El día que mi madre y mi abuela me consolaron
Mi madre Mariana había criado sola a un hijo y a una sombra. Vivíamos los tres bajo el mismo techo: ella, su madre Esther y yo. Y aunque los años le habían pasado por encima como a cualquiera, Mariana tenía un cuerpo que no se podía ignorar. Caderas anchas, cintura marcada y unas nalgas tan generosas que cualquiera giraba la cabeza al verla pasar por la vereda.
Aquella tarde de jueves yo intentaba estudiar en la mesa del comedor. El examen de admisión a la universidad estaba a la vuelta de la esquina y los libros pesaban más que mi cabeza. Mi madre barría el piso del salón con una falda blanca entallada que le marcaba todo. Yo intentaba no mirar y fallaba cada dos minutos.
—Estás muy distraído, hijo —dijo apoyada en el palo de la escoba—. ¿Qué te pasa?
—Nada, mamá. Demasiada presión.
—¿Presión por qué, mi amor?
—Por el examen. Hay pocos cupos y mucha gente postulándose.
—Vas a quedar adentro. Tú puedes.
Bajé la vista al libro. Las letras se mezclaban. Me costaba concentrarme y, peor todavía, no quería confesar la verdadera razón. Sentía calor en el cuerpo, una incomodidad insistente que no tenía nada que ver con el verano. Tenía la polla dura contra la bragueta desde que ella se había agachado por primera vez a recoger el recogedor.
Mi madre dejó la escoba apoyada contra la pared y se acercó. Me puso la mano fría sobre la frente.
—No tienes fiebre. Pero estás sudando.
—Estoy bien, de verdad.
—Adrián, mírame. ¿Qué te pasa?
Tragué saliva. Estaba acorralado entre dos vergüenzas. La del examen y otra mucho más íntima.
—Me siento frustrado, mamá. Y enojado.
—¿Por la escuela?
—También. La profesora Daniela me tiene en la mira. Me amenazó con no dejarme cerrar el ciclo. Si no lo cierro, no me puedo presentar al examen.
—¿Y por qué te amenazó así?
—Porque me cachó mirándole...
Me callé. No supe terminar la frase. Mi madre se cruzó de brazos y esperó.
—¿El escote?
—No.
—¿Las piernas?
—Las nalgas, mamá. Le estaba mirando las nalgas.
Hubo un silencio raro. Mi madre soltó una risa nerviosa que intentó disimular tapándose la boca.
—Ay, hijo. Eso no se hace.
—Pero no fui el único. Todos mis compañeros la miran. Tiene muy buen...
—Tiene muy buen culo, sí. Ya lo sé, la he visto en la reunión de padres. Es normal que ustedes la miren. Pero hay que ser discreto, Adrián.
Asentí sin levantar la vista. Quería que la conversación terminara ahí, pero mi madre tenía esa mirada de quien todavía no ha dicho lo más importante.
—Y dime, ¿solo a tu profesora le miras las nalgas?
Sentí la sangre subir hasta las orejas.
—Mamá, por favor.
—Contesta.
—¿A qué te refieres?
—Te he visto mirarme. Y a tu abuela también.
Apoyé la frente contra el libro. Quería desaparecer entre las páginas. La oí mover una silla y sentarse a mi lado.
—No te enojes. Solo dímelo. ¿Es verdad o no?
—Mamá, basta.
—¿Es verdad o no, Adrián?
—Sí, mamá. Es verdad. Las dos. Perdón.
Esperé el grito, el sermón, el castigo. Lo que llegó fue una caricia suave en el pelo.
—No te disculpes. Hace meses que lo noté. Si me hubiera molestado, te habría dicho algo. Y tu abuela también lo sabe.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿La abuela lo sabe?
—Fue ella la que me lo dijo primero. «Mariana, ese chico te mira las nalgas como si fuera la primera vez». Y después agregó: «Y a mí también, hija. Y a mí también».
Quise hundirme en el suelo. Mi madre seguía hablando con una calma que me desarmaba.
—No estamos enojadas. A nuestra edad, una mujer agradece que la miren. Y tu abuela está todavía muy bien. Es normal, hijo. Tienes diecinueve años y las hormonas a tope.
—¿Y entonces por qué no me dijeron nada?
—Porque sabíamos que ibas a sufrir si lo hablábamos. Y porque... no sé. A nosotras tampoco nos disgustaba tanto.
***
—Por eso anda tan estresado el muchacho —dijo una voz desde la puerta de la cocina.
Mi abuela Esther había escuchado todo desde el otro cuarto. Entró con esa actitud de quien manda y todos obedecen. Se acercó por detrás y me abrazó la cabeza contra su pecho, apretándome la cara contra sus tetas grandes y blandas. Sentí el peso caliente de sus pechos aplastarse contra mi mejilla y la polla me pegó un tirón brutal.
—Mamá, ¿qué estás haciendo? —protestó Mariana.
—Consolando a mi nieto. ¿No ves cómo está? Lo presionas con preguntas y lo dejas más caliente.
—Mamá, por favor. No empieces.
—¿No empieces qué, hija? Como si no supieras lo que necesita. Como si no te lo notara yo a ti también.
Yo no me atrevía a moverme. Notaba el perfume dulce de mi abuela, la suavidad de su escote, el calor de su piel atravesando la blusa. Se me escapó la lengua sin querer y le lamí el nacimiento del pecho, ese hueco húmedo entre las dos tetas.
—Es mi hijo, mamá. No puede ser.
—¿Y qué tiene de malo, Mariana? El chico está angustiado. Tiene un examen encima y una maestra que lo persigue. Si no le quitamos esa presión, va a reprobar todo.
—¿Y la forma de quitarle la presión es esta?
—Es una de las formas. Y la que más rápido funciona. Y la más sana, te lo digo yo. A un pibe de diecinueve se le baja la calentura de una manera y es vaciándole las pelotas.
Mi madre se quedó muda. Mi abuela me soltó la cabeza, se sentó en la silla de al lado y empezó a desabotonarse la blusa con una naturalidad pasmosa. Botón por botón, sin apuro, mirándome a los ojos.
—A ver, Adrián. Mírame. ¿Te gustan así?
—Mamá, ¡no! —rogó Mariana, sin moverse del sitio.
Esther sacó los pechos por encima del sostén y me los acercó a la boca con una sonrisa. Eran dos tetas enormes, blancas, cruzadas por venitas azules, con los pezones oscuros y ya duros. No pensé. Hundí la cara entre sus senos y los besé despacio, después con hambre. Le atrapé un pezón entre los labios y chupé fuerte, como si me estuviera alimentando. Mi abuela soltó un gemido bajo y me apretó la cabeza contra su pecho.
—Así, mi cielo, así. Chúpalos bien. Mordelos un poquito. Eso.
La piel olía a crema y a algo más antiguo, más caliente. Le pasaba la lengua por toda la aureola, le succionaba la punta hasta dejarla brillante, cambiaba de teta y hacía lo mismo. Mi abuela me acariciaba el pelo mientras yo perdía la vergüenza párrafo a párrafo. Con una mano le agarré la otra teta y se la apreté con toda la palma, sintiendo cómo se me escapaba entre los dedos.
—Eres una loca, mamá —dijo Mariana, pero su voz se había ablandado.
—Una loca que sabe lo que hace. Mírate cómo lo miras tú, hija. Como si no estuvieras pensando en lo mismo. Tienes el coño mojado, no me lo niegues.
***
Mi madre estaba parada a un metro de la mesa. Tenía las manos cruzadas adelante, los labios apretados, las mejillas rojas. Esther me apartó un momento, miró el bulto que se me marcaba bajo el pantalón y soltó una carcajada baja. Alargó la mano y me apretó la polla por encima de la tela.
—Mira esto, Mariana. Mira lo que tiene tu hijo entre las piernas. Palpa, hija. Palpa esta verga que le criaste.
Mariana negó con la cabeza pero no apartó la vista. Mi abuela me bajó el cierre y me sacó la polla al aire de un tirón. Estaba tan hinchada que se veía morada en la punta, con una gota gruesa de líquido preseminal colgando del glande. Esther la rodeó con la mano y empezó a masturbarme despacio, tirando el prepucio hacia atrás y hacia adelante.
—¿Vas a dejar que esto se desperdicie con la primera muchachita que aparezca?
—Mamá, es mi hijo.
—Es tu hijo, sí. ¿Y eso qué? ¿Te crees que las vecinas lo merecen más que tú, que lo trajiste al mundo? Si alguien tiene derecho a esto, eres tú. Mira qué polla, Mariana. Mira lo gorda, lo larga. Este chico te va a partir en dos.
Mariana no respondió. Se mordió el labio inferior y desvió la mirada, pero se le notaba la respiración agitada, los pezones marcándose bajo el vestido. Mi abuela se agachó sin soltarme y me metió la punta en la boca. Sentí la lengua caliente rodearme el glande, la saliva bajar por el tronco. Mi abuela me chupaba despacio, con los ojos clavados en su hija, sacándome y metiéndome la verga en la boca haciendo ruidos obscenos.
—Mira, hija —dijo separándose un segundo, con un hilo de baba uniéndole el labio a mi polla—. Así se le hace a un hombre. ¿Ves qué sabroso? Prueba.
—Mamá, no.
—Solo la puntita. Prueba a qué sabe tu hijo.
Mariana dio dos pasos vacilantes. Se arrodilló junto a mi abuela y, sin mirarme a la cara, me dio un lametón corto, tímido, en la punta. Después otro. Después me metió el glande entero en la boca y cerró los labios. Casi me corro ahí mismo. Le agarré la nuca con una mano y le acaricié el pelo mientras ella me chupaba con la misma concentración con la que barría el piso.
—Así, hija, así. Trágatela entera. Es de las dos.
Las dos mujeres se turnaban. Una me lamía los huevos mientras la otra me tragaba la polla hasta el fondo. Se pasaban la verga de boca en boca como si fuera un dulce, se lamían los labios entre ellas, se limpiaban la saliva mutuamente. Yo me sostenía a duras penas del respaldo de la silla.
—Basta —jadeé—. Me voy a correr.
—Adentro no, todavía no —dijo Esther levantándose—. Primero yo. La voy a usar yo primero.
Mi abuela se bajó la falda de un tirón hasta los tobillos y se quedó desnuda de la cintura para abajo. Tenía un coño peludo, oscuro, con los labios gruesos y brillantes de humedad. Se sentó en mis rodillas dándome la espalda, se agarró la polla con la mano y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro.
—Sostenmela arriba, chico. Que entre bien.
Apenas atiné a obedecer. Cuando bajó del todo sobre mí, los dos soltamos un quejido al mismo tiempo. Mi abuela apretaba como si tuviera veinticinco años, el coño caliente y estrecho abrazándome la verga entera. Mariana se llevó una mano a la boca.
—Dios mío, mamá. ¿Qué están haciendo?
—Lo que tú no te animas a hacer, hija. Mira y aprende. Cómo folla tu hijo. Qué polla tan rica tiene.
Esther empezó a moverse despacio, marcando un ritmo lento que iba subiendo. Sentía cada centímetro de su coño chorreando sobre mí. Sus nalgas firmes me golpeaban contra los muslos en un aplauso ahogado, húmedo, un chapoteo obsceno que llenaba la sala. Le agarré las tetas por detrás y se las apreté con fuerza mientras ella cabalgaba encima.
—Fóllame, nieto, fóllame fuerte. Ay, qué polla, qué polla más grande tienes. Métemela hasta el fondo.
Empujé las caderas hacia arriba en el momento en que ella bajaba y le arranqué un grito. La polla me entraba y salía brillante, empapada. Mi madre se acercó dos pasos. Se tapaba la boca con una mano y se aferraba con la otra al respaldo de una silla. Sin darse cuenta se había metido la otra mano por debajo del vestido.
—¿Ves, hija? Mira qué bonito. Mira cómo se le relaja la cara al chico. Mira cómo me la clava.
—Mamá...
—Acércate. Tócalo. No tengas miedo. Tócale la polla mientras me la meto.
Mi madre estiró el brazo y me acarició la mejilla con las yemas de los dedos. Su mano olía a jabón y a algo más suave, a coño mojado. Yo le besé los dedos uno por uno, le chupé el índice como si fuera otra cosa. Ella cerró los ojos y se le escapó un suspiro corto. Bajó la mano y me la puso donde mi abuela subía y bajaba, palpando el punto exacto donde nos uníamos, sintiendo la verga de su hijo entrar y salir del coño de su madre.
—Está toda mojada, mami —jadeé—. Toda mojada por mí.
—Sí, mi amor. Toda para ti.
—¿Lo quieres probar, hija? —preguntó Esther sin dejar de moverse—. No te lo voy a pedir dos veces.
—No puedo. No puedo, mamá.
—Sí puedes. Es tu hijo. Es tuyo más que de nadie.
Mi abuela apretó las piernas, echó la cabeza atrás y se corrió sobre mí con un aullido largo. Sentí el coño contraerse en espasmos rítmicos alrededor de la polla, chorrear caliente sobre mis huevos. Aguanté las ganas de terminar apretando los dientes hasta que dolía.
***
Esther se puso de pie despacio, dejándome la verga al aire, mojada y brillante hasta la base. Tomó a Mariana de la cintura y la giró con suavidad, hasta que mi madre quedó de espaldas a mí. Le subió la falda blanca por encima de las caderas. Vi el encaje negro de su ropa interior, su piel clara, el muslo apretado. La tela estaba oscura de humedad en el medio, empapada.
—No, mamá. Espera. Espera.
—Solo el principio, hija. Si no te gusta, paramos.
Esther le bajó el encaje hasta las rodillas con una sola mano. Con la otra empezó a acariciarla entre las piernas. Le abrió los labios del coño con dos dedos y le mostró el clítoris hinchado, brillante. Mi madre cerró los ojos y se sostuvo del hombro de mi abuela para no caerse.
—Está empapada, hija. Chorrea. ¿Y todavía me dices que no? Mira cómo te gotea por el muslo.
—Es solo el cuerpo, mamá. No significa nada.
—Significa todo. Siéntate. Despacio.
Mi abuela me agarró la polla y la apuntó hacia arriba. Mi madre apoyó las dos manos en mis rodillas y empezó a bajar. Sentí el calor antes que el contacto, después la punta rozar los labios mojados, después ella misma cediendo. Cuando la cabeza entró, Mariana gimió agudo y bajó de golpe los últimos centímetros. Los dos gritamos a la vez. Su coño estaba más apretado que el de mi abuela, ardiente, palpitando alrededor de la verga.
—Ay Dios mío, hijo. Ay Dios mío, qué grande la tienes.
—Mami, tu coño, mami...
Apreté las manos sobre sus caderas anchas. Mi abuela nos miraba desde un costado, una mano en su propio sexo, sonriendo como quien gana una partida larga. Se lamió los dedos y se los pasó por los pezones.
—Bienvenida, hija. Bienvenida. Móntalo. Móntalo como te enseñé.
Mariana no contestó. Empezó a moverse de a poco, con cuidado, descubriendo el ritmo. Sacaba la polla casi hasta la punta y volvía a bajar del todo, apretando el coño en el descenso. Después más rápido. Después sin pensar. Yo le besaba la espalda por encima de la tela del vestido, le mordía el cuello, le apretaba las nalgas enormes con ambas manos, se las abría para verla mejor. La polla entraba y salía brillante entre esas nalgas blancas.
—Así, mami, así, cógeme así.
—Cállate, hijo, cállate, me vas a hacer correr.
—Mami...
—No hables, hijo. No hables.
—Te quiero.
—Yo también, mi amor. Más de lo que debería.
Esto no debería estar pasando, pensé, y al mismo tiempo no quería que parara nunca. Le arranqué el vestido por arriba, le desabroché el sostén de un manotazo y le dejé las tetas colgando libres. Se las agarré por detrás y se las estrujé mientras ella subía y bajaba montándome.
Mi abuela se acomodó delante de nosotros y se arrodilló entre mis piernas y las de Mariana. Le lamió el clítoris a mi madre mientras yo se la metía por abajo. Mariana echó la cabeza atrás contra mi hombro y soltó un grito ronco. Sentía la lengua de mi abuela rozarme también los huevos cada vez que subía y bajaba. Los tres nos habíamos convertido en un solo animal empapado.
—Mamá, mamá, me voy a correr, mamá.
—Córrete, hija. Córrete encima de la polla de tu hijo. Vamos.
Mi madre convulsionó sobre mí. El coño se le cerró como un puño alrededor de la verga, apretando y soltando en oleadas. Sus muslos golpeaban contra los míos con un ruido seco, mojado, que llenaba el comedor. Aguanté todavía unos segundos más, embistiéndola desde abajo cada vez más fuerte.
—Estoy cerca, mami.
—Adentro, hijo. Adentro.
—¿Estás segura?
—Es el día perfecto. Hazlo. Hazlo ahora. Lléname toda.
Esther soltó una risa baja desde abajo.
—Mira que eres puta, hija. Embarázala, Adrián. Vacíale toda esa leche adentro. Déjale un hermanito.
Me corrí con una fuerza que no había sentido nunca. Chorro tras chorro subiendo desde los huevos y estallando dentro del coño de mi madre. Sentí cómo el semen le llenaba y desbordaba, bajaba por la base de mi polla, chorreaba sobre mi abuela que seguía lamiendo abajo. Mariana se estremeció encima de mí, apretándome desde adentro, gimiendo bajito contra el respaldo de la silla, corriéndose otra vez con la leche caliente adentro.
Quedamos así un rato largo, los tres respirando fuerte, ella todavía ensartada en la verga que empezaba a ablandarse, mi abuela lamiendo los restos que goteaban, los libros del examen abiertos sobre la mesa, olvidados.
***
Aprobé el examen tres semanas después. Daniela me dejó cerrar el ciclo sin más amenazas y ni siquiera levanté la vista cuando se inclinaba sobre mi banco. Ya no necesitaba mirarle las nalgas a nadie en la calle. Tenía en casa todo lo que mis compañeros buscaban afuera, y un secreto que mi madre, mi abuela y yo cuidamos mejor que cualquier otro.
Mi abuela, cuando se cruza conmigo en el pasillo, me sonríe como si nada hubiera pasado, y a veces me mete la mano dentro del pantalón al pasar, me aprieta la polla dos segundos y sigue caminando. Mi madre, en cambio, me mira con una mezcla de culpa y deseo que no se le borra. A veces, cuando estudio en la mesa del comedor, levanta los ojos del libro que finge leer y suspira.
Y yo entiendo, sin que tenga que decirme nada, que esta tarde tampoco voy a poder concentrarme.