La hijastra que esperó despierta a su padrastro
Daniela tenía diecinueve años el verano que su madre se mudó a la casa de Marcos, en Rosario. Al principio fue solo una temporada de prueba, después una promesa de matrimonio rápido, y al final una alianza en la mano de su madre y un cuarto nuevo para ella en el primer piso, con vista al patio del fondo. Allí, entre limoneros y un par de jacarandás viejos, Marcos tenía su taller. Reparaba guitarras criollas y bandoneones que la gente le traía de todo el litoral. Pasaba allí las tardes con la radio puesta y las manos siempre olorosas a goma laca.
Marcos tenía treinta y ocho. Era flaco, alto, con el pelo negro entrecano y unos ojos oscuros que parecían reírse aun cuando él hablaba en serio. No era el típico hombre que enamora a una chica de diecinueve. Y, sin embargo, desde la primera cena que compartieron los tres, Daniela sintió algo torpe alojándose entre el estómago y el pecho. Un calor que no entendía, que la dejaba muda en la mesa, que la obligaba a salir de la cocina cuando él entraba a buscar agua. Lo evitaba con una constancia que su madre ya había empezado a notar.
—¿Estás peleada con Marcos? —le preguntó una mañana, mientras trenzaba el pan dulce.
—No, ma. ¿Por qué?
—Apenas le hablás. Es bueno, Daniela. Hacé un esfuerzo.
Esa fue la palabra que se le quedó pegada todo el día. Esfuerzo. Como si la incomodidad fuera de su parte, como si no fuera él quien, sin proponérselo, la miraba un segundo de más cada vez que se cruzaban en el pasillo.
A las dos semanas de la mudanza definitiva, su madre arrancó turnos dobles en el sanatorio. Era enfermera de guardia y no había modo de evitarlo. Entonces empezaron las cenas a solas. Daniela y Marcos en la mesa de la cocina, con un plato de fideos y una conversación que al principio se les rompía en los silencios.
—¿Qué estudiás? —le preguntó él una de esas noches.
—Letras —dijo ella, mirando el plato.
—Te vi anoche con un libro de Borges.
—Lo estoy releyendo.
—Lo tengo subrayado en el taller. Te lo presto si querés.
Esa fue la primera vez que él la invitó al taller, y ella mintió diciendo que estaba cansada. Esa noche, en su cama, no pudo dormir. Pensaba en el modo en que él había dicho «te lo presto», sin presión, sin doble sentido aparente, y al mismo tiempo cargado de una intimidad que no debía existir entre ellos.
***
Pasaron las semanas y la tensión se volvió un hilo tirante en el aire de la casa. Daniela empezó a notar cosas que antes no veía. Que él la miraba cuando ella se ataba el pelo en la cocina. Que se quedaba un instante de más cuando le pasaba el azúcar. Que reía con una cadencia distinta cuando ella estaba en la sala. No era nada que pudiera nombrarse. Y, al mismo tiempo, lo era todo.
Una tarde de febrero, con el calor pegado a las paredes y la siesta entera por delante, Daniela bajó al taller. La puerta estaba entornada. Olía a madera recién lijada y a algo amargo, como cáscara de naranja seca. Marcos estaba inclinado sobre una guitarra, con una luz cálida iluminándole solo las manos.
—Hola —dijo ella, y la voz le tembló sin permiso.
—Pensé que no ibas a venir nunca —contestó él, sin mirarla todavía.
Daniela entró. El taller era más chico de lo que había imaginado. Una mesa larga, dos taburetes, estanterías con frascos de barniz, una ventana que daba al jacarandá. Y un sofá viejo, contra la pared del fondo, cubierto por una manta india.
—Te traje el libro —dijo él, y se lo alcanzó sin tocarle la mano.
—Gracias.
—No tenés que irte. Sentate un rato. Si querés.
Se sentó en el sofá. Él volvió a su guitarra, pero sus movimientos se habían vuelto más lentos, más conscientes. Daniela abrió el libro al azar. No leyó una sola palabra. Lo que leía era el latido en sus propias sienes, la respiración de Marcos a tres metros, el modo en que el aire del taller se iba volviendo denso.
—Daniela —dijo él de pronto, sin levantar la cabeza.
—¿Sí?
—Si te incomoda lo que hay entre nosotros, decímelo y no vuelvo a mirarte así. Te juro que no vuelvo.
Hubo un silencio. Daniela cerró el libro. Le costaba tragar. Sintió una mezcla de pánico y alivio, las dos cosas a la vez, como si una puerta acabara de abrirse y ella no supiera si quería pasar.
—No me incomoda —dijo, en un hilo.
Él levantó la cabeza. La miró. No se acercó.
—Pensalo —dijo—. Pensalo bien y, si seguís pensando lo mismo, vení una noche, cuando ella esté de guardia.
Daniela se levantó, salió del taller con el libro apretado contra el pecho y subió a su cuarto sin decir más nada. Esa noche no leyó. Pensó.
***
Pensó toda la semana. Pensó que estaba mal. Pensó que era el marido de su madre. Pensó en cómo se vería desde afuera, en lo que diría su tía, en la cara de su madre si alguna vez se enteraba. Pensó también que Marcos no era su padre, que no se conocían desde la infancia, que nadie había escrito reglas para una situación tan reciente. Pensó en sus manos. Pensó en su voz. Pensó en el sofá viejo del taller y en el modo en que él había dicho «vení».
El jueves siguiente, su madre tomó la guardia nocturna. Daniela la ayudó a preparar el bolso y la acompañó hasta la puerta. La besó en la frente. Le dijo «cuidate, ma». Cerró la puerta. Se quedó un momento apoyada contra ella, con los ojos cerrados, escuchando cómo el motor del auto se alejaba calle abajo. Y entonces atravesó la casa, descalza, con el corazón golpeándole en la garganta, y bajó al patio.
La luz del taller estaba encendida.
Marcos estaba parado, no trabajando. La esperaba.
—Viniste —dijo él, en voz muy baja.
—Vine.
Se acercó despacio. Le apartó un mechón de pelo de la cara con dos dedos. La piel de él olía a madera y a algo más limpio, una colonia tenue. Daniela cerró los ojos. Sintió que él le rozaba la sien con los labios primero, después la mejilla, después el ángulo de la mandíbula, y recién entonces la boca, lentamente, como pidiendo permiso en cada milímetro.
Ella le devolvió el beso, y al hacerlo, dejó de pensar.
***
La manta del sofá olía a sol. Marcos la guio hasta allí, sin apuro, deteniéndose cada tanto para mirarle la cara, como si necesitara confirmar que ella seguía con él. Le pasó las manos por la espalda, por debajo de la remera, y Daniela sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Si en cualquier momento querés que pare, paro —murmuró él contra su cuello.
—No quiero que pares.
Le sacó la remera con cuidado, como si fuera una página a punto de romperse. La miró un segundo entero, sin decir nada, y a Daniela ese silencio la marcó más que cualquier palabra. Después le besó los hombros, la clavícula, el centro del pecho, y cada beso era una pregunta que ella respondía con la respiración.
Marcos se arrodilló frente al sofá. Le bajó el short y la ropa interior con una lentitud que la hizo temblar. La besó en los muslos primero, en la cara interna, hasta que ella sintió que no podía sostenerse. Después le abrió las piernas con suavidad y la besó allí, en el centro mismo del calor, con una concentración que no se parecía a nada que ella hubiera imaginado. Daniela enterró los dedos en el pelo de él. Se mordió la mano libre para no hacer ruido. La casa estaba vacía, pero igual.
Cuando creyó que iba a deshacerse, él subió. Se sacó la camisa. Tenía el pecho flaco, marcado por el trabajo, una cicatriz vieja en el costado. Daniela le pasó la mano por esa cicatriz como si quisiera memorizarla. Él se rio, en silencio, contra su frente.
—¿Estás segura? —preguntó una vez más.
—Estoy segura.
Entró en ella despacio. Daniela soltó un sonido apagado que no era dolor, era algo más raro, una especie de reconocimiento. Le clavó las uñas en los hombros. Él se quedó quieto un segundo, dejándola respirar, y después empezó a moverse, con un ritmo lento que se fue volviendo más profundo, más firme, mientras ella enrollaba las piernas alrededor de su cintura y se aferraba a su espalda como si la corriente fuera a llevársela.
No hablaron. No hizo falta. Lo que pasó entre ellos esa noche se dijo entero a través de los ojos abiertos en la penumbra, de las manos que se buscaban en el cuello del otro, de las respiraciones que se iban acompasando. Cuando ella sintió que el cuerpo se le abría en una ola larga, mordió la curva del hombro de él, y él la sostuvo por la nuca con una mano firme, mirándola, como si no quisiera perderse ese instante por nada.
Después él también se quebró, sin un grito, con un temblor sordo, y la abrazó contra su pecho mientras la respiración volvía despacio.
***
Se quedaron un rato largo en el sofá del taller, tapados con la manta india. Afuera, el patio estaba quieto. Una cigarra solitaria cantaba en el jacarandá.
—No sé qué hacemos ahora —dijo ella, contra el cuello de él.
—Lo que se pueda. Despacio.
—¿Y mamá?
Marcos no contestó enseguida. Le acarició el pelo con la mano abierta.
—Eso es lo único que no podemos saber esta noche, Daniela. Esta noche solo podemos saber esto.
Ella asintió. No tenía respuestas. Tenía un cuerpo que zumbaba todavía, una mano aún tibia sobre la espalda de él, y la certeza de que la línea que había cruzado ya no se podía retrazar. Que algo en su vida acababa de partirse en un antes y un después, y que ese antes ya no iba a volver, aunque ella quisiera.
Marcos le besó la frente.
—Subí antes de que aclare —le dijo.
Ella se vistió en silencio. Se llevó el libro de Borges. Cuando salió del taller y cruzó el patio, el cielo apenas empezaba a teñirse del color de las brasas. Pensó, mientras subía la escalera, que el esfuerzo del que le había hablado su madre había terminado siendo otra cosa, una cosa que no sabía nombrar todavía y que tampoco quería nombrar.
Se metió en su cama, bajo las sábanas frescas. Cerró los ojos. Se durmió enseguida, sin culpa, con la respiración lenta de Marcos pegada a la suya en algún lugar de la memoria.