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Relatos Ardientes

Descubrí a qué se dedicaban mi madre y mi hermana

Mi hermana llevaba semanas comportándose de forma rara. Siempre nos habíamos llevado bien, habíamos compartido confidencias y secretos toda la vida, pero de un tiempo a esta parte se había vuelto esquiva conmigo. Apenas hablábamos. Se encerraba en su habitación con la excusa más tonta y bajaba la voz cada vez que yo entraba en la cocina.

En el barrio nos conocían como «las gemelas». Marina me sacaba un par de años —ella veinticuatro, yo veintidós— y nos parecíamos bastante: el mismo pelo rubio, ojos claros, la misma forma de reír. Ella era un poco más alta y siempre tuvo más éxito con los hombres, pero cualquiera que no nos conociera de cerca podía confundirnos. Íbamos juntas a todas partes, a veces hasta con ropa parecida.

Por eso aquel distanciamiento me dolía tanto. No entendía qué le pasaba, y decidí averiguarlo.

—Marina, tengo que hablar contigo —le dije, abriendo la puerta de su cuarto.

—¡Sal de aquí! —me ordenó, furiosa.

—Pero ¿qué te pasa conmigo? —pregunté.

—Nada. No me pasa nada. Pero no tengo ganas de perder el tiempo hablando tonterías contigo —me soltó, y me cerró la puerta en las narices.

Aquel desplante me dejó clavada en el pasillo. ¿Qué demonios le ocurre? Decidí que iba a vigilarla. Si no me lo contaba ella, lo descubriría por mi cuenta.

***

A la mañana siguiente yo desayunaba con mamá cuando Marina apareció en la cocina. Iba vestida con una minifalda muy corta, un top ajustado de escote pronunciado y unos zapatos de plataforma. Más que para salir a hacer recados, parecía arreglada para una noche de discoteca. Miré a mi madre esperando una regañina, convencida de que le diría que se cambiara de inmediato.

—Pero, Marina, ¡qué guapa te has puesto hoy! —dijo, en cambio.

—Sí, hoy es un día especial —respondió mi hermana—. Ya te contaré.

—Vale, hija. Esta tarde tú y yo nos vamos de compras y charlamos —le guiñó un ojo—. Creo que te hace falta más ropa de este estilo. Te queda muy bien.

Marina le dio un beso y salió de casa. Yo me quedé mirando a mi madre con la boca abierta.

—¿Vas a dejar que vaya por ahí vestida así? —pregunté, escandalizada.

—Está preciosa. No le veo nada de malo. A mí me encanta cómo le queda, ¿a ti no?

—Parece otra persona —dije con desprecio—. No entiendo cómo se lo consientes. Y encima te la llevas de compras.

Mi madre no contestó. Se limitó a sonreír de un modo que me puso nerviosa, y yo me marché dando un portazo.

De camino al trabajo no podía dejar de darle vueltas. Mi madre era joven, apenas cuarenta y cinco años; nos había tenido muy pronto y siempre fue más abierta que las madres de mis amigas. Pero aquello era distinto. Aquello tenía un olor a secreto que no me gustaba nada.

***

Esa tarde, mamá y Marina se fueron de compras sin invitarme. Ni siquiera me lo plantearon, como si las dos guardaran algo de lo que yo no podía formar parte. Aproveché que la casa estaba vacía para colarme en el cuarto de mi hermana.

En el armario encontré ropa que no le había visto jamás: minifaldas de cuero, leggings de colores, camisetas diminutas, varios pares de botas altas, zapatos de plataforma. En un cajón, ligueros y tangas todavía con la etiqueta puesta. ¿Para qué necesita ella todo esto? Cada detalle apuntaba a lo mismo: mamá lo sabía, lo aprobaba y, peor aún, la estaba empujando hacia ello.

Decidí que esa noche escucharía cualquier conversación que pudiera.

Cuando volvieron, Marina se probó la ropa nueva en su cuarto. Una de las prendas era un vestido de látex rojo que se le ceñía al cuerpo como un guante, a juego con unos tacones del mismo color. Yo me pegué a la puerta de la cocina, conteniendo la respiración.

—¿Te gusta, mamá? —oí decir a mi hermana.

—Estás impresionante, mi vida. Espero que me lo prestes algún día.

—Cuando quieras —respondió Marina, riendo.

—Entonces, cariño, ¿estás segura de querer trabajar conmigo? —preguntó mi madre, y a mí se me heló la sangre.

Siempre había creído que mamá no trabajaba. Desde pequeñas nos contó que mi padre había muerto y que vivíamos de una pensión y de un dinero que él nos había dejado. ¿De qué trabajo está hablando?

—Segurísima —dijo Marina—. Es lo que mejor se me da, y lo sabes.

—Condiciones tienes, eso está claro. Solo hay que mirarte. Pero no quiero que lo hagas por mí. Quiero que sea decisión tuya.

—Lo he pensado mucho, mamá. No encuentro nada mejor.

—De acuerdo. Empezamos mañana. Pero que tu hermana no se entere todavía. Ya tendrá tiempo de descubrirlo.

—Tranquila. Solo trabajaremos en casa, mientras ella está fuera.

—Tú haz como que sales por la mañana, para que te vea. Luego vuelves y empezamos.

—¡Qué nervios! —dijo Marina—. Estoy deseando que llegue mañana.

—Compórtate con naturalidad y todo saldrá bien. Vamos a pasarlo en grande y vamos a ganar mucho dinero.

Me fui a la cama con un nudo en el estómago y una sola idea: descubrir, costara lo que costara, en qué consistía ese trabajo.

***

A la mañana siguiente, Marina ya no llevaba la ropa del día anterior. Vaqueros, zapatillas, una sudadera. Salió de casa conmigo, como cualquier otro día, pero apenas me dirigió la palabra. En cuanto doblamos la esquina, en lugar de seguir hacia la parada, ella aminoró el paso y, disimulando, dio media vuelta hacia casa.

La seguí a distancia. No fue difícil: no sospechaba nada y yo ya conocía su destino. Cuando entró por la puerta principal, di la vuelta por el jardín y trepé hasta mi ventana por la verja exterior, como hacíamos de niñas. Una vez dentro, esperé en silencio.

Al poco sonó el timbre. Me asomé con sigilo: cuatro hombres de mediana edad aguardaban en la entrada. La puerta se abrió y fueron pasando uno a uno. Conté hasta cuatro.

Salí de mi cuarto y bajé unos peldaños de la escalera, agazapada, hasta encontrar un hueco desde el que se veía el salón sin que me descubrieran. Lo que vi me dejó sin aire.

Marina llevaba una minifalda de cuero negro, una camiseta de lycra escotada y los tacones transparentes que yo había encontrado en su armario. Mamá vestía un top que resaltaba sus pechos y una falda corta. Tengo que reconocer que mi madre estaba estupenda: cuerpo cuidado, melena rubia, una seguridad que llenaba la habitación. Los cuatro hombres se habían sentado en el sofá.

—Esta es Marina —dijo mi madre—. Es mi hija. A partir de hoy trabajamos juntas.

—Por nosotros, ningún problema —dijo uno.

—Al contrario —añadió otro, recorriendo a mi hermana de arriba abajo—. Está buenísima.

—Gracias —respondió Marina, complacida.

—Pagamos por algo de calidad —apuntó un tercero—. Si es nueva en esto, ¿estará a la altura?

—Os garantizo que quedaréis satisfechos —dijo mamá, quitándose el top y dejando los pechos al aire—. Por algo es mi hija. De tal palo, tal astilla. Bueno, a lo nuestro: vosotros dos conmigo, los otros con ella. Después vamos cambiando.

No podía moverme. Una parte de mí quería gritar, salir corriendo, encerrarme en mi cuarto. La otra, la que ganó, se quedó allí mirando.

Marina se arrodilló frente a los dos hombres que mamá le había asignado. Les bajó los pantalones y se metió la verga de uno en la boca mientras acariciaba la del otro. A pesar de la distancia, vi cómo desaparecía entera entre sus labios. Mi madre, sentada en el sofá, chupaba una y meneaba otra a la vez; el cuarto hombre le amasaba los pechos con fuerza.

—¿Qué tal te la chupa mi hija? —preguntó mi madre.

—De lujo —jadeó el cliente.

—Es muy buena —dijo mamá, volviendo a su tarea.

Estuvieron así varios minutos. A Marina ya la habían desnudado del todo y le recorrían el cuerpo con las manos.

—¿Quién quiere bajar conmigo? —preguntó mi madre.

—Yo te como a ti —dijo uno—. Seguro que tienes un coño tremendo.

—No te equivocas —respondió ella, riendo. Se abrió de piernas en el sofá y, con las manos, se separó los labios—. Vamos, no te hagas de rogar.

Mi hermana hizo lo mismo a su lado. Mientras dos hombres se inclinaban sobre ellas, las otras dos vergas seguían entrando y saliendo de sus bocas.

—¿Estás disfrutando, hija? —preguntó mamá.

—Estoy en la gloria —gimió Marina—. Y eso que apenas hemos empezado.

No daba crédito a lo que veía. Y, sin embargo, lo que más me desconcertaba no era el escándalo, sino que las dos parecían disfrutar de verdad, riéndose, animándose la una a la otra. Para mi vergüenza, descubrí que yo también me estaba excitando.

***

Cambiaron de postura varias veces. Marina se puso a cuatro patas: uno la penetraba por detrás mientras otro la llenaba la boca. Mi madre, tumbada en el suelo, recibía una verga en el coño y otra entre los labios. Los hombres entraban y salían con un ritmo cada vez más bruto, y mi hermana gemía con cada embestida.

—¡Así, mi niña! —exclamó mamá—. ¡Disfruta!

—¡Qué gusto, mamá! —gritó Marina.

En un momento dado, mi madre propuso algo nuevo y se tumbó sobre uno de ellos, incrustándose su verga en el coño mientras otro la tomaba por detrás. Marina la imitó a su lado. Lo asombroso fue que, en aquella postura, el sexo de mi hermana quedaba a la altura de la boca de mamá, y con cada movimiento ella se inclinaba a lamerla. Vi cómo se buscaban, cómo se besaban entre embestidas, cómo se fundían sus lenguas con una naturalidad que me sacudió por dentro.

El estupor me hizo bajar la guardia. Me relajé un instante sin darme cuenta, y mis ojos se cruzaron con los de mi madre durante apenas una décima de segundo. Lo suficiente. Ella sabía que la estaba viendo.

Me escondí de golpe, con el corazón disparado. ¿Qué va a pasar ahora? No podré volver a mirarlas a la cara. De fondo seguía oyendo los gemidos, los suspiros, los elogios de aquellos hombres. Podría haber corrido a encerrarme en mi cuarto. No lo hice. Abrí los ojos y volví a buscar el hueco desde el que se veía todo.

A mi madre no pareció afectarle haberme descubierto. Si acaso, se entregó con más ganas.

—¡Me corro! —gritó Marina entre espasmos, y luego se quedó inmóvil unos segundos mientras los hombres seguían sin detenerse.

—Recupérate rápido —le dijo mamá, levantándose para besarla en la boca—. Aún queda noche.

En unos segundos mi hermana parecía haber recobrado toda su energía. Cambiaron de postura una vez más, y poco después los hombres terminaron, uno tras otro, mientras ellas dos los recibían sin apartar la cara.

—Sois increíbles —dijo uno mientras se vestía—. Nunca había estado con una madre y su hija a la vez.

Marina se quedó tumbada en el sofá, agotada, mientras los hombres se marchaban. Mamá los acompañó a la puerta. Y al volver hacia el salón, levantó la vista hacia la escalera y volvió a encontrarme.

Corrí a mi cuarto y eché el pestillo. Me tumbé en la cama, muerta de vergüenza y de algo más que no quería nombrar. Sentía repulsión, sí, pero también una pregunta incómoda dándome vueltas: si mi propia madre la animaba, si las dos disfrutaban tanto, ¿tan terrible era? Ella siempre nos había cuidado, nunca nos había faltado de nada. Y yo, agazapada en aquella escalera, me había excitado como nunca.

Llevaba un buen rato así, con los ojos húmedos, cuando llamaron a la puerta.

—Abre, Lucía. Soy mamá.

—¿Qué quieres? —contesté de mala gana.

—La comida está lista.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer algo, cariño.

—¡No quiero nada! ¡Déjame sola! —grité. Escuché sus pasos alejándose.

Media hora después, fue Marina quien llamó a mi puerta. Y, aunque entonces no lo sabía, aquel golpe suave en la madera iba a cambiarlo todo entre nosotras.

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Comentarios (5)

Gustavo_49

tremendo!!! no me lo esperaba asi

confesando_todo

Se hizo re corto, quede con ganas de mas. Hay segunda parte?

DiegoMB_74

Que manera de escribir, se lee de un tiron sin darte cuenta. Sigue subiendo relatos!

Rosario_71

Lo lei dos veces y cada vez me engancha mas. Tiene mucha tension bien llevada, no se hace pesado en ningun momento. De los mejores que vi ultimamente por aca.

pepon78

y... hay continuacion? porque asi no puedo jajaja

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