Mi cuñada bebió demasiado champán esa Nochebuena
La Navidad en la finca de los abuelos siempre era la misma escena repetida: cinco familias amontonadas alrededor de la mesa larga del jardín, demasiada comida, demasiado vino, y Mariana al otro lado del mantel mirándome de reojo cada vez que creía que yo no me daba cuenta.
Mariana —Mari para los íntimos— era la cuñada que todo hombre desea y que ningún hombre debería tocar. Treinta y pocos, un trasero que cortaba el aliento al pasar y un par de pechos que parecían diseñados para arruinar matrimonios. Llevaba meses tirándole indirectas en cada cumpleaños, en cada bautizo, en cada asado familiar. Ella se hacía la desentendida, devolvía los abrazos justos y los besos protocolares, y se iba.
Esa Nochebuena algo era distinto.
El champán le había pegado fuerte. No era una mujer de mucho aguante con las burbujas, y yo me ocupé personalmente de que su copa no estuviera vacía ni un solo minuto. Cada vez que pasaba a su lado, le rellenaba el cristal con una sonrisa que ella ya empezaba a corresponder.
—Te estás portando muy atento esta noche, cuñado —me dijo con la lengua apenas pesada.
—Es Navidad, Mari. Hay que cuidar a la familia.
Se rió con la cabeza echada hacia atrás y le vi el cuello largo, la línea de la clavícula, el escote del vestido que dejaba adivinar todo lo demás.
Después de los brindis y los abrazos de las doce, la noche se desperdigó. Unos se fueron a tirar pirotecnia al fondo del parque, otros se quedaron bailando con la música del comedor sonando lejana, y los más golpeados por la cena se desplomaron en sillones con los ojos a media asta. El marido de Mari, Andrés, era de los caídos: roncaba en una reposera con la corbata todavía a medio anudar.
Aproveché el desorden para alejarme. Me fui hacia el roble grande del fondo, donde no llegaba la luz de las guirnaldas ni el barullo de los petardos. Me apoyé contra el tronco con los ojos cerrados, dejé que el aire fresco me pegara en la cara y esperé. No esperaba algo concreto. Esperaba algo en general.
Dos manos me taparon los ojos.
—¿A ver? —dijo una voz que conocía perfectamente—. ¿Quién soy?
Le besé la palma antes de contestar.
—Eres la única que se animaría a tocarme así esta noche.
Mari me soltó los ojos y se paró delante de mí con esa sonrisa entre cómplice y traviesa que pone una mujer cuando ya decidió algo pero todavía no se lo dijo en voz alta.
—¿Qué hace mi cuñadito favorito acá solito?
—Estoy fundido. Demasiado champán.
—Somos dos, entonces.
Se sentó al lado mío, en la raíz gruesa del roble que hacía de banco natural. Después, sin pedir permiso, dejó caer la cabeza sobre mi regazo. Flexioné la pierna izquierda casi por instinto, para que su nuca quedara cómoda. Ella giró el cuerpo y se acomodó de costado, con la cara a la altura justa.
Al ritmo de la música que se filtraba desde lejos, empezó a frotar la mano sobre mi entrepierna. No era una caricia accidental. Era un masaje lento, deliberado, con la palma abierta y el pulgar trazando círculos.
—Estás jugando con fuego —le dije—. Si seguís, te quemás.
—¿Y si me gusta quemarme?
Se incorporó apenas y se montó a horcajadas sobre mi muslo izquierdo. La falda del vestido le quedó arremolinada en las caderas. Me apretó el bulto con la mano derecha, como midiendo, calculando lo que había debajo de la tela. Yo le levanté la rodilla justo donde ella necesitaba, y Mari se acomodó sola hasta que el hueso de mi rodilla quedó pegado contra su sexo.
Empezó a moverse despacio. Después no tan despacio.
—No tengo nada debajo —me susurró al oído—. Vine preparada.
Me bajó el cierre del pantalón con una mano que no temblaba ni un poco. Me sacó la verga del calzoncillo con la habilidad de quien lo ha hecho mil veces, aunque nunca conmigo. La rodeó con los dedos, midió la dureza, y empezó a moverla de arriba abajo en silencio. Una gota brillante le quedó en la palma cuando levantó la mano para mirarla.
—Mira lo que tengo acá —dijo, y se la pasó por los labios.
Después se acomodó la falda como un toldo, ocultándonos del resto del mundo, y se sentó encima de mí.
El primer descenso fue lento, milímetro a milímetro, hasta que sentí el fondo de su cuerpo. Entonces se quedó quieta. Tenía la boca abierta, los ojos cerrados, las manos apoyadas en mis hombros. Esa pausa duró un segundo y duró un siglo.
—No hagas ruido —me pidió.
—Hacelo vos —contesté.
Empezó a moverse. Las caderas le subían y bajaban en un balanceo controlado al principio, después cada vez más urgente. Yo no podía hacer mucho desde abajo, así que me limité a sostenerle la cintura y dejar que ella manejara el ritmo. Mi cuñada, la prohibida, la inalcanzable, montándome contra un árbol mientras toda la familia bebía a treinta metros de distancia.
El aire de la noche le erizaba la piel de los brazos. La oía respirar entre dientes, conteniendo cada gemido como si la vida le fuera en eso.
—Voy a acabar —avisó.
—Acabá.
Y acabó. Le sentí la espalda tensarse como un arco, las uñas se me hundieron en el hombro a través de la camisa, y un temblor le recorrió todo el cuerpo. Soltó un quejido bajo, gutural, y se desplomó sobre mí.
Pasaron unos segundos largos antes de que recuperara el aire. Yo todavía estaba duro dentro suyo, sin haber acabado.
—Te corté el polvo, ¿no?
—Casi llego. Casi.
—Dejame levantarme y vemos cómo te sacamos esa lechita.
Se separó de mí, se acomodó la falda y caminó dos pasos hasta el otro lado del roble, el que daba al campo y no al parque. Se apoyó contra el tronco con las manos, arqueó la espalda y se levantó la falda hasta la cintura.
—Apuráte —dijo mirándome por encima del hombro.
La agarré de las caderas y la penetré de una sola estocada. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia. El riesgo de que alguien apareciera con una linterna le agregó al asunto un voltaje extra. Empujé con todo lo que tenía, sin contemplaciones, mordiéndole la nuca a través del pelo. Acabé en menos de dos minutos, en silencio, con la frente apoyada entre sus omóplatos.
Volvimos al grupo por separado, con cinco minutos de diferencia. Ella se acomodó el vestido en el camino. Yo me lavé las manos en la canilla del fondo del jardín. Cuando entramos al living, nadie se dio cuenta de nada.
***
Andrés seguía dormido en el sillón. Sus reflejos para manejar eran nulos, y mi mujer propuso, con la naturalidad del que no sospecha, que los lleváramos a su casa después de dejar a los nuestros. Mari aceptó con una mueca de resignación que solo yo entendí.
Dejé a mi mujer y a los chicos en casa. Mi mujer me besó en la frente y se metió a dormir sin preguntar. Después manejé hasta el departamento de Mari y Andrés con él derrumbado en el asiento del acompañante, roncando con la boca abierta.
Lo subimos entre los dos. Mari abrió las puertas, yo lo cargué hasta el dormitorio y lo dejé caer sobre la cama. Le saqué los zapatos. No se movió. Cinco segundos después ya estaba roncando otra vez.
Bajamos a la cocina. Mari puso la cafetera.
—¿Cómo lo querés? —preguntó sin darse vuelta—. ¿Solo y negro?
—Si tenés leche…
—¿Leche común o de la mía?
—De la tuya.
Apagó la cafetera sin servir nada. Se acercó, me agarró del cuello de la camisa con las dos manos, y me besó por primera vez en la boca esa noche. Un beso largo, profundo, con dientes y lengua y el hambre acumulada de meses.
—Tengo ganas de cogerte otra vez —me dijo contra los labios.
—¿Y si me dejo?
Me llevó de la mano por el pasillo hasta el cuarto del fondo. Era el cuarto de servicio, una pieza chica con una cama de una plaza y media, una mesa de luz y nada más. Cerró la puerta con llave.
—Andrés no se despierta ni con un terremoto, pero por las dudas.
La empujé sobre la cama. Le saqué el vestido por la cabeza, la dejé en sostén y descalza. Le abrí las piernas y le puse la boca encima sin preámbulos. Tenía un sabor distinto al de antes, más concentrado, mezclado con el mío de la primera vez. Le chupé el clítoris despacio, después con más presión, y le metí dos dedos. Mari se aferró al respaldo de la cama y dobló las rodillas hacia el pecho.
—No pares —dijo entre dientes—. No pares no pares no pares.
El segundo orgasmo de la noche le llegó así, con mi lengua trabajándole la cresta y dos dedos curvados contra la pared anterior. Le tembló el vientre, se le escapó un grito que ahogó contra una almohada, y se mordió la mano para no despertar al marido.
No le di tiempo a recomponerse. La di vuelta, la puse de costado, le metí la verga desde atrás con la pierna de arriba levantada. Me tomé esta cogida con calma. La trabajé largo, despacio, dejando que ella sintiera cada centímetro. Mari hablaba sola entre jadeos, decía cosas sin sentido, palabras sucias mezcladas con mi nombre.
El tercer orgasmo se lo provoqué con el pulgar en el clítoris mientras seguía empujando. El cuarto fue cinco minutos después, ya con ella sentada encima mío otra vez, montándome con los ojos cerrados.
Estaba destruida. Cuatro orgasmos, dos con la boca, dos con la verga. Le quedaba el cuerpo flojo, la respiración irregular, la piel pegajosa. Yo todavía no había acabado por segunda vez.
La puse boca abajo. Le levanté las caderas. Le marqué un par de palmadas en las nalgas, fuerte, con la mano abierta.
—Pegá más —pidió contra la sábana.
Le pegué más. Se le quedaron las marcas rojas de mis dedos en la piel. Se quejaba como si le doliera, pero arqueaba la espalda buscándome.
La penetré de nuevo, esta vez sin contención, agarrándola del pelo desde atrás. La cogía como si tuviera que pagar por todos los meses de espera. Las sacudidas de la cama hacían un ruido seco contra la pared, y yo dejé de preocuparme por el ruido. Si Andrés se despertaba, que se despertara.
Cuando sentí que iba a acabar otra vez, saqué la verga de la vagina y se la apoyé en el otro orificio.
—Ahí no —dijo automáticamente.
—Ahí sí.
Empujé despacio al principio, con el pulgar separándole una nalga. Mari se tensó, intentó zafarse, dio un manotazo hacia atrás. Le sostuve la mano contra el colchón y le pegué una nalgada que sonó como un disparo en el cuarto.
—Quedáte quieta.
Se quedó quieta. Empujé otra vez, esta vez más profundo. Ella respiraba en bocanadas cortas, con la cara enterrada en la almohada. Cuando me tuvo entero adentro, dejó escapar un gemido que era mitad queja y mitad rendición.
Me la cogí así cinco minutos largos, sosteniéndola del pelo, con una rodilla apoyada al borde de la cama y la otra sobre el colchón. Mari ya no se resistía. Movía las caderas para encontrarme, me empujaba contra ella, y cuando le pegué la última nalgada se le escapó otro orgasmo seco, sin gritos, solo un temblor largo.
Acabé adentro. Una eyaculación profunda, de las que se sienten en todo el cuerpo. Cuando salí, una parte se le escurrió por el muslo. Me dejé caer al lado suyo sin aire.
Nos quedamos en silencio un rato largo. Después ella giró la cara hacia mí, todavía respirando con dificultad, y me besó. Un beso lento, sin urgencia, casi tierno. El primer beso real de la noche.
No dijimos nada. Ni disculpas, ni promesas, ni planes para la próxima. Las cosas se habían dado como se habían dado, y ya estaba.
Mientras me vestía en silencio, Mari me miraba desde la cama con los ojos entrecerrados.
—Habrá más Nochebuenas —dijo.
—Habrá.
Pero ninguna iba a ser tan buena como esa.