algo. Andrés asentía por algo. Y arriba, en el dormitorio que ya no volvería a ser solo el de sus padres, dos hermanos aprendían a llamar de otra manera lo que durante diecinueve años habían llamado familia.

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Comentarios (5)

fer_noche

Tremendo relato, no me lo esperaba para nada. El giro es increible

Nico_mdq

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de saber que pasa despues de esa noche

LectorNocturno88

Muy bien narrado, se nota que le pusiste ganas al relato. La tension que va construyendo la historia es lo que mas me gusto

GusLector

Lo que mas me gusto es que empieza con algo tan cotidiano. Le da mucho realismo a todo lo que viene despues

SilviaCBA22

genial!!! quiero mas de este tipo de relatos

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